LA GLOBALIZACIÓN ANTES Y DESPUÉS DEL 11 DE SEPTIEMBRE
JUAN MARÍA ALPONTE*

CAPÍTULO PRIMERO: LA DESIGUALDAD

El siglo XX sufrió una gigantesca explosión demográfica que es el primer signo de un hecho inédito en la historia: que el mundo podía crecer, poblacionalmente, en términos que Malthus (el primer «temblor» matemático ante la desproporción entre el crecimiento de los alimentos y la población) no pudo imaginar. En efecto, a la hora en que Thomas Malthus publicaba su «Ensayo sobre la Población» (su título original era larguísimo y su primera edición se publicó sin el nombre del vicario en 1798) apenas si el mundo contaba con 800 millones de habitantes.

En 1830 se llegó a los mil millones; en 1930 a los 2,000; en 1960 a los 3,000 y en el año 2000 a los 6,000 millones. Una mutación de la historia humana. Solamente que, al finalizar el siglo XX, nada menos que 2,800 millones vivían en la pobreza y, de esa cifra, 1,200 millones en extrema pobreza. Si liquidar la malaria, en Ceilán, había costado 0.50 dólares por hectárea a los ingleses hacer laborable esa misma hectárea costaba 200 dólares. No hubo ese equilibrio y rotos los equilibrios entre la revolución permanente del progreso y el atraso histórico, el problema de la desigualdad humana se convertiría, al iniciarse el siglo XXI, en un inmenso problema económico y social. Más aún: en un gigantesco problema cultural.

Karl Marx y Federico Engels habían señalado, desde la simplificación del idealismo –no del materialismo– que Malthus era un reaccionario que olvidaba «que la técnica transformaría el desequilibrio entre población y alimentos». Olvidaban que la técnica sería la esfera de un fenómeno de concentración que transformaría, radicalmente, la historia humana: el 20% de la población concentraría el 80% de la riqueza y el 15% la revolución científica.


CAPÍTULO SEGUNDO: LA SUPERSTICIÓN ANTI-GLOBALIZADORA Y SU PRIMER MÁRTIR

El reduccionismo y la simplificación olvidaron que Alejandro el Magno convertiría la pequeña Atenas –que construyó toda la estructura intelectual de la democracia en conceptos o categorías– en un gigantesco proceso de globalización que transformó la «ecúmene», el «mundo conocido», en un espacio mayor y que el Imperio romano construyó el porvenir desde una nueva imagen global del mundo. La idea de que la globalización comienza en nuestros días es una superficialidad. El joven Carlo Giuliani, de 23 años, caído bajo las balas de la policía genovesa durante la Cumbre de los «Ocho» en la ciudad de Génova (a manos de un joven policía de 23 años que, aterrorizado, disparó sin darse cuenta que creaba el primer mártir del nuevo internaciona-lismo) no hubiera debido olvidar que, en esa misma ciudad de Génova, nació el mayor globalizador del mundo del siglo XV: Cristóbal Colón. Colón fue genovés sin duda y jamás se naturalizó español lo que fue causa de serios problemas jurídicos, para sus herederos, con la Corona española. Lo demuestro en mi «Cristóbal Colón, Un Ensayo Histórico Incómodo».

Felipe II decía, desde la mole de El Escorial (cuyo último ladrillo fue de oro para demostrar que no se había arruinado con su «Torre Gemela») que «en sus tierras no se ponía nunca el sol». En 1914, al iniciarse la I Guerra Mundial, Inglaterra controlaba la cuarta parte del mundo y la cuarta parte de la población del planeta y la Inglaterra que hiciera la primera Revolución Parlamentaria –que precedió, como proyecto a la Revolución Industrial en más de medio siglo, nos revela que la «Política» fue el «ex ante» y no el «ex post» de la mutación económica– realizó una idea global: el mercantilismo defendido por la primera flota, en su tiempo, del mundo. Al mismo tiempo la globalización española dedicó los recursos de América a dos siglos de guerras religiosas (la disputa teórica entre el Papado y Lutero que fue el rebelde histórico contra el «discurso único» y el «único correcto» y con él, y por ello, surgen los Estados-Nación) dos siglos que arruinaron España, la impidieron hacer la revolución política y, por tanto, la Revolución Industrial.

