De las torres gemelas a un cambio global de la correlación de fuerzas mundiales
JUAN MARÍA ALPONTE*

LA MUTACIÓN GEOESTRATÉGICA: RUSIA Y CHINA CON ESTADOS UNIDOS

El 11 de septiembre del 2001, al margen de la fundación de un nuevo concepto de la guerra –el terrorismo con las armas y las técnicas del siglo XXI–, ha servido para transformar la geoestrategia mundial. México, en el nuevo juego de fuerzas, ha pasado a ser un país marginal. Ninguna relación personal, siempre una carta de la baraja extremadamente equívoca, ambigua y limitada, tiene peso real en la balanza del poder. La Agenda migratoria de México ha quedado en el pasado. Otras prioridades se han impuesto.

Desde los días siguientes al 11 el discurso de la primera potencia económica y militar del mundo cambió. Entendió que NO vivía –aunque eligiera de inicio la retórica– el Segundo Día de la Infamia. El primero, el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 -2,343 muertos, 1,272 heridos y 900 desaparecidos y de ocho acorazados cuatro fueron aniquilados, tres seriamente averiados y 77 aviones destruidos-, no significó, nada más, que la entrada en guerra de Estados Unidos, al día siguiente, contra Japón y, convergentemente, contra Alemania e Italia. Terminaría con dos bombas atómicas.

En síntesis, el falso Segundo Día de la Infamia, supuso –eso sí– la aparición de un nuevo concepto de la crisis mundial. Karl von Clausewitz, (1780-1831) autor de un libro clásico sobre la guerra, estableció, muy bien, que la guerra «era la política por otro camino» y que, después de 1789, había que asumir que el Estado-Nación se preparaba para la guerra con ejércitos populares que dejaban, totalmente atrás, los ejércitos de clase gobernados por las familias nobiliarias de Europa. Un poeta alemán extraordinario, Goethe, que con la nobleza alemana participara en la batalla de Valmy (20-IX-1792) contra la Revolución Francesa, entendió, muy bien, el cambio. Cuando escuchó «¡Viva Francia!» y la «Marsellesa» aceptó que una nueva época comenzaba. Nadie moría ya por el rey; se moría por una patria institucionalizada. Clausewitz, «por otro camino», lo asumió. Nacían los ejércitos representando los intereses de las naciones y no los de los monarcas y sus intereses dinásticos.

En suma, mientras México insistía en las «relaciones personales» con Bush –ex ante dialéctico al 11 de septiembre– el mundo real, como después de la batalla de Valmy, supo bien que la historia se transformaba, sin más, en una nueva historia universal. En consecuencia, Estados Unidos no buscó sólo a sus aliados históricos: Europa, la Alianza Atlántica (OTAN) y Consejo de Seguridad. No sólo eso que era el pasado. Dio el paso más impresionante de la globali-zación: el acuerdo con Rusia y con China, es decir, con 1,500 millones de personas pertenecientes a la marginalización política desde el derrumbe de los muros. La incorporación de la Federación Rusa y China a la Alianza con Estados Unidos es una mutación. Fukuyama –y su «fin de la historia»– no lo vaticinó. Vean a Bush y Putin disfrazados de chinos.

AFGANISTÁN: EL FULMINANTE DE UNA NUEVA VISIÓN DEL MUNDO

El discurso de George W. Bush, el primer día, se correspondió, todavía, con el Día de la Infamia. Una compulsión emocional que expresaba, sin embargo, un gran arcaísmo ideológico: la guerra del Bien contra el Mal. Era una enormidad porque el adversario, justamente, se presentaba, teológicamente, como el representante de una «guerra santa» a escala. ¿Dónde estaba el Bien y el Mal en una aparente guerra de religiones de la cual, el Islam, aparecía como el más joven de los tres grandes monoteísmos y hasta su extremo: considerar al Corán, así no más, como la versión «rectificadora» de la corrupción de las otras dos religiones del mismo tronco: la hebrea y la cristiana. El mentís a una guerra de religiones fue, pues, inmediato. El segundo y abrupto «logos» –discurso– de Bush fue la «Justicia Infinita». Ese slogan transportaba consigo, igualmente, la dimensión de lo «absoluto religioso». Fue eliminado, casi desde su nacimiento, por la percepción, lúcida, de que una guerra totalitaria de absolutos trascendentes traspasaba el poder a las religiones y eso significaba eliminar el anclaje racional de Occidente –sin lo cual no existe hoy– de su laicidad. Se pasó, pues, a la Libertad Duradera o inmutable. Un ejemplo de mercadotecnia basado en la coyuntura. No era la idea mejor, pero se acercaba a otra frontera ideológica. Por lo pronto se eliminó la teoría del Bien y el Mal. No es poco.

