El
choque de ignorancias
EDWARD W. SAID*
En
la primavera de 1993 apareció en el Foreign Affairs el
artículo El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington,
que suscitó inmediatamente un volumen asombroso de interés
y reacciones. Dado que la intención del artículo
era presentar a los norteamericanos una tesis original sobre la
nueva fase de la política mundial tras el final de
la II Guerra Mundial, los argumentos de Huntington parecían
amplios, convincentes, audaces e incluso visionarios. Era evidente
que iban dirigidos a sus rivales entre los politólogos,
teóricos como Francis Fukuyama y sus ideas sobre el final
de la historia, además de a las legiones que habían
celebrado la llegada de la globalización, el tribalismo
y la desaparición del Estado. Pero ellos, concedía
Hun-tington, no habían entendido más que algunos
aspectos de este nuevo periodo. Se disponía a anunciar
el aspecto crucial, incluso central de lo que será
la política mundial en los próximos años.
Insistía sin vacilar:
Mi
hipótesis es que la fuente esencial de conflicto en este
mundo nuevo no será fundamentalmente ideológica
ni fundamentalmente económica. Las grandes divisiones de
la humanidad y la fuente predominante de conflicto serán
de tipo cultural. Las naciones Estado seguirán siendo los
actores más poderosos en la política mundial, pero
los principales conflictos de dicha política se producirán
entre naciones y grupos de civilizaciones distintas. El choque
de civilizaciones dominará la política mundial.
Las líneas divisorias entre civilizaciones serán
los frentes de batalla del futuro.
La
mayoría de los argumentos que figuran en las páginas
siguientes consisten en una vaga noción de algo que Huntington
denomina identidad de civilización y las
interacciones entre siete u ocho grandes civilizaciones;
su atención la acapara, sobre todo, el conflicto entre
dos de ellas, Islam y Occidente. Al expresar este tipo de pensamiento
beligerante, se basa en gran parte en un artículo escrito
en 1990 por el veterano orientalista Bernard Lewis, cuyos colores
ideológicos quedan de manifiesto en el título, Las
raíces de la ira musulmana. En ambos artículos se
insiste con imprudencia en la personificación de unas entidades
inmensas llamadas Occidente e Islam, como
si unas cuestiones tan complicadas como la identidad y la cultura
existieran en un mundo de dibujos animados en el que Popeye y
Brutus se golpean sin piedad y el pugilista más virtuoso
de los dos es el que gana siempre a su adversario. Desde luego,
ni Huntington ni Lewis dedican mucho tiempo a la dinámica
interna y la pluralidad de cada civilización, ni al hecho
de que la gran contienda en la mayoría de las culturas
modernas es la relativa a la definición o interpretación
de cada cultura, ni a la posibilidad, nada atractiva, de que,
cuando se pretende hablar en nombre de toda una religión
o civilización, intervenga una gran cantidad de demagogia
e ignorancia. No, Occidente es Occidente y el Islam es el Islam.
El reto de los políticos occidentales, asegura Huntington,
es garantizar que Occidente se haga más fuerte y se deshaga
de los demás, especialmente del Islam.
Más
preocupante es la teoría de Huntington de que su perspectiva
-que consiste en examinar el mundo entero desde una posición
ajena a todas las ataduras corrientes y las lealtades ocultas-
es la acertada, como si todos los demás se dedicasen a
corretear de un lado a otro en busca de respuestas que él
ya tiene. En realidad, Huntington es un ideólogo, alguien
que pretende convertir las civilizaciones y las identidades
en lo que no son, entidades cerradas y aisladas de las que se
han eliminado las mil corrientes y contracorrientes que animan
la historia humana y que, a lo largo de siglos, han permitido
que la historia hable no sólo de guerras de religión
y conquistas imperiales, sino también de intercambios,
fecundación cruzada y aspectos comunes. Esta historia mucho
menos visible queda ignorada por la prisa en llamar la atención
sobre esa guerra ridículamente comprimida y limitada en
la que, según el Choque de Civilizaciones,
consiste la realidad. Cuando publicó el libro del mismo
título en 1996, intentó revestir su argumento de
un poco más de sutileza y muchísimas más
notas; pero lo único que consiguió fue confundirse,
demostrar que es un escritor torpe y un pensador poco elegante.
