Teoría
de partidos y sistemas de partidos:
(¿Por qué releer a los clásicos contemporáneos?)
VÍCTOR ALARCÓN OLGUÍN*
Dados
los resultados positivos para el PRI, producto de su 18 Asamblea,
examen consideró que este texto referente a la teoría
que sustenta a los partidos políticos resulta útil para contextualizar
el sistema de partidos de México.
INTRODUCCIÓN
No obstante la cantidad de estudios producidos con respecto a
la definición de los partidos y los sistemas de partidos durante
este siglo, la persistencia de los clásicos contemporáneos como
Maurice Duverger, Giovanni Sartori y Angelo Panenbianco es incuestionable.
El análisis comparativo de sus trabajos, que constituye el motivo
central de este ensayo, sigue siendo relevante en la medida que
proporcionan una visión clara de lo que autores como Stefano Bartolini
consideran el «enfoque morfológico-organizacional» para el estudio
de dichas instituciones políticas (Bartolini, 1991).
Los partidos y los sistemas de partidos se encuentran actualmente
en un periodo de severo cuestionamiento general por parte de la
sociedad, misma que presenta importantes cambios en sus demandas
materiales, así como en el nivel de las identidades individuales
y colectivas (Kitschelt, 1992). Como sabemos, dicho argumento
ha dado pauta para reivindicar los valores de integración, expresión
y canalización de la ciudadanía ya no por conducto de los partidos
políticos, sino a través de instancias como los nuevos movimientos
sociales o los organismos no gubernamentales; agrupaciones que
en estricto sentido, deben ser consideradas a convertirse en nuevos
partidos potencialmente orientados a participar en la política
por los canales de representación y elección establecidos; o en
ser justamente promotores de la transformación integral de dichas
instituciones (Bottomore, 1982).
Sin
embargo, apelar al declive de los partidos y los sistemas de partido
es todavía prematuro y a la vez implica un arma de doble filo,
por cuanto debería revisarse con cuidado qué tipo de organizaciones
podrían realmente sustituirles, a efecto de acrecentar la posibilidad
de acceso a instituciones democráticas y modernas (Blondel, 1978).
Más que la muerte histórica de los partidos y los sistemas de
partidos, quizá deba insistirse primero en la recreación y la
práctica de sus mecanismos de representación y participación competitivos,
en donde los partidos han sido pieza clave para lograr la instauración
de regímenes democráticos.
Por esta razón, resulta importante regresar a las proposiciones
básicas hechas por los tres autores a ser considerados aquí. Desde
luego, en aras de fortalecer los puntos comparativos y de diferencia
que el lector podrá hallar en las páginas siguientes entre Duverger,
Sartori y Panebianco con relación a los dos temas en estudio,
ello me ha motivado tener que prescindir de una discusión de los
autores de cara a otras corrientes analíticas, aunque en lo posible,
haré alguna mención de ello durante el desarrollo del texto.
Mi
trabajo se divide en dos partes: la primera ubica el concepto,
funciones y ámbitos del partido político enunciados por los tres
autores motivo de nuestra discusión. En la segunda parte, se exponen
las visiones que Duverger, Sartori y Panebianco tienen con relación
al sistema de partidos. El orden de presentación de los autores
se ajusta a un criterio que básicamente respeta la secuencia de
aparición de sus obras, a efecto de que sea el propio lector quien
establezca las líneas de continuidad e innovación aportadas por
cada uno de los autores a ambos temas.
HACIA UNA REVISIÓN DEL CONCEPTO, FUNCIONES Y ÁMBITOS DEL PARTIDO
POLÍTICO.
Maurice Duverger
Ante
la carencia de una teoría general de los partidos, Duverger propone
la elaboración de una metodología que comience a dar relevancia
a los aspectos estructurales y supraestructurales de dichas organizaciones.
Al hacerlo, acepta en parte la división genética del marxismo
por cuanto observa que las contradicciones inherentes en los procesos
políticos siguen siendo una herramienta útil para el estudio de
los partidos. Sin embargo, su trabajo intenta tomar la opción
de enfatizar sobre la forma institucional y el accionar que desarrollan
los partidos dentro de la estructura del Estado, en tanto criterio
que le permita una visión sistemática sobre los tipos y los sistemas
de partidos existentes en diversas partes del mundo. A diferencia
de las posiciones marxistas y fascistas, que ubican el parámetro
clásico de los partidos de clase y antiparlamentarios en esencia,
Duverger trata de reivindicar a los partidos-doctrina, que se
definen por multiclasistas, plurales y parlamentaristas (D, p.ll).
Duverger afirmará que la supuesta correspondencia ideal entre
partidos y clases sociales sólo se cumple en las sociedades poco
evolucionadas y con estructuras indiferenciadas, condiciones que
usualmente tienden al surgimiento de los partidos de masas. Por
el contrario, buscar una identificación de clase en sociedades
avanzadas sólo traerá una tendencia hacia la conformación de partidos
muy disciplinados, pero minoritarios y limitados en su capacidad
de voto y potencial de alianzas (D, p.265).
Siguiendo
esta preocupación, Duverger nos define que un partido «es una
comunidad con una estructura particular» (D, p.ll), cuyo objetivo
es «conquistar el poder y ejercerlo» (D, p.15). Aunque luego ajusta
dicha definición para decir que: «Un partido no es una comunidad,
sino un conjunto de comunidades, una reunión de pequeños grupos
diseminados a través del país (secciones, comités, asociaciones
locales, etc.), ligados por instituciones coordinadoras» (D, p.46-47).
La dinámica organizativa formal, aunque importante, es insuficiente
para revelar el comportamiento y el manejo real de dichas estructuras.
Duverger asume que los partidos se desenvuelven informalmente,
haciendo muchas veces a un lado su propio sistema de reglas interno,
pero están siempre atentos a sus cometidos de actuar dentro de
los espacios electoral y parlamentario (en su doble connotación
de ser medio de representación y gobierno).
Al
igual que como lo postulara Panebianco –y en menor grado Sartori–,
Duverger reconoce que el momento fundacional de los partidos determina
en mucho su posterior evolución y desarrollo. En particular, Duverger
identifica dos vías de génesis partidaria:
a)
Interna. Esto es, desde los grupos parlamentarios y comités electorales,
más presentes en el pasado, cuya orientación va directamente hacia
la competición y la conquista de puestos. La subsistencia de dichos
grupos y comités sigue determinando en buena medida un núcleo
organizativo interno dual de los partidos, ya que sus directivas
son primordialmente formadas con los propios parlamentarios. Al
mismo tiempo, Duverger indica que dichos partidos surgen cuando
no existe un sistema de partidos organizado; b) Externa. Se da
más regularmente en la actualidad como producto de la presencia
e incursión de organizaciones para-políticas, grupos de interés,
nuevos movimientos sociales, etc., mismos que se transforman en
partidos para influir dentro del gobierno y/o el parlamento a
efecto de hacer prevalecer sus propios intereses (D, p.22), con
lo cual se asume la presencia de un sistema de partidos complejo.
Sin embargo, la mayor parte de las veces –coincidiendo con Panebianco
y Sartori–, Duverger indica que la superposición de dichas estructuras
externas en el orden interno de los partidos, hacen que éstos
se tornen altamente dependientes, ya que sus directivas son conformadas
por líderes que a su vez son dirigentes de otras organizaciones
(D, p.16).
Aquí
puede verse que Duverger tiene especial interés por los mecanismos
de centralización y descentralización al igual que Panebianco,
por lo que en ambos autores se configura una necesidad de constituir
centros directivos que permitan conciliar los diversos intereses
locales e ideológicos que se orientan hacia la retención del poder
(D, p.21).
Por
desgracia, Duverger deja inconclusa una muy interesante observación
con respecto a otra variante de creación externa de los partidos,
misma que tiene relación con el Estado –la cual es también advertida
por Sartori en su análisis de los partidos únicos. Si bien puede
darse la gestación de un partido, dicha organización puede ser
proscrita legalmente por diversas causas, lo cual le impide acceder
al sistema de competición, con lo cual queda obligado a desenvolverse
en la clandestinidad o convertirse en un simple grupo de presión
periférico que debe buscar alianzas con algún partido establecido
(D, p.25).
