EL
PRI Y LA CONSTITUCIÓN
SERGIO GARCÍA RAMÍREZ*
Una
doble celebración nos congrega. En ella somos solidarios. Por
una parte, la fiesta de la Constitución política y social de los
mexicanos: la Carta de 1917. Por la otra, el ingreso a otra etapa,
que deberá ser intensa y fecunda, en la historia viva de nuestro
partido: la instalación de un nuevo Consejo Político Nacional.
Ambas oportunidades, reunidas en una fecha histórica, sugieren
-o mejor aún: demandan- reavivar nuestra memoria, reasumir nuestros
deberes y emprender, con paso firme y largo, el camino del futuro.
En
ese camino nos hallamos. Habremos de recorrerlo unidos y convencidos.
Esa es la convocatoria natural de este día y será la divisa de
los días que vengan. Días de trabajo. Días de contienda. Días
de prueba. Días de definiciones y afirmaciones enérgicas. Un solo
horizonte y un solo apremio: México, y en éste, nuestro partido
vigoroso y renovado, el Partido Revolucionario Institucional,
con el que recorrimos el siglo XX y haremos el trecho que nos
corresponda en el nuevo siglo.
La
celebración constitucional, que pertenece a todos los mexicanos,
compete radicalmente a los priístas. La reivindicamos con títulos
legítimos. Es motivo de recordación, reflexión y compromiso para
el pueblo y para el partido que lo representa. Constitución de
1917 y Partido Revolucionario Institucional tienen el mismo origen,
provienen de la misma fuerza, encarnan los mismos anhelos, representan
los mismos ideales. De ahí la comunicación entrañable, la identidad
maciza, entre esa Carta de libertad, democracia y justicia, que
son promesa revolucionaria, y este partido revolucionario que
propone al pueblo lo que nuestra Constitución previene: libertad,
democracia y justicia; este partido, que hoy se dispone -con mayor
entusiasmo y convicción que nunca- a iniciar una nueva cruzada
por la Constitución de los mexicanos y por los principios y valores
que ella aloja.
La
Constitución de México no surgió apenas un 5 de febrero, sin pasado
ni sustento. Tuvo historia y tuvo cimiento. Llegó de mucho tiempo,
de triunfos y derrotas, de entusiasmos y quebrantos. Llegó nutrida
con los vientos populares que arribaron en la Independencia, animaron
en la Reforma y resolvieron en la Revolución Mexicana. Es, en
consecuencia, una constitución legítima y fidedigna: obra de siglos
y de generaciones, no trabajo de unas horas ni producto de un
puñado de notables, sobrados de codicia y carentes de memoria.
La comisión redactora es el pueblo de México. Ya trabajaba cuando
acudimos a la Independencia y no ha cesado desde que triunfó la
Revolución popular y armada. Esos son nuestros notables: millones
de mexicanos, de la ciudad y del campo, del aula y la fábrica.
Como
esgrimió las armas, aquella comisión intemporal y numerosa empuñó
la pluma y escribió, con amplios giros históricos, las decisiones
fundamentales de la nación mexicana. Es por ello que en esa Constitución
nos hemos reflejado y nos reflejamos todavía. Habrá que cuidar
que esa escritura de los derechos de la nación y las obligaciones
de la república, una Constitución asediada, no altere su rumbo
ni mude su espíritu. En horas de cambios atropellados, promesas
incumplidas y retornos flagrantes, el peligro acecha. Hay el riesgo
de que este tiempo de sombras se convierta en una larga estación
sombría. De ahí que la firmeza de la ley suprema sea compromiso
de nuestro partido: un compromiso que se halla en las manos de
esta organización política y de sus legisladores, representantes
de un pueblo que espera lealtad a la voluntad entregada y al deber
prometido. Estoy seguro de que daremos buenas cuentas de esta
responsabilidad estricta.
La
Constitución mexicana, que no responde a una ingeniería de gabinete,
sino al genio y la figura, al talante y la exigencia del pueblo
de México, recogió desde aquellos días de 1916 y 1917 los grandes
lineamientos de nuestra vida política, social, cultural y económica.
No los inventó, a partir de lecturas y ocurrencias. Los recogió
sencillamente en el único sitio del que podía tomarlos, con certeza
y suficiencia: la vida de la nación mexicana, sus sentimientos
persistentes, sus rotundas exigencias. En este sentido, fue testamento
de una época y escritura de otra. Se mantienen vigentes sus principios,
su esencia, sus valores primordiales. Rigen con lozanía, con la
frescura del primer día. Rigen por su validez intrínseca, por
su filiación profunda y genuina con las necesidades del ser humano
y de la sociedad democrática: un ser humano con identidad y rostro,
una sociedad con patria y adjetivo: mexicanos. Rigen, a pesar
de claudicaciones, tropiezos y extravíos.