El paradigma básico de Occidente contra el resto (el enfrentamiento
de la guerra fría en una nueva formulación) permanece
intacto, y es lo que ha seguido siendo materia de debate, a menudo
de forma insidiosa e implícita, desde los terribles sucesos
del 11 de septiembre.
La
matanza minuciosamente preparada, el espantoso atentado suicida
cometido por un pequeño grupo de militantes trastornados
y llenos de motivaciones patológicas, se ha utilizado como
prueba de la tesis de Huntington. En vez de verlo como lo que
es -la apropiación de grandes ideas (en un sentido amplio)
por parte de una banda de fanáticos enloquecidos con fines
criminales-, lumbreras internacionales como la ex primera ministra
de Pakistán Benazir Bhutto o el primer ministro italiano,
Silvio Berlusconi, han pontificado sobre los problemas del Islam,
y Berlusconi ha recurrido a Huntington para despotricar sobre
la superioridad de Occidente: Nosotros tenemos a Mozart
y Miguel Ángel y ellos no. (Posteriormente pidió
tibias disculpas por su insulto al Islam.)
¿Pero
por qué no buscar paralelismos para Osama bin Laden y sus
seguidores -aunque, desde luego, con una capacidad destructiva
mucho menos espectacular- en sectas como los davidianos de Waco,
o los discípulos del reverendo Jim Jones en Guyana, o los
japoneses de Aum Shinrikyo? Hasta el semanario británico
The Economist, habitualmente mesurado, es incapaz de resistirse
a la generalización, en su número de 22-28 de septiembre,
y elogia exageradamente a Huntington por sus observaciones sobre
el Islam, crueles y generali-zadoras, pero, aun así,
certeras. La revista menciona con una solemnidad impropia
que hoy Huntington dice que los mil millones aproximados
de musulmanes en el mundo están convencidos de la
superioridad de su cultura y obsesionados por la inferioridad
de su poder. ¿Acaso ha interrogado a 100 indonesios,
200 marroquíes, 500 egipcios y 50 bosnios? Y, aun en el
caso de que lo haya hecho, ¿qué muestra es ésa?
Son
incontables los editoriales, en todos los periódicos y
revistas importantes de EE UU y Europa, que contribuyen a este
vocabulario desmesurado y apocalíptico, cuyo uso está
siempre pensado no para edificar, sino para inflamar laindignación
del lector como miembro de Occidente y mostrar lo
que tenemos que hacer. Personajes que se erigen en combatientes
emplean de forma inapropiada una retórica digna de Churchill,
en la guerra de Occidente -y, sobre todo, de EE UU- contra quienes
lo odian, lo saquean, lo destruyen, sin prestar apenas atención
a las complejas historias que contradicen esa simplificación
y que se han ido filtrando de un territorio a otro, en un proceso
que acaba con los presuntos límites que nos separan a todos
en distintos bandos.
Ése
es el problema de etiquetas antipáticas como Islam y Occidente:
confunden y desorientan a la mente que está intentando
encontrar sentido en una realidad desordenada y difícil
de encasillar o clasificar por las buenas. Recuerdo una ocasión
en la que interrumpí a un miembro del público que
se había levantado tras una conferencia que di en una universidad
de Cisjordania, en 1994, y que había empezado a atacar
mis ideas por considerarlas occidentales, a diferencia
de las estrictamente islámicas que defendía él.
¿Por qué lleva traje y corbata? fue
la primera ingenuidad, con la que se me ocurrió responder:
También son occidentales. Se sentó con
una sonrisa avergonzada, pero yo me acordé del incidente
cuando empezaron a llegar datos sobre los terroristas del 11 de
septiembre, sobre cómo dominaban todos los detalles técnicos
necesarios para cometer sus crímenes homicidas en el World
Trade Center, el Pentágono y los aviones secuestrados.
¿Dónde discurre la línea entre la tecnología
occidental y, en palabras de Berlusconi, la incapacidad
del Islam para formar parte de la modernidad?