El «encuentro» de España con América fue el mayor «desencuentro» que pueda existir entre los recursos obtenidos del saqueo y las inversiones de ese saqueo en guerras, en nombre de la Contrarreforma, que nada tenían que ver con las prioridades de España como Estado. En consecuencia, la globalización de los recursos americanos hicieron posible la acumulación necesaria en Europa para dejar a España en la cuneta del subdesarrollo. Las siete provincias españolas de los Países Bajos, bajo Carlos V, producían mayores impuestos (el signo del valor del trabajo frente al despojo y la mano de obra barata) que los recursos que extraía la Corona, de América, en ese mismo tiempo. Los metales preciosos no eran el trabajo inteligente y reformador. Se olvida como con el petróleo.

El joven Carlo Giuliani no sabía eso porque formaba parte de instintivo modelo de protesta antiglobalizadora que no concebía lo real: que la globalización era un invento muy antiguo del hombre y que lo que había que hacer era poner «al hombre» -y al valor creador del trabajo- por encima del capital. Boves, el antiglobalizador actual por excelencia, no es Martín Lutero. En suma, el proceso de globalización es una declaración de guerra entre el trabajo de las mayorías y el significado del poder científico-tecnológico concentrado, como la riqueza en las naciones (en los países más pobres es más concentrado el PIB en la cúspide porque la economía no se dirige hacia el mercado interno, sino que depende del externo) en una minoría. Ese es el problema: la organización del mundo global sobre otras bases.

TERCER CAPÍTULO: LA CONCENTRACIÓN DEL PODER TRANSNACIONAL

Lenin hablaba del imperialismo como fase superior del capitalismo. En un libro mío publicado por Alianza Editorial se habla de las transnacionales como fase superior del imperialismo.

Los países imperiales modernos, es decir, los que crearon las instituciones del Estado de Derecho, terminaron por entender, primo, que el Imperio era muy costoso y, secundo, que las guerras coloniales eran «impresentables» e «inadmisibles», en la segunda parte del siglo XX, para la prensa y la opinión pública en sus países. ¿Cómo la Inglaterra de las luchas contra el nazismo iba a disparar contra las masas de la «resistencia pasiva» de Gandhi? La «huelga del hambre» y la «resistencia pacífica» transformaban la estructura ideológica del combate. El Imperio estaba preparado para «explicitar», con sus aparatos de guerra, la reacción militar contra toda rebelión armada. Era imposible emplearlos contra la rebelión «sin» armas. En suma, se entendió que el costo imperial era un fardo inmenso para las democracias y que la «independencia» no transformaba las relaciones económicas y culturales dominantes. Al revés, se acrecentaban y los «costos» quedaban para los pueblos independientes que asumían los himnos y las banderas, pero no las responsabilidades de una transición democrática hacia el porvenir.

Transición que ocurría en el seno de una revolución que dejaba en mantillas la Revolución Industrial que iniciara Inglaterra (que en 1688 iniciara el parlamentarismo) hacia 1750. En efecto, la Revolución Científica Tecnológica crearía la fase superior del imperialismo en todas sus partes: 500 grandes empresas transnacionales controlan (producen, directamente, alrededor del 33%) el 50% de la producción de bienes del mundo. En efecto, sólo los «Siete Grandes» representan la mayoría de las transna-cionales del planeta: Estados Unidos, con el 4.5% de la población, controla 185; Japón 104; Alemania 34 (con 82 millones de habitantes); Inglaterra 33, más otras dos en sociedad con Holanda; Francia, a su vez, 37; Italia 8 y Canadá, por último, 15 empresas transnacionales. En total, 418. Son la punta de lanza de un proceso incomparable con otros espacios.

América Latina y el Caribe (612 millones de habitantes que fueran sólo 30 millones a la muerte de Bolívar en 1830) cuentan, únicamente, con 5 y, salvo una, con cierta significación tecnológica: Tel-mex. En efecto, Brasil y México tienen 3 y 2 compañías, respectivamente, entre las 500, pero dos son petroleras (exportadoras de crudo e importadoras, en gran parte, de productos derivados del petróleo y gasolinas con alto valor agregado) y, por ejemplo, Brasil, además, de Petrobras, sólo cuenta con el Banco Bradesco y el Banco do Brasil. México, Pemex y Telmex. Es inútil hablar de sus problemas.

