Teoría de partidos y sistemas de partidos:
(¿Por qué releer a los clásicos contemporáneos?)
VÍCTOR ALARCÓN OLGUÍN*

Dados los resultados positivos para el PRI, producto de su 18 Asamblea, examen consideró que este texto referente a la teoría que sustenta a los partidos políticos resulta útil para contextualizar el sistema de partidos de México.

INTRODUCCIÓN No obstante la cantidad de estudios producidos con respecto a la definición de los partidos y los sistemas de partidos durante este siglo, la persistencia de los clásicos contemporáneos como Maurice Duverger, Giovanni Sartori y Angelo Panenbianco es incuestionable. El análisis comparativo de sus trabajos, que constituye el motivo central de este ensayo, sigue siendo relevante en la medida que proporcionan una visión clara de lo que autores como Stefano Bartolini consideran el «enfoque morfológico-organizacional» para el estudio de dichas instituciones políticas (Bartolini, 1991).

Los partidos y los sistemas de partidos se encuentran actualmente en un periodo de severo cuestionamiento general por parte de la sociedad, misma que presenta importantes cambios en sus demandas materiales, así como en el nivel de las identidades individuales y colectivas (Kitschelt, 1992). Como sabemos, dicho argumento ha dado pauta para reivindicar los valores de integración, expresión y canalización de la ciudadanía ya no por conducto de los partidos políticos, sino a través de instancias como los nuevos movimientos sociales o los organismos no gubernamentales; agrupaciones que en estricto sentido, deben ser consideradas a convertirse en nuevos partidos potencialmente orientados a participar en la política por los canales de representación y elección establecidos; o en ser justamente promotores de la transformación integral de dichas instituciones (Bottomore, 1982).

Sin embargo, apelar al declive de los partidos y los sistemas de partido es todavía prematuro y a la vez implica un arma de doble filo, por cuanto debería revisarse con cuidado qué tipo de organizaciones podrían realmente sustituirles, a efecto de acrecentar la posibilidad de acceso a instituciones democráticas y modernas (Blondel, 1978). Más que la muerte histórica de los partidos y los sistemas de partidos, quizá deba insistirse primero en la recreación y la práctica de sus mecanismos de representación y participación competitivos, en donde los partidos han sido pieza clave para lograr la instauración de regímenes democráticos.

Por esta razón, resulta importante regresar a las proposiciones básicas hechas por los tres autores a ser considerados aquí. Desde luego, en aras de fortalecer los puntos comparativos y de diferencia que el lector podrá hallar en las páginas siguientes entre Duverger, Sartori y Panebianco con relación a los dos temas en estudio, ello me ha motivado tener que prescindir de una discusión de los autores de cara a otras corrientes analíticas, aunque en lo posible, haré alguna mención de ello durante el desarrollo del texto.

Mi trabajo se divide en dos partes: la primera ubica el concepto, funciones y ámbitos del partido político enunciados por los tres autores motivo de nuestra discusión. En la segunda parte, se exponen las visiones que Duverger, Sartori y Panebianco tienen con relación al sistema de partidos. El orden de presentación de los autores se ajusta a un criterio que básicamente respeta la secuencia de aparición de sus obras, a efecto de que sea el propio lector quien establezca las líneas de continuidad e innovación aportadas por cada uno de los autores a ambos temas.

HACIA UNA REVISIÓN DEL CONCEPTO, FUNCIONES Y ÁMBITOS DEL PARTIDO POLÍTICO.
Maurice Duverger

Ante la carencia de una teoría general de los partidos, Duverger propone la elaboración de una metodología que comience a dar relevancia a los aspectos estructurales y supraestructurales de dichas organizaciones. Al hacerlo, acepta en parte la división genética del marxismo por cuanto observa que las contradicciones inherentes en los procesos políticos siguen siendo una herramienta útil para el estudio de los partidos. Sin embargo, su trabajo intenta tomar la opción de enfatizar sobre la forma institucional y el accionar que desarrollan los partidos dentro de la estructura del Estado, en tanto criterio que le permita una visión sistemática sobre los tipos y los sistemas de partidos existentes en diversas partes del mundo. A diferencia de las posiciones marxistas y fascistas, que ubican el parámetro clásico de los partidos de clase y antiparlamentarios en esencia, Duverger trata de reivindicar a los partidos-doctrina, que se definen por multiclasistas, plurales y parlamentaristas (D, p.ll). Duverger afirmará que la supuesta correspondencia ideal entre partidos y clases sociales sólo se cumple en las sociedades poco evolucionadas y con estructuras indiferenciadas, condiciones que usualmente tienden al surgimiento de los partidos de masas. Por el contrario, buscar una identificación de clase en sociedades avanzadas sólo traerá una tendencia hacia la conformación de partidos muy disciplinados, pero minoritarios y limitados en su capacidad de voto y potencial de alianzas (D, p.265).

Siguiendo esta preocupación, Duverger nos define que un partido «es una comunidad con una estructura particular» (D, p.ll), cuyo objetivo es «conquistar el poder y ejercerlo» (D, p.15). Aunque luego ajusta dicha definición para decir que: «Un partido no es una comunidad, sino un conjunto de comunidades, una reunión de pequeños grupos diseminados a través del país (secciones, comités, asociaciones locales, etc.), ligados por instituciones coordinadoras» (D, p.46-47). La dinámica organizativa formal, aunque importante, es insuficiente para revelar el comportamiento y el manejo real de dichas estructuras. Duverger asume que los partidos se desenvuelven informalmente, haciendo muchas veces a un lado su propio sistema de reglas interno, pero están siempre atentos a sus cometidos de actuar dentro de los espacios electoral y parlamentario (en su doble connotación de ser medio de representación y gobierno).

Al igual que como lo postulara Panebianco –y en menor grado Sartori–, Duverger reconoce que el momento fundacional de los partidos determina en mucho su posterior evolución y desarrollo. En particular, Duverger identifica dos vías de génesis partidaria:

a) Interna. Esto es, desde los grupos parlamentarios y comités electorales, más presentes en el pasado, cuya orientación va directamente hacia la competición y la conquista de puestos. La subsistencia de dichos grupos y comités sigue determinando en buena medida un núcleo organizativo interno dual de los partidos, ya que sus directivas son primordialmente formadas con los propios parlamentarios. Al mismo tiempo, Duverger indica que dichos partidos surgen cuando no existe un sistema de partidos organizado; b) Externa. Se da más regularmente en la actualidad como producto de la presencia e incursión de organizaciones para-políticas, grupos de interés, nuevos movimientos sociales, etc., mismos que se transforman en partidos para influir dentro del gobierno y/o el parlamento a efecto de hacer prevalecer sus propios intereses (D, p.22), con lo cual se asume la presencia de un sistema de partidos complejo. Sin embargo, la mayor parte de las veces –coincidiendo con Panebianco y Sartori–, Duverger indica que la superposición de dichas estructuras externas en el orden interno de los partidos, hacen que éstos se tornen altamente dependientes, ya que sus directivas son conformadas por líderes que a su vez son dirigentes de otras organizaciones (D, p.16).

Aquí puede verse que Duverger tiene especial interés por los mecanismos de centralización y descentralización al igual que Panebianco, por lo que en ambos autores se configura una necesidad de constituir centros directivos que permitan conciliar los diversos intereses locales e ideológicos que se orientan hacia la retención del poder (D, p.21).

Por desgracia, Duverger deja inconclusa una muy interesante observación con respecto a otra variante de creación externa de los partidos, misma que tiene relación con el Estado –la cual es también advertida por Sartori en su análisis de los partidos únicos. Si bien puede darse la gestación de un partido, dicha organización puede ser proscrita legalmente por diversas causas, lo cual le impide acceder al sistema de competición, con lo cual queda obligado a desenvolverse en la clandestinidad o convertirse en un simple grupo de presión periférico que debe buscar alianzas con algún partido establecido (D, p.25).