Desde
luego, este tipo de acciones, más propias –pero no exclusivas–
de los regímenes unipartidistas totalitarios y autoritarios, pueden
restringir de manera ostensible el correcto funcionamiento de
los sistemas de partido e impedir al electorado poder acceder
a un real pluralismo competitivo.
Los
partidos políticos modernos deben responder a la búsqueda de bienes
colectivos, ya que su esencia original les lleva a ser profundamente
igualitaristas, anti-elitistas y homogeneizantes (D, p.19). En
esto, Duverger y Sartori tienen una diferencia sustantiva con
Panebianco quien detecta la evolución de los partidos hacia la
posterior búsqueda de bienes selectivos, en donde la eficacia
decisional y la institucionalización internas son los factores
clave que permiten su mantenimiento y desarrollo no hacia la generalidad,
sino hacia la especialización.
Duverger
también nos proporciona una radiografía muy reveladora de cómo
se estructuran internamente los partidos políticos. En buena medida,
la identificación ideológica y el sistema electoral influyen sobre
dichos factores. En un primer paso, pueden definirse a los partidos
en el nivel de la estructura (ámbito horizontal). Ésta puede ser:
a)
Directa (unitaria) en donde no hay nexos o influencias externas
o en todo caso tienen una predominancia sobre éstas. Son partidos
nacionales, verticales y centralizados (como los partidos comunistas
y fascistas). Debido al sistema electoral son más disciplinados
a las decisiones internas del partido. Generalmente, se expresan
como partidos de masas y de clase.
b)
Indirecta (federada). Son partidos que se forman a partir de identidades
sociales supraestructurales, como ocurre con los partidos religiosos,
étnicos o pluri-clasistas. Muchas veces son partidos regionales
horizontales y descentralizados (como los partidos liberales y
socialistas). En materia electoral, sus representantes son altamente
autónomos frente a las decisiones de la dirección central del
partido.
c)
Arcaicos o prehistóricos, en donde se dan más bien relaciones
y comportamientos de tipo tribal-hereditario u militar-carismático,
pero cuya volatilidad hacen imposible su estudio sobre bases regulares.
Es decir, son partidos no institucionalizados y por ende, con
sistemas de partidos inexistentes.
Un
segundo criterio es ubicar a los partidos por sus elementos de
base (nivel vertical). En este caso, Duverger ubica los partidos
organizados a partir de comités (como los partidos liberal-burgueses),
cuya actividad es meramente electoral y su radio de acción está
en relación directa con captar votantes en el distrito en disputa.
Son agrupaciones voluntarias, muy descentralizadas y generalmente
amplias en el número de sus participantes, pero cerradas en la
selección de dirigentes, quienes son los que pueden dedicar tiempo
a la política (D, p.52). Igualmente distingue a los partidos que
se organizan a partir de secciones (como los partidos socialistas).
Dichas estructuras son más permanentes, ya que intentan desarrollar
un trabajo constante de reclutamiento, organización de masas y
educación política, por lo que su membresía es más estrecha y
más delimitada geográficamente; pero los requisitos de acceso
son menos rigurosos y existe una preocupación electoral como parte
de la misión de sus dirigentes (D, p.53).
Adicionalmente,
están los partidos basados en las células (como es el caso de
los partidos comunistas), cuya base es enteramente profesional,
ya que se conforman usualmente en el lugar de trabajo. Son grupos
permanentes y los nexos son más personales y trascienden a las
propias reuniones partidarias. Su radio de operación y acceso
no son muy amplios, por lo que se enfatiza más en su preparación
ideológica y no tanto en la competencia electoral (D, p.63). Por
último, Duverger ubica la organización de las bases partidarias
dadas a partir del concepto de la milicia (como acontece en los
partidos fascistas). En ella prevalece una estructura de masas
instrumental que sólo es convocada cuando es necesario. Al contrario
de los partidos comunistas, no excluye por completo una conquista
del poder vía elecciones como su criterio de llegada, aunque al
igual que ellos, su preocupación reside en crear estructuras de
mando homogéneas e indiscutidas (D, p.66).
El
tercer criterio organizativo general utilizado por Duverger se
refiere a los niveles de articulación general los cuales pueden
ser fuertes o débiles. Como lo explica el propio Duverger, se
refiere a la manera en que opera administrativamente un partido.
Esta será débil justo en la medida que sus organismos no sean
permanentes (como acontece con el sistema de comités); es fuerte
en el caso de partidos estructurados: mediante secciones; y será
muy fuerte cuando dichos partidos estén sostenidos en células
o milicias (D, p. 77). Gracias a esta distinción, Duverger tiende
a identificar los partidos de cuadros especializados de (articulación
débil) frente a los partidos de masas (de articulación fuerte).
Ahora
bien, Duverger se remite a diferenciar los tipos de enlace (vertical
y horizontal) y las formas centralizadas y descentralizadas que
definen la distribución del poder) dentro de los partidos. Los
partidos comunistas y fascistas tienden a situarse como partidos
verticales y centrales, mientras que los partidos socialistas
y liberal-burgueses son más horizontales y descentralizados. Una
diferencia sustantiva estriba en los grados de democracia interna
de dichos organismos, ya que en los partidos horizontales hay
una responsabilidad directa de los dirigentes ante sus agremiados,
mientras que en los partidos verticales sólo son responsables
ante la instancia superior una vez que la decisión ha sido tomada,
sea en línea ascendente o descendente. Sin embargo Duverger menciona
que estos mecanismos pueden combinarse, dando como resultado una
explicación de cómo los partidos se relacionan exteriormente para
captar nuevos miembros, definir alianzas o imponer mandos en las
organizaciones para-partidarias y estatales (D, p.79, 81).
Finalmente,
Duverger considera incluir otras variables en su tipología organizativa
de los partidos. Por un lado, define aspectos como el origen mismo
de los partidos (crucial en la idea de Panebianco); el modelo
de financiamiento (nivel de cuotas justas y las vías de adquisición
de recursos mediante donaciones públicas y/o privadas) y el régimen
electoral. En este último tópico, Duverger indica que la adopción
de métodos uninominales o de representación proporcional tienen
una notoria influencia sobre el nivel de disciplina y competitividad
de los partidos (lo que por mucho tiempo serán conocidas como
las «leyes de Duverger»). Esto es, mientras más benévolo sea el
acceso a la representación, sin duda se alentará a la formación
de nuevos partidos o de que los partidos existentes intenten expandir
su influencia, lo cual los llevará a la descentralización (D,
p. 89). En su trabajo, Sartori intentará cuestionar y ajustar
muchos de los presupuestos de dichas leyes.
Otros
criterios empleados por Duverger para ubicar una tipología de
partidos se concentran en los problemas de la membresía y la dirección
de los mismos. En el primero de los casos, Duverger distingue
que los partidos poseen cuatro categorías: electores, simpatizantes,
miembros y militantes, mismas que distinguen los niveles de menor
a mayor participación. Duverger identifica que los partidos más
“institucionalizados» y «especializados» no son aquellos que arriban
a una composición cuasi-religiosa, sino aquellos que logran consolidar
«círculos interiores de poder» reales. Ello no obsta para seguir
ubicando diferencias sustanciales entre los grandes y pequeños
partidos, a partir de comparaciones con indicadores inestables
como el número de militantes registrados y los votos obtenidos.
Aquí, Sartori es justamente quien logra trascender el problema
del tamaño formal como sinónimo de la fortaleza interna de un
partido, al colocarse en el criterio de identificar a un partido
a partir de su «efectividad», misma que se da mediante el número
de posiciones de poder obtenidas. De esta manera, un partido de
membresía pequeña puede ser más poderoso que un gran partido debido
a situaciones propiciadas por los métodos electorales, o debido
a coyunturas específicas que hayan motivado al electorado a votar
diferente (D, p.127).