CUARTO CAPÍTULO: LAS INVERSIONES EN INVESTIGACIÓN Y DESARROLLO

Hablar, en nuestros días de educación (cuando la educación es el tema más polémico del mundo y entre nosotros parece ser un tema arcaico entre gratuidad y élites académicas) es perder el tiempo. Hay que dialogar sobre el papel de la autonomía científica y, sobremanera, en dos terrenos esenciales: la Investigación y el Desarrollo: esa sigla universal que llamamos R&D. Examinemos ese continente real en la edad del genoma (descubrimiento del secreto de la vida, manipulación de los embriones y preparación para una revolución farmacéutica y médica, en el cuadro biogenético que transformará todas las relaciones humanas), es decir, en términos de inversiones.

América Latina y el Caribe dedican a la Investigación y el Desarrollo el 0.3% de su PIB, es decir, nada. A escala mundial, significa el 1.9% de las inversiones totales en esos sectores claves para la autonomía de los pueblos en su acción histórica. En efecto, Estados Unidos controla el 37.9%, es decir, dedica a ese sector el 2.9% de su PNB; Europa Occidental representa el 28%; Japón (con Taiwán, Corea del Sur y Singapur) el 18.8% según se estableció por la UNESCO en la Conferencia «Ciencia para el Siglo XXI».

Una gran parte de esas estructuras de poder científico y tecnológico están, a la hora de la privatización del Estado–Nación (en mi libro «La Edad Ciberespacial y la Privatización del Estado–Nación se pondera esa transformación) en los grandes sistemas transnacionales. Al revés, según el Informe de la Secretaría de Educación Pública de México («Perfil de la Educación en México») el 58.6% de la población mexicana con 15 años o más no habían terminado, en 1998, la educación básica.

Un Informe del Consulado General de Miami señalaba que los 23 millones de hispanoparlantes en Estados Unidos, en 1993, leían más libros que en México. Según el mismo Informe (firmado por Luis Ortiz Monasterio) los 16.2 millones de mexicanos legalizados en Estados Unidos tenían un poder de consumo equivalente, en 1990, a la mitad del PIB mexicano. En el año 2001, el Presidente Vicente Fox, en su visita a Chicago, señalaba a su vez, que 23 millones de mexicanos producían más que 100 millones de mexicanos. ¿Deberemos esperar otra década para que produzcan el doble? Les recuerdo que, según el Statistical Abstract of the United States, 120th Edition 2000 «los hispanoparlantes en Estados Unidos, en el año 2010 serán 43.6 millones y en el año 2050, 98.2 millones».

Se quedarán cortos porque América Latina, incluido México, no puede crear o hacer frente a la demanda de empleos que requiere su población. Población, cierto decreciente, pero la pirámide, que no crece en la base (los menores de 15 años) se ha agrandado en el centro. Los «adultos en la calle» y no los «niños en la calle», conforman una demanda de empleos en México y América Latina que será entre 6 y 8 veces más alta, de aquí al año 2010, que en todos los grandes países desarrollados, es decir, todos aquellos que han creado las instituciones del Estado de Derecho.

En ese punto hay que decir, sin más, que la etapa posterior a las dictaduras militares latinoamericanas no ha generado, con la pluralidad de los partidos (que es un aspecto democrático, pero no necesariamente el Estado de Derecho) un cambio político real. En muchos casos se han creado oligarquías de partidos que, como Argentina, 18 años después de las dictaduras de la sangre y la opresión, se encuentra con la crisis económica («trasladada» a Estados Unidos para que la resuelva) y con su clase dirigente, la de Menem, en la cárcel y la del Perú en la huida y la de Brasil con gigantescos problemas de la tierra y de organización del Estado moderno. Pese a que Cardoso era uno de los sociólogos más brillantes, con Furtado, de la economía del desarrollo desde el subdesarrollo. En ese punto es imprescindible asumir que el crecimiento económico ha sido posible en América Latina y en México en algunas etapas. Cuando ello ha ocurrido se ha concentrado el Ingreso en términos afrentosos. No olvidemos que en México existen según INEGI 2000, 40.4 millones de pobres y, de ellos, 18.4 millones en la extrema pobreza. Menos, pues, de un dólar diario.