La interpretación real consistió en algo imprescindible: eliminar del lenguaje dos enormes simplificaciones de signo, a la vez, caótico y energuménico: la «guerra de las religiones» y la «guerra de las civilizaciones». El único Jefe de Gobierno de un país occidental que cayó en la trampa fue Silvio Berlusconi (primera fortuna de Italia y tercera de Europa) que, representando una coalición de la derecha–derecha, insistió en lo que ya Washington eliminaba: «que la civilización occidental era superior a la civilización islámica». Le duró el discurso, a Berlusconi, 24 horas. Ese recién llegado a la política por la puerta trasera de las televisiones italianas tuvo que rectificarse ante el escándalo, colectivo, de sus pares mundiales. Su público «mea culpa» reveló que se había entendido, sin más, que la arrogancia etnocéntrica «occidental» no podía expresarse como una antítesis religiosa. Desde que el Papa Urbano II convocara, en 1095, la primera «cruzada» para la conquista de los Santos Lugares los siglos siguientes harían impresentable la palabra. Las cruzadas fueron, en efecto, una inmensa expresión de fanatismo y barbarie. Jerusalén era la Ciudad Santa (conquistada en 1099) para las tres religiones monoteístas. También para el Islam es «Al-Quds», Ciudad Santa, porque desde la Explanada del Templo se produjo el «Viaje Nocturno» de Mahoma a los cielos –acompañado del arcángel Gabriel que le abrió las puertas– donde habló con los profetas Abraham, (Ibrahim en árabe), Moisés (Musa) o Jesús (Isa). La primera cruzada significó, pues, una tragedia. Varias decenas de miles de musulmanes fueron ejecutados y lo mismo ocurrió con los judíos. Cuando los cruzados llegaron al Santo Sepulcro estaba intacto. Los turcos musulmanes, dueños de la ciudad, lo habían respetado minuciosamente.

En el mundo islámico la palabra «cruzada» tiene, por tanto, una interpretación dramática. La «guerra santa», a su vez, para el hombre contemporáneo, laiciza-do después de siglos de guerras religiosas conforma un traumatismo cultural inaceptable. Sin embargo, para la mayoría de los pueblos musulmanes, «guerra santa» tiene dos connotaciones muy distintas. La «yihad», –guerra santa– significaba, para Mahoma, «lucha o esfuerzo hacia Dios». Esa era la «gran yihad» o la «gran guerra santa»: la lucha contra uno mismo (naf). La «pequeña yihad», para el Enviado (rasul) de Dios llamado Mahoma era la «guerra santa» contra el otro, el infiel, el apóstata o el enemigo del Islam. Los profetas (navi en hebreo y nabi en árabe) son identificados, en el Corán, como parte del patrimonio común de las tres religiones monoteístas. Debemos saberlo.

La hecatombe trágica del ataque terrorista del martes 11 de septiembre (inasumible desde cualquier perspectiva ideológica-religiosa, política o cultural) contra Nueva York y Washington demostró dos cosas: que al nivel de la ciencia y las tecnologías contemporáneas ninguna nación es invulnerable y, segundo, reveló la inmensa ignorancia del mundo occidental, (como previamente, antes, frente al Tercer Mundo) respecto a los problemas religiosos, morales y materiales de 1,200 millones de personas que asumen, sin más, una idea específica de sí mismos y de la trascendencia: el Islam. Un súbito sonrojo invadió el mundo. No se sabía nada. Salvo un confuso reduccionismo sobre fanatismo e integrismo.

LAS RELIGIONES MÁS CONSIDERABLES DEL MUNDO
(en millones de creyentes)

Musulmanes 1,200
Católicos 1,132
Protestantes 589
Cristianos, orientales, (ortodoxos) 200
Hinduistas, o hindúes 859
Budistas 359
Religiones chinas 158
Judíos 21

Fuente: International Bulletin of Missionary Research. 2000.

El Islam, palabra que, etimoló-gicamente, procede de la raíz árabe «slm», significa «sumisión a Dios» y «muslim» (de donde nace la palabra musulmán) puede traducirse «como aquel que se somete a Dios». No hay que olvidar que los cruzados de 1095, cuando abandonaron las tierras europeas, entre los bienes que se les deparó, con la bula de la Cruzada, estaba uno inapreciable: la remisión de todos los pecados (si morían luchando contra el infiel) incluido el homicidio. Ese fue el ángulo dialéctico de nuestra propia «guerra santa» y con sus mártires. Recuperemos la humildad crítica y la veracidad histórica.