Desde luego, este tipo de acciones, más propias –pero no exclusivas– de los regímenes unipartidistas totalitarios y autoritarios, pueden restringir de manera ostensible el correcto funcionamiento de los sistemas de partido e impedir al electorado poder acceder a un real pluralismo competitivo.

Los partidos políticos modernos deben responder a la búsqueda de bienes colectivos, ya que su esencia original les lleva a ser profundamente igualitaristas, anti-elitistas y homogeneizantes (D, p.19). En esto, Duverger y Sartori tienen una diferencia sustantiva con Panebianco quien detecta la evolución de los partidos hacia la posterior búsqueda de bienes selectivos, en donde la eficacia decisional y la institucionalización internas son los factores clave que permiten su mantenimiento y desarrollo no hacia la generalidad, sino hacia la especialización.

Duverger también nos proporciona una radiografía muy reveladora de cómo se estructuran internamente los partidos políticos. En buena medida, la identificación ideológica y el sistema electoral influyen sobre dichos factores. En un primer paso, pueden definirse a los partidos en el nivel de la estructura (ámbito horizontal). Ésta puede ser:

a) Directa (unitaria) en donde no hay nexos o influencias externas o en todo caso tienen una predominancia sobre éstas. Son partidos nacionales, verticales y centralizados (como los partidos comunistas y fascistas). Debido al sistema electoral son más disciplinados a las decisiones internas del partido. Generalmente, se expresan como partidos de masas y de clase.

b) Indirecta (federada). Son partidos que se forman a partir de identidades sociales supraestructurales, como ocurre con los partidos religiosos, étnicos o pluri-clasistas. Muchas veces son partidos regionales horizontales y descentralizados (como los partidos liberales y socialistas). En materia electoral, sus representantes son altamente autónomos frente a las decisiones de la dirección central del partido.

c) Arcaicos o prehistóricos, en donde se dan más bien relaciones y comportamientos de tipo tribal-hereditario u militar-carismático, pero cuya volatilidad hacen imposible su estudio sobre bases regulares. Es decir, son partidos no institucionalizados y por ende, con sistemas de partidos inexistentes.

Un segundo criterio es ubicar a los partidos por sus elementos de base (nivel vertical). En este caso, Duverger ubica los partidos organizados a partir de comités (como los partidos liberal-burgueses), cuya actividad es meramente electoral y su radio de acción está en relación directa con captar votantes en el distrito en disputa. Son agrupaciones voluntarias, muy descentralizadas y generalmente amplias en el número de sus participantes, pero cerradas en la selección de dirigentes, quienes son los que pueden dedicar tiempo a la política (D, p.52). Igualmente distingue a los partidos que se organizan a partir de secciones (como los partidos socialistas). Dichas estructuras son más permanentes, ya que intentan desarrollar un trabajo constante de reclutamiento, organización de masas y educación política, por lo que su membresía es más estrecha y más delimitada geográficamente; pero los requisitos de acceso son menos rigurosos y existe una preocupación electoral como parte de la misión de sus dirigentes (D, p.53).

Adicionalmente, están los partidos basados en las células (como es el caso de los partidos comunistas), cuya base es enteramente profesional, ya que se conforman usualmente en el lugar de trabajo. Son grupos permanentes y los nexos son más personales y trascienden a las propias reuniones partidarias. Su radio de operación y acceso no son muy amplios, por lo que se enfatiza más en su preparación ideológica y no tanto en la competencia electoral (D, p.63). Por último, Duverger ubica la organización de las bases partidarias dadas a partir del concepto de la milicia (como acontece en los partidos fascistas). En ella prevalece una estructura de masas instrumental que sólo es convocada cuando es necesario. Al contrario de los partidos comunistas, no excluye por completo una conquista del poder vía elecciones como su criterio de llegada, aunque al igual que ellos, su preocupación reside en crear estructuras de mando homogéneas e indiscutidas (D, p.66).

El tercer criterio organizativo general utilizado por Duverger se refiere a los niveles de articulación general los cuales pueden ser fuertes o débiles. Como lo explica el propio Duverger, se refiere a la manera en que opera administrativamente un partido. Esta será débil justo en la medida que sus organismos no sean permanentes (como acontece con el sistema de comités); es fuerte en el caso de partidos estructurados: mediante secciones; y será muy fuerte cuando dichos partidos estén sostenidos en células o milicias (D, p. 77). Gracias a esta distinción, Duverger tiende a identificar los partidos de cuadros especializados de (articulación débil) frente a los partidos de masas (de articulación fuerte).

Ahora bien, Duverger se remite a diferenciar los tipos de enlace (vertical y horizontal) y las formas centralizadas y descentralizadas que definen la distribución del poder) dentro de los partidos. Los partidos comunistas y fascistas tienden a situarse como partidos verticales y centrales, mientras que los partidos socialistas y liberal-burgueses son más horizontales y descentralizados. Una diferencia sustantiva estriba en los grados de democracia interna de dichos organismos, ya que en los partidos horizontales hay una responsabilidad directa de los dirigentes ante sus agremiados, mientras que en los partidos verticales sólo son responsables ante la instancia superior una vez que la decisión ha sido tomada, sea en línea ascendente o descendente. Sin embargo Duverger menciona que estos mecanismos pueden combinarse, dando como resultado una explicación de cómo los partidos se relacionan exteriormente para captar nuevos miembros, definir alianzas o imponer mandos en las organizaciones para-partidarias y estatales (D, p.79, 81).

Finalmente, Duverger considera incluir otras variables en su tipología organizativa de los partidos. Por un lado, define aspectos como el origen mismo de los partidos (crucial en la idea de Panebianco); el modelo de financiamiento (nivel de cuotas justas y las vías de adquisición de recursos mediante donaciones públicas y/o privadas) y el régimen electoral. En este último tópico, Duverger indica que la adopción de métodos uninominales o de representación proporcional tienen una notoria influencia sobre el nivel de disciplina y competitividad de los partidos (lo que por mucho tiempo serán conocidas como las «leyes de Duverger»). Esto es, mientras más benévolo sea el acceso a la representación, sin duda se alentará a la formación de nuevos partidos o de que los partidos existentes intenten expandir su influencia, lo cual los llevará a la descentralización (D, p. 89). En su trabajo, Sartori intentará cuestionar y ajustar muchos de los presupuestos de dichas leyes.

Otros criterios empleados por Duverger para ubicar una tipología de partidos se concentran en los problemas de la membresía y la dirección de los mismos. En el primero de los casos, Duverger distingue que los partidos poseen cuatro categorías: electores, simpatizantes, miembros y militantes, mismas que distinguen los niveles de menor a mayor participación. Duverger identifica que los partidos más “institucionalizados» y «especializados» no son aquellos que arriban a una composición cuasi-religiosa, sino aquellos que logran consolidar «círculos interiores de poder» reales. Ello no obsta para seguir ubicando diferencias sustanciales entre los grandes y pequeños partidos, a partir de comparaciones con indicadores inestables como el número de militantes registrados y los votos obtenidos. Aquí, Sartori es justamente quien logra trascender el problema del tamaño formal como sinónimo de la fortaleza interna de un partido, al colocarse en el criterio de identificar a un partido a partir de su «efectividad», misma que se da mediante el número de posiciones de poder obtenidas. De esta manera, un partido de membresía pequeña puede ser más poderoso que un gran partido debido a situaciones propiciadas por los métodos electorales, o debido a coyunturas específicas que hayan motivado al electorado a votar diferente (D, p.127).