Sabemos
perfectamente que una generación no puede encadenar con decisiones
inmutables a las generaciones que la sucedan. El pasado y el presente
no son diques contra el futuro, sino puentes para hacer, en el
curso de los tiempos, el camino común que nuevos pasos engrandecen.
Cada generación tiene su circunstancia, sus motivos, sus razones
y sus anhelos. Bienvenidos. Son capítulos de una historia congruente
y poderosa, que se turnan la estafeta y la encomienda. Cada uno
agrega lo que puede y lo que debe al acervo de lo que todos pueden
y todos deben.
La
integridad de los valores y los principios no impide el progreso
de la existencia y la oportunidad de las soluciones. Por el contrario,
los fomenta. Supone -con legítima certeza- que cada día aportará
sus propias novedades para retener y engrandecer, con todas ellas,
la integridad del patrimonio moral y político del hombre y del
pueblo. Así, la renovación del cuerpo legal -como del cuerpo social
o del cuerpo político- constituye una garantía de vida.
Nuestra
Constitución recoge decisiones fundamentales. Su conjunto es el
baluarte de México y los mexicanos. No un baluarte remoto, de
bienes distantes y para extraños ciudadanos. Baluarte nuestro,
inmediato; garantía de cada uno, de cada hombre, cada mujer, cada
familia, cada grupo. Se trata de conquistas históricas que no
tienen retroceso, o no debieran tenerlo:
Reconocimiento
del ser humano como eje de la sociedad y razón del Estado: ser
humano con derechos plenos, intocables y crecientes.
Democracia
como sistema de vida: no sólo cómputos electorales, organizaciones
políticas, elecciones regulares, sino eso y mucho más todavía:
sistema de vida, que es decir sistema de justicia como la quiere
y exige el lema de nuestro partido: justicia social verdadera.
Soberanía
del pueblo, fuente del poder legítimo, dueño de las instituciones
y, mejor todavía, dueño de su destino.
Estado
social que no invade libertades naturales, pero tampoco incurre
en olvidos y abandonos, reticencias y deserciones; poder comprometido
con los que menos tienen; república generosa y vigilante, dispuesta
a que la libertad, la igualdad y la justicia sean vida y experiencia,
no sólo retórica.
Federalismo
y municipio libre, foros de libertades y autonomías en los que
se desarrolla y enriquece la vida de los ciudadanos.
Recursos
naturales como patrimonio de la nación, inalienable y providente:
recursos energéticos que no están sujetos al capricho de funcionarios
sin títulos de dominio, que el pueblo jamás ha cedido. El sufragio
popular asigna deberes, no endosa la nación ni autoriza el remate
de sus bienes.
Estado
laico en el que culmina una historia azarosa y al que se confía
la libertad de todos y el respeto a cada uno.
Nación
independiente y soberana: política internacional de principios,
largamente trabajados, penosamente conquistados; nación que se
reconoce como parte de la humanidad y se compromete con ella,
pero no se desconoce como república libre y hogar de hombres y
mujeres con identidad y patria.
Subordinación
de autoridades y ciudadanos a la ley suprema de la República:
predominio cierto y firme de la Constitución sobre todas las leyes
y todos los actos; predominio que preserve el Estado de Derecho
y asegure la democracia.
Estos
-y algunos otros- son los principios esenciales de nuestra carta
histórica, que se renovó en 1917. Son moralmente invulnerables.
Es preciso que también lo sean políticamente. Esto se halla en
la agenda de nuestro partido.
Hace
un año se planteó de nuevo, con tambor batiente, la peregrina
idea de sustituir la Constitución del pueblo, la carta histórica
de los mexicanos, por un ordenamiento advenedizo, fraguado de
prisa. Otra vez soplaron vientos de aventura. Habría que ver lo
que eso enseña, pero sobre todo lo que eso encubre. La pretensión
del relevo constitucional no ha cedido. Se mantiene al acecho.