En
materia de la selección de dirigentes, Duverger coincide con Panebianco
en que los partidos tienden a ubicarse en líneas de congelamiento
y conservación; ésto es, son pocos dúctiles a la renovación generacional
de las élites, e incluso se tornan cada vez más autocráticos,
centralistas y totalitarios (D, p.197 y ss.). En este sentido,
es interesante ubicar que Duverger busque una clara convergencia
entre los tipos de partido y las estructuras de Estado, sea hacia
formas regresivas o democráticas, y dependiendo desde luego del
nivel de desarrollo institucional y eficacia burocrática que estén
presentes (D, p.176).
Duverger
muestra las notorias diferencias existentes entre los tipos de
partidos que presentan dirigencias reales y aparentes, lo que
nos lleva a definir los márgenes de la relación gobierno-partido,
en donde las líneas de dependencia y predominio variarán en un
«continuum» en donde ya sea que el gobierno se imponga al partido
u éste controle al primero, a menos que la sobreviviencia del
partido tenga que apelar a sus acervos básicos de lealtades personales,
disciplina ideológica o de franca depuración de las disidencias
(D, p.211).1
Por
ello, un partido se caracteriza no sólo por su fuerza cuantitativa
formal, sino por sus capacidades de alianza, el número de asientos
y de electores que posea, pudiendo hacer cambiar, según el caso,
lo que es un partido con vocación mayoritaria (que posee o puede
poseer la mayoría parlamentaria), así como a los grandes partidos
y los partidos pequeños, que aspiran a convertirse en mayoritarios,
por lo que su sobrevivencia depende de las coyunturas y los convenios
establecidos con partidos del primer tipo, por cuanto el número
de asientos parlamentarios que posean se puede traducir en posiciones
efectivas de poder dentro del gobierno (D, p.307-313). En especial,
los partidos pequeños son de gran utilidad en la formación de
gobiernos, ya que usualmente desplazan a los grandes partidos
para favorecer así a los partidos mayoritarios, con lo cual ejercen
lo que Duverger llama una «función de arbitraje» y de coalición.
Por su parte, Sartori recuperará dichos atributos en su propia
tipología, al definir el potencial de gobierno y las posibilidades
de coalición viable que cada partido político pueda desarrollar
(S, p.156).
GIOVANNI
SARTORI
Una
primera intención asumida por Sartori es demostrar el papel institucional
que poseen los partidos, en tanto sean considerados como algo
superior y distinto de las facciones o de los grupos de presión
e intereses (S, p. 88). Los partidos tienen la posibilidad de
definir cómo debe conducirse el gobierno mediante su acción. En
este sentido, los partidos son partes de un todo, no están en
contra de éste (S, p. 36). De esa manera, Sartori tendencialmente
ubica que los partidos pueden ser de expresión opositoria, aunque
no intervienen en el gobierno; otro tipo es el que funciona dentro
del gobierno, pero no ejerce el control; y está el partido de
gobierno propiamente dicho. Pero todos ellos cubren los requisitos
asumidos por Sartori en su definición mínima: “un partido es cualquier
grupo político que se presenta a elecciones, y que puede colocar
mediante elecciones a sus candidatos en cargos públicos» (S, p.
92.
Sartori
describe el paso de los partidos parlamentarios y orientados hacia
sí mismos –cuya función se restringía a exigir un gobierno responsable
ante el Parlamento–, a la irrupción de los partidos electorales
(orientados hacia el interior de la organización). A la par de
buscar votos, generan la presencia de un gobierno que responde
a la población una vez alcanzada la universalidad del sufragio.
De ahí que se pueda fijar con claridad el surgimiento del llamado
«gobierno por partidos” que abre camino hacia la creación de un
sistema competitivo de partidos, así como permite pasar a la etapa
de los partidos de masas, que orientarán sus fines hacia el exterior
de la organización (S, p. 47) .
En
este sentido, los partidos no sólo se rigen por principios sino
que buscan estabilizarse desde un punto de vista electoral. No
basta con que los partidos existan, sino que éstos desempeñen
adecuada y voluntariamente sus funciones. De ahí que Sartori les
otorgue tres importantes características: a) los partidos no son
facciones; esto es, se orientan hacia la obtención de beneficios
colectivos; b) un partido es parte de un todo; esto es, desempeñan
funciones especificas que no pueden ser ejecutadas por otras instancias;
y c) los partidos son conductos de expresión; esto es, generalmente
permiten vincular el pueblo al gobierno mediante mecanismos de
representación (S, p. 53-54).
Sartori,
debido a estas características, enfatiza que rechazar comportamientos
faccionales no debe ser confundido con demeritar a los propios
partidos. Sin embargo, acepta que dicha función representativa
choca con los hechos, ya que los partidos pretenden monopolizar
dicha función expresiva y de presión de los intereses de la sociedad
ante su gobierno y ante las políticas que éste adopta. Pero añade
que junto con los medios de expresión, los partidos adquieren
la capacidad de canalización (esto es, de direccionalidad y control
del flujo de las demandas). Dicho elemento es sustantivo en la
vida de los partidos, en la medida que agregan, seleccionan y
llegan a manipular la agenda de opinión que es discutida ante
dicho gobierno. En este sentido, Sartori admite que los partidos
pueden llegar a distorsionar la «voz» emitida por la sociedad
(S, p. 59).
Un
elemento muy importante aquí es poder identificar el origen social
o estatal de los partidos. Desde luego, ello marca en demasía
los márgenes de autonomía y democracia interna de los mismos.
En el Estado-partido se da una simbiosis que impide clarificar
dónde comienza y dónde acaba la sociedad frente al gobierno. No
obstante, es importante prestar atención a la competencia intra-partidaria
como un medio que permite distinguir los objetivos de dicho partido,
dado que en un sistema plural, el partido se orienta hacia la
sociedad, mientras que en un sistema de partido único se orienta
a definir los enfrentamientos entre facciones sobre el control
del propio partido y el Estado.
Sobre
este punto, Sartori presenta una muy elaborada revisión acerca
de las condiciones internas de comportamiento dentro de los partidos
(«la política invisible», S, p. 133), mediante la identificación
de sus fracciones (en donde pueden confluir varios grupos); las
facciones (que significan grupos con poder específico y excluyente)
y las tendencias (que implican inclinaciones y posturas, pero
no están expresamente organizadas). Revisa igualmente las actitudes
de individuos no alineados y el partido atomizado (alineamiento
en torno a figuras), que hace que las dimensiones de organización,
motivación, ideología y el espacio izquierda-derecha dentro de
los partidos puedan definir cuál es la eventual morfología del
mismo, en términos de sus métodos de participación electoral,
sus formas de dirección y renovación internas, además de situar
sus principales líneas de comportamiento político.
ANGELO
PANEBIANCO
Panebianco
se muestra partidario de un enfoque que estudia a los partidos
políticos a partir del origen genético y los cambios organizativos
que se generan dentro de ellos, en lugar de apoyar una perspectiva
competitiva, más mecánica y reducida a ciertos elementos y procesos.
Esto es, Panebianco enfatiza primero en revisar la intencionalidad
cualitativa de los fines que definen a los partidos más que su
intensidad cuantitativa en términos de sus resultados, sean éstos
endógenos o exógenos.
Panebianco
define que el partido político es un sistema organizativo al menos
parcialmente autónomo de cara a las desigualdades sociales, y
cuyas tensiones internas son primordialmente producto del propio
sistema (P, p.4). Es decir, se configuran no sólo como meros instrumentos
creados para lograr cierto fin, sino que para Panebianco existe
una configuración multidimensional que obliga a estudiar dichas
estructuras en su interior, al mismo tiempo que presta atención
a sus aspectos ideológicos y electorales. Desde luego, Panebianco
no omite el hecho de que un partido político es una estructura
que generalmente busca la integración social a partir de la formación,
el adoctrinamiento y la movilización de masas.2
Panebianco
no desaprueba la clásica visión de los partidos que tratan de
maximizar votos y tienen como meta concreta buscar la reelección.
