UNA
ASAMBLEA HISTÓRICA
LUIS YÁÑEZ-BARNUEVO*
Representé
al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en la XVIII
Asamblea del PRI, respondiendo a la invitación de su Presidenta,
Lic. Dulce Ma. Sauri Riancho. El PSOE tiene una relación
histórica con el PRI que se remonta a los años treinta
cuando el Presidente Lázaro Cárdenas, su gobierno
y su pueblo, abrieron las puertas de México a millares
de refugiados republicanos españoles, mientras que otras
puertas se cerraban o sólo se entreabrieron.
Después,
durante los casi cuarenta años que durara el franquismo,
México mantuvo su reconocimiento a la República
Española y no estableció relaciones diplomáticas
con la dictadura de Franco. Sólo por ello España,
los demócratas españoles, tienen una deuda impagable
con el pueblo mexicano y con el partido que guió sus destinos
durante más de setenta años.
Esta
referencia de nuestro pasado común estuvo presente en las
palabras que dirigí a dos de las Mesas de la XVIII Asamblea
a las que tuve el honor de asistir en Toluca. Junto a otros invitados
internacionales y mexicanos residentes en los EE.UU., pude comprobar
el alto grado de participación de los delegados y delegadas
en dicha Asamblea, su libertad de palabra, su pasión en
la defensa de sus convicciones y su firme voluntad de defender
los intereses del pueblo mexicano, especialmente de los sectores
más desfavorecidos.
Tuve
la impresión, recorriendo varias ciudades donde se celebraban
distintas partes de la Asamblea y también en reuniones
ad hoc organizadas por nuestros anfitriones, que el Partido Revolucionario
Institucional había superado en buena parte el peligro
más evidente tras la pérdida de las elecciones presidenciales
el 2000: el derrotismo, el desánimo, el ajuste de cuentas
consiguiente y, lo que hubiera sido peor, el sálvese quien
pueda. Recuerdo que hace un año rebatí a algunos
politólogos españoles pero también a algunos
de mis interlocutores mexicanos, la idea de que el PRI sin el
poder ejecutivo no era nada. Siempre les dije: el PRI es el producto
de una revolución, no la imposición desde el poder
aunque, permítamenlo los lectores de examen, el largo disfrute
del poder hubiera creado vicios y generado patologías de
todos conocidos. Dicho de otra manera, el PRI es un partido de
masas fuertemente arraigado en el pueblo mexicano y esta característica
no desaparecería por perder el poder ejecutivo.
La
XVIII Asamblea ha demostrado que el PRI está vivo y bien
vivo. En realidad ya lo sabíamos por los resultados obtenidos
en las elecciones celebradas en el año transcurrido desde
la pérdida de la presidencia de la República. El
número de gobernadores de Estados, la presencia destacada
en las cámara de diputados y en el Senado de la Nación,
en las cámaras estatales y en la mayoría de los
municipios del país, avalan lo que vengo diciendo.
Sin
embargo, no todo está resuelto para el PRI, como no puede
ser de otra manera, porque le queda un gran reto por delante,
la elección de un o una nuevo/a líder al finales
de febrero próximo y principios de marzo. El PRI tiene
una larga tradición de liderazgo fuerte, su dirigente máximo
ha sido siempre el Presidente de la República. Ahora que
no detenta la Presidencia de la República, ese liderazgo
debe ejercerlo el máximo dirigente del partido, llámese
presidente o secretario general. Del acierto de los priístas
en dicha elección depende en buena parte el futuro del
partido, su capacidad de consolidar su papel de primer partido
del país y recuperar la Presidencia de la República
en las elecciones de 2006.
En
los demás temas, la Asamblea ha avanzado mucho. Se ha decantado
claramente por la opción socialdemócrata, lo que
considero un acierto tras el fracaso del neoliberalismo y del
populismo. Y ha clarificado su estructura organizativa, perfilado
su programa de futuro y decantado sobre su política de
alianzas. En pocas palabras, el PRI ha sabido ser fiel a lo mejor
del legado de su pasado y a la vez está sabiendo renovarse
y adaptarse a los retos que México tiene hoy. Me llamó
mucho la atención la energía con que la abrumadora
mayoría debatía y aprobaba duras medidas contra
la corrupción y el mal uso de los fondos públicos
por funcionarios de la Administración.
En
conclusión, el PRI, cuya historia es la de la construcción
del México moderno, tiene ahora el gran desafío
de ser el partido que conduzca a México al éxito
en el siglo XXI. La XVIII Asamblea es un primer paso en esa dirección.
Madrid,
diciembre 2001
*Diputado
del PSOE por Sevilla, España.
Exsecretario de Estado para la Cooperación Internacional
y para Iberoamérica en los gobiernos de Felipe González.
Autor del libro La Soledad del Ganador (2001). Embajador
Extraordinario. Miembro del Comité Federal del PSOE.