En materia de la selección de dirigentes, Duverger coincide con Panebianco en que los partidos tienden a ubicarse en líneas de congelamiento y conservación; ésto es, son pocos dúctiles a la renovación generacional de las élites, e incluso se tornan cada vez más autocráticos, centralistas y totalitarios (D, p.197 y ss.). En este sentido, es interesante ubicar que Duverger busque una clara convergencia entre los tipos de partido y las estructuras de Estado, sea hacia formas regresivas o democráticas, y dependiendo desde luego del nivel de desarrollo institucional y eficacia burocrática que estén presentes (D, p.176).

Duverger muestra las notorias diferencias existentes entre los tipos de partidos que presentan dirigencias reales y aparentes, lo que nos lleva a definir los márgenes de la relación gobierno-partido, en donde las líneas de dependencia y predominio variarán en un «continuum» en donde ya sea que el gobierno se imponga al partido u éste controle al primero, a menos que la sobreviviencia del partido tenga que apelar a sus acervos básicos de lealtades personales, disciplina ideológica o de franca depuración de las disidencias (D, p.211).1

Por ello, un partido se caracteriza no sólo por su fuerza cuantitativa formal, sino por sus capacidades de alianza, el número de asientos y de electores que posea, pudiendo hacer cambiar, según el caso, lo que es un partido con vocación mayoritaria (que posee o puede poseer la mayoría parlamentaria), así como a los grandes partidos y los partidos pequeños, que aspiran a convertirse en mayoritarios, por lo que su sobrevivencia depende de las coyunturas y los convenios establecidos con partidos del primer tipo, por cuanto el número de asientos parlamentarios que posean se puede traducir en posiciones efectivas de poder dentro del gobierno (D, p.307-313). En especial, los partidos pequeños son de gran utilidad en la formación de gobiernos, ya que usualmente desplazan a los grandes partidos para favorecer así a los partidos mayoritarios, con lo cual ejercen lo que Duverger llama una «función de arbitraje» y de coalición. Por su parte, Sartori recuperará dichos atributos en su propia tipología, al definir el potencial de gobierno y las posibilidades de coalición viable que cada partido político pueda desarrollar (S, p.156).

GIOVANNI SARTORI

Una primera intención asumida por Sartori es demostrar el papel institucional que poseen los partidos, en tanto sean considerados como algo superior y distinto de las facciones o de los grupos de presión e intereses (S, p. 88). Los partidos tienen la posibilidad de definir cómo debe conducirse el gobierno mediante su acción. En este sentido, los partidos son partes de un todo, no están en contra de éste (S, p. 36). De esa manera, Sartori tendencialmente ubica que los partidos pueden ser de expresión opositoria, aunque no intervienen en el gobierno; otro tipo es el que funciona dentro del gobierno, pero no ejerce el control; y está el partido de gobierno propiamente dicho. Pero todos ellos cubren los requisitos asumidos por Sartori en su definición mínima: “un partido es cualquier grupo político que se presenta a elecciones, y que puede colocar mediante elecciones a sus candidatos en cargos públicos» (S, p. 92.

Sartori describe el paso de los partidos parlamentarios y orientados hacia sí mismos –cuya función se restringía a exigir un gobierno responsable ante el Parlamento–, a la irrupción de los partidos electorales (orientados hacia el interior de la organización). A la par de buscar votos, generan la presencia de un gobierno que responde a la población una vez alcanzada la universalidad del sufragio. De ahí que se pueda fijar con claridad el surgimiento del llamado «gobierno por partidos” que abre camino hacia la creación de un sistema competitivo de partidos, así como permite pasar a la etapa de los partidos de masas, que orientarán sus fines hacia el exterior de la organización (S, p. 47) .

En este sentido, los partidos no sólo se rigen por principios sino que buscan estabilizarse desde un punto de vista electoral. No basta con que los partidos existan, sino que éstos desempeñen adecuada y voluntariamente sus funciones. De ahí que Sartori les otorgue tres importantes características: a) los partidos no son facciones; esto es, se orientan hacia la obtención de beneficios colectivos; b) un partido es parte de un todo; esto es, desempeñan funciones especificas que no pueden ser ejecutadas por otras instancias; y c) los partidos son conductos de expresión; esto es, generalmente permiten vincular el pueblo al gobierno mediante mecanismos de representación (S, p. 53-54).

Sartori, debido a estas características, enfatiza que rechazar comportamientos faccionales no debe ser confundido con demeritar a los propios partidos. Sin embargo, acepta que dicha función representativa choca con los hechos, ya que los partidos pretenden monopolizar dicha función expresiva y de presión de los intereses de la sociedad ante su gobierno y ante las políticas que éste adopta. Pero añade que junto con los medios de expresión, los partidos adquieren la capacidad de canalización (esto es, de direccionalidad y control del flujo de las demandas). Dicho elemento es sustantivo en la vida de los partidos, en la medida que agregan, seleccionan y llegan a manipular la agenda de opinión que es discutida ante dicho gobierno. En este sentido, Sartori admite que los partidos pueden llegar a distorsionar la «voz» emitida por la sociedad (S, p. 59).

Un elemento muy importante aquí es poder identificar el origen social o estatal de los partidos. Desde luego, ello marca en demasía los márgenes de autonomía y democracia interna de los mismos. En el Estado-partido se da una simbiosis que impide clarificar dónde comienza y dónde acaba la sociedad frente al gobierno. No obstante, es importante prestar atención a la competencia intra-partidaria como un medio que permite distinguir los objetivos de dicho partido, dado que en un sistema plural, el partido se orienta hacia la sociedad, mientras que en un sistema de partido único se orienta a definir los enfrentamientos entre facciones sobre el control del propio partido y el Estado.

Sobre este punto, Sartori presenta una muy elaborada revisión acerca de las condiciones internas de comportamiento dentro de los partidos («la política invisible», S, p. 133), mediante la identificación de sus fracciones (en donde pueden confluir varios grupos); las facciones (que significan grupos con poder específico y excluyente) y las tendencias (que implican inclinaciones y posturas, pero no están expresamente organizadas). Revisa igualmente las actitudes de individuos no alineados y el partido atomizado (alineamiento en torno a figuras), que hace que las dimensiones de organización, motivación, ideología y el espacio izquierda-derecha dentro de los partidos puedan definir cuál es la eventual morfología del mismo, en términos de sus métodos de participación electoral, sus formas de dirección y renovación internas, además de situar sus principales líneas de comportamiento político.

ANGELO PANEBIANCO

Panebianco se muestra partidario de un enfoque que estudia a los partidos políticos a partir del origen genético y los cambios organizativos que se generan dentro de ellos, en lugar de apoyar una perspectiva competitiva, más mecánica y reducida a ciertos elementos y procesos. Esto es, Panebianco enfatiza primero en revisar la intencionalidad cualitativa de los fines que definen a los partidos más que su intensidad cuantitativa en términos de sus resultados, sean éstos endógenos o exógenos.