Pero dichas actividades son apenas un rasgo distintivo suyo con
respecto a otras organizaciones dentro de la arena política. 3
Asume que si bien existen partidos y empresarios políticos que
se saben incapaces de ganar y ejercer por sí mismos el poder,
su interés concreto estriba en poseer influencia en el gobierno,
con lo que se definen como «partidos de oposición», cuyo grado
de competencia les permitirá o no intentar transformarse en un
«partido de gobierno”. En este punto, puede verse que su caracterización
es cercana a la propuesta por Sartori.
En
esa dirección, Panebianco define su idea de “poder organizativo”
(que asocia con el concepto de institucionalización) como la variable
que depende de la acción desarrollada por la génesis particular
de los partidos (variable independiente). Dichas estructuras responden
a su vez a tres elementos adicionales: 1) revisar su división
de trabajo interna; 2) la asignación de tareas entre diferentes
dependencias dentro del partido y; 3) la especialización y atribuciones
de dichas dependencias con el entorno exterior. A pesar de ser
éste una inicial preocupación duvergeriana, en términos de revisar
las estructuras, la articulación, los enlaces y los elementos
de base del partido, el análisis de Panebianco representa un sólido
avance en este punto.
Panebianco
indica que los partidos políticos se hallan íntimamente vinculados
con la ruta de modernización de los países occidentales, ya que
facilitan la formación de “centros” políticos nacionales; definen
la movilización de grupos sociales; extienden los derechos y el
poder de las viejas asambleas, a la vez que curiosamente orientan
la sociedad hacia “el congelamiento de las culturas políticas”
en una serie de espacios e identidades precisas. 4 Este último
punto es quizá uno de los más nítidos puntos compartidos por Panebianco
con Duverger y Sartori, por cuanto abre la puerta a revisar los
límites permisibles de la institucionalización de los partidos
y de los sistemas de partidos con respecto a la propia evolución
de sus intereses de participación y representación social (P,
p. XVII). Duverger asocia esto con el problema del desarrollo
democrático, mientras que Sartori lo visualiza como un problema
más asociado con la modernización de los sistemas competitivos.
Panebianco
admite que su análisis no se aboca directamente al estudio de
los sistemas de partido –cuestión sí realizada por Duverger y
Sartori– porque por lo general, ello obliga a tener que desviar
su atención hacia la dimensión externa de operación de los partidos
y su adaptación e inserción dentro de los sistemas electorales.
Sin duda, este es un punto que permite distinguir al autor italiano
(sin duda más preocupado por el problema de la representación
y participación internas) de las propuestas de análisis “externo”
hechas por Duverger y Sartori. Panebianco afirma que la formación
de cada partido político es única (históricamente hablando).
Sin
embargo, Panebianco y Sartori coinciden en que los partidos generalmente
han observado un vínculo secuencial entre industrialización, la
expansión del sufragio y la movilización de masas en la creación
de los partidos políticos modernos. Esto es, se ha convertido
el agente del desarrollo por excelencia.5 Panebianco y Sartori
definen así una diferencia con respecto a los cuasi-partidos o
facciones que existieron en las sociedades feudales y agrarias,
cuyas acciones y campos de interés eran menos amplios. En este
sentido, los partidos políticos modernos fueron creando divisiones
sociales más precisas que condujeran hacia la movilización masiva
como eje motriz de los partidos, con lo que se abandonaría el
concepto de partido parlamentario propio de la antigüedad.
Panebianco
define que su enfoque de estudio sobre los partidos se denomina
como “genético», en donde las dos variables centrales de estudio
serán: 1) el nivel de institucionalización, y 2) el desarrollo
y la dinámica interna de dichas instituciones que se expresa en
los siguientes indicadores: a) el tamaño de la organización; b)
los problemas conectados con la división del trabajo y su complejidad
organizativa; c) las influencias y presiones del entorno, y d)
los rasgos de la burocracia del partido y el nivel de burocratización
(P, p.XVII).
Siguiendo
a esta dinámica genético-fundacional, Panebianco distingue tres
variables clave que pasó a su tipología ideal de partidos, de
notoria influencia weberiana:
1)
Los partidos se distinguen por su construcción y desarrollo «burocráticos».
Éstos pueden darse mediante una penetración territorial que va
desde un centro hacia la periferia, lo cual generalmente da como
resultado tener partidos de corte ideológico homogeneizante, tales
como partidos conservadores y comunistas, mismos que adoptan el
centralismo decisional; por otro lado, puede darse una lógica
de formación inversa, que se crea mediante una difusión territorial
en donde diversas élites locales confluyen simultáneamente hacia
la creación de un centro, lo cual es el rasgo que distingue a
los partidos liberales y democráticos, quienes generalmente se
definen mediante prácticas confederadas de gobierno interno. Comparativamente
hablando, los partidos de penetración territorial producen instituciones
más fuertes a diferencia de los partidos creados mediante el proceso
de difusión territorial.
2)
Los partidos se distinguen por la presencia o ausencia de instituciones
promotoras externas. Esto es, los partidos se fundan «patrimonialmente”
a partir de sindicatos, movimientos sociales o revolucionarios,
o incluso desde el propio gobierno, con los cuales se da una relación
que le hace dependiente de los fines y usos particulares que persiga
la otra organización, y por tanto le impide definir su propia
identidad interna. Los partidos de este tipo son generalmente
instituciones débiles.6
3)
Los partidos se definen a partir del “carisma”, que puede ser
ubicado como “puro” o “estructural”. En el primero de los casos,
los líderes y los partidos pueden modelar e imponer condiciones;
en el segundo de los casos, líderes y militancia deben negociar
a efecto de “interpretar” correctamente las bases y principios
del partido. Panebianco afirma que la institucionalización es
una suerte de “rutinización del carisma”, que implica la transmisión
de la autoridad del líder hacia el aparato del partido. Si este
proceso es completado, entonces el partido se logra convertir
en una institución fuerte (Panebianco, 1994).
Panebianco
acepta que contra su enfoque genético se alzan dos líneas de objeción.
Por una parte, se presentan las críticas de tipo sociológico,
que asumen que hay «la creencia de que las estructuras de los
partidos son el producto de las ‘demandas’ de los grupos sociales
y de que por lo general, los partidos mismos no son otra cosa
más que manifestaciones de las divisiones sociales en la arena
política” (P, p.3). Desde su creación, un partido emerge con déficits
de representación y participación, con divisiones sociales de
clase o intereses que se expresan con la presencia de coaliciones
y alianzas que terminan por imponerse como obstáculos para lograr
una igualdad de objetivos dentro del propio partido. 7
La
segunda fuente de críticas son hechas desde un enfoque teleológico.
Inicialmente adoptan la postura de que los partidos políticos
nacen como estructuras homogéneas y con fines determinados, perteneciendo
así de entrada a supuestas “familias» ideológicas o a ciertas
funciones.8 Sin embargo, Panebianco contesta diciendo que justamente
dichas críticas pecan de ver a los partidos bajo una lectura excesivamente
estática, sin reparar que «partidos con electorados sociológicos
diferentes a veces tienen estructuras organizativas similares;
y partidos con electorados sociológicos similares a menudo tienen
estructuras diferentes” (P, p. 276, nota 6). Es decir, la visión
de Panebianco trata de prevenir una lectura demasiado rígida y
unidimensional en cuanto definir una tipología de los partidos.
¿Cómo
se orienta entonces la acción de los partidos? Frente a las críticas
sociológicas que asumen la idea de que un partido distribuye «bienes
colectivos» entre todos los participantes (como originalmente
los ven Sartori y Duverger), la visión de Panebianco se acerca
a la definición utilitarista en que los partidos se diferencian
de otras organizaciones sociales justamente a partir de ubicar
su interés sobre ciertos «bienes selectivos». Esto es, a los partidos
no les interesa participar o pronunciarse en todos los espacios
y temas en la arena social como sí acontece con los nuevos movimientos
sociales y los grupos de interés, que deben llamar la atención
de los electores y la sociedad de cualquier modo (P, p. 9,10).
