Porto
alegre y sus propuestas*
JOSÉ MARÍA VERA*
Como
hace un año, el Foro Social Mundial tiene lugar al mismo tiempo
que el Foro Económico de Davos, que aglutina al poder financiero
mundial y que este año, de forma altamente simbólica, se reúne
en Nueva York. Es indudable que los poderes a los que les interesa
desprestigiar cualquier crítica al sistema apuntarán a identificar
el Foro de Nueva York con la defensa de los valores que nos dan
seguridad y progreso, y al Foro de Porto Alegre, con una amalgama
difusa de lunáticos en el mejor de los casos y de peligrosos cómplices
ideológicos de los grupos violentos en el peor. Revertir esta
tendencia a criminalizar cualquier crítica, aunque ésta haga antes
condena expresa de toda forma de violencia, es uno de los retos
de este Foro.
Una
característica evidente del Foro Social es la diversidad. En Porto
Alegre se puede decir que nos encontramos buena parte del llamado
movimiento global por la justicia social, compuesto por organizaciones
de varios tipos, desde movimientos emergentes radicales a confederaciones
de sindicatos, ONG de diverso tamaño y alcance, organizaciones
religiosas, de mujeres, de indígenas, de consumidores, de productores
y de pequeños empresarios. También hay diversidad en las posiciones,
aunque a partir de la coincidencia en buena parte del análisis
-pobreza intolerable, desigualdad creciente, dictadura del mercado
global regulado poco y en beneficio del poder...- y en la búsqueda
de otra globalización basada en los derechos fundamentales de
todo ser humano. Posiciones que van de la transformación concreta
de lo existente a la opción por un sistema diferente, de los que
F. Houtard -uno de los pensadores más significativos de este movimiento-
califica de neokeynesianos a los poscapitalistas.
Y
diversidad, por último, de estrategias entre las organizaciones
que optan por el activismo y la calle como camino central a aquellas
que apuntan alternativas y propuestas fraguadas, entre las que
se cierran a cualquier diálogo con las instituciones multilaterales,
los gobiernos poderosos y las grandes corporaciones y las que
creen, creemos, que el diálogo es importante y puede catalizar
cambios si se está dispuesto a mantener posiciones y a no cejar
en la presión social. Diversidad, en resumen, que supone discusión
y dificultad para armar propuestas asumidas por todos, pero que
trae consigo una gran riqueza de puntos de vista válidos, de culturas
y experiencias vitales y organizativas que animan la reflexión.
Una
primera falsedad a desmontar es que éste es un movimiento de personas
que habitan en los países ricos y que no recoge, por lo tanto,
el sentir propio de las poblaciones que viven empobrecidas en
África, Asia o América Latina. Si nos ceñimos a las últimas manifestaciones
ante reuniones internacionales, esta afirmación puede acercarse
a la realidad, debido en buena medida a que se celebran en ciudades
de países desarrollados. Pero el movimiento por la justicia global
es más que esto y vincula en docenas de redes a miles de organizaciones
regionales y locales de países empobrecidos, muchas de las cuales
trabajan a pie de terreno, codo con codo con la población excluida,
en programas de desarrollo, de capacitación o de movilización.
Es precisamente esa cercanía con la pobreza y la injusticia uno
de los principales motores del movimiento, la fuente de pasión,
más que la ideología de libro o el pensamiento abstracto.
La segunda falsedad es la acusación que se le hace al movimiento
de que su protesta no viene acompañada de una reflexión seria
ni de alternativas. Es un hecho que en los últimos años se ha
desarrollado una capacidad notable de análisis y de generar propuestas
de cambio. No olvidemos que las movilizaciones más visibles ante
las reuniones del G-7 o de la OMC han ocurrido al tiempo de campañas
temáticas como la de la deuda externa o la del acceso a medicamentos
esenciales, en las que señalar los cambios necesarios ha sido
tan importante como presionar a los que no se quieren mover. De
hecho, el propósito central de este segundo Foro Social Mundial
es armar alternativas alrededor de cuatro ejes en los que se tratan
varios temas. Se pretende poner sobre la mesa propuestas concretas
sobre cuestiones como los cambios necesarios en el comercio internacional
para hacerlo equitativo, la soberanía alimentaria como alternativa
al hambre, los derechos laborales, el acceso al agua y a la tierra
o la necesidad de ir más allá en la cancelación de la deuda externa,
de forma que no exprima los escasos recursos que los países deben
destinar a la lucha contra la pobreza.
Además
de las propuestas, por encima de todo, este evento promueve esperanzas.
No tanto, o no sólo, el Foro de Porto Alegre en sí como la constatación
de que, aún en estos momentos difíciles, hay miles de personas
que conjugan el compromiso efectivo con la justicia con la dedicación
de sus mejores energías a la búsqueda de alternativas y cambios,
que lleven a un mundo en el que lo primero en globalizarse sean
los derechos.
*Artículo
publicado en el diario español “El País”, el 3 de febrero de 2002,
examen lo reproduce por el interés que encierra para nuestros
lectores.
**Director del Departamento de Estudios de Intermón Oxfam y miembro
del Consejo Internacional del Foro Social Mundial.
