LOS PROPÓSITOS LO SIGNIFICAN; LOS HECHOS LO CALIFICAN
BEATRIZ PAREDES RANGEL*

Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos; señor Presidente de la Suprema Corte de Justicia; señor Presidente del Senado; señoras y señores representantes de los tres Poderes de los Estados de la Federación que nos distinguen con su presencia; autoridades del Distrito Federal; estimados parlamentarios representantes del Parlamento Andino, del Parlamento Centroamericano, de COPPPAL, del PARLATINO y de FIPA; distinguidos invitados especiales; compañeras y compañeros legisladores:

La obligación de informar del Presidente de la República al Congreso de la Unión refleja el espíritu del Constituyente de propiciar el equilibrio entre los poderes y de subordinar los actos del Ejecutivo al análisis de la soberanía popular representada en el Congreso. Por ello, la ceremonia del informe debe superar un formulario ritual o de culto a la personalidad y constituirse como el espacio de encuentro entre dos vertientes de la representación popular: el Ejecutivo y el Legislativo, que fomentan con su conducta republicana el aprecio de la ciudadanía por el poder público y promueven la comprensión de la sociedad sobre los hechos del gobierno, garantizando a un tiempo, que desviaciones y yerros sean revisados por las instancias competentes, para encauzar su rectificación.

Así es. El informe se presenta ante las Cámaras porque es el Congreso de la Unión la expresión legítima de la pluralidad política y social mexicana, constituida como poder, el Poder Legislativo, que además de la fundamental atribución de formular leyes, dispone de la facultad de fiscalizar las acciones del Poder Ejecutivo.

Por encima de antagonismos o lealtades partidistas, la hora de la democracia mexicana exige que las Cámaras desplieguen a plenitud su responsabilidad constitucional y reclama que el Ejecutivo aquilate y aprecie la trascendencia de que la República disponga de un Poder Legislativo vigoroso y actuante.

Como lo señaló Norberto Bobbio: «El poder que hace de un soberano a un soberano, que hace surgir el Estado como unidad de dominio y por tanto como totalidad a partir de la sociedad compuesta de partes en cambiantes y efímeras relaciones entre ellas, es el Poder Legislativo.

«La idea de la comunidad política desde la polis griega hasta el Estado moderno está íntimamente vinculada, en contraste con el estado de naturaleza, a la idea de una totalidad que mantiene unidas a las partes, que de otra de manera estarían en perpetuo conflicto entre ellas. Lo que asegura la unidad del todo es la ley y quien tiene el poder de hacer leyes, de condere legis es el soberano». Hasta aquí la cita.

Los legisladores integrantes de la LVIII Legislatura han pretendido estar a la altura de su circunstancia, inmersos en un proceso de cambio, diputados y senadores de las diversas fuerzas que conforman el Congreso de la Unión han reflejado actitud política, conciencia de Estado y vocación social.

Actitud política que permitió –no obstante que ninguna de las fuerzas partidistas ostentan la mayoría absoluta– impulsar los acuerdos necesarios para lograr que en el marco del primer año de ejercicio constitucional de la Legislatura, de las 35 leyes aprobadas por la Cámara de Diputados, 32 lo fueran con la concurrencia de todos los grupos parlamentarios representados y sólo tres fueran por mayoría simple.

Por su parte, el Senado de la República aprobó 31 dictámenes a iniciativas y minutas, de los cuales 29 contaron con el voto unánime de los grupos parlamentarios.

Con igual responsabilidad, los congresistas han analizado, y en su caso, ratificado los nombramientos de los ciudadanos embajadores propuestos por el Ejecutivo, y estudiaron y aprobaron, cuando fue procedente, los ascensos de los mandos militares y de la Armada con pleno respeto al profesionalismo e institucionalidad de nuestro Ejercito y Marina, ambos cuerpos salvaguarda de la integridad nacional.

En este lapso también se dieron decisiones políticas innovadoras y de trascendencia, abrir la tribuna a los representantes indígenas del EZLN; transparentar el escrutinio a las auditorías realizadas en FOBAPROA; buscar una alternativa legislativa al veto sobre la legislación rural que permita al campo disponer de un nuevo ordenamiento para su reactivación; interponer una controversia constitucional ante la Suprema Corte, por lo que a juicio del Congreso es un exceso de la facultad reglamentaria del Ejecutivo.

Esta última decisión, además de reflejar lo saludable que es un sistema de división de poderes, evidencia el apego de senadores y diputados a la potestad de la ley representada en la dignidad de la Suprema Corte de Justicia.

Conciencia de Estado, la de la LVIII Legislatura que permitió que, además de que diversas iniciativas presentadas por legisladores prosperaran, de los 6 proyectos propuestos por el Ejecutivo en el Primer Periodo de Sesiones, todos se aprobaran con las reformas y adiciones pertinentes.

