¿Se
acuerdan de aquel PRI?
JORGE HERNÁNDEZ CAMPOS*
ALGUNA REFLEXIONES SOBRE EL SISTEMA POLÍTICO MEXICANO
Tengo
el gusto de estar con ustedes en la antigua Universidad de Toulouse,
fundada en 1230, junto a la cual resulta joven la «Real y Pontificia
Universidad de México», cuya creación ordenó la Real Cédula expedida
por Felipe II en 1551 y que inauguró sus cursos en 1553. Pero
no vengo a hablarles de nuestra historia sino de la realidad política
mexicana de hoy y sus antecedentes. Y lo primero que anuncio al
distinguido público es que no voy a intentar un análisis, como
los que suelen hacerse en reuniones como ésta, sino que, en toda
simplicidad, concluí que era yo el individuo que debía ofrecerse
a los demás como objeto de análisis por el hecho de ser, como
soy, la prolongación de una realidad, la mexicana. Así, a partir
de cuanto pueda decir, mis oyentes podrán armar el mosaico de
sus conclusiones particulares y hablaré por lo tanto, olvidando
el tiempo que dedico a la poesía en soledad total, de la parte
más pública mi ser.
Soy
co-fundador y accionista minoritario de un diario, unomásuno,
que acaba de cumplir sus primeros diez años de vida. El diario
trabaja sobre la base de una tesis que consideramos el proseguimiento
y puesta al día del liberalismo mexicano en su rama democrática,
definida por Jesús Reyes Heroles. Nos propusimos en consecuencia
realizar un diario que ejemplificara la posible pluralidad de
voces políticas que se da en México y que, entre otros objetivos
secundarios, fuera una tribuna eficaz para una izquierda incapaz
de producir buen periodismo.
Quisimos
ser los promotores de un diarismo que representase en nuestro
momento lo que representó en el siglo pasado el periodismo juarista
de la República Restaurada tras el triunfo de ésta sobre el imperio
de Maximiliano de Habsburgo. En esa época hubo un estallido de
vida republicana que hizo de esa generación de liberales el gran
modelo al que todavía hoy seguimos refiriéndonos.
Soy
por lo tanto, junto con algunos mexicanos más, un republicanista,
es decir, algo que no se refleja en ningún partido, que casi carece
de existencia. Porque en México, aunque según la Constitución
somos una República, la palabra república casi no se usa. El aparato
de poder prefiere utilizar la palabra «sistema”, y se usa continuamente
el concepto de «sistema mexicano», posiblemente porque engloba
tanto la forma republicana básica como el repertorio de las reglas
no escritas que son las que regulan verdaderamente la marcha cotidiana
del mencionado aparato.
En
el país político se distinguen dos planos: uno, que podríamos
llamar constitucional, es la fuente de la legitimidad; el otro,
que llamaríamos supraconstitucional, es el que actúa ateniéndose
a las reglas no escritas; y acogiéndose a la legitimidad constitucional
del modo que le conviene. La situación, para decirlo en términos
simplificados, tiene su raíz en la revolución mexicana, que fue
una lucha feroz por el poder envuelta en legalismos.
Nuestra
revolución puso en movimiento masas sobre todo campesinas (la
sociedad «holista» de Guerra) que planteaban sus exigencias a
sus cabecillas, o que seguían a determinados jefes porque éstos
interpretaban eficazmente sus anhelos. Los vencedores fueron un
grupo de caudillos norteños que eran originalmente empresarios,
o funcionarios de clase media, o militares improvisados. Estos
ciudadanos armados (así se llamaron para distinguirlos de los
ciudadanos no armados que no participaron en las acciones militares),
cuando ocuparon los asientos del poder llevaron al gobierno no
sólo sus instrumentos legales, sino además el hábito de la autoridad
cuartelera, el cual se sumó así a la reverencia por la autoridad
característica de la cultura hispánica. A su vez, las masas populares
canalizaron sus exigencias perentorias en más de un caso en el
flujo de una relación paternalista con el superior. El tipo de
relación con la autoridad propia del virreinato. La utopía social
de Zapata no era moderna: era una utopía retrospectiva, un sueño
de la Nueva España.