No nos sumerjamos en la fácil explicación –como huida– del Sudeste pobre. Esa hipótesis, lamentable y cierta, no elude que según el Banco Mundial el problema mayor y más acuciante de México es el de la pobreza en las ciudades de más de 100,000 habitantes donde viven 36 millones en la pobreza. Esa el la «bomba histórica de tiempo» que espera una transformación de la realidad.

QUINTO CAPÍTULO: LA GLOBALIZACIÓN DEL NARCOTRÁFICO Y EL CRIMEN ORGANIZADO

El narcotráfico representa una de las mayores industrias del planeta. Según el World Drug Report (United Nations International Drug Control Programme) sólo la industria del narcotráfico conforma el 8.5% del comercio mundial o, en otras palabras, una cifra superior al total del comercio mundial textil. El mismo informe estima que no se puede negar que entre 300,000 y 500,000 millones de dólares sugieren sólo una cifra aproximada de su volumen.

El lavado de dinero, según el GAFI (Grupo de Acción Financiera Internacional) y el Fondo Monetario Internacional, con el crimen organizado, conforman más del 2% del PNB mundial. Algunos expertos consideran, a su vez, que la concentración anual del lavado de dinero (alta sofisticación monetaria) no es inferior a los 200,000 millones de dólares anuales. En consecuencia, pueden desmantelar economías enteras. En otras palabras, y de acuerdo con Xavier Raufer y Stephane Querré (autores de «Le Crime Organisé») se trata de un «dinero estratégico, que con el crimen organizado, está en el corazón del sistema financiero mundial». Añaden, para dimensionar el problema, lo siguiente: «El dinero criminal circulando en Tailandia, narco-divisas, prostitución, contrabando, deforestaciones ilegales, etc., (y no se olvide que en Tailandia comenzó la crisis asiática) es muy superior al presupuesto del Estado. Éste se consideraba equivalente a 20,000 millones de euros y la otra industria tenía en sus manos más de 31,000 millones de euros». El euro, al cambio, como se sabe, está un poco por debajo del dólar.

Los expertos estadunidenses (Foreign Affaires, January–February 1999) entre los cuales el profesor Steven R. David, de la Universidad John Hopkins, señala que «la industria del narcotráfico en México es equivalente a 30,000 millones de dólares anuales» y, añade «que la creciente influencia del dinero de las drogas en México es la mayor fuente de inestabilidad del país».

Esa cifra, en 1999, era superior a la cifra total de ventas de Pemex, pero unida al contrabando, que desestabiliza sectores enteros de la economía como el textil o la zapatería y amenazando ciertas áreas electrónicas, invita a la meditación.

En líneas generales, los norteamericanos señalan que alrededor del 7% del PIB mexicano es «the narcotic industry». Un documento del Senado francés, avalado por los Ministerios de Relaciones, Defensa y Fuerzas Armadas eleva el porcentaje al 9%, es decir, dos veces el presupuesto de educación de México. La capacidad de corrupción que ello implica es gigantesca. No hay que olvidar a su vez que el «Observatoire Géopolitique des Drogues» de Francia coloca a México entre los 12 Estados–Narco: Birmania, Colombia, Guinea Ecuatoriana, Marruecos, México, Pakistán, Perú, Surinam, Tailandia y Turquía. Después de los 12 vienen «Los Países Territorios del Tráfico» y, a continuación, «Los Estados bajo la Influencia de esa Industria». Véase el impresionante libro de Jean–Claude Grimal: «Drogue: l’autre mondialisation».

El ejemplo de Colombia, y de la colombianización (Perú, Bolivia, etc.) no nos permite eludir que, en aquel país, se ha constatado, oficialmente, después de la detención de un famoso narcotraficante brasileño (fue un escándalo nacional) la relación entre las guerrillas y esa industria y, también, su parcela en los secuestros como impuesto revolucionario.