Lo afirmo categóricamente, el Poder Legislativo ha actuado con seriedad y compromiso con la sociedad mexicana, ejerciendo sus facultades constitucionales, nunca para obstruir el desempeño de la función pública, nunca para obstaculizar por afanes protagónicos o partidistas al titular de otro poder; nunca para enturbiar la gobernabilidad en épocas en donde la vigencia de las instituciones es un soporte básico para la viabilidad del país.

La misma convicción ha llevado a las Comisiones Legislativas a sopesar mesuradamente iniciativas que han generado una enorme polémica entre los diversos sectores de la población, como es el caso de la reforma hacendaria.

En las Cámaras, en época de profundización democrática, debemos tener las puertas abiertas y el oído atento al rumor social, al sentir de la gente, a la observación de los ciudadanos, para que la tarea de legislar, que cala hondo en el presente y el porvenir de la realidad de nuestro pueblo, corresponda de manera fiel a lo que más conviene al desarrollo nacional.

La sociedad, sus expresiones colectivas, las personas, pueden saber que en el Congreso de la Unión hay representatividad e interlocución firme para proyectar sus demandas y propuestas. Los mexicanos pueden saber que no habrá presiones ni descalificaciones que precipiten una decisión legislativa si no existe la conciencia sobre la razón de la misma y su utilidad para la nación.

La vocación social de la Legislatura resulta del entretejido de personalidades y biografías de militantes de distintas opciones políticas, pero todos con el interés común de impulsar el desarrollo de México y erradicar los rezagos sociales.

Compartimos un concepto amplio de democracia, que no se circunscribe a la contienda electoral, y que para existir plenamente requiere desenvolvimiento económico y distribución del ingreso, que propicien y generalicen oportunidades.

Un vasto proceso de ciudadanización sustentado por una formación educativa sólida, de ahí nuestro respaldo a las universidades públicas, especialmente a la UNAM, equidad que erradique exclusiones y elimine abismales diferencias sociales, protección al ambiente y responsabilidad ecológica, respeto a los derechos humanos, tolerancia y libertad de expresión.

Entorno democrático que para realizarse requiere espacios, donde la convivencia social y familiar, no esté amenazada por la inseguridad permanente o por sucumbir en el torbellino de un país erosionado por la delincuencia organizada y el narcotráfico.

Saludamos la información sobre decomisos y captura de narcotraficantes a que ha hecho referencia en su Informe.

Conceptualización democrática que nos proyecte en el mundo, como un país con instituciones representativas consolidadas, con dignidad soberana y capacidad para multiplicar sus vínculos con el exterior, nutrido por su raigambre latinoamericano y responsable del papel estratégico que juega en el continente y en el orbe.

En este marco, subrayo que la defensa de los derechos humanos de los trabajadores migratorios en los Estados Unidos es prioritaria para todas las fuerzas políticas representadas en este Congreso, y que seguiremos con interés las perspectivas de un acuerdo migratorio, que garantice empleo digno, seguridad laboral y remuneración justa a millares de compatriotas.

Esta vocación social de los legisladores se nutre del vínculo permanente con sus representados y se robustece en el contacto con una realidad, que en muchas ocasiones, golpea por su dureza.

Por ello, como diputada, atenta del acontecer del país, considero ineludible expresar mi preocupación por un crecimiento económico cercano a cero en lo que va del año, por la pérdida de casi 250 mil empleos permanentes, por la baja de la producción manufacturera en 2.28, por la caída de la industria de la construcción en 5.3, indicadores éstos consignados con transparencia en el Informe que fue entregado a estas Cámaras.

Legisladores de la Comisión Permanente expresaron con toda oportunidad, lo que con datos oficiales estimaban un rezago preocupante en el ejercicio del gasto programable del sector público, las cifras que hoy nos ha presentado, nos llevan a revisar puntualmente el desahogo de esta preocupación que fue planteada en el Congreso de la Unión a través de su Comisión Permanente.

Sin embargo, señor Presidente, es válido subrayar que hay un tema, en el que lo que hemos escuchado el día de hoy y lo que plantean un conjunto de fuerzas sociales que se han manifestado en carreteras, en bodegas, empresas, expresando su preocupación, evidentemente no hay convergencia. Me refiero al caso del desarrollo agropecuario.

Si bien es cierto que existen problemas estructurales y circunstancias de interdependencia económica en la globalidad que inciden en los hechos antes mencionados, es necesario hacer un llamado para que se apliquen medidas perentorias que contengan el deterioro en el empleo y reviertan una situación que es dramática para muchos mexicanos.

Se asoma aquí, lo que sin duda será un intenso debate. Ante la desaceleración económica, ¿cuál será el papel de la inversión pública y de la actividad económica del Estado?

En un país con las disparidades y con los problemas que enfrentan pequeños productores y medianos y pequeños empresarios, parecería que la ortodoxia de acumular recursos en la Tesorería y cuidar rigurosamente las variables macroeconómicas, resulta cuando menos insuficiente. Este es uno de los temas en el que profundizaremos los parlamentarios desde diversas ópticas, estoy segura; pero todos en la búsqueda de respuestas acordes con una realidad económica que hay que dinamizar y lograr sea más justa.