No
es fácil decirlo, claro, pero qué insuficientes
son, después de todo, las etiquetas, las generalizaciones,
las afirmaciones culturales. En ciertos aspectos, por ejemplo,
las pasiones primitivas y los conocimientos complejos se combinan
de tal forma que desmienten la existencia de un muro fortificado,
no sólo entre Occidente e Islam,
sino entre el pasado y el presente, entre ellos y nosotros, para
no hablar de los propios conceptos de identidad y nacionalidad,
sobre los que existen un desacuerdo y un debate literalmente inacabables.
Una decisión unilateral de imponer fronteras, emprender
cruzadas, enfrentar nuestro bien contra su maldad, extirpar el
terrorismo y -en el vocabulario nihilista de Paul Wolfowitz- acabar
por completo con las naciones, no hace que sea más fácil
ver las supuestas entidades; lo que hace es poner de manifiesto
que es mucho más sencillo hacer declaraciones beligerantes
para movilizar pasiones colectivas que reflexionar, examinar,
desentrañar a qué nos enfrentamos en realidad, la
interrelación de tantas vidas, tanto suyas
como nuestras.
En
una destacada serie de tres artículos publicados entre
enero y marzo de 1999 en Amanecer, el semanario más respetado
de Pakistán, el difunto Eqbal Ahmad hacía para su
público musulmán un análisis de lo que denominaba
las raíces de la derecha religiosa y criticaba con gran
dureza las mutilaciones del Islam por parte de absolutistas y
tiranos fanáticos cuya obsesión por regular la conducta
personal fomenta un orden islámico reducido a un
código penal, despojado de su humanismo, su estética,
sus búsquedas intelectuales y su devoción espiritual:
una actitud que entraña la reafirmación absoluta
de un aspecto de la religión, en general descontextualizado,
y un desprecio total de otro. El fenómeno distorsiona la
religión, corrompe la tradición y pervierte el proceso
político en los lugares en los que se desarrolla.
Como ejemplo oportuno de esa corrupción, Ahmad procedía
a presentar, en primer lugar, el rico, complejo y múltiple
significado de la palabra yihad, y luego seguía diciendo
que, en la palabra reducida actualmente al sentido de guerra indiscriminada
contra los enemigos, es imposible reconocer... la religión,
la sociedad, la cultura, la historia o la política islámicas
tal como la han vivido los musulmanes a lo largo de los siglos.
A los islamistas modernos, concluía Ahmad, les preocupa
el poder, y no el alma, la movilización del pueblo con
fines políticos, y no compartir y aliviar sus sufrimientos
y aspiraciones. Su orden de prioridades es muy limitado y restringido.
Lo que ha empeorado todavía más las cosas es que,
en los discursos judío y cristiano
se producen distorsiones y fanatismos semejantes.
Fue
Conrad, con más fuerza de la que podía imaginar
cualquiera de sus lectores a finales del siglo XIX, quien comprendió
que las distinciones entre el Londres civilizado y el corazón
de las tinieblas se venían abajo a toda velocidad
en situaciones extremas, y que las cimas de la civilización
europea podían transformarse inmediatamente en las prácticas
más salvajes, sin ninguna preparación ni transición.
Fue también Conrad quien, en El agente secreto (1907),
describió la afinidad del terrorismo con abstracciones
como la ciencia pura (y, por extensión, el
Islam u Occidente) y, en definitiva, la degradación
moral del terrorista. Porque existen, entre civilizaciones aparentemente
enfrentadas, lazos más estrechos de lo que nos gustaría
creer a la mayoría de nosotros y, como demostraron Freud
y Nietzsche, cuando se tiene cuidado de mantener el intercambio
entre una y otra, hasta las fronteras vigiladas cambian con una
facilidad aterradora. Claro que esas ideas fluidas, llenas de
ambigüedad y escepticismo sobre nociones a las que nos aferramos,
no nos proporcionan demasiadas directrices prácticas y
apropiadas para situaciones como ésta en la que nos encontramos,
y por eso se recurre a un orden de batalla mucho más tranquilizador
(la cruzada, el bien contra el mal, la libertad contra el miedo,
etcétera), extraído de la oposición de Huntington
entre el Islam y Occidente, de la que sacó su vocabulario
el discurso oficial de los primeros días. Desde entonces
se ha rebajado considerablemente el tono de ese discurso, pero,
a juzgar por el flujo continuo de palabras y acciones inspiradas
por el odio, más las noticias sobre actuaciones de las
fuerzas del orden contra árabes, musulmanes e indios en
todo Estados Unidos, el paradigma sigue en pie.
