LA
GLOBALIZACIÓN ANTES Y DESPUÉS DEL 11 DE SEPTIEMBRE
JUAN MARÍA ALPONTE*
CAPÍTULO
PRIMERO: LA DESIGUALDAD
El
siglo XX sufrió una gigantesca explosión demográfica
que es el primer signo de un hecho inédito en la historia:
que el mundo podía crecer, poblacionalmente, en términos
que Malthus (el primer «temblor» matemático
ante la desproporción entre el crecimiento de los alimentos
y la población) no pudo imaginar. En efecto, a la hora
en que Thomas Malthus publicaba su «Ensayo sobre la Población»
(su título original era larguísimo y su primera
edición se publicó sin el nombre del vicario en
1798) apenas si el mundo contaba con 800 millones de habitantes.
En
1830 se llegó a los mil millones; en 1930 a los 2,000;
en 1960 a los 3,000 y en el año 2000 a los 6,000 millones.
Una mutación de la historia humana. Solamente que, al finalizar
el siglo XX, nada menos que 2,800 millones vivían en la
pobreza y, de esa cifra, 1,200 millones en extrema pobreza. Si
liquidar la malaria, en Ceilán, había costado 0.50
dólares por hectárea a los ingleses hacer laborable
esa misma hectárea costaba 200 dólares. No hubo
ese equilibrio y rotos los equilibrios entre la revolución
permanente del progreso y el atraso histórico, el problema
de la desigualdad humana se convertiría, al iniciarse el
siglo XXI, en un inmenso problema económico y social. Más
aún: en un gigantesco problema cultural.
Karl
Marx y Federico Engels habían señalado, desde la
simplificación del idealismo no del materialismo
que Malthus era un reaccionario que olvidaba «que la técnica
transformaría el desequilibrio entre población y
alimentos». Olvidaban que la técnica sería
la esfera de un fenómeno de concentración que transformaría,
radicalmente, la historia humana: el 20% de la población
concentraría el 80% de la riqueza y el 15% la revolución
científica.
CAPÍTULO SEGUNDO: LA SUPERSTICIÓN ANTI-GLOBALIZADORA
Y SU PRIMER MÁRTIR
El
reduccionismo y la simplificación olvidaron que Alejandro
el Magno convertiría la pequeña Atenas que
construyó toda la estructura intelectual de la democracia
en conceptos o categorías en un gigantesco proceso
de globalización que transformó la «ecúmene»,
el «mundo conocido», en un espacio mayor y que el
Imperio romano construyó el porvenir desde una nueva imagen
global del mundo. La idea de que la globalización comienza
en nuestros días es una superficialidad. El joven Carlo
Giuliani, de 23 años, caído bajo las balas de la
policía genovesa durante la Cumbre de los «Ocho»
en la ciudad de Génova (a manos de un joven policía
de 23 años que, aterrorizado, disparó sin darse
cuenta que creaba el primer mártir del nuevo internaciona-lismo)
no hubiera debido olvidar que, en esa misma ciudad de Génova,
nació el mayor globalizador del mundo del siglo XV: Cristóbal
Colón. Colón fue genovés sin duda y jamás
se naturalizó español lo que fue causa de serios
problemas jurídicos, para sus herederos, con la Corona
española. Lo demuestro en mi «Cristóbal Colón,
Un Ensayo Histórico Incómodo».
Felipe
II decía, desde la mole de El Escorial (cuyo último
ladrillo fue de oro para demostrar que no se había arruinado
con su «Torre Gemela») que «en sus tierras no
se ponía nunca el sol». En 1914, al iniciarse la
I Guerra Mundial, Inglaterra controlaba la cuarta parte del mundo
y la cuarta parte de la población del planeta y la Inglaterra
que hiciera la primera Revolución Parlamentaria que
precedió, como proyecto a la Revolución Industrial
en más de medio siglo, nos revela que la «Política»
fue el «ex ante» y no el «ex post» de
la mutación económica realizó una idea
global: el mercantilismo defendido por la primera flota, en su
tiempo, del mundo. Al mismo tiempo la globalización española
dedicó los recursos de América a dos siglos de guerras
religiosas (la disputa teórica entre el Papado y Lutero
que fue el rebelde histórico contra el «discurso
único» y el «único correcto» y
con él, y por ello, surgen los Estados-Nación) dos
siglos que arruinaron España, la impidieron hacer la revolución
política y, por tanto, la Revolución Industrial.