El asesinato a tiros, en Colombia, en septiembre del 2001, del Vicepresidente de la Comisión de Paz, congresista por más señas (Jairo Enrique Rojas) se añade a una lista sobrecogedora. Según Rafael Pardo, Presidente de la Fundación Milenio de Bogotá y primer civil, entre 1986 y 1990, que ha sido Ministro de Defensa en su país, la guerra civil derivada de la industria del narcotráfico, el crimen, las guerrillas, el ejército y los paramilitares ha significado «la muerte de 300,000 colombianos, el asesinato de 200 jueces e investigadores, la liquidación entera de un partido político de la izquierda democrática, la ejecución de 4 candidatos presidenciales y 1,200 policías...». («Colombia Two–Front War», Rafael Pardo, Foreign Affairs, July–August 2000)

El World Drug Report señala que las organizaciones del crimen organizado (Cosa Nostra, La Cosa Nostra, los triads, los Yakuza y los grupos mafiosos) conforman un verdadero ejército de especialistas y profesionales de «tiempo completo». Por ejemplo, con motivo del desmantelamiento del sistema de inteligencia y espionaje del Este y, sobre todo del soviético, las Mafias del Este «tienen 3 millones de miembros divididos en 5,700 gangs de los cuales 200 tienen estructuras altamente sofisticadas con presencia en 29 países» (página 132 del Informe).

Esa industria de la globalización está ante nosotros y es parte de nuestra realidad. Nadie se engañe respecto «a nombres y capturas». Detrás está una transnacional del crimen y una transnacional del sistema monetario. El dinero «lavado» no se queda en los países emergentes...Nadie, debe olvidarlo. Corrompe, destruye y se marcha. Léase el libro de Opphenheimer «Ojos Vendados». Se verá a los bancos que están en ese gran negocio. Por cierto, el Presidente Bush se negó a apoyar a Europa en la lucha contra los paraísos fiscales.

SEXTO CAPÍTULO: EL ATAQUE A NUEVA YORK Y WASHINGTON

El ataque terrorista a Nueva York y Washington ha sido entendido, sin duda, como una tragedia universal. Le Monde, uno de los periódicos más importantes de la izquierda democrática mundial, dedicaba su editorial, en primera página, a este título impresionante: «Todos somos americanos». Más aún: el Partido Comunista francés, por primera vez, (todavía durante la invasión de Praga mantuvo, frente al terrorismo de Brejnev, la idea de la «solidaridad con la URSS» lo que motivó la huida masiva de líderes intelectuales de la mayor valía) se ha sumado a la condena universal y de apoyo a los Estados Unidos.

La globalización del terrorismo constituye una nueva mensuración de la antiglobalización en términos de minorías organizadas científicamente y el cuadro de la fe religiosa. En el mundo hay mil millones de musulmanes que, en general, viven en los espacios de la pobreza y en el cuadro de una internaciona-lización del mundo donde nacionalismo y religión (enajenación terrible que bajo el franquismo se denominó, con todas sus graves consecuencias contra la convivencialidad laica, principal principio de una República, «nacional–catolicismo») pueden transformarse en una inmensa e histórica máquina de guerra irracional.

La política exterior de George W. Bush parecía inclinarse a un nuevo Destino Manifiesto (de un artículo publicado en 1885 por el profesor Fiske en la revista «Harper» con el título de «Manifest Destiny») por sus decisiones unilaterales: ruptura del Tratado de Desarme Nuclear de 1972; decisión de imponer el Escudo Antimisiles frente a la opinión de sus aliados en la OTAN; separación de Estados Unidos del Protocolo Ecológico de Kyoto que obligaba a disminuir los gases contaminantes;

desligamiento de Estados Unidos del acuerdo europeo contra los «paraísos fiscales» y, para finalizar, liquidar la política contra las investigaciones en pro de las armas biológicas.