Por lo demás, a partir de la ofensiva militar contra Afganistán, la Alianza Militar de Estados Unidos ha transformado todas las lecturas de Clausewitz: la ex Unión Soviética y la ex China de Mao, potencias de Asia Central, han sido fundamentales en la transformación de todas nuestras visiones, arcaicas, de la correlación de fuerzas mundiales. Contrariamente a las previsiones de los «antiglobali-zadores» –con todas sus interrogaciones de futuro– dos países de la «otra» globalización, la marxista, se han unido a la Alianza con Bush. ¿Intereses? Claro. Pero intereses reales. No relaciones personales.

AFGANISTÁN: EL NUDO DE LA MADEJA

Afganistán fue conquistado por los árabes islamizados entre el 698 y el 700. En el 711 llegaron a España...hasta 1492. El calendario musulmán, a su vez, comienza a partir del 622, es decir, con la hégira («hijra» o «emigración»), esto es, a raíz de la salida de Mahoma de La Meca, donde no se le creía, por Medina. Nadie es profeta en su tierra. El 622 es el año uno de la era musulmana. Mahoma murió el 13 rabí del año 11 de la hégira: 8 de junio del 632.

Afganistán, en las fronteras de Asia Central, fue el camino de Alejandro el Magno, Genjis Khan y Tamerlan. En el siglo XIX combatieron, en sus fronteras, los imperios ruso y británico por el dominio de lo que llamara, Marco Polo, la «ruta de la seda». Los dos imperios se estrellaron en Afganistán. La Inglaterra imperial tuvo allí una derrota trágica que está en su epopeya.

En 1979 la Unión Soviética intentó, de nuevo, la aventura. Seiscientos cincuenta mil soldados soviéticos se estrellaron con un pueblo de guerreros anclados en su fe. El sostenimiento de un frágil gobierno comunista significó más de 100,000 heridos y más de 20,000 muertos rusos y un millón y medio de afganos.

El síndrome de Afganistán todavía sobrevive, como un fantasma, en la Rusia actual. Sus veteranos, y sobre todo, sus generales, han servido de colaboradores activos para Estados Unidos. Su memoria está muy clara: el Ejército moderno de la URSS fracasó en Afganistán porque era indispensable dominar, totalmente, en 650,000 km2 de desiertos y montañas de 8,000 metros, el espacio aéreo. No pudieron porque Estados Unidos, creador del fantasma de Osama Bin Laden, proporcionó a la resistencia musulmana una infraestructura de misiles que terminó con la superioridad de los helicópteros soviéticos que eran indispensables, en ese territorio de pesadila, para el avance de las tropas de tierra. El revés, en la teoría militar, en estos momentos, las bases musulmanas de la ex URSS, en Asia Central, convertidas en repúblicas independientes, pero con un ojo en Moscú, han servido de puente militar, con Pakistán, a Estados Unidos e Inglaterra. Pero el equilibrio entre pueblos y gobiernos es frágil. Una ofensiva larga es un problema para el Islam «antiterrorista». Le apremia su base social.

Osama Bin Laden tenía 22 años cuando, en 1979, se inició la intervención soviética. Hasta entonces –las fotografías de su adolescencia lo relatan– fue el hijo de una familia yemení que emigraran a Arabia Saudita para hacer fortuna. La hicieron. Bin Laden, hijo 17 de una familia con 52 hermanos de las muchas esposas de su padre, vivió la opulencia, pero también la crisis de Afganistán con la URSS. De nacionalidad saudita Bin Laden recibió autorización –después sería desposeído de ella– y financiamientos para convertirse en un guerrillero contra el «comunismo ateo». Arabia eludía, así, su mala conciencia de clase (los 200 príncipes que son dueños del pozo de petróleo) con financiamientos, ocultos, a los integrismos. La dinastía, que tiene como religión el wahabismo, uno de los brazos más rigoristas del Islam, poco podía anticipar que la CIA convertiría al ciudadano saudita Bin Laden en un terrorista internacional perfectamente entrenado, después de pasar por la Universidad y la riqueza, para el siglo XXI. Cuando Gorbachov, en 1989, logró vencer las resistencias del aparato político (quiso hacerlo en 1986 y no pudo) y ordenó la retirada de su ejército de Afganistán dejó, tras sí, a los «veteranos musulmanes» de una «guerra santa». Organizados, cohesionados y armados por las técnicas modernas del sistema antisoviético, regresaron a sus naciones musulmanas para enfrentarse, a la vez, con dos poderes: el de sus propios países («corrompidos» y alejados de su «origen islámico») y el sistema capitalista, igualmente ateo –laicizado y atenido a los intereses materiales– con la herida, abierta, del Oriente Medio. El Estado de Israel y el pueblo palestino se cruzarán, en esa odisea ideológica, como un frente permanentemente doloroso. Una mecha, pues, encendida desde siglos.

