EL DESAFÍO DE LA 18 ASAMBLEA
RODOLFO ECHEVERRÍA RUIZ*

- Cancelado por los hechos el liderazgo presidencial, la XVIII Asamblea Nacional definirá los nuevos ejes de gobernabilidad interna del PRI

- La nueva gobernabilidad deberá situarse en una mayor consideración a las expresiones regionales del partido

- El ejercicio de controles autoritarios para imponer conductas políticas, deberá ser sustituirlo por acuerdos democráticos

En la medida en que profundizamos en los desafíos a los cuales nos enfrenta la XVIII Asamblea Nacional de nuestro Partido, vamos tomando conciencia de la magnitud de los trabajos que nos esperan. Entre esos desafíos hay algunos de carácter singular que no pudieron darse en otras épocas o etapas del partido.

Un caso así es el de la gobernabilidad interna del Partido. Desde luego, no es que ese problema sea nuevo en sí. Siempre ha sido necesario, y lo será, establecer los mecanismos a través de los cuales puedan adoptarse las decisiones e impartirse las directrices partidarias. Pero los términos en que ahora deberemos hacer frente a ese requerimiento son distintos que en el pasado.

Las decisiones mayores venían siendo directamente adoptadas o, más frecuentemente, inducidas por el Presidente de la República en turno, que durante las siete décadas anteriores venía siendo un ciudadano postulado por nuestro Partido. Esta costumbre, esta forma de hacer las cosas, no es que fuera exclusiva del «caso mexicano» y del PRI-gobierno, como nuestros adversarios se empeñan en presentarlo. En casi cualquier país del planeta el gobernante ejerce liderazgo real sobre el partido que lo postuló e hizo elegir.

Puede discutirse qué grado de liderazgo es admisible o razonable, pero no la naturaleza de la relación que suele establecerse en esos casos.

Como quiera que sea, este liderazgo del Presidente de la República sobre nuestro Partido, y su prolongación durante un amplio lapso, tuvo una funcionalidad clara en cuanto a facilitar la gobernabilidad y toma de decisiones criticas en el seno del PRI.

Cuando un asunto resultaba un tanto conflictivo o difícil de resolver, había una instancia, la presidencial, cuya autoridad no era discutida, para darle una salida. El Presidente podía también marcar líneas generales para orientar el quehacer del Partido. Y solía asimismo validar las listas de aspirantes a ciertos puestos de elección popular.

Con indudables inconvenientes en cuanto a la acumulación de poder que este presidencialismo supone, gobernabilidad y disciplina eran en principio y en lo general asuntos resueltos. Salta a la vista que ese estado de cosas ha llegado a su fin a partir del momento en que el PRI perdió la elección presidencial de julio de 2000.

En los primeros días y meses siguientes a ese acontecimiento político, el Partido no acertaba a reencontrar los mecanismos de su gobierno interno. Ciertamente los estatutos regulan el funcionamiento de las estructuras de toma de decisiones, principalmente el Comité Ejecutivo Nacional, el Consejo Político Nacional y la Asamblea Nacional.

La Asamblea Nacional es el órgano supremo del PRI, el más amplio, democrático y participativo al que hasta hoy podemos recurrir para establecer los grandes lineamientos del quehacer de los priístas. Esto ha sido así en verdad, incluso bajo las condiciones pasadas del liderazgo presidencial, hasta el punto de que las asambleas generales pudieron bloquear y bloquearon, en ocasiones con eficacia, iniciativas y directrices emanadas del titular del Ejecutivo Federal.

La Asamblea Nacional, sin embargo, es un órgano con miles de integrantes que funciona durante unos días cada vez, y luego de concluir sus sesiones no vuelve a reunirse sino después de lapsos prolongados. Por su propia naturaleza y dimensiones no puede funcionar de manera continua ni siquiera con frecuencia y sus funciones son normativas. Por definición las decisiones de la Asamblea son normas para el conjunto del partido, hasta el tiempo en que vuelve a ser convocada y reunida.

El Consejo Político es un órgano colegiado que conforman unos cuantos cientos de priístas. Ha sido hasta hoy una muestra de la composición de fuerzas del Partido. Durante mucho tiempo, sin embargo, y pese a que debía ser un foro de análisis y un organismo decisorio, el Consejo Político con frecuencia convalidó deliberante decisiones tomadas en otros niveles, con las excepciones que son del dominio público.

Cancelado por lo hechos el liderazgo presidencial, el Consejo Político Nacional ha emergido como un órgano con creciente vida propia, que tiene la jerarquía estatutaria para debatir, decidir, elegir, dar lineamientos y supervisar ciertas acciones del Comité Ejecutivo Nacional, dentro del marco de los documentos fundamentales del partido.

Ha mostrado funcionalidad en el plazo medio, y, por sus características y composición, puede reunirse con mayor frecuencia. No es, sin embargo, y como resulta obvio, un organismo operativo ni puede tomar las decisiones de todos los días.