Mientras
que los modelos sociológicos inicialmente determinan un esquema
de lealtades basados en incentivos de identidad (voluntarismo),
de solidaridad (que no crea obligatoriedad) y de ideología (que
se orienta expresamente a la participación adaptativa frente al
entorno), la postura de Panebianco asume principios de estabilidad
y perdurabilidad que están directamente asociados con incrementos
materiales, con garantizar la continuidad y la correcta división
burocrático-jerárquica interna, así como el aumento del compromiso
y el status de dominación del propio partido en favor de sus militantes
frente a otras fuerzas políticas. En esa dirección, la libertad
de acción y la ideología se tornarán más ambiguas e inexpresivas
para definir al partido, así como el trabajo partidario se convertirá
cada vez más profesional y remunerado. El crecimiento de estas
organizaciones se vuelve lento y cerrado, a diferencia de la expansión
y apertura que define a sus primeras etapas.
En
ese sentido, Panebianco asume que dentro de los partidos existe
un intercambio de poder en donde deben conciliarse los territorios
electorales con las limitantes organizacionales, y cuyo equilibrio
es primordial para el éxito de las negociaciones internas, así
como también anticipar el reto externo de nuevos competidores.
Para ello, los partidos buscan la articulación, la sustitución
y la sucesión de sus fines (P, p.13).
Otro
aspecto importante dentro de la concepción de Panebianco es que
un partido político –coincidiendo aquí con Duverger– está formado
por sus miembros activos, sus simpatizantes (individuos cercanos
pero sin membresía) y sus votantes (P, p.25) Pero su accionar
concreto, en términos de asegurar su estabilidad y continuidad
decisionales, se define a partir de su llamada «coalición dominante»
(Duverger le denomina «círculo interior»), a la que se confiere
un amplio poder para definir el rumbo del partido en áreas sustantivas
como: crear las áreas de asesoría y decisión del partido; definir
el manejo de las relaciones y eventuales alianzas externas del
partido frente a otras fuerzas e instituciones; crear las áreas
de comunicación e información; establecer el orden y las reglas
internas del partido mediante la aplicación de los estatutos;
establecer los métodos de financiamiento y gasto del partido;
así como definir los métodos de reclutamiento y expulsión de la
membresía del partido (P, p. 37).
Dicha
coalición dominante no sólo implica revisar los problemas existentes
entre un líder personal y los círculos interiores parlamentario,
gubernamental y burocrático, como lo pensaba Duverger, sino que
se forma también con liderazgos regionales y con líderes no formalmente
partidarios. De ahí que la incertidumbre de las alianzas internas
y externas sea un elemento más importante para Panebianco como
causa potencial para la caída de un partido desde el punto de
vista organizativo, a la vez que define con exactitud cuál es
el orden organizativo que éste posee y la relación que guarda
con el exterior.
Panebianco
evalúa el orden organizativo interno de los partidos mediante
tres criterios: a) el grado de cohesión, b) el grado de estabilidad,
y c) el mapa formal de funciones y responsabilidades, con los
cuales el liderazgo del partido puede sostener su legitimidad
(P, p. 39). Sin embargo, Panebianco también reconoce la presencia
de criterios nacionales, nacionales externos y extra-nacionales
externos como argumentos de la legitimidad de los partidos (P,
p. 64-65).
Regresando
al tema de la institucionalización, ésta será alta o baja dependiendo
de la capacidad de autonomía y sistematicidad que dicho partido
adquiere cuando posee a una coalición dominante y un centro de
poder que no dependen exclusivamente de su espacio parlamentario,
existiendo así una convergencia vertical basada en verdaderos
cuadros profesionales y funciones jerárquicas definidas (Panebianco
llama a esto la «tendencia centrípeda e interna»). En caso contrario,
el partido sigue sometido a su faccionalización y depende más
de su difusión horizontal. Dicha institucionalización es «débil»
en la medida que sigue atenta a influencias exógenas en donde
pesa más el voluntarismo y el «amauteurismo» de sus militantes
y dirigencia. Esto también ocurre en momentos de expansión partidaria
(Panebianco define este proceso como la «tendencia centrífuga»)
(P, p. 61).
Bajo
esta lectura de articulación institucional que se añade a su primera
lectura de tipo genético-fundacional, Panebianco cataloga la existencia
de dos grandes tipos de partidos: a) el partido electoral-profesional
que responde a la lógica centrípeda antes expuesta; y b) el partido
burocrático de masas, que se ajusta a los elementos centrífugos
aquí descritos (P, p. 263-264).
Con
base en esta visión, un partido es eficaz en la medida que pueda
superar los llamados «umbrales de sobrevivencia y rigidización»,
que se significan por conciliar su tamaño interno (que debe ser
pequeño para facilitar su control organizativo y de liderazgos)
con su influencia externa (que debe ser creciente en cuanto el
número de votantes) (P, p. 193). De ahí que los partidos deban
asumir los retos de cómo conservar sus capacidades de movilización
y participación, para así equilibrarlas con su dinámica de especialización
interna y necesario crecimiento organizativo-territorial. Aquí
el problema de establecer un criterio decisional aceptable entre
la mayoría y las minorías es crucial para garantizar la marcha
interna del partido.
En
esa dirección, la crisis de un partido político y su consiguiente
cambio no se deben a factores electorales, como parecen pensar
Sartori o Duverger, sino que éstos son el producto de disfunciones
organizativas internas (conflicto entre generaciones, cambios
ideológicos o de métodos de elección interna, p. ej.) que se trasladan
hacia las arenas externas. Junto a la idea de estabilidad tenemos
entonces el reto de la circulación de la coalición gobernante
y la necesidad de introducir reformas que coadyuven a fortalecer
la estructura de representación endógena y exógena del partido
(Panebianco, 1989).
DEFINIENDO
AL SISTEMA DE PARTIDOS
Maurice Duverger
En
un primer criterio clasificatorio, Duverger asume que los sistemas
de partidos se definen como las formas y modalidades en que coexisten
los partidos, a partir de diversas variables centrales: una es
la estructura interna, que permite ubicar los sistemas centralizados
o descentralizados; los partidos totalitarios y especializados,
los partidos flexibles y rígidos. En un segundo plano, Duverger
abre su clasificación a factores supraestructurales tales como
el número, las dimensiones ideológicas, la capacidad de alianzas,
el nacionalismo, la repartición política, la historia, la religión,
las étnias, etc (D, p. 231).
Sin
embargo, entre todos estos factores, Duverger afirma que el régimen
electoral es la variable clasificatoria más importante, ya que
determina el número, la dimensión, el nivel de alianzas y de representación
obtenido por cada partido, llegando incluso a precisar que dependiendo
de la fórmula y el principio electoral a ser aplicado, éste generará
sistemas de partido basados en el dualismo (si aplica el mecanismo
de mayoría a una sola vuelta), el multipartidismo moderado (con
mecanismo de mayoría a dos vueltas), o el multipartidismo extremo
(si se aplica la representación proporcional o un sistema mixto
con bajos umbrales de acceso), que nos darán una pauta para ser
la fortaleza interna de las instituciones de gobierno (D, p. 232).9
Siguiendo
la clasificación por el número de partidos, Duverger ubica los
sistemas de dualistas y multipartidarios como una expresión democrático-pluralista,
mientras que el partido único define al sistema de corte totalitario.
En los sistemas dualistas se da la persistencia de que dos partidos
compiten por el poder cubriendo la mayor parte del espacio político.
Aunque exista la irrupción de terceras fuerzas, el dualismo no
puede mantenerse si uno de los contendientes asume una actitud
anti-sistema y pasa entonces a una acción irreconciliable que
terminará por destruir dicha estructura. Un sistema dualista también
puede ser destruido si una de las partes se ve notoriamente beneficiada
por la acción de agentes e instituciones que controlen o induzcan
una distorsión de los resultados.