Panebianco define que el partido político es un sistema organizativo al menos parcialmente autónomo de cara a las desigualdades sociales, y cuyas tensiones internas son primordialmente producto del propio sistema (P, p.4). Es decir, se configuran no sólo como meros instrumentos creados para lograr cierto fin, sino que para Panebianco existe una configuración multidimensional que obliga a estudiar dichas estructuras en su interior, al mismo tiempo que presta atención a sus aspectos ideológicos y electorales. Desde luego, Panebianco no omite el hecho de que un partido político es una estructura que generalmente busca la integración social a partir de la formación, el adoctrinamiento y la movilización de masas.2

Panebianco no desaprueba la clásica visión de los partidos que tratan de maximizar votos y tienen como meta concreta buscar la reelección. Pero dichas actividades son apenas un rasgo distintivo suyo con respecto a otras organizaciones dentro de la arena política. 3 Asume que si bien existen partidos y empresarios políticos que se saben incapaces de ganar y ejercer por sí mismos el poder, su interés concreto estriba en poseer influencia en el gobierno, con lo que se definen como «partidos de oposición», cuyo grado de competencia les permitirá o no intentar transformarse en un «partido de gobierno”. En este punto, puede verse que su caracterización es cercana a la propuesta por Sartori.

En esa dirección, Panebianco define su idea de “poder organizativo” (que asocia con el concepto de institucionalización) como la variable que depende de la acción desarrollada por la génesis particular de los partidos (variable independiente). Dichas estructuras responden a su vez a tres elementos adicionales: 1) revisar su división de trabajo interna; 2) la asignación de tareas entre diferentes dependencias dentro del partido y; 3) la especialización y atribuciones de dichas dependencias con el entorno exterior. A pesar de ser éste una inicial preocupación duvergeriana, en términos de revisar las estructuras, la articulación, los enlaces y los elementos de base del partido, el análisis de Panebianco representa un sólido avance en este punto.

Panebianco indica que los partidos políticos se hallan íntimamente vinculados con la ruta de modernización de los países occidentales, ya que facilitan la formación de “centros” políticos nacionales; definen la movilización de grupos sociales; extienden los derechos y el poder de las viejas asambleas, a la vez que curiosamente orientan la sociedad hacia “el congelamiento de las culturas políticas” en una serie de espacios e identidades precisas. 4 Este último punto es quizá uno de los más nítidos puntos compartidos por Panebianco con Duverger y Sartori, por cuanto abre la puerta a revisar los límites permisibles de la institucionalización de los partidos y de los sistemas de partidos con respecto a la propia evolución de sus intereses de participación y representación social (P, p. XVII). Duverger asocia esto con el problema del desarrollo democrático, mientras que Sartori lo visualiza como un problema más asociado con la modernización de los sistemas competitivos.

Panebianco admite que su análisis no se aboca directamente al estudio de los sistemas de partido –cuestión sí realizada por Duverger y Sartori– porque por lo general, ello obliga a tener que desviar su atención hacia la dimensión externa de operación de los partidos y su adaptación e inserción dentro de los sistemas electorales. Sin duda, este es un punto que permite distinguir al autor italiano (sin duda más preocupado por el problema de la representación y participación internas) de las propuestas de análisis “externo” hechas por Duverger y Sartori. Panebianco afirma que la formación de cada partido político es única (históricamente hablando).

Sin embargo, Panebianco y Sartori coinciden en que los partidos generalmente han observado un vínculo secuencial entre industrialización, la expansión del sufragio y la movilización de masas en la creación de los partidos políticos modernos. Esto es, se ha convertido el agente del desarrollo por excelencia.5 Panebianco y Sartori definen así una diferencia con respecto a los cuasi-partidos o facciones que existieron en las sociedades feudales y agrarias, cuyas acciones y campos de interés eran menos amplios. En este sentido, los partidos políticos modernos fueron creando divisiones sociales más precisas que condujeran hacia la movilización masiva como eje motriz de los partidos, con lo que se abandonaría el concepto de partido parlamentario propio de la antigüedad.

Panebianco define que su enfoque de estudio sobre los partidos se denomina como “genético», en donde las dos variables centrales de estudio serán: 1) el nivel de institucionalización, y 2) el desarrollo y la dinámica interna de dichas instituciones que se expresa en los siguientes indicadores: a) el tamaño de la organización; b) los problemas conectados con la división del trabajo y su complejidad organizativa; c) las influencias y presiones del entorno, y d) los rasgos de la burocracia del partido y el nivel de burocratización (P, p.XVII).

Siguiendo a esta dinámica genético-fundacional, Panebianco distingue tres variables clave que pasó a su tipología ideal de partidos, de notoria influencia weberiana:

1) Los partidos se distinguen por su construcción y desarrollo «burocráticos». Éstos pueden darse mediante una penetración territorial que va desde un centro hacia la periferia, lo cual generalmente da como resultado tener partidos de corte ideológico homogeneizante, tales como partidos conservadores y comunistas, mismos que adoptan el centralismo decisional; por otro lado, puede darse una lógica de formación inversa, que se crea mediante una difusión territorial en donde diversas élites locales confluyen simultáneamente hacia la creación de un centro, lo cual es el rasgo que distingue a los partidos liberales y democráticos, quienes generalmente se definen mediante prácticas confederadas de gobierno interno. Comparativamente hablando, los partidos de penetración territorial producen instituciones más fuertes a diferencia de los partidos creados mediante el proceso de difusión territorial.

2) Los partidos se distinguen por la presencia o ausencia de instituciones promotoras externas. Esto es, los partidos se fundan «patrimonialmente” a partir de sindicatos, movimientos sociales o revolucionarios, o incluso desde el propio gobierno, con los cuales se da una relación que le hace dependiente de los fines y usos particulares que persiga la otra organización, y por tanto le impide definir su propia identidad interna. Los partidos de este tipo son generalmente instituciones débiles.6

3) Los partidos se definen a partir del “carisma”, que puede ser ubicado como “puro” o “estructural”. En el primero de los casos, los líderes y los partidos pueden modelar e imponer condiciones; en el segundo de los casos, líderes y militancia deben negociar a efecto de “interpretar” correctamente las bases y principios del partido. Panebianco afirma que la institucionalización es una suerte de “rutinización del carisma”, que implica la transmisión de la autoridad del líder hacia el aparato del partido. Si este proceso es completado, entonces el partido se logra convertir en una institución fuerte (Panebianco, 1994).

Panebianco acepta que contra su enfoque genético se alzan dos líneas de objeción. Por una parte, se presentan las críticas de tipo sociológico, que asumen que hay «la creencia de que las estructuras de los partidos son el producto de las ‘demandas’ de los grupos sociales y de que por lo general, los partidos mismos no son otra cosa más que manifestaciones de las divisiones sociales en la arena política” (P, p.3). Desde su creación, un partido emerge con déficits de representación y participación, con divisiones sociales de clase o intereses que se expresan con la presencia de coaliciones y alianzas que terminan por imponerse como obstáculos para lograr una igualdad de objetivos dentro del propio partido. 7

La segunda fuente de críticas son hechas desde un enfoque teleológico. Inicialmente adoptan la postura de que los partidos políticos nacen como estructuras homogéneas y con fines determinados, perteneciendo así de entrada a supuestas “familias» ideológicas o a ciertas funciones.8 Sin embargo, Panebianco contesta diciendo que justamente dichas críticas pecan de ver a los partidos bajo una lectura excesivamente estática, sin reparar que «partidos con electorados sociológicos diferentes a veces tienen estructuras organizativas similares; y partidos con electorados sociológicos similares a menudo tienen estructuras diferentes” (P, p. 276, nota 6). Es decir, la visión de Panebianco trata de prevenir una lectura demasiado rígida y unidimensional en cuanto definir una tipología de los partidos.

¿Cómo se orienta entonces la acción de los partidos? Frente a las críticas sociológicas que asumen la idea de que un partido distribuye «bienes colectivos» entre todos los participantes (como originalmente los ven Sartori y Duverger), la visión de Panebianco se acerca a la definición utilitarista en que los partidos se diferencian de otras organizaciones sociales justamente a partir de ubicar su interés sobre ciertos «bienes selectivos». Esto es, a los partidos no les interesa participar o pronunciarse en todos los espacios y temas en la arena social como sí acontece con los nuevos movimientos sociales y los grupos de interés, que deben llamar la atención de los electores y la sociedad de cualquier modo (P, p. 9,10).