Otra
razón más para que siga es la inquietante presencia
de musulmanes en toda Europa y Estados Unidos. Si nos fijamos
en las poblaciones actuales de Francia, Italia, Alemania, España,
Gran Bretaña, Estados Unidos, incluso Suecia, debemos reconocer
que el Islam ya no se encuentra en la periferia de Occidente,
sino en pleno centro. ¿Y por qué es tan amenazadora
esa presencia? En la cultura colectiva están enterrados
los recuerdos de las primeras grandes conquistas árabes
e islámicas, que comenzaron en el siglo VII y que, como
escribe el célebre historiador belga Henri Pirenne en su
libro fundamental, Mahoma y Carlomagno (1939), hicieron definitivamente
añicos la antigua unidad del Mediterráneo, destruyeron
la síntesis cristianorromana y dieron pie a una nueva civilización
dominada por las potencias del norte (Alemania y la Francia carolingia),
cuya misión, parece decir Pirenne, era reanudar la defensa
de Occidente contra sus enemigos culturales e históricos.
Lo que no menciona Pirenne, por desgracia, es que, para crear
esa nueva línea de defensa, Occidente aprovechó
el humanismo, la ciencia, la filosofía,la sociología
y la historiografía del Islam, que ya se había interpuesto
entre el mundo de Carlomagno y la antigüedad clásica.
El Islam estaba dentro desde el principio, como tuvo que reconocer
incluso Dante -gran enemigo de Mahoma- cuando situó al
Profeta en el corazón de su Inferno.
Hay
que tener en cuenta asimismo el legado permanente del monoteísmo,
las religiones abrahámicas, como apropiadamente las llamaba
Louis Mas-signon. Ya con el judaísmo y el cristianismo,
cada una de ellas es una sucesora obsesionada por la que le precedió:
para los musulmanes, el Islam cumple y culmina la línea
profética. Todavía no existe una historia decente
ni una desmitificación de la complicada rivalidad entre
estas tres religiones -ninguna de ellas monolítica, ni
mucho menos- seguidoras del Dios más celoso de todos, si
bien la ensangrentada confluencia en la Palestina actual proporciona
un sustancioso ejemplo secular de lo que tienen de irreconciliable,
con trágicas consecuencias. No es de extrañar, pues,
que musulmanes y cristianos estén dispuestos a hablar de
cruzadas y yihad y que ambos prescindan de la presencia judía,
muchas veces con una indiferencia sublime. Un proyecto así,
dice Eqbal Ahmad, resulta muy tranquilizador para los hombres
y mujeres que se ven atrapados en medio... entre las aguas profundas
de la tradición y la modernidad.
El
caso es que todos nadamos en esas aguas, tanto occidentales como
musulmanes y otros. Y, dado que las aguas forman parte del océano
de la historia, intentar abrirlas o dividirlas mediante barreras
es inútil. Vivimos tiempos de tensión, pero más
vale pensar en la existencia de comunidades poderosas e impotentes,
recurrir a la política secular de la razón y la
ignorancia y los principios universales de justicia e injusticia,
que divagar en busca de amplias abstracciones que tal vez ofrezcan
una satisfacción momentánea pero dejan poco sitio
para la introspección y el análisis informado. La
tesis del choque de civilizaciones es un truco como
el de la guerra de los mundos, más útil
para reforzar el orgullo defensivo que para una interpretación
crítica de la desconcertante interdependencia de nuestra
época.
Huntington,
Samuel P., México, Editorial Paidós, 1996.
*Edward W. Said es ensayista palestino, y profesor de literatura
comparada en la Universidad de Columbia. El presente artículo
fue publicado originalmente en el diario español El País,
el 16 de octubre de 2001; examen lo reproduce por su interesante
contenido.