Para
Duverger, en los sistemas dualistas –como en ningún otro– no hay
posibilidad para generar partidos de centro, aunque puede haber
partidos que pretendan desarrollar políticas de centro o estar
localizados en medio de dos partidos, pero la sociedad los identifica
dentro de una clara polarización ideológica que sitúa a dichos
contendientes en cierto punto potencial de alianza con alguno
de los extremos (p. 242-243). El centro es un punto neutro no
sustentable, y por tanto políticamente obligado a definirse más
allá de la conciliación en el momento de realizarse elecciones.
En este sentido, intentar ser un partido de centro no es sinónimo
de la práctica en que los partidos procuran expandir su radio
de influencia para colocarse tendencialmente en otro lugar del
«continuum” ideológico, tal y como lo define Sartori (S, p. 165).10
Ahora bien, una de las más sólidas críticas a este tipo de sistema
partidario es su tendencia hacia la sub-representación y la polarización
extremas, lo cual es altamente inequitativo para la aparición
y consolidación de otras fuerzas políticas que deben invertir
enormes recursos para poder acceder a la representación y la asignación
de puestos (D, p. 254).
En
cuanto la ubicación de los sistemas multipartidarios, Duverger
ciertamente no ofrece un esquema de manejo atractivo cuando presenta
algunos ejemplos de tripartidismo y tetrapartidismo, para luego
admitir que después de esa escala, el polipartidismo no sigue
patrones definidos, lo que hace virtualmente imposible su manejo
teórico, aunque asume que su modesta contribución a veces permite
mitigar los problemas de la sub-representación y la polarización.
Sin embargo, Duverger indica que su incorrecto manejo puede atomizar
las demandas sociales, así como desalentar la formación de alianzas,
si no se tiene una fórmula electoral adecuada para lidiar con
la proliferación de partidos que su práctica regularmente implica
en términos de inestabilidad (D, p. 264, 276).
Finalmente,
Duverger aborda el tema del partido único en sus variantes fascistas
y comunistas. Sin embargo, por carecer todavía del matiz conceptual
entre regímenes totalitarios y autoritarios, es claro que la tipología
de Duverger no puede sostener bajo un mismo molde las prácticas
de terror y no competencia de un partido único –esto es, de regímenes
autocráticos con un partido de Estado–, como sinónimos de los
regímenes hegemónicos que sí cuentan con opciones distintas al
partido de gobierno. Dichos sistemas, si bien formalmente plurales,
no pueden competir por el poder en los hechos, ya que se les vislumbra
como ejercitadores de una política contra el Estado y no en favor
de éste (D, p. 283, 287). En marcar sus diferencias con esta contradicción
analítica que implica hablar de un «pluralismo sin democracia»,
Sartori tuvo más éxito con sus análisis, como se verá más adelante.
Ahora
bien, la fisonomía de un sistema de partidos depende desde luego
de sus capacidades evolutivas, que Duverger identifica con: a)
la alternancia entre partidos; b) la participación estable, que
implica la no modificación de los partidos; c) el dominio (que
habla de la permanencia de un partido como rector del sistema)
y d) la tendencia hacia la radicalización (asociada con el ingreso
de nuevas fuerzas al sistema, sean reales o aparentes) que experimentan
los integrantes del sistema, lo cual provoca notorias alteraciones
en el comportamiento del mismo (D, p. 325-333). Bajo estas condiciones,
las modificaciones de un sistema de partido pueden ser bruscas
o evolutivas, con lo cual el potencial de alianzas entre partidos
puede darse en tres planos: el estrictamente electoral, el parlamentario
y el gubernamental, pudiéndose dar en uno o en todos los niveles
simultáneamente, y en donde cada uno de los actores decide hasta
qué punto mantendrán su participación, la cual a su vez tiene
una poderosa influencia en la configuración de la opinión y participación
electoral de la ciudadanía (D, p. 355, 414).
En
este sentido, es que la función integradora de los partidos políticos
queda claramente marcada en la medida que puedan definir y modelar
las preferencias del votante en una elección, así como en el modo
que el sistema de partidos ofrezca opciones plurales concretas.
Pero éstas se irán estrechando en tanto que se tenga un modelo
de gobierno con poca separación entre los poderes, generalmente
presidencialista y dualista en el número de partidos efectivos,
lo cual deja a los partidos y los sistemas de partidos ante la
tentación eficientista del congelamiento, la concentración y la
centralización del partido único, que ciertamente se mantenía
como la principal amenaza de la época para la democracia liberal.
GIOVANNI
SARTORI
Sartori
inicialmente define que el sistema de partidos es una sub-unidad
del sistema político, cuya apertura y evolución han dependido
de que los países logren acumular condiciones significativas de
representación y participación por parte de los partidos y la
ciudadanía, pero ambas no son suficientes. Sin embargo, Sartori
define que «si no hay un gobierno constitucional y responsable,
ello no conduce en lo absoluto a una comunidad política basada
en los partidos, a un sistema de partidos» (S, p. 50).
Sartori
es categórico en aclarar las condiciones por las cuales podemos
definir a un sistema de partidos.11 «Un sistema de partidos es
precisamente el sistema de interacciones que es resultado de la
competencia entre partidos» (S, p. 69). Por ello, en abierta diferencia
con Duverger, Sartori señala que éste no existe dentro de prácticas
estrictamente unipartidistas. Esto es, excluye la supuesta democracia
interna de un partido único. Un Partido-Estado no constituye un
sistema de partidos per se, sino un partido-sistema, por más facciones
y tendencias que existan, dado que suprimen la presencia abierta
de la oposición y del disenso. Esto es, canalizan conductas, pero
no permiten la expresión de la sociedad. Casos extremos de esta
práctica son los Estados sin partidos (monarquías absolutas) o
los Estados anti-partidos (como las dictaduras militares).
Para
Sartori, un sistema de partidos debe reflejar la presencia y el
sentido de oportunidad de fuerzas políticas plenamente diferenciadas,
aunque dicho sistema termine por alentar la hegemonía y la predominancia
de un partido sobre los otros, pero siempre en condiciones de
competitividad y estabilidad democráticas, para así poderlo distinguir
del Estado-partido (Sartori inicialmente llama a este sistema
«unipartidismo pluralista” (S, p. 74). Sin embargo, Sartori reconoce
que frente a las fallas del pluralismo, la tendencia hacia la
minimización y supresión gubernamentales sobre el sistema de partidos
para llegar al Estado de partido único, en ocasiones se ha presentado
como una salida de gobernabilidad no democrática en medio de la
crisis (S, p. 66).
De
ahí que se admita que los sistemas de partido plurales sean también
motivo de crítica. Sartori admite que por lo general persisten
objeciones en torno al tamaño adecuado del sistema de partidos,
por cuanto se establece que los sistemas bipartidistas no ofrecen
alternativas amplias al electorado (apelando al factor de una
baja competencia), mientras que los sistemas multipartidarios
extremos pueden producir una seria amenaza para la formación y
conducción de los gobiernos (crítica que se hace en favor de la
estabilidad) (S, p. 78). Esto es, los sistemas de partidos no
garantizan plenamente poder reflejar el espectro de preferencias
que pudieran presentarse o no en la sociedad, sea porque las restricciones
legales y electorales impiden el acceso a nuevos partidos; o porque
la sociedad evoluciona más rápido, desactualizando así la oferta
de los partidos existentes.