Mientras que los modelos sociológicos inicialmente determinan un esquema de lealtades basados en incentivos de identidad (voluntarismo), de solidaridad (que no crea obligatoriedad) y de ideología (que se orienta expresamente a la participación adaptativa frente al entorno), la postura de Panebianco asume principios de estabilidad y perdurabilidad que están directamente asociados con incrementos materiales, con garantizar la continuidad y la correcta división burocrático-jerárquica interna, así como el aumento del compromiso y el status de dominación del propio partido en favor de sus militantes frente a otras fuerzas políticas. En esa dirección, la libertad de acción y la ideología se tornarán más ambiguas e inexpresivas para definir al partido, así como el trabajo partidario se convertirá cada vez más profesional y remunerado. El crecimiento de estas organizaciones se vuelve lento y cerrado, a diferencia de la expansión y apertura que define a sus primeras etapas.

En ese sentido, Panebianco asume que dentro de los partidos existe un intercambio de poder en donde deben conciliarse los territorios electorales con las limitantes organizacionales, y cuyo equilibrio es primordial para el éxito de las negociaciones internas, así como también anticipar el reto externo de nuevos competidores. Para ello, los partidos buscan la articulación, la sustitución y la sucesión de sus fines (P, p.13).

Otro aspecto importante dentro de la concepción de Panebianco es que un partido político –coincidiendo aquí con Duverger– está formado por sus miembros activos, sus simpatizantes (individuos cercanos pero sin membresía) y sus votantes (P, p.25) Pero su accionar concreto, en términos de asegurar su estabilidad y continuidad decisionales, se define a partir de su llamada «coalición dominante» (Duverger le denomina «círculo interior»), a la que se confiere un amplio poder para definir el rumbo del partido en áreas sustantivas como: crear las áreas de asesoría y decisión del partido; definir el manejo de las relaciones y eventuales alianzas externas del partido frente a otras fuerzas e instituciones; crear las áreas de comunicación e información; establecer el orden y las reglas internas del partido mediante la aplicación de los estatutos; establecer los métodos de financiamiento y gasto del partido; así como definir los métodos de reclutamiento y expulsión de la membresía del partido (P, p. 37).

Dicha coalición dominante no sólo implica revisar los problemas existentes entre un líder personal y los círculos interiores parlamentario, gubernamental y burocrático, como lo pensaba Duverger, sino que se forma también con liderazgos regionales y con líderes no formalmente partidarios. De ahí que la incertidumbre de las alianzas internas y externas sea un elemento más importante para Panebianco como causa potencial para la caída de un partido desde el punto de vista organizativo, a la vez que define con exactitud cuál es el orden organizativo que éste posee y la relación que guarda con el exterior.

Panebianco evalúa el orden organizativo interno de los partidos mediante tres criterios: a) el grado de cohesión, b) el grado de estabilidad, y c) el mapa formal de funciones y responsabilidades, con los cuales el liderazgo del partido puede sostener su legitimidad (P, p. 39). Sin embargo, Panebianco también reconoce la presencia de criterios nacionales, nacionales externos y extra-nacionales externos como argumentos de la legitimidad de los partidos (P, p. 64-65).

Regresando al tema de la institucionalización, ésta será alta o baja dependiendo de la capacidad de autonomía y sistematicidad que dicho partido adquiere cuando posee a una coalición dominante y un centro de poder que no dependen exclusivamente de su espacio parlamentario, existiendo así una convergencia vertical basada en verdaderos cuadros profesionales y funciones jerárquicas definidas (Panebianco llama a esto la «tendencia centrípeda e interna»). En caso contrario, el partido sigue sometido a su faccionalización y depende más de su difusión horizontal. Dicha institucionalización es «débil» en la medida que sigue atenta a influencias exógenas en donde pesa más el voluntarismo y el «amauteurismo» de sus militantes y dirigencia. Esto también ocurre en momentos de expansión partidaria (Panebianco define este proceso como la «tendencia centrífuga») (P, p. 61).

Bajo esta lectura de articulación institucional que se añade a su primera lectura de tipo genético-fundacional, Panebianco cataloga la existencia de dos grandes tipos de partidos: a) el partido electoral-profesional que responde a la lógica centrípeda antes expuesta; y b) el partido burocrático de masas, que se ajusta a los elementos centrífugos aquí descritos (P, p. 263-264).

Con base en esta visión, un partido es eficaz en la medida que pueda superar los llamados «umbrales de sobrevivencia y rigidización», que se significan por conciliar su tamaño interno (que debe ser pequeño para facilitar su control organizativo y de liderazgos) con su influencia externa (que debe ser creciente en cuanto el número de votantes) (P, p. 193). De ahí que los partidos deban asumir los retos de cómo conservar sus capacidades de movilización y participación, para así equilibrarlas con su dinámica de especialización interna y necesario crecimiento organizativo-territorial. Aquí el problema de establecer un criterio decisional aceptable entre la mayoría y las minorías es crucial para garantizar la marcha interna del partido.

En esa dirección, la crisis de un partido político y su consiguiente cambio no se deben a factores electorales, como parecen pensar Sartori o Duverger, sino que éstos son el producto de disfunciones organizativas internas (conflicto entre generaciones, cambios ideológicos o de métodos de elección interna, p. ej.) que se trasladan hacia las arenas externas. Junto a la idea de estabilidad tenemos entonces el reto de la circulación de la coalición gobernante y la necesidad de introducir reformas que coadyuven a fortalecer la estructura de representación endógena y exógena del partido (Panebianco, 1989).

DEFINIENDO AL SISTEMA DE PARTIDOS
Maurice Duverger

En un primer criterio clasificatorio, Duverger asume que los sistemas de partidos se definen como las formas y modalidades en que coexisten los partidos, a partir de diversas variables centrales: una es la estructura interna, que permite ubicar los sistemas centralizados o descentralizados; los partidos totalitarios y especializados, los partidos flexibles y rígidos. En un segundo plano, Duverger abre su clasificación a factores supraestructurales tales como el número, las dimensiones ideológicas, la capacidad de alianzas, el nacionalismo, la repartición política, la historia, la religión, las étnias, etc (D, p. 231).

Sin embargo, entre todos estos factores, Duverger afirma que el régimen electoral es la variable clasificatoria más importante, ya que determina el número, la dimensión, el nivel de alianzas y de representación obtenido por cada partido, llegando incluso a precisar que dependiendo de la fórmula y el principio electoral a ser aplicado, éste generará sistemas de partido basados en el dualismo (si aplica el mecanismo de mayoría a una sola vuelta), el multipartidismo moderado (con mecanismo de mayoría a dos vueltas), o el multipartidismo extremo (si se aplica la representación proporcional o un sistema mixto con bajos umbrales de acceso), que nos darán una pauta para ser la fortaleza interna de las instituciones de gobierno (D, p. 232).9

Siguiendo la clasificación por el número de partidos, Duverger ubica los sistemas de dualistas y multipartidarios como una expresión democrático-pluralista, mientras que el partido único define al sistema de corte totalitario. En los sistemas dualistas se da la persistencia de que dos partidos compiten por el poder cubriendo la mayor parte del espacio político. Aunque exista la irrupción de terceras fuerzas, el dualismo no puede mantenerse si uno de los contendientes asume una actitud anti-sistema y pasa entonces a una acción irreconciliable que terminará por destruir dicha estructura. Un sistema dualista también puede ser destruido si una de las partes se ve notoriamente beneficiada por la acción de agentes e instituciones que controlen o induzcan una distorsión de los resultados.