Los
levantamientos y las matanzas no pararon hasta que Calles fundó
el Partido Nacional Revolucionario que reunió a las facciones
de ciudadanos armados con un único objeto: instaurar una mecánica
de transmisión pacífica del poder. Calles explicó que con su iniciativa,
México pasaba de una era de caudillos a una era de instituciones.
El partido funcionó porque Calles siguió siendo, ya fuera de la
Presidencia, el árbitro máximo. Y su función fue efectivamente
institucionalizada al consolidarse el presidencialismo con Lázaro
Cárdenas. Nació así el sistema mexicano. Y debo aclarar aquí que,
para mí, los contornos del «sistema» no coinciden con los de la
República.
El
partido, en su forma actual y con la sigla de PRI, se organizó
en 1946, o sea en la segunda posguerra, con la intención de formar
parte de un proyecto cuyo objetivo sería aprovechar la dinámica
de la reconstrucción mundial para echar a andar al país por el
camino de un desarrollo acelerado.
Los
resultados fueron lo que conocemos como «el milagro mexicano».
En veintidós años, lapso que finalizó con la crisis de 1968 y
la matanza de Tlatelolco, México se convirtió en la duodécima
potencia industrial del mundo. En el aspecto social, la realidad
posrevolucionaria de las masas combatientes hizo que los gobiernos
sucesivos pusieran especial cuidado en sus políticas de servicios,
de salud, seguridad, y de educación. Así, gracias al “sistema”,
México ha tenido y con excepción de la crisis de Tlatelolco, cincuenta
y ocho años de estabilidad y de transmisión pacífica del poder.
Fue quizá el único país que apoyó como tal a la República en la
guerra civil española. Y fue también, con apoyo en la Constitución,
el primer país en el mundo que reivindicó para la nación los productos
del subsuelo y nacionalizó la industria petrolera. EI México posrevolucionario
no ha conocido cuartelazos, ni guerras sucias, ni dictaduras militares,
ni guerras civiles.
EI
“sistema» se dice presidencialista. Defiende enconadamente el
presidencialismo y, como es obvio, gira en torno al Presidente
de la República, quien además de sus inmensos poderes como responsable
del Poder Ejecutivo, que la Constitución le reconoce, es el jefe
nato del PRI.
La
función de este partido es mantener la unidad de la «familia revolucionaria»
y prepararla para que apoye en todo momento al Presidente, sobre
todo en ese acto fundamental -que existe aunque no se le reconozca-
por el cual hacia el final de su mandato designa personalmente,
sin consultar nadie, sin debate público, a su sucesor en el poder.
Todo gira alrededor del Presidente, quien nombra a todos los funcionarios
o aprueba su nombramiento, incluso en el nivel de director general
o de simple director. Y éste designa también, a su vez, a todos
los candidatos a los puestos de elección que el PRI ocupa en un
95 por ciento. El poder del Presidente es tan grande que Daniel
Cosío Villegas llamó al «sistema» la «monarquía sexenal». Sin
embargo, la Presidencia está sujeta a una limitación tajante:
no hay reelección.
El
Partido es hegemónico. Pero no es un partido ni cerrado ni pétreo.
Todo lo contrario: es extremadamente poroso. Entra en él prácticamente
quien quiere. El PRI da por un hecho que todos los burócratas
que alimenta el Estado son, o deben ser, militantes suyos. Podría
decirse que el PRI, de una manera vaga pero real, considera que
todos los mexicanos son naturaliter priístas. Yo he sido funcionario
publico y, como tal, he pagado cuotas al PRI sin haber tenido
nunca carnet de priísta. En los últimos diecisiete años ha habido
en el PRI una renovación que consistió en cooptar generaciones
enteras de dirigentes jóvenes, con educación universitaria a los
que se abrió el acceso a los más altos cargos del Estado dejando
de lado a los militantes asiduos, los que desde entonces se les
identifica como «dinosaurios políticos».