LA HERENCIA IMPERIAL DE EUROPA Y LA «RESPONSABILIDAD» NORTEAMERICANA

La alucinación terrible de las Torres Gemelas y la respuesta (casi inevitable al margen de sus errores) de las represalias ha contado, en su centro dialéctico, con un enemigo identificado: con un «chivo expiatorio» («capro emissarius» en latín) perfecto: Estados Unidos, el poder representativo de «Satán» para Jomeini y Bin Laden. Sin embargo, históricamente, la responsabilidad fundamental recae, enteramente, sobre las potencias ex imperiales de Europa.

Inglaterra puso en marcha en el Oriente Medio, a partir de la I Guerra Mundial, una alianza con los árabes para expulsar del Oriente Medio a los turcos musulmanes que habían heredado los territorios de la expansión árabe. La autoridad religiosa de La Meca firmó el pacto a condición de que, después de la guerra, se organizara una nación árabe independiente. Al revés, Inglaterra y Francia convinieron un tratado secreto, en 1916 (el Tratado Sykes-Picot por el nombre de los firmantes), por el cual se repartirían, por zonas de influencia, el Oriente Medio. Esa inmensa anomalía moral tendría consecuencias históricas incalculables. Se formaron naciones fantasmas y dinastías petroleras al servicio de los imperios.

Más aún: la Sociedad de Naciones, al final de la Primera Guerra Mundial, concedió a Inglaterra el ejercicio del poder en Palestina (el «Mandato» británico) y, en ese territorio, organizó Inglaterra su clásica teoría imperial: «dividir para vencer». En consecuencia, entre 1918 y 1947 (año en que las Naciones Unidas tomaron la decisión de la partición de Palestina en dos Estados con Jerusalén internacionalizada) Londres gobernó enfrentando y equilibrando dos fuerzas militares antagónicas: el ejército secreto palestino y el ejército secreto judío.

El mismo modelo se implantó, con las mismas piezas, en la India. Inglaterra gobernó allí enfrentando y haciendo coincidir los intereses de las dos grandes burguesías religiosas, la musulmana y la hindú, con los de Inglaterra. Cuando la independencia se hizo insoslayable (Gandhi al inventar la resistencia pasiva desarmó la reacción violenta del Imperio) se acordó, en 1947, que la independencia de la India significaría la creación de dos naciones: la India hindú y el Pakistán organizado, como nación, sobre los musulmanes huyentes de la India. La misma noche en que se arrió la bandera inglesa en la India (como en Palestina) comenzó la guerra. La huida masiva de los musulmanes hacia Pakistán contribuiría a crear una nación fundada en lo religioso islámico en unas condiciones materiales muy difíciles. Pakistán ha sido posible, e imposible, por sus sucesivos golpes de Estado militares (como el que gobierna actualmente desde 1999) que han impedido y fomentado, a la vez, la crisis de la Nación. Por otro lado, Pakistán favoreció, para sobrevivir, como Arabia Saudita, la creación en su territorio, en la etapa soviética de Afganistán, de las «escuelas coránicas» de los talibanes. La palabra original en árabe, para esos centros de estudio, es «madrasa». Esas escuelas, vanguardias radicales, crearon, en lo religioso, lo que la CIA estableciera, en Afganistán, en términos militares y terroristas, frente al Ejército soviético. Cuando Rusia se retiró de Afganistán quedaron, a la intemperie, las fuerzas religiosas y políticas, entrenadas y con medios financieros, organizadas en la inmediatez sin ninguna proposición de futuro sobre sus propias realizaciones. Para que el problema se hiciera más grave, la división de la India (como la de Palestina) dejó entre Pakistán y la India un enorme problema nunca resuelto: la «cuestión de Cachemira». Inglaterra y Estados Unidos, según los intereses de coyuntura, han estado a favor de Pakistán o de la India según el cómo y cuándo. Pero lo cierto es que los dos países han llegado a la edad atómica y la edad de los misiles. La herencia imperial dejó, tras sí, una tempestad. Europa, encerrada en su propia euforia económica, trasladó los problemas del Oriente Medio, Asia o los Balcanes al país menos indicado para conocer, al revés que Francia, Inglaterra, Holanda o Bélgica, los laberintos que los Imperios clásicos dejaran tras sí.