Para Duverger, en los sistemas dualistas –como en ningún otro– no hay posibilidad para generar partidos de centro, aunque puede haber partidos que pretendan desarrollar políticas de centro o estar localizados en medio de dos partidos, pero la sociedad los identifica dentro de una clara polarización ideológica que sitúa a dichos contendientes en cierto punto potencial de alianza con alguno de los extremos (p. 242-243). El centro es un punto neutro no sustentable, y por tanto políticamente obligado a definirse más allá de la conciliación en el momento de realizarse elecciones. En este sentido, intentar ser un partido de centro no es sinónimo de la práctica en que los partidos procuran expandir su radio de influencia para colocarse tendencialmente en otro lugar del «continuum” ideológico, tal y como lo define Sartori (S, p. 165).10 Ahora bien, una de las más sólidas críticas a este tipo de sistema partidario es su tendencia hacia la sub-representación y la polarización extremas, lo cual es altamente inequitativo para la aparición y consolidación de otras fuerzas políticas que deben invertir enormes recursos para poder acceder a la representación y la asignación de puestos (D, p. 254).

En cuanto la ubicación de los sistemas multipartidarios, Duverger ciertamente no ofrece un esquema de manejo atractivo cuando presenta algunos ejemplos de tripartidismo y tetrapartidismo, para luego admitir que después de esa escala, el polipartidismo no sigue patrones definidos, lo que hace virtualmente imposible su manejo teórico, aunque asume que su modesta contribución a veces permite mitigar los problemas de la sub-representación y la polarización. Sin embargo, Duverger indica que su incorrecto manejo puede atomizar las demandas sociales, así como desalentar la formación de alianzas, si no se tiene una fórmula electoral adecuada para lidiar con la proliferación de partidos que su práctica regularmente implica en términos de inestabilidad (D, p. 264, 276).

Finalmente, Duverger aborda el tema del partido único en sus variantes fascistas y comunistas. Sin embargo, por carecer todavía del matiz conceptual entre regímenes totalitarios y autoritarios, es claro que la tipología de Duverger no puede sostener bajo un mismo molde las prácticas de terror y no competencia de un partido único –esto es, de regímenes autocráticos con un partido de Estado–, como sinónimos de los regímenes hegemónicos que sí cuentan con opciones distintas al partido de gobierno. Dichos sistemas, si bien formalmente plurales, no pueden competir por el poder en los hechos, ya que se les vislumbra como ejercitadores de una política contra el Estado y no en favor de éste (D, p. 283, 287). En marcar sus diferencias con esta contradicción analítica que implica hablar de un «pluralismo sin democracia», Sartori tuvo más éxito con sus análisis, como se verá más adelante.

Ahora bien, la fisonomía de un sistema de partidos depende desde luego de sus capacidades evolutivas, que Duverger identifica con: a) la alternancia entre partidos; b) la participación estable, que implica la no modificación de los partidos; c) el dominio (que habla de la permanencia de un partido como rector del sistema) y d) la tendencia hacia la radicalización (asociada con el ingreso de nuevas fuerzas al sistema, sean reales o aparentes) que experimentan los integrantes del sistema, lo cual provoca notorias alteraciones en el comportamiento del mismo (D, p. 325-333). Bajo estas condiciones, las modificaciones de un sistema de partido pueden ser bruscas o evolutivas, con lo cual el potencial de alianzas entre partidos puede darse en tres planos: el estrictamente electoral, el parlamentario y el gubernamental, pudiéndose dar en uno o en todos los niveles simultáneamente, y en donde cada uno de los actores decide hasta qué punto mantendrán su participación, la cual a su vez tiene una poderosa influencia en la configuración de la opinión y participación electoral de la ciudadanía (D, p. 355, 414).

En este sentido, es que la función integradora de los partidos políticos queda claramente marcada en la medida que puedan definir y modelar las preferencias del votante en una elección, así como en el modo que el sistema de partidos ofrezca opciones plurales concretas. Pero éstas se irán estrechando en tanto que se tenga un modelo de gobierno con poca separación entre los poderes, generalmente presidencialista y dualista en el número de partidos efectivos, lo cual deja a los partidos y los sistemas de partidos ante la tentación eficientista del congelamiento, la concentración y la centralización del partido único, que ciertamente se mantenía como la principal amenaza de la época para la democracia liberal.

GIOVANNI SARTORI

Sartori inicialmente define que el sistema de partidos es una sub-unidad del sistema político, cuya apertura y evolución han dependido de que los países logren acumular condiciones significativas de representación y participación por parte de los partidos y la ciudadanía, pero ambas no son suficientes. Sin embargo, Sartori define que «si no hay un gobierno constitucional y responsable, ello no conduce en lo absoluto a una comunidad política basada en los partidos, a un sistema de partidos» (S, p. 50).

Sartori es categórico en aclarar las condiciones por las cuales podemos definir a un sistema de partidos.11 «Un sistema de partidos es precisamente el sistema de interacciones que es resultado de la competencia entre partidos» (S, p. 69). Por ello, en abierta diferencia con Duverger, Sartori señala que éste no existe dentro de prácticas estrictamente unipartidistas. Esto es, excluye la supuesta democracia interna de un partido único. Un Partido-Estado no constituye un sistema de partidos per se, sino un partido-sistema, por más facciones y tendencias que existan, dado que suprimen la presencia abierta de la oposición y del disenso. Esto es, canalizan conductas, pero no permiten la expresión de la sociedad. Casos extremos de esta práctica son los Estados sin partidos (monarquías absolutas) o los Estados anti-partidos (como las dictaduras militares).

Para Sartori, un sistema de partidos debe reflejar la presencia y el sentido de oportunidad de fuerzas políticas plenamente diferenciadas, aunque dicho sistema termine por alentar la hegemonía y la predominancia de un partido sobre los otros, pero siempre en condiciones de competitividad y estabilidad democráticas, para así poderlo distinguir del Estado-partido (Sartori inicialmente llama a este sistema «unipartidismo pluralista” (S, p. 74). Sin embargo, Sartori reconoce que frente a las fallas del pluralismo, la tendencia hacia la minimización y supresión gubernamentales sobre el sistema de partidos para llegar al Estado de partido único, en ocasiones se ha presentado como una salida de gobernabilidad no democrática en medio de la crisis (S, p. 66).

De ahí que se admita que los sistemas de partido plurales sean también motivo de crítica. Sartori admite que por lo general persisten objeciones en torno al tamaño adecuado del sistema de partidos, por cuanto se establece que los sistemas bipartidistas no ofrecen alternativas amplias al electorado (apelando al factor de una baja competencia), mientras que los sistemas multipartidarios extremos pueden producir una seria amenaza para la formación y conducción de los gobiernos (crítica que se hace en favor de la estabilidad) (S, p. 78). Esto es, los sistemas de partidos no garantizan plenamente poder reflejar el espectro de preferencias que pudieran presentarse o no en la sociedad, sea porque las restricciones legales y electorales impiden el acceso a nuevos partidos; o porque la sociedad evoluciona más rápido, desactualizando así la oferta de los partidos existentes.