El
«encuentro» de España con América fue
el mayor «desencuentro» que pueda existir entre los
recursos obtenidos del saqueo y las inversiones de ese saqueo
en guerras, en nombre de la Contrarreforma, que nada tenían
que ver con las prioridades de España como Estado. En consecuencia,
la globalización de los recursos americanos hicieron posible
la acumulación necesaria en Europa para dejar a España
en la cuneta del subdesarrollo. Las siete provincias españolas
de los Países Bajos, bajo Carlos V, producían mayores
impuestos (el signo del valor del trabajo frente al despojo y
la mano de obra barata) que los recursos que extraía la
Corona, de América, en ese mismo tiempo. Los metales preciosos
no eran el trabajo inteligente y reformador. Se olvida como con
el petróleo.
El
joven Carlo Giuliani no sabía eso porque formaba parte
de instintivo modelo de protesta antiglobalizadora que no concebía
lo real: que la globalización era un invento muy antiguo
del hombre y que lo que había que hacer era poner «al
hombre» -y al valor creador del trabajo- por encima del
capital. Boves, el antiglobalizador actual por excelencia, no
es Martín Lutero. En suma, el proceso de globalización
es una declaración de guerra entre el trabajo de las mayorías
y el significado del poder científico-tecnológico
concentrado, como la riqueza en las naciones (en los países
más pobres es más concentrado el PIB en la cúspide
porque la economía no se dirige hacia el mercado interno,
sino que depende del externo) en una minoría. Ese es el
problema: la organización del mundo global sobre otras
bases.
TERCER
CAPÍTULO: LA CONCENTRACIÓN DEL PODER TRANSNACIONAL
Lenin
hablaba del imperialismo como fase superior del capitalismo. En
un libro mío publicado por Alianza Editorial se habla de
las transnacionales como fase superior del imperialismo.
Los
países imperiales modernos, es decir, los que crearon las
instituciones del Estado de Derecho, terminaron por entender,
primo, que el Imperio era muy costoso y, secundo, que las guerras
coloniales eran «impresentables» e «inadmisibles»,
en la segunda parte del siglo XX, para la prensa y la opinión
pública en sus países. ¿Cómo la Inglaterra
de las luchas contra el nazismo iba a disparar contra las masas
de la «resistencia pasiva» de Gandhi? La «huelga
del hambre» y la «resistencia pacífica»
transformaban la estructura ideológica del combate. El
Imperio estaba preparado para «explicitar», con sus
aparatos de guerra, la reacción militar contra toda rebelión
armada. Era imposible emplearlos contra la rebelión «sin»
armas. En suma, se entendió que el costo imperial era un
fardo inmenso para las democracias y que la «independencia»
no transformaba las relaciones económicas y culturales
dominantes. Al revés, se acrecentaban y los «costos»
quedaban para los pueblos independientes que asumían los
himnos y las banderas, pero no las responsabilidades de una transición
democrática hacia el porvenir.
Transición
que ocurría en el seno de una revolución que dejaba
en mantillas la Revolución Industrial que iniciara Inglaterra
(que en 1688 iniciara el parlamentarismo) hacia 1750. En efecto,
la Revolución Científica Tecnológica crearía
la fase superior del imperialismo en todas sus partes: 500 grandes
empresas transnacionales controlan (producen, directamente, alrededor
del 33%) el 50% de la producción de bienes del mundo. En
efecto, sólo los «Siete Grandes» representan
la mayoría de las transna-cionales del planeta: Estados
Unidos, con el 4.5% de la población, controla 185; Japón
104; Alemania 34 (con 82 millones de habitantes); Inglaterra 33,
más otras dos en sociedad con Holanda; Francia, a su vez,
37; Italia 8 y Canadá, por último, 15 empresas transnacionales.
En total, 418. Son la punta de lanza de un proceso incomparable
con otros espacios.
América
Latina y el Caribe (612 millones de habitantes que fueran sólo
30 millones a la muerte de Bolívar en 1830) cuentan, únicamente,
con 5 y, salvo una, con cierta significación tecnológica:
Tel-mex. En efecto, Brasil y México tienen 3 y 2 compañías,
respectivamente, entre las 500, pero dos son petroleras (exportadoras
de crudo e importadoras, en gran parte, de productos derivados
del petróleo y gasolinas con alto valor agregado) y, por
ejemplo, Brasil, además, de Petrobras, sólo cuenta
con el Banco Bradesco y el Banco do Brasil. México, Pemex
y Telmex. Es inútil hablar de sus problemas.