El bárbaro ataque que ha sufrido Estados Unidos ha significado, nada menos, que el Congreso le autorice a Bush para hacer la guerra; segundo, que la OTAN, por vez primera desde 1949, haya evocado el Artículo 5° del Tratado. Ese artículo obliga a los Estados miembros a sumarse a un ataque colectivo cuando uno de los países miembros sufre un ataque. Estados Unidos y la OTAN han señalado que el ataque ha sido un acto de guerra o una declaración de guerra. El mundo queda en suspenso ante las posibles represalias. Que, en principio, las sospechas recaigan sobre un hombre –Osama Mohamed bin Laden nacido en Arabia en 1957– no cambia las cosas aunque esas «cosas» merezcan atención: que Bin Laden fue uno de los líderes entrenados por la CIA, con todas sus consecuencias, para luchar contra la intervención soviética en Afganistán entre 1979-1989.

En el curso de esa década Osama Mohamed bin Laden recibió todo el entrenamiento necesario, en todos los aspectos, para convertirse en un jefe militar «en las sombras» de la vasta Guerra Fría. No es inútil destacar, a su vez, que Vladimir Putin, Presidente de Rusia, y ex agente de la KGB tenga cuentas que arreglar, también, con la misma persona. Lo cierto es que la Federación Rusa se ha unido a la coalición universal contra el terrorismo a la vez que la OTAN.

Las consecuencias serán enormes porque plantean que algunas de las características de la globalización, que los antiglobalizadores utilizaban a escala del planeta en sus movimientos y que eran el fruto de un proceso de libertad universal de movimientos, se modifiquen seriamente y que la remilitarización del mundo, que se consideraba inútil después del derrumbamiento de los muros y la desaparición de la Unión Soviética, pase a ser, de nuevo, una herramienta, retrógrada, del Poder.

Más grave, aún, porque no se puede admitir, condenada la barbarie, que 1,000 millones de musulmanes (muchos de ellos viviendo y trabajando en Estados Unidos) pertenezcan a la conspiración medieval de la «guerra santa». Les recuerdo que la palabra árabe «djihad» («yihad» en español) no tenía, ni mucho menos, esa connotación en tiempos de Mahoma. Entonces significaba «guerra o lucha hacia Dios». Millones de musulmanes lo piensan así y no como una «guerra santa» que permita que el terrorismo convierta en mártires o santos a los que se niegan a admitir que una acción de violencia bárbara conlleva consigo responsabilidades enormes.

Lo cierto es que el 11 de septiembre del año 2001, primer día histórico del siglo XXI, ha revelado que ninguna potencia del mundo, en la era de la globalidad puede estar al margen del encuentro entre la revolución científica y la dimensión de una fe que hace fanáticos, integristas y fundamentalistas en nombre de la religión. Cabe añadir que esas tres palabras, que esos tres conceptos, nacieron en el seno de la civilización cristiana. El fanatismo es una voz que procede, etimológicamente, de la palabra latina «fanum» que significa «altar» y bien se sabe que si en nombre del altar se llevaron a muchos hombres a la hoguera también, en nombre de los «altares ideológicos», se llevaron a los campos de concentración y al exterminio a millones y millones de hombres.

La voz «integrismo» nació en Alemania cuando un grupo de teólogos señaló que todo lo escrito en la Biblia era «íntegramente» verdad o la voz de Dios. Finalmente, la palabra «fundamentalismo» se popularizó en Estados Unidos, en 1910, cuando alrededor de 80 teólogos protestantes, enemigos declarados del mundo moderno, publicaron una serie de libros (con tiradas que alcanzaron los tres millones) bajo el título de «The Fundamentals».

Huyamos, pues, del maniqueísmo y sepamos asumir, sin duda, que el problema del Oriente Medio, mientras no se resuelva, generará –envueltos millones de hombres en la historia inacabable del odio– la tragedia de convertir la barbarie en santidad. Habrá que encontrar, universalmente, la fuerza como razón y no sólo la fuerza como represalia que, en el cuadro del terrorismo, replanteará la máscara de la discriminación y del color de la piel. El «no» a la barbarie nos plantea, también, la necesidad de la razón y la refundación permanente de la república bajo la idea de la laicidad.

Por lo demás, en la edad de la globalización, y el tema es ejemplar, la economía mexicana ha pasado a ser una parte más de la economía estadunidense y casi el 90% de nuestras exportaciones van a ese único mercado. Ha sido la globalización, para nosotros, una inmensa unilateralidad.

*Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.