LA NUEVA GLOBALIZACIÓN FRENTE AL TERRORISMO

La nueva globalización contra el terrorismo integra a Rusia y China en la alianza estadunidense. El Presidente Putin, rompiendo con una vieja batalla cultural en Rusia (desde los zares), la batalla entre eslavistas y occidentalistas, ha tomado partido. Su pronunciamiento personal –«yo soy un hombre occidental y Rusia es una nación occidental»– ha posibilitado que las repúblicas ex soviéticas, pero de mayoría musulmana, sean, como el Pakistán en tensión entre pueblo y gobierno, las bases militares contra los talibanes. Ejercicio peligroso porque está limitado por dos hechos. De un lado porque el 15 de noviembre del 2001 comienza el Ramadán, el mes bendito o sagrado de los musulmanes. Del otro porque durante ese mes, la guerra contra un pueblo musulmán sería un agravio a la Umma, (Comunidad) islámica. Umma que ha aceptado, en la Conferencia de Qatar, «que el terrorismo no tiene nada que ver con el Islam». Los 57 países musulmanes de Qatar, a su vez, asumieron, colectivamente, que no debía haber víctimas inocentes en Afganistán y que no podría continuarse la ofensiva militar contra otro pueblo islámico. El Irán del ex Jomeini, dividido hoy en dos gobiernos que se equilibran entre sí (el elegido por el pueblo reformista y la superestructura religiosa dominante) no está con los talibanes sunnitas porque Irán es uno de los pocos países musulmanes de mayoría chiíta (los sunnies representan alrededor del 85% del mundo islámico) y de ahí el otro episodio terrible de la guerra de diez años contra Irak. De una forma u otra el tema de Irán, Israel, Palestina e Irak plantean problemas inmensos.

Para establecer la alianza con Rusia, Estados Unidos modifica el mapa petrolero mundial porque auspicia, frente a la fragilidad saudita, que Rusia se transforme en un puente de oleoductos con Occidente. Su producción actual de 8 millones de barriles diarios (frente a 11.5 millones en 1990) revela que la alianza abarca muchos aspectos. Incluida la aceptación de que la guerra rusa contra el pueblo chechenio (musulmán) es una guerra (falso) contra el «terrorismo de Bin Laden». Al mismo tiempo, se borra el dilema chino sobre los «derechos humanos» y el acuerdo, con Estados Unidos, implícita y explícitamente, supone el abandono de Taiwán a favor de China como Inglaterra hiciera, antes, con Hong Kong. En otras palabras, una gigantesca transformación geoestratégica que, quizá por una parábola inédita, obligará al mundo (donde los pueblos musulmanes viven en la pobreza al margen de su minorías petroleras) a una revisión completa y total de la globalización ya que, de un lado, tendrá que aceptarse que la incorporación de Rusia y China a la Alianza transporta consigo otra relación con los países musulmanes y, del otro, encontrar soluciones para los espacios de la pobreza histórica. Los ulemas –doctores en ciencias religiosas– de Pakistán ya lo han advertido: «la pobreza es el territorio natural del terrorismo». Pero los «intelectuales orgánicos» del terrorismo, como hubiera podido de cir Gramsci, pertenecen, como Bin Laden, a las clases sociales que pasaron las universidades y por los campos de entrenamiento de Occidente y que utilizan, como motor de explosión de la crisis, los arsenales tecnológicos y biológicos de las sociedades abiertas que no fueron capaces, sin embargo, de advertir que no podía dejarse al margen, en la niebla de la historia, a 1,200 millones de personas con los «Cinco Pilares del Islam». Esa ceguera cultural, esa arrogancia histórica de superioridad, se está pagando a un precio altísimo. Pero nadie se equivoque: la correlación de fuerzas históricas, en la crisis económica y social, está girando sobre nuestras cabezas como verdaderas y nuevas galaxias. Sólo los pueblos y los dirigentes que comprendan el cambio podrán utilizan el cambio para cambiar el cambio. Todo lo demás es literatura para viajeros sin brújula.

Y no se olvide: los países capitalistas, después del 11 de septiembre, han redescubierto al Estado y a Keynes. Un Keynes que nació en 1883, es decir, el año en que moría Karl Marx. El Sector Público está vivo, de nuevo, en el área capitalista del mundo. Sus recursos han fluido, inmediatamente, en sostén de la economía. No se olvide. Es elemental Mr. Watson.

*Profesor de Ciencia Política de la UNAM