CUARTO
CAPÍTULO: LAS INVERSIONES EN INVESTIGACIÓN Y DESARROLLO
Hablar,
en nuestros días de educación (cuando la educación
es el tema más polémico del mundo y entre nosotros
parece ser un tema arcaico entre gratuidad y élites académicas)
es perder el tiempo. Hay que dialogar sobre el papel de la autonomía
científica y, sobremanera, en dos terrenos esenciales:
la Investigación y el Desarrollo: esa sigla universal que
llamamos R&D. Examinemos ese continente real en la edad del
genoma (descubrimiento del secreto de la vida, manipulación
de los embriones y preparación para una revolución
farmacéutica y médica, en el cuadro biogenético
que transformará todas las relaciones humanas), es decir,
en términos de inversiones.
América
Latina y el Caribe dedican a la Investigación y el Desarrollo
el 0.3% de su PIB, es decir, nada. A escala mundial, significa
el 1.9% de las inversiones totales en esos sectores claves para
la autonomía de los pueblos en su acción histórica.
En efecto, Estados Unidos controla el 37.9%, es decir, dedica
a ese sector el 2.9% de su PNB; Europa Occidental representa el
28%; Japón (con Taiwán, Corea del Sur y Singapur)
el 18.8% según se estableció por la UNESCO en la
Conferencia «Ciencia para el Siglo XXI».
Una
gran parte de esas estructuras de poder científico y tecnológico
están, a la hora de la privatización del EstadoNación
(en mi libro «La Edad Ciberespacial y la Privatización
del EstadoNación se pondera esa transformación)
en los grandes sistemas transnacionales. Al revés, según
el Informe de la Secretaría de Educación Pública
de México («Perfil de la Educación en México»)
el 58.6% de la población mexicana con 15 años o
más no habían terminado, en 1998, la educación
básica.
Un
Informe del Consulado General de Miami señalaba que los
23 millones de hispanoparlantes en Estados Unidos, en 1993, leían
más libros que en México. Según el mismo
Informe (firmado por Luis Ortiz Monasterio) los 16.2 millones
de mexicanos legalizados en Estados Unidos tenían un poder
de consumo equivalente, en 1990, a la mitad del PIB mexicano.
En el año 2001, el Presidente Vicente Fox, en su visita
a Chicago, señalaba a su vez, que 23 millones de mexicanos
producían más que 100 millones de mexicanos. ¿Deberemos
esperar otra década para que produzcan el doble? Les recuerdo
que, según el Statistical Abstract of the United States,
120th Edition 2000 «los hispanoparlantes en Estados Unidos,
en el año 2010 serán 43.6 millones y en el año
2050, 98.2 millones».
Se
quedarán cortos porque América Latina, incluido
México, no puede crear o hacer frente a la demanda de empleos
que requiere su población. Población, cierto decreciente,
pero la pirámide, que no crece en la base (los menores
de 15 años) se ha agrandado en el centro. Los «adultos
en la calle» y no los «niños en la calle»,
conforman una demanda de empleos en México y América
Latina que será entre 6 y 8 veces más alta, de aquí
al año 2010, que en todos los grandes países desarrollados,
es decir, todos aquellos que han creado las instituciones del
Estado de Derecho.
En
ese punto hay que decir, sin más, que la etapa posterior
a las dictaduras militares latinoamericanas no ha generado, con
la pluralidad de los partidos (que es un aspecto democrático,
pero no necesariamente el Estado de Derecho) un cambio político
real. En muchos casos se han creado oligarquías de partidos
que, como Argentina, 18 años después de las dictaduras
de la sangre y la opresión, se encuentra con la crisis
económica («trasladada» a Estados Unidos para
que la resuelva) y con su clase dirigente, la de Menem, en la
cárcel y la del Perú en la huida y la de Brasil
con gigantescos problemas de la tierra y de organización
del Estado moderno. Pese a que Cardoso era uno de los sociólogos
más brillantes, con Furtado, de la economía del
desarrollo desde el subdesarrollo. En ese punto es imprescindible
asumir que el crecimiento económico ha sido posible en
América Latina y en México en algunas etapas. Cuando
ello ha ocurrido se ha concentrado el Ingreso en términos
afrentosos. No olvidemos que en México existen según
INEGI 2000, 40.4 millones de pobres y, de ellos, 18.4 millones
en la extrema pobreza. Menos, pues, de un dólar diario.