Esa
propuesta pudiera obedecer a dos objetivos, ambos determinantes,
pero ninguno confeso. Uno, el propósito flagrante de inaugurar
la vida y comenzar la historia con fecha precisa: un 2 de julio,
digamos, y sustituir en el pórtico de la gran Constitución de
1917 el nombre que ésta lleva -Venustiano Carranza, Primer Jefe
del Ejército Constitucionalista- por otro nombre que luego se
lea, como hasta hoy se ha leído el de Carranza, a lo largo de
un siglo.
Así
se habría suprimido de un plumazo -formalmente, un plumazo constituyente;
históricamente, un plumazo espurio- la referencia a la persona
y al movimiento que ella encarna. La sustitución del nombre anunciaría,
a voz en cuello, el final del ímpetu revolucionario y el principio
de otro tiempo, que sería, en el fondo, reanudación del tiempo
que se suspendió en 1917, traído al galope desde el siglo XIX
para presidir el XXI.
No
lo suponemos; lo sabemos. Ya ha habido sustituciones o supresiones
de este género. Benito Juárez, el más ilustre de los mexicanos,
sigue pagando el precio de otra Constitución mexicana, la Carta
de 1857, y de otra explosión popular, el movimiento de la Reforma.
Sin embargo, excluido de algunos muros y extraído de algunos cuadros,
sigue presidiendo nuestra historia. Son demasiado firmes sus raíces,
demasiado poderosas sus ideas. Así son las raíces y las ideas
de la Constitución que ahora padece un estado de sitio.
Ese
es el primer objetivo probable de la novedad constitucional que
se ha venido patrocinando. El segundo se localiza bajo la punta
de aquel iceberg no tan sumergido: es la finalidad, acariciada
desde hace ciento cincuenta años, de sustituir el proyecto histórico
de la república libre y laica, federal y democrática, popular
y social, independiente y soberana.
Más
allá de la ingeniería impaciente, de la imaginería desbocada o
del preciosismo estilístico, ¿cuáles serían, si no, los objetivos
plausibles del relevo intentado? ¿Qué cambiaríamos, entre todas
esas decisiones fundamentales del pueblo? ¿Los derechos del individuo?
¿La soberanía popular? ¿La democracia integral? ¿El federalismo?
¿El Estado social y laico? ¿El dominio de la nación sobre sus
recursos naturales? ¿La independencia de la república? ¿La supremacía
constitucional? Si nada de eso cambiaría, ¿para qué queremos una
nueva Constitución? Y si todo o algo de eso cambiara, ¿querríamos
semejante Constitución? ¿Desearíamos encontrarnos en el futuro
inmediato con el pasado lejano?
Aquí
vivimos de nuevo los dilemas del cambio: concepto magnífico cuando
tiene sentido que lo ennoblezca; palabra temible cuando el cambio
es retroceso, incertidumbre, vacuidad, o peor: insignia sin contenido,
mástil sin bandera, palabra sin idea.
Una
y otra vez se nos ha llamado a la reforma del Estado, un tema
de los años emergentes, impulsado por nuevas circunstancias y
nuevas exigencias. Sí, hay que reformar el Estado. Pero es indispensable
precisar antes de qué reforma se trata. Podemos caer en la ilusión
de que reforma del Estado es revisión administrativa o traslado
de facultades entre los órganos del poder político; en suma, revisión
de procedimientos y reubicación de poderes en beneficio de los
poderosos. Los ciudadanos serían espectadores. Difícilmente podríamos
suponer que ese concepto de reforma del Estado es el que interesa
a un pueblo y mejora la vida de sus habitantes.
La
verdadera reforma del Estado, la que hoy necesitamos con apremio,
implica una relación reformada entre el Estado, la sociedad y
los ciudadanos. La reforma del Estado que puede interesar, atraer
y favorecer a los mexicanos no sería el reacondicionamiento -engañoso
y distractivo- de los órganos del poder político, sino el reacondicionamiento
de las circunstancias para hacer posible la vigencia efectiva
de los derechos individuales y sociales: libertad, justicia, seguridad,
trabajo, educación, salud, vivienda. En otros términos, una reforma
del Estado a partir de un Estado socialmente comprometido. Ahí
está la respuesta a la pregunta sobre el significado que pudiera
tener esa reforma, no una cualquiera, sino una que mejore la calidad
de la vida. Y no es esa, por ahora, la reforma en ciernes.
El
5 de febrero del año 2002, el Partido Revolucionario Institucional
celebra la Constitución y reasume el espíritu constitucionalista.
Lo hace dentro de una circunstancia extraordinaria y promisoria.
