GLOBALIZACIÓN
DEL TERROR*
FELIPE GONZÁLEZ**
El
horror y la incredulidad lo cubren todo. La globalización
de la información provoca, en tiempo real, el mismo efecto
en lugares muy distantes del planeta. Nos negamos a creer que
está pasando y repetimos una y otra vez el mismo gesto
ante las mismas imágenes.
Se
reclama, con angustia comprensible, liderazgo político
para responder a la amenaza, para encontrar y castigar a los culpables,
para recuperar algo de la confianza perdida con brutalidad sin
precedentes en los últimos 50 años.
Pero
el liderazgo que se reclama, de los mismos políticos a
los que sistemáticamente se desprecia, tiene que ser de
respuesta, no meramente declarativo; tiene que ser sensible al
estado de ánimo de los ciudadanos, pero no dejarse arrastrar
por él; tiene que ser eficaz más que espectacular,
porque el inmenso horror de la tragedia que estamos viviendo disminuirá,
pero la amenaza permanecerá, e incluso, si se cometen errores,
aumentará.
El
orden internacional post muro de Berlín, en términos
de seguridad, con sus implicaciones económicosociales,
no sólo de defensa ante las amenazas, no está definido
mucho menos articulado porque ni siquiera están
identificadas las verdaderas amenazas.
Los
atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono funcionarán
como catalizadores y precipitadores de una crisis que ya estábamos
viviendo en la economía internacional, pero que dentro
de unos meses se identificará con el brutal ataque terrorista.
La
necesidad de encontrar al enemigo, de poner un rostro al mal,
puede arrastrarnos a criminalizar al otro, al que es diferente
en sus creencias religiosas, en sus pautas culturales o en el
color de su piel, deslizándonos hacia un mundo enfrentado
por razones alternativas a las que lo dividían antes de
la caída del muro, y aún más peligrosas para
la paz.
¿Es
posible encontrar una respuesta a la crisis de seguridad que pone
en riego tantas vidas humanas? ¿Es posible actuar contra
la precipitación de la crisis económico-financiera
en la que ya estábamos inmersos? ¿Es posible disminuir
las tensiones que recorren distintas regiones del planeta, en
algunos casos con fuerza expansiva incalculable? ¿Es posible
avanzar por el camino de la gobernabilidad no hablo del
gobierno de esta nueva realidad planetaria inducida por
el fenómeno de la globalización de la información,
la economía, las finanzas, y... ahora el terror?
De
la corrección de las respuestas que EE UU y los países
de la OTAN, más otras alianzas posibles, sean capaces de
producir penderán consecuencias de enorme trascendencia
para la paz mundial. Imagino el 89 como el final del siglo XX,
pero este salvaje atentado nos pone ante los desafíos del
siglo XXI. En el periodo intermedio hay que reconocer que hemos
sido poco conscientes de los cambios que se estaban produciendo
y de sus implicaciones.
Los
ciudadanos pueden y deben saber que la lucha contra la criminalidad
organizada en forma de terrorismo se puede combatir con eficacia
si se identifica como la principal amenaza, mucho más real
que la supuesta de la que nos defendería un escudo espacial
antimisiles. Si se acepta así, la información es
el 85% de la lucha por la erradicación de esté fenómeno.
El 15% restante serían las operaciones derivadas para capturar
y destruir las tramas.
Lo
más dramático es que la información a la
que me refiero está disponible en su casi totalidad, y
llegaría al máximo de eficacia si se pusiera en
común por una docena de países que se consideran
amigos y aliados. Pero esto no ocurre. Es más fácil
intercambiar información de servicios en el terreno militar
clásico que entre los servicios de información de
estos aliados referidos a la lucha contra este tipo de amenaza.
La
consecuencia de actuar así, aquí y desde ahora,
sería la de acertar con precisión en la respuesta,
garantizar un incremento de la eficacia en el futuro, y evitar
el error, aunque sea comprensible en momentos de emoción,
de acciones precipitadas que escalen la violencia en lugar de
contenerla.
El
esfuerzo inmediato para enfriar conflictos regionales como los
que se viven en Próximo Oriente, o en otros lugares del
mundo, que tenderán a exacerbarse con efectos de violencia
suprarregionales, es una necesidad para avanzar en una nueva arquitectura
de convivencia internacional. La Unión Europea puede y
debe jugar su papel, riguroso y exigente, no sólo pagar
facturas de las decisiones de otros.
Precipitados
todos los factores de desconfianza económica y financiera,
los actores políticos tienen que dar un paso adelante para
regenerar esa confianza que no podrán recuperar los protagonistas
directos de los mercados. Más liquidez, menos tipos de
interés y recuperar el razonamiento de Keynes, aplicándolo
a la nueva realidad, no reproduciéndolo miméticamente,
ayudará, si la seguridad frente al terror mejora, a remontar
una crisis mundial a la que no se quiere identificar como tal,
a pesar de que Japón, EE UU y Europa estén inmersos
en ella. Finalmente, el desorden de la globalización, con
sus lacerantes incrementos de las diferencias, los incontenibles
flujos migratorios huyendo de la miseria o de la tiranía,
la imprevisibilidad del casino financiero internacional o los
crecientes odios interculturales, reclama un esfuerzo de construcción
del nuevo orden internacional del siglo XXI, añadiendo
factores que hagan más gobernable este escenario, en lugar
de pretender construcciones excesivamente teóricas sobre
el supuesto Gobierno del Mundo tan querido a los cartesianos puros.
(¿A quién aceptaríamos presidiendo ese Gobierno
Mundial?).
Espacios
regionales supranacionales, como la Unión Europea o como
el Mercosur, podrían ir configurando una nueva gobernabilidad
más equilibrada, más cooperativa y solidaria. La
revisión del funcionamiento de instancias como el FMI,
el Banco Mundial o las propias Naciones Unidas deberían
acompañar este proceso de mayor gobernabilidad.
Es
posible, no sólo deseable, poner en marcha las respuestas
para mejorar la seguridad, identificando y combatiendo la peor
criminalidad que se conoce: el terrorismo, como el enemigo de
la convivencia en paz y en libertad, más peligroso y evidente.
Es
posible hacerlo sin deslizarse hacia el odio entre religiones,
culturas o civilizaciones, porque no está ahí el
problema, pero la confusión puede contribuir a agravarlo
en vez de resolverlo.
Es
posible disminuir las tensiones regionales con efectos expansivos
de violencia. El Mediterráneo, cuna y cruce de civilizaciones,
debe tender hacia la superación de los choques que se viven
en él, de uno a otro extremo. El Cáucaso, que no
queremos ver aunque pesará en los próximos años,
y tantos otros.
Es
posible combatir la primera gran crisis de la nueva economía,
que se nos anunciaba sin ciclos, de bonanza sin fin, al tiempo
que veíamos el incremento de la pobreza, la pérdida
de la cantidad y la calidad de la cooperación internacional
y de la cohesión interna en los países ricos.Es
posible construir una Europa Política, con sus valores
fundacionales, como democracia local reforzada y como poder global
relevante para mejorar la cohesión interna y contribuir
decisivamente a la paz y la solidaridad internacional.
Podemos
atacar las causas inmediatas de la inseguridad y enfrentar un
nuevo rumbo para acabar con los caldos de cultivo.
*Artículo
publicado en el diario español «El País»,
el 15 de septiembre de 2001. Por su interés se reproduce
en las páginas de examen.
**Ex
presidente del Gobierno español.