No
nos sumerjamos en la fácil explicación como
huida del Sudeste pobre. Esa hipótesis, lamentable
y cierta, no elude que según el Banco Mundial el problema
mayor y más acuciante de México es el de la pobreza
en las ciudades de más de 100,000 habitantes donde viven
36 millones en la pobreza. Esa el la «bomba histórica
de tiempo» que espera una transformación de la realidad.
QUINTO
CAPÍTULO: LA GLOBALIZACIÓN DEL NARCOTRÁFICO
Y EL CRIMEN ORGANIZADO
El
narcotráfico representa una de las mayores industrias del
planeta. Según el World Drug Report (United Nations International
Drug Control Programme) sólo la industria del narcotráfico
conforma el 8.5% del comercio mundial o, en otras palabras, una
cifra superior al total del comercio mundial textil. El mismo
informe estima que no se puede negar que entre 300,000 y 500,000
millones de dólares sugieren sólo una cifra aproximada
de su volumen.
El
lavado de dinero, según el GAFI (Grupo de Acción
Financiera Internacional) y el Fondo Monetario Internacional,
con el crimen organizado, conforman más del 2% del PNB
mundial. Algunos expertos consideran, a su vez, que la concentración
anual del lavado de dinero (alta sofisticación monetaria)
no es inferior a los 200,000 millones de dólares anuales.
En consecuencia, pueden desmantelar economías enteras.
En otras palabras, y de acuerdo con Xavier Raufer y Stephane Querré
(autores de «Le Crime Organisé») se trata de
un «dinero estratégico, que con el crimen organizado,
está en el corazón del sistema financiero mundial».
Añaden, para dimensionar el problema, lo siguiente: «El
dinero criminal circulando en Tailandia, narco-divisas, prostitución,
contrabando, deforestaciones ilegales, etc., (y no se olvide que
en Tailandia comenzó la crisis asiática) es muy
superior al presupuesto del Estado. Éste se consideraba
equivalente a 20,000 millones de euros y la otra industria tenía
en sus manos más de 31,000 millones de euros». El
euro, al cambio, como se sabe, está un poco por debajo
del dólar.
Los
expertos estadunidenses (Foreign Affaires, JanuaryFebruary
1999) entre los cuales el profesor Steven R. David, de la Universidad
John Hopkins, señala que «la industria del narcotráfico
en México es equivalente a 30,000 millones de dólares
anuales» y, añade «que la creciente influencia
del dinero de las drogas en México es la mayor fuente de
inestabilidad del país».
Esa
cifra, en 1999, era superior a la cifra total de ventas de Pemex,
pero unida al contrabando, que desestabiliza sectores enteros
de la economía como el textil o la zapatería y amenazando
ciertas áreas electrónicas, invita a la meditación.
En
líneas generales, los norteamericanos señalan que
alrededor del 7% del PIB mexicano es «the narcotic industry».
Un documento del Senado francés, avalado por los Ministerios
de Relaciones, Defensa y Fuerzas Armadas eleva el porcentaje al
9%, es decir, dos veces el presupuesto de educación de
México. La capacidad de corrupción que ello implica
es gigantesca. No hay que olvidar a su vez que el «Observatoire
Géopolitique des Drogues» de Francia coloca a México
entre los 12 EstadosNarco: Birmania, Colombia, Guinea Ecuatoriana,
Marruecos, México, Pakistán, Perú, Surinam,
Tailandia y Turquía. Después de los 12 vienen «Los
Países Territorios del Tráfico» y, a continuación,
«Los Estados bajo la Influencia de esa Industria».
Véase el impresionante libro de JeanClaude Grimal:
«Drogue: lautre mondialisation».
El
ejemplo de Colombia, y de la colombianización (Perú,
Bolivia, etc.) no nos permite eludir que, en aquel país,
se ha constatado, oficialmente, después de la detención
de un famoso narcotraficante brasileño (fue un escándalo
nacional) la relación entre las guerrillas y esa industria
y, también, su parcela en los secuestros como impuesto
revolucionario.