Nos hallamos, desde hace un año y medio, inmersos en un proceso
de reflexión, deslinde, compromiso y fortalecimiento. Ese proceso,
por supuesto, atravesó horas difíciles, con infinitos riesgos.
Ni el proceso ha terminado, ni las horas son fáciles, ni han desaparecido
los peligros. Sin embargo, en la marcha hemos acumulado y aprovechado
experiencias, y avanzado en el rumbo que conduce a una definición
crucial, de la que dependen todas las restantes: individuales
y colectivas. Hemos avanzado en la necesidad y en la posibilidad
de establecer cuál es la misión del partido en la hora actual.
Un partido político es, finalmente, el portador de una misión
política. Es verdad que pretende ocupar el poder, pero también
lo es que no puede aspirar a éste sin el mérito que sólo confieren
la altura de un ideal y la nobleza de un proyecto.
La
meditación sobre los temas constitucionales que nos interesan,
abre la puerta para la reflexión sobre los temas partidistas que
también nos atañen. Ahora, el Partido Revolucionario Institucional,
que ha mostrado su enorme fuerza popular, es un partido en la
oposición y tiene al frente una tarea descomunal, que es, al mismo
tiempo, practicable y magnífica: primero, resistir la avalancha
que se despliega contra los intereses de la nación, sus libertades,
su justicia y su independencia; y luego -o simultáneamente, mejor
dicho- proponer una auténtica alternativa que reúna nuevamente
los cabos sueltos de la política nacional y enfile la nave del
Estado -atrapada en la tormenta-, por un rumbo claro, conforme
a un proyecto democrático y hacia un puerto seguro. El país dista
de ello, y padece esa distancia cada vez más: ni rumbo, ni proyecto,
ni puerto. Se diluye la confianza y se agrava el desconcierto.
En
la XVIII Asamblea General de Delegados se reinstaló el debate
interno y se llegó a un buen número de conclusiones. Son una perspectiva
priísta sobre la letra y el espíritu de la Constitución de México
en esta etapa: tradición e innovación en armonía. Ahí tenemos
el instrumento ideológico y programático que oponer a la avalancha
demoledora y proponer al pueblo dolido y desconcertado. El PRI,
que se yergue en un punto clave de la escena, debe dar los siguientes
pasos de manera lúcida, prudente y resuelta. Darlos con la conciencia
de que está en juego su destino, pero sobre todo la misión histórica
que le compete y el objetivo al que ésta sirve: México.
Hacia
el PRI concurre la esperanza de millones de militantes, que se
han mantenido firmes y se proponen estarlo, pese a la presión
de las circunstancias y al embate de unas corrientes que dicen
ser democráticas y exhiben, como prenda de ese membrete, un autoritarismo
que no se resigna a la costumbre democrática: admitir la pluralidad
y respetar al adversario. A esos millones de militantes pudiera
sumarse la voluntad de otros millones de mexicanos cuya esperanza
está declinando. No es que nos interese beneficiarnos con los
frutos de tantos errores e incumplimientos. Es que debemos asumir,
como partido político, la responsabilidad que nos incumbe en esta
hora incierta.
Asumir
esa responsabilidad se halla también entre los deberes del partido
de oposición que ahora somos. México requería la idea y la mano
del estadista para sortear los enormes problemas que plantea nuestro
tiempo. No se dispone ni de esa idea ni de esa mano. Por lo tanto,
nuestra organización política debe colmar el vacío. Hoy, el PRI
puede iniciar una nueva misión histórica: ser un «partido-estadista»;
convocar al pueblo, repensar la república, sugerir el proyecto,
perfilar el destino, encabezar la marcha. Este partido, que fue
singular en el pasado, por diversos conceptos, debe serlo en el
presente, por otros motivos. Constituido como «partido-estadista»,
el PRI hará el cambio y reanimará la esperanza. Considero que
esta es nuestra función contemporánea, y que a ella debemos enfilar
la reflexión y el comportamiento.
Ha
comenzado la revisión interna. Otros capítulos aguardan. Hoy se
instala, bajo excelentes augurios, el nuevo Consejo Político Nacional:
un órgano más amplio y representativo, que tiene legitimidad de
origen y seguramente tendrá legitimidad de obra. Quienes formamos
parte del Consejo Político Nacional en otras etapas -y desde luego
yo mismo- saludamos con afecto y consideración, con solidaridad
y respeto, a los nuevos integrantes de este cuerpo directivo.