Como
es de sobra conocido, la tipología de Sartori asume que el criterio
de clasificar a los sistemas de partido mediante su número es
insuficiente, aunque sea útil para saber qué tanto se halla fragmentado
el poder. Otros criterios como la clasificación ideológica permiten
definir el nivel de pragmatismo y fraccionalización –o polarización
como prefiere manejarlo el propio Sartori. Por otra parte, el
criterio de la competitividad define cuestiones tales como las
capacidades de hegemonía y la predominancia (propios de los sistemas
unipartidistas), además de la oportunidad y la alternancia del
pluralismo limitado o extremo (presentes dentro de los sistemas
multipartidarios moderados o polarizados). El estudio de la fuerza
(número de votos traducidos en escaños) y la colocación de un
partido (influencia) dentro del espectro izquierda-derecha (que
definen la intensidad y segmentación-distancia prevalecientes
entre los partidos del sistema), son indicadores adicionales de
la configuración clasificatoria de Sartori (S, p.160-162).
Asimismo,
la compleja conceptualización de Sartori define tanto un criterio
numérico –que va de la concentración a la atomización– como uno
de carácter ideológico –que va de la concentración a la dispersión.
Por sí solos, cada uno constituyen clases distintas de sistema
de partidos orientadas a definir una visión distributiva del poder
(cada uno originalmente sólo presta atención a una variable, a
diferencia de las tipologías, que combinarán más de un atributo).
Mezclando aquí ambos criterios, se pueden dividir a los sistemas
de partidos en:
1)
De partido único (monopolio);
2) De partido hegemónico (jerarquía-monopolio relajado);
3) De partido predominante (concentración unimodal-sin alternancia);
4) Bipartidista (concentración equilibrada-con alternancia);
5) De pluralismo moderado (fragmentación baja);
6) De pluralismo polarizado (polarización con alta fragmentación),
y
7) De atomización (sin equivalente en el segundo eje clasificatorio)
(S, p. 160, 163).
Por
otra parte, Sartori pasa a ubicar otra variable de clasificación
que permite definir el carácter competitivo y no competitivo del
sistema de partidos. En este sentido, Sartori aclara que su propuesta
metodológica se aplica sólo para Estados consolidados estructuralmente.
Aquí sólo cabría mencionar que los criterios creados por Sartori
para identificar los sistemas de cuasi-partidos prevalecientes
en Estados no consolidados, todavía invitan a definir situaciones
provisionales y residuales que los acercan más a las experiencias
no competitivas que a las de tipo democrático. Bajo el rubro competitivo
ubica a los sistemas que van desde el partido predominante hasta
el pluralismo polarizado (categorías 3 a 6), mientras que en la
categoría de no competitivos ubica a los sistemas de partido único
y hegemónico (categorías 1 y 2). Sólo a guisa de exposición, indico
cuáles son los signos básicos de cada uno de ellos, mismos que
se refieren a realidades consolidadas estructuralmente.
En
el pluralismo polarizado (entre 5 y 6 partidos importantes) persiste
la presencia de partidos anti-sistema (fascistas o comunistas)
que pueden estar en ambos lados del espectro; existe un partido
ocupando el centro espacial, aunque su tendencia es centrífuga;
hay una clara dispersión ideológica y un alto nivel de demagogia
e irresponsabilidad con respecto a las reglas por parte de la
oposición (S, p. 165 y ss.) En el pluralismo moderado (de 3 a
5 partidos importantes) se tiende al gobierno de coalición entre
al menos dos fuerzas, lo que le da un rasgo bipolar, aunque no
ideológicamente distantes entre sí; en dicho sistema se revela
todavía una gran fragilidad por los cambios que dichas coaliciones
pueden experimentar al cambiar el sentido de las alianzas. Sin
embargo, su competencia es centrípeta (S, p. 227).
En
el sistema bipartidista (de 2 partidos importantes) es clave tener
el número de escaños necesarios para formar mayoría, como criterio
de acceso para gobernar solos; o tener el número suficiente para
aspirar a la alternancia del poder en la próxima elección, con
lo que se deja fuera a terceras fuerzas que potencialmente pudieran
tener una presencia residual (S, p. 236). En el sistema de partido
predominante (con 1 partido importante), éste se da si un partido
se ha mantenido en el poder de manera continua durante tres elecciones
con mayoría absoluta. No cuenta por lo regular con competidores
de peso, pero se somete al escrutinio y hay una garantía real
de oportunidades para contender.
Pasando
a la dimensión de los regímenes no competitivos, Sartori define
que en estos sistemas, sin embargo, puede haber una condición
«subcompetitiva» (esto es, cuando voluntariamente sólo se registra
un candidato que vence sin oposición). La no competencia se sitúa
en el momento que no se permiten elecciones disputadas con plena
igualdad de derechos (competitividad), y por el contrario, se
les atemoriza, sanciona y/o reprime por demandar la realización
de elecciones o simplemente intentar competir (S, p. 260). Por
lo general, los sistemas no competitivos se rigen por la presencia
del partido único, que puede desarrollar tres importantes variantes
de acción: a) totalitario (netamente ideológico, punitivo e intolerante
en sus niveles de politización y expresión), b) autoritario (que
si bien es excluyente frente a los no miembros, su ideología y
sus niveles de represión no son excesivos) y c) pragmático (que
asume cierta independencia en el terreno ideológico y en el debate
intra-partidario, así como tiende más bien a la integración de
nuevos miembros) (S, p. 273).
Finalmente,
los partidos hegemónicos asumen la existencia de un partido que
está rodeado de partidos secundarios, algunos de los cuales no
tienen garantías formales ni reales de competencia; mientras que
otros conscientemente desempeñan el papel de comparsas electorales
(S, p. 278). En este tipo de sistema, sólo hay dos variantes:
uno, de hegemonía-ideológica (con fuerte énfasis en la identidad
interna del partido principal, que casi lo acerca al unipartidismo
autoritario, salvo por la presencia de los partidos «tolerados»);
y el segundo, denominado como hegemónico-pragmático (en donde
hay menos presión por la identidad ideológica interna, pero se
mantiene la tendencia a la dominación del Partido-Estado frente
a los otros actores del sistema) (S, p. 280).
ANGELO
PANEBIANCO
Panebianco
no hace un tratamiento analítico expreso de los llamados «sistemas
de partido». Sin embargo, Panebianco en forma indirecta presenta
algunas reflexiones acerca del entorno y la presencia de variables
exógenas para definir cómo influyen éstas en las características
fundacionales y organizativas de los partidos, sean para fortalecer
su institucionalización o para propiciar el cambio de sus fines
(P, 1988, en particular el cap. 14).
En
este sentido, Panebianco reconoce que existen al menos dos importantes
factores que han permitido ubicar a los partidos frente a la ciudadanía,
aunque todos ellos por separado le parecen factores analíticos
insuficientes para explicar los niveles de acción de los partidos:
uno ha sido el «continuum» ideológico izquierda-derecha; el segundo
ha sido la sencilla separación de los partidos pro-sistema o antisistema,
que se expresa en la dicotomía entre el partido de gobierno y
los partidos de la oposición.
Por
otra parte, la capacidad electoral individual de los partidos
dependerá de 1) la existencia de competidores (ideológicamente
similares) y oponentes (que son ideológicamente distantes) que
puedan clamar representatividad dentro y fuera del propio partido,
por lo que se recomiendan alianzas para cooptarlos o reducirlos,
aunque desde luego son menos frecuentes en el caso de los oponentes;
2) la propia capacidad de atracción frente al electorado; y finalmente,
3) el número de partidos actuantes dentro del sistema. No obstante,
Panebianco considera un defecto el que los partidos políticos
sean externamente dependientes de factores como la fragmentación
numérica del sistema de partidos, provocada por la competitividad
atribuible a las reglas del sistema electoral o a la polarización
ideológica –tal y como lo intuyen Sartori o Duverger.
Siguiendo
dicha línea, Panebianco ubica el paradigma del sistema de divisiones
sociales creado por Lipset y Rokkan (1967), como una aportación
que ha evolucionado en múltiples dimensiones políticas que ahora
pueden estar sobrepuestas unas con otras, y que en cierta medida,
hacen poco factible seguir concentrando en un «cleavage» central
todas las contradicciones subyacentes en la arena política sobre
materias o entre actores específicos. Para concluir este punto,
Panebianco sólo analiza de paso el impacto que tienen estos esquemas
dicotómicos, al referir que una excesiva fragmentación del sistema
de partidos puede afectar a la transformación individual de los
mismos tanto en sus funciones como en su tipología.