Como es de sobra conocido, la tipología de Sartori asume que el criterio de clasificar a los sistemas de partido mediante su número es insuficiente, aunque sea útil para saber qué tanto se halla fragmentado el poder. Otros criterios como la clasificación ideológica permiten definir el nivel de pragmatismo y fraccionalización –o polarización como prefiere manejarlo el propio Sartori. Por otra parte, el criterio de la competitividad define cuestiones tales como las capacidades de hegemonía y la predominancia (propios de los sistemas unipartidistas), además de la oportunidad y la alternancia del pluralismo limitado o extremo (presentes dentro de los sistemas multipartidarios moderados o polarizados). El estudio de la fuerza (número de votos traducidos en escaños) y la colocación de un partido (influencia) dentro del espectro izquierda-derecha (que definen la intensidad y segmentación-distancia prevalecientes entre los partidos del sistema), son indicadores adicionales de la configuración clasificatoria de Sartori (S, p.160-162).

Asimismo, la compleja conceptualización de Sartori define tanto un criterio numérico –que va de la concentración a la atomización– como uno de carácter ideológico –que va de la concentración a la dispersión. Por sí solos, cada uno constituyen clases distintas de sistema de partidos orientadas a definir una visión distributiva del poder (cada uno originalmente sólo presta atención a una variable, a diferencia de las tipologías, que combinarán más de un atributo). Mezclando aquí ambos criterios, se pueden dividir a los sistemas de partidos en:

1) De partido único (monopolio);
2) De partido hegemónico (jerarquía-monopolio relajado);
3) De partido predominante (concentración unimodal-sin alternancia);
4) Bipartidista (concentración equilibrada-con alternancia);
5) De pluralismo moderado (fragmentación baja);
6) De pluralismo polarizado (polarización con alta fragmentación), y
7) De atomización (sin equivalente en el segundo eje clasificatorio) (S, p. 160, 163).

Por otra parte, Sartori pasa a ubicar otra variable de clasificación que permite definir el carácter competitivo y no competitivo del sistema de partidos. En este sentido, Sartori aclara que su propuesta metodológica se aplica sólo para Estados consolidados estructuralmente. Aquí sólo cabría mencionar que los criterios creados por Sartori para identificar los sistemas de cuasi-partidos prevalecientes en Estados no consolidados, todavía invitan a definir situaciones provisionales y residuales que los acercan más a las experiencias no competitivas que a las de tipo democrático. Bajo el rubro competitivo ubica a los sistemas que van desde el partido predominante hasta el pluralismo polarizado (categorías 3 a 6), mientras que en la categoría de no competitivos ubica a los sistemas de partido único y hegemónico (categorías 1 y 2). Sólo a guisa de exposición, indico cuáles son los signos básicos de cada uno de ellos, mismos que se refieren a realidades consolidadas estructuralmente.

En el pluralismo polarizado (entre 5 y 6 partidos importantes) persiste la presencia de partidos anti-sistema (fascistas o comunistas) que pueden estar en ambos lados del espectro; existe un partido ocupando el centro espacial, aunque su tendencia es centrífuga; hay una clara dispersión ideológica y un alto nivel de demagogia e irresponsabilidad con respecto a las reglas por parte de la oposición (S, p. 165 y ss.) En el pluralismo moderado (de 3 a 5 partidos importantes) se tiende al gobierno de coalición entre al menos dos fuerzas, lo que le da un rasgo bipolar, aunque no ideológicamente distantes entre sí; en dicho sistema se revela todavía una gran fragilidad por los cambios que dichas coaliciones pueden experimentar al cambiar el sentido de las alianzas. Sin embargo, su competencia es centrípeta (S, p. 227).

En el sistema bipartidista (de 2 partidos importantes) es clave tener el número de escaños necesarios para formar mayoría, como criterio de acceso para gobernar solos; o tener el número suficiente para aspirar a la alternancia del poder en la próxima elección, con lo que se deja fuera a terceras fuerzas que potencialmente pudieran tener una presencia residual (S, p. 236). En el sistema de partido predominante (con 1 partido importante), éste se da si un partido se ha mantenido en el poder de manera continua durante tres elecciones con mayoría absoluta. No cuenta por lo regular con competidores de peso, pero se somete al escrutinio y hay una garantía real de oportunidades para contender.

Pasando a la dimensión de los regímenes no competitivos, Sartori define que en estos sistemas, sin embargo, puede haber una condición «subcompetitiva» (esto es, cuando voluntariamente sólo se registra un candidato que vence sin oposición). La no competencia se sitúa en el momento que no se permiten elecciones disputadas con plena igualdad de derechos (competitividad), y por el contrario, se les atemoriza, sanciona y/o reprime por demandar la realización de elecciones o simplemente intentar competir (S, p. 260). Por lo general, los sistemas no competitivos se rigen por la presencia del partido único, que puede desarrollar tres importantes variantes de acción: a) totalitario (netamente ideológico, punitivo e intolerante en sus niveles de politización y expresión), b) autoritario (que si bien es excluyente frente a los no miembros, su ideología y sus niveles de represión no son excesivos) y c) pragmático (que asume cierta independencia en el terreno ideológico y en el debate intra-partidario, así como tiende más bien a la integración de nuevos miembros) (S, p. 273).

Finalmente, los partidos hegemónicos asumen la existencia de un partido que está rodeado de partidos secundarios, algunos de los cuales no tienen garantías formales ni reales de competencia; mientras que otros conscientemente desempeñan el papel de comparsas electorales (S, p. 278). En este tipo de sistema, sólo hay dos variantes: uno, de hegemonía-ideológica (con fuerte énfasis en la identidad interna del partido principal, que casi lo acerca al unipartidismo autoritario, salvo por la presencia de los partidos «tolerados»); y el segundo, denominado como hegemónico-pragmático (en donde hay menos presión por la identidad ideológica interna, pero se mantiene la tendencia a la dominación del Partido-Estado frente a los otros actores del sistema) (S, p. 280).

ANGELO PANEBIANCO

Panebianco no hace un tratamiento analítico expreso de los llamados «sistemas de partido». Sin embargo, Panebianco en forma indirecta presenta algunas reflexiones acerca del entorno y la presencia de variables exógenas para definir cómo influyen éstas en las características fundacionales y organizativas de los partidos, sean para fortalecer su institucionalización o para propiciar el cambio de sus fines (P, 1988, en particular el cap. 14).

En este sentido, Panebianco reconoce que existen al menos dos importantes factores que han permitido ubicar a los partidos frente a la ciudadanía, aunque todos ellos por separado le parecen factores analíticos insuficientes para explicar los niveles de acción de los partidos: uno ha sido el «continuum» ideológico izquierda-derecha; el segundo ha sido la sencilla separación de los partidos pro-sistema o antisistema, que se expresa en la dicotomía entre el partido de gobierno y los partidos de la oposición.

Por otra parte, la capacidad electoral individual de los partidos dependerá de 1) la existencia de competidores (ideológicamente similares) y oponentes (que son ideológicamente distantes) que puedan clamar representatividad dentro y fuera del propio partido, por lo que se recomiendan alianzas para cooptarlos o reducirlos, aunque desde luego son menos frecuentes en el caso de los oponentes; 2) la propia capacidad de atracción frente al electorado; y finalmente, 3) el número de partidos actuantes dentro del sistema. No obstante, Panebianco considera un defecto el que los partidos políticos sean externamente dependientes de factores como la fragmentación numérica del sistema de partidos, provocada por la competitividad atribuible a las reglas del sistema electoral o a la polarización ideológica –tal y como lo intuyen Sartori o Duverger.