Por
otro lado, desde 1946, o sea desde su nacimiento bajo la forma
actual, el PRI reconoció que necesitaba una oposición. Al fin
de cuentas su fuente de legitimidad es la forma republicana que
considera la separación de los poderes, el funcionamiento de los
partidos, las elecciones. Y esto lo obliga a una «ficción democrática»
(como dicen Ricardo Guerra y Chevalier) para la cual necesita
una oposición mínimamente genuina. De allí que el sistema haya
tratado de remediar la debilidad congénita de los partidos de
oposición, debilidad concomitante de la hegemonía priísta, mediante
recursos legales que le permiten colocar en la Cámara de Diputados
a representantes de los partidos que no podrían conseguir una
curul por medio de las urnas.
El
pasado mes de noviembre se promulgó un Código Federal Electoral
por el cual la Cámara podrá ser integrada por 300 diputados elegidos
por votación mayoritaria y 200 que lo serán según el principio
de representación proporcional. Los partidos que alcancen por
lo menos el 1.5 % del total de la votación emitida para las listas
regionales, tendrán derecho a que se les atribuya diputados de
este último carácter. En tales medidas se ha reconocido un “perfeccionamiento
de la democracia», pero aunque sí suponen cierto progreso, chocan
con los instintos de los priístas de no conceder nada, absolutamente
nada, a las oposiciones.
Todos
los análisis ajenos al Partido insisten en que el sistema, y por
supuesto el PRI, están en una crisis terminal. Esa crisis que
se hizo patente en el año 68 y con la matanza de Tlatelolco, coincide
con el fin del orden mundial que, construido a partir de la segunda
posguerra, significó también el principio de la era post-industrial,
es decir de la liquidación definitiva del modelo económico desarrollista
para lograr el cual se había creado el «sistema”.
Se
empezó a advertir, por ejemplo, que el PRI, con su estructura
de sectores, se ha quedado chico frente al país, y sobre todo
en lo que respecta a las ciudades. Por efecto también de las políticas
revolucionarias han surgido números imprecisos, pero seguramente
grandes, de nuevos electores potenciales a los que el PRI no llega
y para los cuales el PRI no tiene cabida. Se trata de masas, en
general más educadas, que no soportan las desigualdades sociales
y económicas, al parecer sin solución visible; masas que están
fastidiadas con el lenguaje, los comportamientos o la corrupción
endémica de los gestores del poder; que han empezado a cobrar
conciencia de que forman una sociedad civil (aunque parezca extraño
este concepto apenas empezó a arraigar en México hacia principios
de 1985); y que querrían vivir la política de otra manera. Y esas
masas nuevas han aparecido, sobre todo, en el norte y en el centro
del país.
Con
la presente crisis, que tiene la ominosa dimensión del endeudamiento
y de una inflación de tres dígitos, se empieza a ver al sistema
con otros ojos. Por ejemplo -y éste eso un fenómeno de los últimos
seis meses-, cuando se precipitó la ansiedad que despierta la
designación del candidato del PRI a la Presidencia de la República
y hubo clamores para que terminara la práctica del dedazo» -o
sea la designación que, sin consultar a nadie ha hecho siempre
el Presidente de su sucesor-, los priístas organizaron una tempestuosa
defensa del presidencialismo. Pero esto obligó a muchos a concluir
que el presidencialismo debía ser visto con mirada fría y que
había llegado la hora de preguntar: ¿Gobierna en verdad autocráticamente
el Presidente, o funciona sólo como garante del statu quo ante
los intereses fácticos que forman el sistema y marcan al Ejecutivo
los límites de su actuación? Con los tres últimos presidentes,
la opinión pública ilustrada se empeñó en suscitar, en torno a
cada uno de ellos, un consenso tal que lo convirtiera en un agente
eficaz de las reformas necesarias al sistema para vivir una mejor
democracia. Pues bien, no se logró tal cosa. O se logró a medias,
en los arranques de los sucesivos sexenios, para perderse luego
en un retorno a lo habitual.