El
asesinato a tiros, en Colombia, en septiembre del 2001, del Vicepresidente
de la Comisión de Paz, congresista por más señas
(Jairo Enrique Rojas) se añade a una lista sobrecogedora.
Según Rafael Pardo, Presidente de la Fundación Milenio
de Bogotá y primer civil, entre 1986 y 1990, que ha sido
Ministro de Defensa en su país, la guerra civil derivada
de la industria del narcotráfico, el crimen, las guerrillas,
el ejército y los paramilitares ha significado «la
muerte de 300,000 colombianos, el asesinato de 200 jueces e investigadores,
la liquidación entera de un partido político de
la izquierda democrática, la ejecución de 4 candidatos
presidenciales y 1,200 policías...». («Colombia
TwoFront War», Rafael Pardo, Foreign Affairs, JulyAugust
2000)
El
World Drug Report señala que las organizaciones del crimen
organizado (Cosa Nostra, La Cosa Nostra, los triads, los Yakuza
y los grupos mafiosos) conforman un verdadero ejército
de especialistas y profesionales de «tiempo completo».
Por ejemplo, con motivo del desmantelamiento del sistema de inteligencia
y espionaje del Este y, sobre todo del soviético, las Mafias
del Este «tienen 3 millones de miembros divididos en 5,700
gangs de los cuales 200 tienen estructuras altamente sofisticadas
con presencia en 29 países» (página 132 del
Informe).
Esa
industria de la globalización está ante nosotros
y es parte de nuestra realidad. Nadie se engañe respecto
«a nombres y capturas». Detrás está
una transnacional del crimen y una transnacional del sistema monetario.
El dinero «lavado» no se queda en los países
emergentes...Nadie, debe olvidarlo. Corrompe, destruye y se marcha.
Léase el libro de Opphenheimer «Ojos Vendados».
Se verá a los bancos que están en ese gran negocio.
Por cierto, el Presidente Bush se negó a apoyar a Europa
en la lucha contra los paraísos fiscales.
SEXTO
CAPÍTULO: EL ATAQUE A NUEVA YORK Y WASHINGTON
El
ataque terrorista a Nueva York y Washington ha sido entendido,
sin duda, como una tragedia universal. Le Monde, uno de los periódicos
más importantes de la izquierda democrática mundial,
dedicaba su editorial, en primera página, a este título
impresionante: «Todos somos americanos». Más
aún: el Partido Comunista francés, por primera vez,
(todavía durante la invasión de Praga mantuvo, frente
al terrorismo de Brejnev, la idea de la «solidaridad con
la URSS» lo que motivó la huida masiva de líderes
intelectuales de la mayor valía) se ha sumado a la condena
universal y de apoyo a los Estados Unidos.
La
globalización del terrorismo constituye una nueva mensuración
de la antiglobalización en términos de minorías
organizadas científicamente y el cuadro de la fe religiosa.
En el mundo hay mil millones de musulmanes que, en general, viven
en los espacios de la pobreza y en el cuadro de una internaciona-lización
del mundo donde nacionalismo y religión (enajenación
terrible que bajo el franquismo se denominó, con todas
sus graves consecuencias contra la convivencialidad laica, principal
principio de una República, «nacionalcatolicismo»)
pueden transformarse en una inmensa e histórica máquina
de guerra irracional.
La
política exterior de George W. Bush parecía inclinarse
a un nuevo Destino Manifiesto (de un artículo publicado
en 1885 por el profesor Fiske en la revista «Harper»
con el título de «Manifest Destiny») por sus
decisiones unilaterales: ruptura del Tratado de Desarme Nuclear
de 1972; decisión de imponer el Escudo Antimisiles frente
a la opinión de sus aliados en la OTAN; separación
de Estados Unidos del Protocolo Ecológico de Kyoto que
obligaba a disminuir los gases contaminantes;
desligamiento
de Estados Unidos del acuerdo europeo contra los «paraísos
fiscales» y, para finalizar, liquidar la política
contra las investigaciones en pro de las armas biológicas.