Siguiendo dicha línea, Panebianco ubica el paradigma del sistema de divisiones sociales creado por Lipset y Rokkan (1967), como una aportación que ha evolucionado en múltiples dimensiones políticas que ahora pueden estar sobrepuestas unas con otras, y que en cierta medida, hacen poco factible seguir concentrando en un «cleavage» central todas las contradicciones subyacentes en la arena política sobre materias o entre actores específicos. Para concluir este punto, Panebianco sólo analiza de paso el impacto que tienen estos esquemas dicotómicos, al referir que una excesiva fragmentación del sistema de partidos puede afectar a la transformación individual de los mismos tanto en sus funciones como en su tipología.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Desde luego, en un tema tan amplio como el aquí discutido, sería imposible originar una crítica puntual a todos y cada uno de los argumentos que articulan a las propuestas de Duverger, Sartori y Panebianco. No obstante, aquí apunto sólo algunas reflexiones en torno a eIIas, con la idea de que alguna nos lleve a revalorar las funciones tradicionales de integración colectiva e ideológica de los partidos y los sistemas de partido, a la vez poder seleccionar candidatos a los puestos públicos e influir a través de estas instancias en la formulación de la política:

1) La modificación de los fines y naturaleza de los partidos políticos hacen necesario revisar con más detalle hasta qué punto el problema de la cultura es o no un detonante en la reconfiguración de nuevas identidades colectivas conducentes a reordenamientos concretos en el tradicionaI “continuum» izquierda-derecha, en donde los conservadores pasan a ser progresistas y viceversa, como ocurre ahora en los partidos y sistemas de la Europa Oriental, por ejemplo; o para definir qué tan modernos son ahora nuestros sistemas en comparación a lo que pensaba Sartori en los años setenta. En el caso de las sociedades postindustriales, esto serviría para afrontar cuestiones nítidas como los problemas de división social en temas como el medio ambiente, la juventud, el género o la preferencia sexual, mismos que demandan nuevos medios y espacios de representación, así como entender cómo se pueden formar agrupaciones políticas que decidan institucionalizar su participación en términos de competición electoral (Huber e Ingelhart, 1996).

2) En lo concerniente al estudio de los sistemas de partidos, una crítica clara a destacar hacia los tres autores es la escasa atención que prestaron a la tendencia de que mientras más institucionalizado sea el sistema de partidos, los cambios internos de los partidos en lo individual se verán incrementalmente limitados por la acción de factores externos, tales como el papel del Estado, el re-diseño de las leyes electorales, los resultados de las votaciones, el monto del financiamiento público que reciban, así como su eventual participación dentro del gobierno o el parlamento, sea administrando en solitario, o teniendo que participar en un gabinete de coalición en calidad de socio mayoritario o minoritario. En este sentido, debe alentarse el estudio sobre los márgenes de autonomía existentes entre el Estado y los partidos, a los cuales se les identifica cada vez más como menos societarios y cada vez más gubernamentalizados (Rose y Mackie, 1988).

3) Siguiendo a autores como Dieter Nohlen (1994), una de las cuestiones que están ausentes en los autores aquí comentados es precisar cuáles son las peores –y no sólo las mejores– combinaciones de funcionamiento entre el sistema de partido y el gobierno. Con lo anterior, se omite estudiar a los partidos cuando enfrentan, en condiciones poco óptimas, una reordenación del sistema partidario, el cual puede conllevar a la desaparición (o al surgimiento) innecesario de algunas fuerzas que incluso pudieran ser útiles para la estabilidad del propio sistema. Sin duda, la creciente demanda por el realineamiento y el reequilibrio experimentados en muchos sistemas partidarios en el mundo nos remite a una serie de escenarios que difícilmente pudieron ser visualizados en su momento por Duverger, Sartori y Panebianco. Esto implica ver a la política ya no como el simple juego de alternancia, de sumas y restas entre partidos que les toca desempeñar el papel del gobierno o la oposición, según sea el caso (Pizzorno, 1988).

4) Una afirmación que también podría ubicarse como insuficientemente examinada es si los partidos políticos tienen la capacidad para evolucionar ideológicamente y, llegado el caso, cambiar su localización dentro del sistema de partidos. A pesar de lo indicado en contra por los autores, existe suficiente evidencia de que en ciertas coyunturas, la estrategia y la lógica de formación de un partido le puede llevar a modificar y aceptar alianzas con todo tipo de fuerzas -colocadas incluso en el lado extremo del espectro ideológico– a efecto de poder ampliar su cobertura de votantes, para así poder ofrecerse como una mejor alternativa en caso de existir elecciones altamente polarizadas –como por ejemplo, cuando se debate escoger entre democracia o autoritarismo–, o al menos inclinar la balanza en favor de uno de los partidos principales si es que se participa en sistemas de elección a dos vueltas. Esto al menos debería revisarse en los casos de sistemas con partidos poco disciplinados (Offe, 1988; Kitschelt, 1989),

5) Por último, es curioso ver que los autores aquí expuestos no condenen la presencia del llamado «voto transferible», que es típico en sistemas donde los dirigentes partidarios trastocan el resultado de las votaciones al tener que pasar a la negociación directa de los gabinetes, y a veces en total contradicción con sus ofertas de campaña. Sartori sólo nos habla de este problema como la «capacidad de chantaje» (S, p. 157), con que los partidos pequeños y mayoritarios terminan traicionando su función original al transformarla en mera política de facciones; en clientelas y maquinarias electorales sujetas al mejor postor.

Sin duda, la colección de temas aquí vertidos no es sino apenas un diagnóstico que requerirá de mayor investigación y delimitación conceptual sobre éstos y otros problemas que surjan en beneficio del mejor entendimiento futuro de los partidos y los sistemas de partido.

NOTAS:

- Para evitar repeticiones excesivas, las citas a los textos de Duverger, Sartori y Panebianco están abreviadas con la primera letra mayúscula del apellido del autor, seguidas del número de página correspondiente, salvo mención contraria. Adicionalmente aclaro que la versión del libro de Panebianco en que me baso es fundamentalmente la versión inglesa de 1988, como consta en la bibliografía.
1 El más serio exponente de la teoría de las relaciones gobiemo-partido es Jean Blondel (1989).
2 Un estudio dentro de esta línea que privilegia la movilización de masas como el criterio de distinción de los partidos resalta Daalder (1986).
3 Trabajos típicos de esta visión eficientista de los partidos políticos son Katz (1980); o Hermel y Janda, (1994).
4 Por ejemplo, pueden revisarse trabajos clásicos como el enfoque conasociacional de Arend Lijphart, preocupado por resolver en particular los problemas de identidad partidaria en sociedades democráticas, pero culturalmente divididas por factores como la etnia o la religión. Ver Lijphart (1984).
5 Por ejemplo, podemos encontrar aquí a autores clásicos como David Apter (1965); o Weiner y La Palombara (1966).
6 Una visión discordante desde la tradición jurídica (García Pelayo,1986; o Muller,1993) apela a que el Estado es quien da «reconocimiento» a la realidad constitucional de los partidos, no necesariamente los crea. Sin embargo, dicha percepción es igualmente susceptible de criticarse bajo las mismas razones aducidas por Panebianco.
7 La teoría de las divisiones sociales (cleaveges) desde luego remite a Lipset y Rokkan (1967).
8 Sobre la organización de los partidos en familias ideológicas, ver Neumann (1965) y Von Beyme (1986).
9 Resulta curioso descubrir que Duverger no mencione en su trabajo un estudio con el cual hay claras analogías, como lo es la obra de George Burdeau (1980), originalmente publicada en 1949.
10 Un autor que reinvindica la existencia de los partidos de centro y los partidos centrales es Hazan (1996).
11 El primer sistema de partidos históricamente reconocido como tal fue el de Estados Unidos. El trabajo de Richard Hofstadter, aunque publicado originalmente en 1969, es todavía la mejor descripción analítica al respecto (Hofstadter,1986).

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*Politólogo. Profesor-Investigador Titular «C». Del Departamento de Sociología, Área de Procesos Políticos, UAM-Iztapalapa; y docente de asignatura en la FCPyS-UNAM.