Me satisface que otros priístas asuman, en su propia hora, la
enorme responsabilidad que recae en el Consejo Político. Les deseamos
éxito y les ofrecemos colaboración en su ardua tarea: una colaboración
que se muestre en retirar obstáculos y sumar energías.
Buena
parte del porvenir de nuestra organización política, del alcance
de sus mejores metas, del prestigio que adquiera y conserve entre
sus militantes y ante los ojos del pueblo -que es foro y tribunal
en el que comparece el partido todos los días- depende del acierto
que logre el flamante Consejo Político Nacional. Y todo ello también
depende -no hay duda- del acceso al partido de las nuevas generaciones,
los jóvenes de México, que tomen en sus manos limpias y fuertes
el legado de sus predecesores y lo conviertan, engrandecido, en
el patrimonio de sus sucesores.
Pero
dije que otros capítulos aguardan. No en el futuro distante, sino
ahora mismo. Otros capítulos que también deberán ser fecundos
en buenos resultados y en progresos. Necesitamos unos y otros.
Los necesitamos para perdurar. Y los necesita el pueblo para que
actúe, vigoroso y eficaz, el partido político que habrá de representarlo
y defenderlo. A esto concurren muchos intereses: los de casi cien
millones de mexicanos, que constituyen la nación con la que se
ha comprometido nuestro partido y a la que no puede abandonar
ni fallar en una circunstancia crítica como la que hoy atraviesa.
Se
halla en marcha una competencia interna. En la elección de quienes
deberán ocupar la Presidencia y la Secretaría General del Comité
Ejecutivo Nacional participan distinguidos militantes, todos ellos
con una larga hoja de servicios y un acreditado aprecio por nuestra
organización política, a la que han entregado muchos años de su
vida. Son priístas de primera línea. Son, además, nuestros compañeros.
Y son nuestros amigos. Los saludamos con esos sentimientos de
amistad y compañerismo. Tienen a su cargo una grave tarea hasta
el momento de los comicios internos y después de ellos. Más allá
de los trabajos proselitistas, que son legítimos y necesarios,
les ha correspondido otro trabajo todavía más necesario y legítimo:
contribuir -con todos nosotros, sus compañeros y sus amigos- a
la unidad que es condición de nuestra fuerza como partido político;
unidad de la que depende la posibilidad que tengamos de mantener
a salvo el proyecto nacional que representamos, con todo lo que
ello significa. Y significa mucho en nuestra historia: la del
partido y la del país.
Hay
quienes apuestan a que el Partido Revolucionario Institucional
será derrotado desde dentro. Es una antigua apuesta, que antes
perdieron nuestros adversarios y que perderán ahora. Para que
otra cosa pasara sería necesario que se desvaneciera la convicción
que nos une y anima, y olvidáramos el compromiso que tenemos con
la nación mexicana, mucho más que con nosotros mismos. En las
décadas de los gobiernos priístas, nos acostumbramos a ver en
los mayores recintos de la República una consigna inapelable:
«la Patria es primero». Hoy, que esa consigna palidece, nuestro
partido puede rescatarla y practicarla: dentro y fuera. Creo que
el partido está preparado y resuelto a ganar de nuevo en esta
competencia. Lo está a ganar en la batalla por la nación. Lo está
a prevalecer en la elección de diputados federales en el 2003.
Lo está a recuperar el Poder Ejecutivo Federal en el 2006. Y estoy
persuadido de que los priístas no olvidamos que el 2003 pasa por
el 2002, y el 2006 pasa por ambos. Las buenas cuentas del tiempo
son referencia y condición para las buenas cuentas de la política.
La
Constitución de 1917 sigue encarnando la mejor corriente de la
vida pasada y el mejor proyecto para la vida futura de la nación
y de la república. Y el Partido Revolucionario Institucional,
parte de aquélla y promotor de ésta, refrenda una vez más su filiación
popular y su compromiso nacional. Lo hace en una celebración que
también es recordación, reflexión y compromiso. Lo hace en una
circunstancia histórica particular: la instalación del nuevo Consejo
Político Nacional y la proximidad de una elección interna en la
que compiten priístas de profunda convicción. Y lo hace, sobre
todo, en una coyuntura insólita. A este crucero acuden viejos
caminos y en él principia el camino del porvenir. El Partido Revolucionario
Institucional sabrá transitarlo, en la vanguardia del pueblo y
con la bandera de la Constitución.
¡Viva
el PRI!
*Mensaje
en la Sesión Solemne de instalación del Consejo Político Nacional,
Auditorio “Plutarco Elías Calles”, 5 de febrero de 2002.