El
bárbaro ataque que ha sufrido Estados Unidos ha significado,
nada menos, que el Congreso le autorice a Bush para hacer la guerra;
segundo, que la OTAN, por vez primera desde 1949, haya evocado
el Artículo 5° del Tratado. Ese artículo obliga
a los Estados miembros a sumarse a un ataque colectivo cuando
uno de los países miembros sufre un ataque. Estados Unidos
y la OTAN han señalado que el ataque ha sido un acto de
guerra o una declaración de guerra. El mundo queda en suspenso
ante las posibles represalias. Que, en principio, las sospechas
recaigan sobre un hombre Osama Mohamed bin Laden nacido
en Arabia en 1957 no cambia las cosas aunque esas «cosas»
merezcan atención: que Bin Laden fue uno de los líderes
entrenados por la CIA, con todas sus consecuencias, para luchar
contra la intervención soviética en Afganistán
entre 1979-1989.
En
el curso de esa década Osama Mohamed bin Laden recibió
todo el entrenamiento necesario, en todos los aspectos, para convertirse
en un jefe militar «en las sombras» de la vasta Guerra
Fría. No es inútil destacar, a su vez, que Vladimir
Putin, Presidente de Rusia, y ex agente de la KGB tenga cuentas
que arreglar, también, con la misma persona. Lo cierto
es que la Federación Rusa se ha unido a la coalición
universal contra el terrorismo a la vez que la OTAN.
Las
consecuencias serán enormes porque plantean que algunas
de las características de la globalización, que
los antiglobalizadores utilizaban a escala del planeta en sus
movimientos y que eran el fruto de un proceso de libertad universal
de movimientos, se modifiquen seriamente y que la remilitarización
del mundo, que se consideraba inútil después del
derrumbamiento de los muros y la desaparición de la Unión
Soviética, pase a ser, de nuevo, una herramienta, retrógrada,
del Poder.
Más
grave, aún, porque no se puede admitir, condenada la barbarie,
que 1,000 millones de musulmanes (muchos de ellos viviendo y trabajando
en Estados Unidos) pertenezcan a la conspiración medieval
de la «guerra santa». Les recuerdo que la palabra
árabe «djihad» («yihad» en español)
no tenía, ni mucho menos, esa connotación en tiempos
de Mahoma. Entonces significaba «guerra o lucha hacia Dios».
Millones de musulmanes lo piensan así y no como una «guerra
santa» que permita que el terrorismo convierta en mártires
o santos a los que se niegan a admitir que una acción de
violencia bárbara conlleva consigo responsabilidades enormes.
Lo
cierto es que el 11 de septiembre del año 2001, primer
día histórico del siglo XXI, ha revelado que ninguna
potencia del mundo, en la era de la globalidad puede estar al
margen del encuentro entre la revolución científica
y la dimensión de una fe que hace fanáticos, integristas
y fundamentalistas en nombre de la religión. Cabe añadir
que esas tres palabras, que esos tres conceptos, nacieron en el
seno de la civilización cristiana. El fanatismo es una
voz que procede, etimológicamente, de la palabra latina
«fanum» que significa «altar» y bien se
sabe que si en nombre del altar se llevaron a muchos hombres a
la hoguera también, en nombre de los «altares ideológicos»,
se llevaron a los campos de concentración y al exterminio
a millones y millones de hombres.
La
voz «integrismo» nació en Alemania cuando un
grupo de teólogos señaló que todo lo escrito
en la Biblia era «íntegramente» verdad o la
voz de Dios. Finalmente, la palabra «fundamentalismo»
se popularizó en Estados Unidos, en 1910, cuando alrededor
de 80 teólogos protestantes, enemigos declarados del mundo
moderno, publicaron una serie de libros (con tiradas que alcanzaron
los tres millones) bajo el título de «The Fundamentals».
Huyamos,
pues, del maniqueísmo y sepamos asumir, sin duda, que el
problema del Oriente Medio, mientras no se resuelva, generará
envueltos millones de hombres en la historia inacabable
del odio la tragedia de convertir la barbarie en santidad.
Habrá que encontrar, universalmente, la fuerza como razón
y no sólo la fuerza como represalia que, en el cuadro del
terrorismo, replanteará la máscara de la discriminación
y del color de la piel. El «no» a la barbarie nos
plantea, también, la necesidad de la razón y la
refundación permanente de la república bajo la idea
de la laicidad.
Por
lo demás, en la edad de la globalización, y el tema
es ejemplar, la economía mexicana ha pasado a ser una parte
más de la economía estadunidense y casi el 90% de
nuestras exportaciones van a ese único mercado. Ha sido
la globalización, para nosotros, una inmensa unilateralidad.
*Profesor
de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
