El arte de la guerra*
OSCAR ROCHA DABROWSKI**

Nadie puede dudar de la extraordinaria perspicacia que Nicolás Maquiavelo tuvo para entender y describir la naturaleza política del ser humano, en toda su crudeza, al leer las líneas de su genial El Príncipe. Ese libro en buena medida define el concepto de un clásico de las lecturas políticas, cinco siglos después de haber sido escrito. Pero Maquiavelo también escribió sobre la guerra. Este texto menos conocido es una pieza mucho más contemporánea a la vida de Maquiavelo y por ello su valor es esencialmente histórico. Las descripciones de la conformación de las brigadas, de la forma en que éstas se debían mover en el campo de batalla o los arcabuces que utilizaban, suenan ahora, en un mundo posterior al 11 de septiembre de 2001, francamente pintorescas. Y aun así, Maquiavelo ha logrado trascender esos cinco siglos que nos separan de su mundo para hablarnos de algunos temas que siguen siendo centrales para la vida militar y que tienen implicaciones muy importantes para el Estado y la sociedad.

En El Arte de la Guerra, uno de los personajes utilizados por Maquiavelo para exponer sus ideas, trata de los peligros que supone para un Estado tener un ejército formado por soldados que hagan de la guerra su profesión. Es muy importante ubicar históricamente esta discusión, porque Maquiavelo muestra su preocupación por lo que el día de hoy se conocería como mercenarios, que prestan sus servicios sin mantener ningún tipo de vínculo de lealtad con el Estado al que sirven por la paga, y de su presencia disruptiva en tiempos de paz. Ese fenómeno era muy extendido en la época en la que el texto fue redactado y los ejemplos abundan en sus páginas. En respuesta, Maquiavelo propone entonces rescatar las virtudes militares de los antiguos romanos que eran reclutados para pertenecer al ejército sólo en los tiempos de guerra y que eran licenciados en la paz para regresar a sus labores como civiles.

La relevancia de la discusión al día de hoy gira en torno del nexo que la vida militar puede establecer entre el ciudadano y el Estado y que en los siglos recientes quedó plasmado en los servicios militares obligatorios. Es sorprendente que cinco siglos atrás un observador como Maquiavelo pudiera plantear el carácter de formación cívica que implica la participación de los ciudadanos en la defensa de la entidad política a la que pertenecen.

Cuando los ciudadanos tienen la obligación de participar en una actividad colectiva como es el servicio militar, entran en contacto con una de las expresiones más tangibles de lo que es un Estado, o como lo describirá Max Weber siglos después, con el instrumento a través del cual el Estado sostiene el monopolio legítimo de la violencia. En una sociedad moderna ese puede ser el único punto de contacto del ciudadano promedio con las armas y aunque sólo sea en ese adiestramiento temporal en tiempos de paz y nunca se exprese en un conflicto armado real, sirve como un recordatorio de que los beneficios y la protección que el Estado le brinda al individuo tienen como contrapartida un eventual servicio del ciudadano si el Estado se lo demanda.

Uno de los ejemplos actuales más tangibles de ese sistema es el servicio militar suizo que sigue manteniendo involucrado en la defensa territorial de la confederación Suiza a prácticamente todos sus ciudadanos varones. El caso israelí es menos hipotético en sus consecuencias ya que se trata sin duda de una sociedad militarizada. En otras latitudes, el servicio militar estadounidense fue duramente cuestionado en la época de la guerra en Vietnam y ahora se ha transformado en un servicio voluntario que produce unas fuerzas armadas donde la composición demográfica difiere de manera importante del resto de la sociedad. La sobrerepresentación de las minorías y las clases más necesitadas obedece a la oferta de empleo que significa ingresar a las fuerzas armadas y no a un sentimiento de servicio al Estado.

¿Cuál es la naturaleza de esta discusión para nuestro país? México desde hace tiempo ha mantenido la figura de un servicio militar obligatorio pero por motivos presupuestales sólo lo convierte en una participación tangible para una proporción muy reducida de la población. Aun así el símbolo que representa la cartilla del servicio militar nacional sigue estando vigente y su mensaje es tan claro como las estrofas del himno nacional: «...un soldado en cada hijo te dio» Pero ante la posibilidad de que las fuerzas armadas de México participen en operaciones de paz organizadas por las Naciones Unidas, ¿cuál es el respaldo que nuestras fuerzas armadas reciben de la sociedad? ¿Se les conoce realmente? ¿Entiende la opinión pública las necesidades presupuestales que implica hacerlas responsables de nuestra seguridad?

Al hablar de la participación de los ciudadanos en sus ejércitos, Maquiavelo dejó planteada una cuestión central del Estado: la necesidad de que la sociedad se sienta corresponsable de la seguridad que el Estado le proporciona a través de sus fuerzas armadas. Si en aquella época el riesgo era la inestabilidad producto de la indisciplina de los ejércitos mercenarios, ahora probablemente en México lo sea el peligro de que uno de los instrumentos más sólidos y leales del Estado, que son sus fuerzas armadas, no encuentren una misión digna y relevante en la construcción del proyecto nacional, no por que no sean capaces de contribuir en ella, sino por los prejuicios y la falta de conocimiento y sensibilidad de quienes, el día de hoy, pretenden dirigir los destinos de nuestro país. Pero para eso habría que regresar a leer El Príncipe.

*Nicolás Maquiavelo
**Egresado de
El Colegio de México; el Colegio de Defensa Nacional y de la Universidad de Princenton. Actualmente dirige la Fundación Jaoquin Amaro de Estudios Estratégicos A.C. y coordina el Diplomado en Seguridad Nacional en el ITAM.