La
guerra y la paz
JORGE NUÑO JIMÉNEZ*
Los
graves acontecimientos terroristas ocurridos el 11 de septiembre
del año en curso en las ciudades de Nueva York y Washington
nos obligan a reflexionar acerca de los peligros que podría
generar un conflicto de mayores consecuencias que alterara la
paz y la seguridad internacionales, misión esencial y principios
contenidos en el artículo primero de la Carta de San Francisco,
que consagra el objeto y fines de la Organización de las
Naciones Unidas.
Los
nubarrones que hoy empañan el panorama internacional, nos
motivan a analizar distintos pensamientos sobre la guerra y la
paz, para ello la obra La paix, de Mai Lequan, editado por G.F.
Flammarion en París, 1998, es una fuente generosa de ideas
que trascienden tiempo y espacio.
La
guerra y la paz, dos conceptos relativos
La
obra mencionada comenta que la paz no puede pensarse independientemente
sin su correlativo, la guerra; la paz no es más que el
contrario lógico de la violencia.
Maquiavelo
«Los
preceptos que sugiere la experiencia política difieren
de los preceptos morales. Los medios políticamente eficaces
para mantener a un príncipe en el trono, no son más
que las necesidades en acuerdo con las enseñanzas de la
iglesia. Todos los estados, en tanto que nacen de la violencia,
es menester que conserven el poder por los mismos medios, de suerte
que la paz, no le es útil a un gobernante, más que
en la medida que contribuya a reforzar su poder». Sugiere
Maquiavelo en su filosofía política que «los
principales fundamentos del Estado son las buenas leyes y los
buenos ejércitos, porque no es posible tener buenas leyes
donde las fuerzas no valen nada, y si los ejércitos son
eficientes deben también las leyes serlo» (El Principe,
cap. XII).
Maquiavelo
afirma que el objeto esencial de la política es a la vez
la guerra, estos dos medios tienen un mismo fin: la preservación
del poder, y El príncipe, debe durante la paz, prepararse
para la guerra. Cuando el príncipe (el gobernante) abandona
voluptuosamente la fuerza de sus ejércitos, entonces la
consecuencia natural es que pierda su Estado, jamás debe
perder de vista la eventualidad de la guerra manteniéndose
en ejercicios físicos y lecturas de la historia de la guerra,
concluyendo que las actividades de la paz deben ser enteramente
encaminadas hacia la guerra porque la paz no debe conceptualizarse
como una tranquilidad. El pragmatismo anterior nos hace pensar
en Fernando II, El Católico, Rey de Aragón, Sicilia
y Castilla, que domestica a la nobleza, centraliza la administración
y excita el pensamiento religioso de su pueblo contra los moros
y los judíos como un medio para reforzar la unidad nacional.
Karl
Von Clausewitz (De la guerra, I cap. I, pag. 13 - 19, ed. 1955).
Entre
los conceptos principales de la obra de este autor, considerado
el filósofo de la guerra, propone una doctrina de la guerra
extraída de las lecciones de la Revolución Francesa,
de la expansión napoleónica y de los movimientos
nacionales los cuales tuvieron lugar en Europa.
El
pensamiento de Clau-sewitz, quien fuera director de la escuela
general de guerra de Berlín, y General en el ejército
prusiano, no es solamente una sistematización formulada
de las guerras, sino una reflexión sobre las condiciones
y la esencia de toda guerra. Su análisis parte de la naturaleza
general de la guerra afirmando que ésta es un conflicto
de grandes intereses, normado por la sangre y representa el momento
paroxístico de las luchas entre los estados; por lo tanto,
la guerra es la violencia nacional puesta al servicio del patriotismo,
es un duelo a gran escala o bien simplemente «la continuación
de la política por otros medios».
Lo
anterior puede interpretarse de la siguiente manera: donde terminan
la política y la diplomacia, la consecuencia natural es
el diálogo de las armas. Para Clausewitz el fin inmediato
de la guerra es luchar para abatir al adversario, lograr su rendición
restándole toda capacidad de resistencia.
Concibe
la violencia física como un medio para desarmar al enemigo,
por lo tanto, el uso de la fuerza depende de la intensidad de
las hostilidades por parte del enemigo y de la importancia y duración
de los intereses del contrario. La teoría pura de la guerra
implica una posición entre extremos que nunca tiene lugar
en la realidad y es la imperfección humana la que impone
a las guerras una cierta moderación.
Concibe
la paz negativamente, como una simple interrupción de los
combates o de la violencia a consecuencia de la desaparición
del principio de hostilidad. Este autor afirma que la paz verdadera
es la paz armada, así mismo que la paz es posible como
un desequilibrio de fuerzas en presencia de dos campos y cuando
ha habido una capitulación o rendición, por lo tanto
el vencedor impone al vencido su voluntad. La guerra, al contrario,
representa el verdadero equilibrio de las potencias, privilegiando
la perspectiva de la guerra como una simple inacción, de
ello se desprende la interpretación del autor: «...la
guerra es la situación natural de los estados».
Jean
Jacques Rousseau.
Para
el pensador ginebrino, por el contrario, el estado de guerra nace
del fondo de la estructura social, retomando la definición
de la guerra como una relación de Estado a Estado en la
cual los particulares no son realmente enemigos sino accidentalmente
las circunstancias les colocan en esa posición, es decir,
ni como hombres ni como ciudadanos tienen rivalidad, pero si la
tienen en tanto soldados, (El contrato social, cap. IV pag. 35),
afirma que la guerra privada de hombre a hombre no puede existir
en el estado natural.
Samuel
P. Huntington,
El Choque de Civilizaciones
Dentro
de esta geopolítica del caos, aparecen nuevos ideólogos
de la reconfiguración del Orden Mundial; Huntington señala,
en lo que parece una visión profética, que las grandes
causas de la división de la humanidad y las fuentes de
conflictos, serán culturales. En este orden de ideas los
principales enfrentamientos políticos implicaran a naciones
y grupos pertenecientes a civilizaciones diferentes. Huntington
afirma: «El sentimiento de pertenencia a una civilización
va a cobrar mas importancia en el futuro, y el mundo esta labrado
por las interacciones de siete u ocho civilizaciones a saber:
la civilización occidental, confu-ciana, japonesa, Islamica,
induísta, eslavoortodoxa, latinoamericana y tal vez
africana».
Reflexión
Las
anteriores ideas sobre la guerra y la paz, nos obligan a analizar
el nuevo paisaje internacional. Porque nadie ignora que en este
inicio de siglo vivimos un proceso de rupturas y recomposición
de las fuerzas geopolíticas, de las formas sociales, de
los actores económicos y culturales, y constatamos que
la incertidumbre se ha convertido en la única certeza.
Nuestro
partido deberá estar atento a las nuevas tendencias y conflictos
que pongan en peligro la paz y seguridad de nuestra Nación,
cobrar conciencia critica y comprensión de la historia
para aprehender con madurez, serenidad y sobre todo, con visión
de Estado, la profundidad de las transformaciones mundiales, y
de este modo estar preparados para contribuir a la solución
de las controversias, de acuerdo a los principios tradicionales
de la política exterior nacional y preservar las condiciones
de seguridad y paz para los mexicanos.
Lequan,
Mai, G.F. Flammarion, París, 1998,
** Abogado Internacionalista; Director del Centro de Estudios
Económicos y Sociales del Tercer Mundo;
consultor no gubernamental de las Naciones Unidas.