A
MANERA DE CONCLUSIÓN
Desde
luego, en un tema tan amplio como el aquí discutido, sería imposible
originar una crítica puntual a todos y cada uno de los argumentos
que articulan a las propuestas de Duverger, Sartori y Panebianco.
No obstante, aquí apunto sólo algunas reflexiones en torno a eIIas,
con la idea de que alguna nos lleve a revalorar las funciones
tradicionales de integración colectiva e ideológica de los partidos
y los sistemas de partido, a la vez poder seleccionar candidatos
a los puestos públicos e influir a través de estas instancias
en la formulación de la política:
1)
La modificación de los fines y naturaleza de los partidos políticos
hacen necesario revisar con más detalle hasta qué punto el problema
de la cultura es o no un detonante en la reconfiguración de nuevas
identidades colectivas conducentes a reordenamientos concretos
en el tradicionaI “continuum» izquierda-derecha, en donde los
conservadores pasan a ser progresistas y viceversa, como ocurre
ahora en los partidos y sistemas de la Europa Oriental, por ejemplo;
o para definir qué tan modernos son ahora nuestros sistemas en
comparación a lo que pensaba Sartori en los años setenta. En el
caso de las sociedades postindustriales, esto serviría para afrontar
cuestiones nítidas como los problemas de división social en temas
como el medio ambiente, la juventud, el género o la preferencia
sexual, mismos que demandan nuevos medios y espacios de representación,
así como entender cómo se pueden formar agrupaciones políticas
que decidan institucionalizar su participación en términos de
competición electoral (Huber e Ingelhart, 1996).
2)
En lo concerniente al estudio de los sistemas de partidos, una
crítica clara a destacar hacia los tres autores es la escasa atención
que prestaron a la tendencia de que mientras más institucionalizado
sea el sistema de partidos, los cambios internos de los partidos
en lo individual se verán incrementalmente limitados por la acción
de factores externos, tales como el papel del Estado, el re-diseño
de las leyes electorales, los resultados de las votaciones, el
monto del financiamiento público que reciban, así como su eventual
participación dentro del gobierno o el parlamento, sea administrando
en solitario, o teniendo que participar en un gabinete de coalición
en calidad de socio mayoritario o minoritario. En este sentido,
debe alentarse el estudio sobre los márgenes de autonomía existentes
entre el Estado y los partidos, a los cuales se les identifica
cada vez más como menos societarios y cada vez más gubernamentalizados
(Rose y Mackie, 1988).
3)
Siguiendo a autores como Dieter Nohlen (1994), una de las cuestiones
que están ausentes en los autores aquí comentados es precisar
cuáles son las peores –y no sólo las mejores– combinaciones de
funcionamiento entre el sistema de partido y el gobierno. Con
lo anterior, se omite estudiar a los partidos cuando enfrentan,
en condiciones poco óptimas, una reordenación del sistema partidario,
el cual puede conllevar a la desaparición (o al surgimiento) innecesario
de algunas fuerzas que incluso pudieran ser útiles para la estabilidad
del propio sistema. Sin duda, la creciente demanda por el realineamiento
y el reequilibrio experimentados en muchos sistemas partidarios
en el mundo nos remite a una serie de escenarios que difícilmente
pudieron ser visualizados en su momento por Duverger, Sartori
y Panebianco. Esto implica ver a la política ya no como el simple
juego de alternancia, de sumas y restas entre partidos que les
toca desempeñar el papel del gobierno o la oposición, según sea
el caso (Pizzorno, 1988).
4)
Una afirmación que también podría ubicarse como insuficientemente
examinada es si los partidos políticos tienen la capacidad para
evolucionar ideológicamente y, llegado el caso, cambiar su localización
dentro del sistema de partidos. A pesar de lo indicado en contra
por los autores, existe suficiente evidencia de que en ciertas
coyunturas, la estrategia y la lógica de formación de un partido
le puede llevar a modificar y aceptar alianzas con todo tipo de
fuerzas -colocadas incluso en el lado extremo del espectro ideológico–
a efecto de poder ampliar su cobertura de votantes, para así poder
ofrecerse como una mejor alternativa en caso de existir elecciones
altamente polarizadas –como por ejemplo, cuando se debate escoger
entre democracia o autoritarismo–, o al menos inclinar la balanza
en favor de uno de los partidos principales si es que se participa
en sistemas de elección a dos vueltas. Esto al menos debería revisarse
en los casos de sistemas con partidos poco disciplinados (Offe,
1988; Kitschelt, 1989),
5)
Por último, es curioso ver que los autores aquí expuestos no condenen
la presencia del llamado «voto transferible», que es típico en
sistemas donde los dirigentes partidarios trastocan el resultado
de las votaciones al tener que pasar a la negociación directa
de los gabinetes, y a veces en total contradicción con sus ofertas
de campaña. Sartori sólo nos habla de este problema como la «capacidad
de chantaje» (S, p. 157), con que los partidos pequeños y mayoritarios
terminan traicionando su función original al transformarla en
mera política de facciones; en clientelas y maquinarias electorales
sujetas al mejor postor.
Sin
duda, la colección de temas aquí vertidos no es sino apenas un
diagnóstico que requerirá de mayor investigación y delimitación
conceptual sobre éstos y otros problemas que surjan en beneficio
del mejor entendimiento futuro de los partidos y los sistemas
de partido.
NOTAS:
-
Para evitar repeticiones excesivas, las citas a los textos de
Duverger, Sartori y Panebianco están abreviadas con la primera
letra mayúscula del apellido del autor, seguidas del número de
página correspondiente, salvo mención contraria. Adicionalmente
aclaro que la versión del libro de Panebianco en que me baso es
fundamentalmente la versión inglesa de 1988, como consta en la
bibliografía.
1
El más serio exponente de la teoría de las relaciones gobiemo-partido
es Jean Blondel (1989).
2 Un estudio dentro de esta línea que privilegia la movilización
de masas como el criterio de distinción de los partidos resalta
Daalder (1986).
3 Trabajos típicos de esta visión eficientista de los partidos
políticos son Katz (1980); o Hermel y Janda, (1994).
4 Por ejemplo, pueden revisarse trabajos clásicos como el enfoque
conasociacional de Arend Lijphart, preocupado por resolver en
particular los problemas de identidad partidaria en sociedades
democráticas, pero culturalmente divididas por factores como la
etnia o la religión. Ver Lijphart (1984).
5 Por ejemplo, podemos encontrar aquí a autores clásicos como
David Apter (1965); o Weiner y La Palombara (1966).
6 Una visión discordante desde la tradición jurídica (García Pelayo,1986;
o Muller,1993) apela a que el Estado es quien da «reconocimiento»
a la realidad constitucional de los partidos, no necesariamente
los crea. Sin embargo, dicha percepción es igualmente susceptible
de criticarse bajo las mismas razones aducidas por Panebianco.
7 La teoría de las divisiones sociales (cleaveges) desde luego
remite a Lipset y Rokkan (1967).
8 Sobre la organización de los partidos en familias ideológicas,
ver Neumann (1965) y Von Beyme (1986).
9 Resulta curioso descubrir que Duverger no mencione en su trabajo
un estudio con el cual hay claras analogías, como lo es la obra
de George Burdeau (1980), originalmente publicada en 1949.
10 Un autor que reinvindica la existencia de los partidos de centro
y los partidos centrales es Hazan (1996).
11 El primer sistema de partidos históricamente reconocido como
tal fue el de Estados Unidos. El trabajo de Richard Hofstadter,
aunque publicado originalmente en 1969, es todavía la mejor descripción
analítica al respecto (Hofstadter,1986).
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*Politólogo.
Profesor-Investigador Titular «C». Del Departamento de Sociología,
Área de Procesos Políticos, UAM-Iztapalapa; y docente de asignatura
en la FCPyS-UNAM.