Éstas, las decisiones cotidianas, así como la operación de los programas y acciones del Partido, corresponden al Comité Ejecutivo Nacional. En el sistema anterior, su presidente, era, sobre todo, un nexo con el Ejecutivo Federal de extracción priísta al tiempo que el más alto dirigente del Partido y su secretario general un negociador y ejecutor de lineamientos hacia el interior del priísmo.

Los sectores y las organizaciones poseen sus estructuras organizativas y decisorias, están dotados de su propia funcionalidad de conformidad con su ámbito de acción. La existencia y funcionamiento de estos sectores y organizaciones le ha valido al PRI críticas, por lo general malintencionadas, desinforma-doras e inócuas. La principal de ellas es el calificativo de corporativismo. Con ello intentan aludir al ejercicio de controles autoritarios de los sectores y organizaciones sobre sus miembros individuales, validos de mecanismos de poder, para imponerles conductas políticas.

En la medida en que han existido tales mecanismos y controles están en franca retirada y en la medida en que la democratización interna y externa avanzan carecen de eficacia, pues el voto secreto deja libre a toda conciencia individual.

Lo cierto e indudable, es que los sectores en su ámbito, y las organizaciones en el suyo, son y seguirán siendo piezas vitales de la eficacia política del priísmo para organizar a los grandes grupos de la población con vistas al activismo y a la participación, y para articular y luchar por sus propias reivindicaciones. Obreros, campesinos, clases medias, colonos urbanos, mujeres y jóvenes, principalmente, encuentran dentro de sus sectores y organizaciones un ámbito natural de desarrollo y de inserción en el gran conjunto del priísmo.

La evolución de las cosas en la nueva circunstancia del Partido, sin embargo, está variando las formas organizativas y las relaciones entre sectores, organizaciones, y las instituciones de mando e instancias decisorias del priísmo

La XVIII Asamblea será el foro adecuado para debatir y dar vida a las nuevas formas de gobierno interno y gobernabilidad del priísmo. Las estructuras y las funciones existentes tendrán que revisarse y redefinirse. Este no es un asunto secundario, ni sencillo.

Necesitamos poner en marcha un cuidadoso proceso de reflexión, análisis y propuesta para definir de que manera podemos regular mejor las relaciones entre los componentes del Partido, cómo dirimir conflictos en su seno, y cómo tomar decisiones de corto, mediano y largo plazos, bajo un sistema funcional y claramente democrático.

Una de las vertientes en que deberemos esclarecer estas relaciones, y encontrar fórmulas equilibradas, es la de la regionalización del partido – cualquiera que sea su dimensión final precisa–, y la unidad nacional del priísmo. Aquí también se involucra un asunto de gobernabilidad y disciplina partidarias, frente al reconocimiento de la legitimidad de los intereses y autoridades regionales.

En la historia del Partido ha habido casos de exceso de centralismo y de autoritarismo que debemos erradicar. Han habido también funciones y aciertos de los órganos nacionales del Partido, que han evitado el éxito de grupos de poder empeñados en imponer sus reglas e intereses, y manejar el PRI como una cosa propia a niveles regionales.

Nuestro Partido nació de un esfuerzo eficaz por integrar propuestas regionales y locales –aún municipales– para fortalecer la capacidad de gobierno en todo el país. Ese empeño no ha terminado. Es más: ante las nuevas condiciones de México, en un mundo empujado por la globalización, los priístas requerimos repensar las estructuras del partido para contribuir a atender mejor el desarrollo de las regiones, impulsar su cooperación y equilibrio, y conformar una renovada unidad nacional, de gran aliento democrático.

La unidad nacional democrática es resultado de la comunidad de aspiraciones, de la convicción de que México es una sola nación con múltiples culturas y orígenes. La fortaleza de ese todo es que México ha de ser mayor en la medida en que las partes que lo integran -regiones, estados, grupos sociales- resuelvan sus problemas propios, eleven sus niveles de vida, enaltezcan su cultura peculiar, y se integren al esfuerzo del conjunto del país.

El PRI debe contribuir a impulsar el desarrollo regional para avanzar en la reducción de los contrastes y diferencias de oportunidades que las separan, impulsar su desarrollo económico y mejorar su vida. Este impulso al desarrollo regional precisa ser visto como pieza maestra de un gran esquema de desarrollo nacional.

El mismo principio es aplicable al desarrollo político nacional, del que la transformación del Partido Revolucionario Institucional constituye una parte de la mayor importancia.

He querido de esta manera hacer una exposición analítica, para llamar la atención de los representantes de los sectores y organizaciones del priísmo coahuilense sobre una de las cuestiones más delicadas, y no resueltas, que nos plantea esta nueva etapa del priísmo, y su 18 Asamblea Nacional: la asamblea de su renovación.

*Palabras pronunciadas por el Secretario General del CEN del PRI en la reunión con el Consejo Político Estatal en Coahuila, con motivo de la evaluación de los trabajos preparatorios de la 18 Asamblea General de Delegados. Saltillo Coahuila, 27 de agosto de 2001.