Los
episodios de reacción antipriísta en elecciones como las del Norte
han puesto de relieve algo que en más de una ocasión he reiterado.
La condición que diríamos «provisional» del sistema mexicano y
del PRI. Si la reacción profunda, histórica del país es un republicanismo
acendrado, lo cual en términos contemporáneos significaría una
democracia efectiva, esa vocación -florecida transitoriamente
con la República Restaurada- se ha visto frustrada en la perspectiva
temporal. Siempre se ha repetido: aún no, el país no está preparado,
el pueblo no está listo para tal responsabilidad, hay que educarlo
antes, y satisfacerlo en los aspectos sociales. En el pasado,
el porfiriato fue uno de esos aplazamientos, uno durante el cual
el país debía conocer paz y progreso. El largo siglo del sistema
está resultando ser otro, de manera que habría llegado ya la hora
de desmantelar la estructura de esos pisos de nuestra política
-en un nivel constitucional y un nivel superconstitucional-, para
que sólo quedaran el horizonte de la Constitución y el brillo
de la República.
No
obstante, este tomar conciencia de la condición de transitoriedad
del sistema y del PRI para volver a la vocación republicana, implica
cierta zozobra: la que inspira la posibilidad de que todo lo que
puede emerger con tal cambio sea cierta fragilidad del país. ¿Cómo
puede haber una verdadera vida republicana en pleno esplendor
institucional si no existen verdaderas alternativas para el ejercicio
del poder? Quizá se teme, oscuramente, que al ser quebrantado
el sistema el país caiga en un caos de imprevisibles consecuencias.
Pensemos en una situación como la de El Salvador, pero con las
dimensiones y la violencia que podría adquirir algo así en México:
una visión semejante hace palidecer al más valiente.
Lo
que se contempla entonces es la necesidad de reforzar, como antes
dije, no tanto el sistema como el presidencialismo para que éste
se convierta en un instrumento eficaz de reforma. México, entonces,
¿soñaría otra vez con reformas aunque el problema de reforzar
la presidencia ante las arquitecturas del sistema se plantee como
de difícil solución?... Lázaro Cárdenas realizó su operación política
creando, ante las coaliciones de caudillos que sostenían el maximato
de Calles, una nueva base de poder formada por los obreros y los
campesinos. Pero en este 1987, obreros y campesinos llevan medio
siglo de enfrentarse a todo un racimo de cacicazgos políticos
que resistirían cualquier proyecto serio de reforma. De hecho,
en los últimos tres sexenios se ha visto, aunque no se ha dejado
que el fenómeno aflorara a plena luz, cómo esos cacicazgos han
parado en seco ciertas veleidades presidenciales de renovar la
vida nacional. Quien lee historia no puede menos de recordar el
regalismo que se llevó a la práctica en España, en el siglo XVIII,
para que los soberanos borbones pudieran reformar la vetusta nación.
Y recordarán también que el resultado de aquello fue, tras la
Revolución Francesa, el derrumbe de la monarquía tradicional y
la entrada en España, y en los territorios de ultramar, de una
modernidad por la cual seguimos un áspero y amargo combate.
*Como
resultado de una conversación con el director de examen respecto
de las circunstancias políticas y sociales de hace 15 años y las
del México actual, el Maestro Hernández Campos nos comparte la
conferencia que dictó en la Universidad de Toulouse, Francia en
1987; nuestros lectores podrán sacar sus propias conclusiones.