La viabilidad del país depende de que haya oportunidades para todos, pues la frustración y la desesperación de los que poco o nada tienen, pone en tensión al conjunto.

Los legisladores, en las sesiones sucesivas en que analizaremos los pormenores del informe, convocando a los Secretarios de Despacho que se requiera para revisar y precisar detalles, emitiremos una opinión sobre la eficacia o insuficiencia de las acciones y políticas aplicadas en estos nueve meses del ejercicio constitucional de su administración.

He escuchado, señor Presidente, con atención las expresiones que de manera directa ha dirigido a millones de compatriotas que por la magia de las telecomunicaciones, conocen el contenido del mensaje de su informe al mismo tiempo que los legisladores. No es de extrañar que un miembro de este cuerpo colegiado, manifestara enfáticamente su extrañeza, pues independientemente de esta nueva realidad tecnológica, el informe se presenta ante el Congreso de la Unión.

Respetuosa que soy del valor de las palabras, comprendiendo que en voz de un Presidente más que intenciones son compromisos a nombre de la institución que representa, también he aprendido que la sociedad, el pueblo que ha vivido distinguido y desmitificado un cúmulo de ofertas y propuestas, al final sólo tiene un veredicto sobre el gobernante y es el que se deriva de sus actos, de sus resultados. Al hombre público se le evalúa por su capacidad de hacer; los propósitos lo significan; los hechos lo califican.

Señor Presidente.

Compañeras y compañeros legisladores; señoras y señores.

Formamos parte de un continuo social que se despliega por más de 30 siglos en esta región volcánica y luminosa, tierra de paradoja, herida por injusticia y pobreza.

La historia nacional no es patrimonio de nadie, ningún grupo o facción puede apropiársela, como tampoco podrían negar el concurso de varias generaciones que durante el siglo XX edificaron un país de instituciones, teñido de contrastes donde hubo movilidad social; territorio que con la pujanza de un pueblo generoso y creativo, pudo arribar al año 2000 como la población más grande de hispanoparlantes; como la décima tercera economía del mundo; el octavo país exportador, el segundo socio comercial del mercado más grande del planeta; con un sistema educativo de amplia cobertura; con un sistema político dinámico que mantuvo estabilidad y aptitud para transformarse.

También con millones de pobres; disparidad abismal en los niveles de ingreso; rezagos en tecnología y competitividad; descrédito sobre el quehacer público; espacio de cultura e identidad propia. Con ese legado policromo o claroscuro, los mexicanos pudimos construir en la civilidad la transición al nuevo milenio. Ahora, son otros tiempos.

La historia contemporánea de México por voluntad de la pluralidad y la vocación democrática de nuestro pueblo, obliga a una convivencia entre ciudadanos de distintos signos ideológicos y trayectorias diversas, que son integrantes de las Poderes de la República. Subyace en ese mandato popular una convocatoria a la capacidad de diálogo y a la tolerancia, para que esta riqueza plural no devenga en parálisis o excesos autoritarios ante la hipotética imposibilidad de llegar a acuerdos.

Subyace la necesidad de generar espacios de confianza democrática para que ninguna de las fuerzas suponga que quieren aniquilarla y que la acción del gobierno corresponda a un principio básico de respeto a los contrarios. Subyace una convicción profunda sobre la prevalencia del interés superior del país, de la necesidad de no defraudar las expectativas de la población mexicana que con extraordinaria sabiduría concibió un arreglo que obliga a balances y contrapesos; que exige una convivencia democrática que es un permanente aprendizaje de humildad y al mismo tiempo de grandeza; demanda visión de Estado.

Tenemos la enorme oportunidad, si actuamos con seriedad, serenidad y consistencia, sin protagonismos fatuos o cortoplacismos, de empujar el reloj de la historia patria y transformar el sistema político de México, para hacerlo más equilibrado y por ende mejor garante del interés colectivo.

Existe, finalmente, un compromiso ético: no traicionar a una sociedad que optó por la vía política para definir la nueva composición de sus instituciones. Fieles a sus orígenes. Leales a las ideologías y proyectos históricos que a cada uno han dado sustento, sin renunciar a la crítica, al debate, al antagonismo legítimo y consustancial a toda democracia, debemos tener la capacidad de transitar el siglo XXI construyendo. La oportunidad existe; existe también el riesgo; dependerá de imaginación, consistencia y valor. Dependerá en fin, de nuestro amor a México. Creo, con Carlos Pellicer: «La Patria necesita aquellos hombres que le hagan ver la tarde sin tristeza. ¡Hay tanto y lo que hay es para tan pocos! Se olvida que la Patria es para todos. Si el genio y la belleza entre nosotros fue tanto y natural, que el recuerdo del hombre de otros días nos comprometa para ser mejores. La patria debe ser nuestra alegría y no nuestra vergüenza por culpa de nosotros. Es difícil ser buenos. Hay que ser héroes de nosotros mismos».

*Respuesta de la Presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, al Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, en la presentación de su I Informe de gobierno, Palacio Legislativo de San Lázaro, 1º de septiembre de 2001.