EL
PORVENIR DE LA AGRICULTURA MEXICANA EN UN MUNDO GLOBALIZADO
VICENTE H. GRANADOS SEPTIÉN*
Aún
cuando desde hace algunas décadas, la agricultura viene
apareciendo como un asunto de orden menor en los grandes foros
de la política mundial, algunos análisis permiten
visualizar que será la producción agropecuaria la
que posibilitará a la América Latina subsanar los
desajustes macroeconómicos y abrir posibilidades al crecimiento
económico, en los diferentes países de la región.
Es, desde ahora, el tiempo del nuevo papel del desarrollo rural
en nuestras sociedades y el espacio para el reposicionamiento
del mundo rural, en las reformas de los estados; es el momento
de la recomposición social de la globalización.
Pese
a los enormes esfuerzos por expandir las capacidades exportadoras
y reconvertir los sistemas económicos nacionales mediante
programas de ajuste estructural, durante los últimos 10
años, los países de la región encaran un
déficit comercial anual promedio valorado en 20 mil millones
de dólares desde 1992, un saldo negativo en sus cuentas
corrientes estimado en 50 mil millones de dólares y una
deuda externa de más de 550 mil millones de dólares.
Las
disonancias entre egresos e ingresos se han podido atenuar mediante
la atracción de capitales externos, los que si bien representan
una solución, ésta es altamente inestable y con
alcances siempre parciales. Además, las inversiones no
se han acompañado con transformaciones significativas en
la plataforma tecnológica y productiva de la región.
El 70% de los flujos externos capturados se concentran en unos
cuantos países (básicamente México, Argentina
y Brasil). Estos capitales han sido atraídos por el incremento
en las tasas de interés nacionales (frente a la disminución
de las que se registran en los países desarrollados), con
el propósito de crear las condiciones adecuadas para estimular
la inversión en la región.
Pero,
además del estímulo que significan las altas tasas
de interés para el capital externo, éstas tienen
efectos negativos pues ocasionan las sobrevaluaciones del tipo
de cambio de las diferentes monedas nacionales. Con ello se ha
perdido la competitividad en los mercados internacionales y nacionales
y desalentado, aún más, el crecimiento en las actividades
agropecuarias y forestal y se ha ahondado el déficit comercial
y el de cuenta corriente.
Aún
así, la inserción en la economía mundial
es un proceso que no pueden dejar de lado los países de
la región. Los próximos 10 años, el comercio
será el motor del crecimiento económico mundial,
pues crecerá a una tasa promedio anual del 6%, mientras
la producción lo hará en sólo 3%. Todo ello
tiene connotaciones importantes para nuestros países, significa
que si el mercado mundial va a ser el eje sobre el cual se reestructurarán
las economías, entonces la orientación hacia el
exterior deberá mantenerse como uno de los principios básicos
de política, en nuestros países.
El
crecimiento económico futuro de los países de la
región deberá producirse vía su inserción
competitiva en el mercado internacional y abrir, simultáneamente
y sin desproteger, sus mercados nacional, regionales y locales.
El crecimiento económico dependerá de los esfuerzos
reformadores -la del sector agropecuario es estratégica-
que se lleven a cabo en cada país y de los programas de
estabilización monetaria y financiera.
Contrario
a lo que algunos predican, la agricultura es, sin lugar a dudas,
uno de los principales componentes de la estrategia que permitirá
a la región recuperar los ritmos del crecimiento económico
y acompañar realmente al proceso del desarrollo, posee
una amplia variedad de especies vegetales y animales comestibles
e industrializables y se mueve frente a las favorables perspectivas
económicas que se vislumbran para esta actividad, a partir
de los acuerdos multilaterales suscritos en el marco de la Ronda
de Uruguay del GATT.
En
materia de mercados y productos agropecuarios, este acuerdo significará
para los países periféricos y emergentes del mundo
entre 35 mil y 70 mil millones de dólares al año,
luego del 2005. Estas cifras constituirían hasta dos veces
el nivel actual de exportaciones agropecuarias de toda la región.
Se
espera, así mismo, que conforme los países industrializados
(son los más significativos en este aspecto) reduzcan sus
apoyos internos a la producción y la exportación
de sus sectores agropecuarios, los precios internacionales de
estos bienes reportarán algunos incrementos relativos.
Sin embargo, el factor destacado en realidad es el movimiento
de los precios y las demandas internacionales al alza de varios
productos que ya se vienen registrando recientemente, entre otros
factores, gracias a la emergencia en la arena internacional de
países de economías dinámicas y grandes,
como los países asiáticos, entre ellos China.
Resulta
conveniente incorporar la dimensión social a estas circunstancias,
pues de ello depende la viabilidad de dicho escenario. Desde algunos
lustros atrás, la agricultura en muchos países del
continente está en serias dificultades, a pesar o a causa,
según se le quiera ver, de los programas de ajuste económico
de los últimos 20 años.
Estas
dificultades adoptan distintas magnitudes, manifestaciones y orígenes.
Tomando como ejemplo la experiencia de la agricultura chilena,
la que no obstante que su PIB en los últimos años
viene creciendo en forma muy dinámica a razón
de un 6% por año se reconoce que está enfrentada
a problemas estructurales, dado que mientras se han modernizado
alrededor de 25 mil unidades de producción altamente tecnificadas,
hay 270 mil unidades campesinas al borde de la crisis. Con algunas
excepciones por ejemplo Canadá y los EUA las
unidades reconvertidas en el resto del continente pueden considerarse
islas en medio de mares de atraso y pobreza.
El
balance global es de una agricultura que está creciendo
muy por debajo de su potencial y del ritmo poblacional y cuyas
exportaciones están lejanas de alcanzar el promedio de
crecimiento anual del resto de las exportaciones que sí
muestran un dinamismo significativo, en un contexto de economías
abiertas.
Este
contrastante panorama se asocia al retraso en los sistemas tecnológicos
y de servicios para la agricultura del hemisferio; existe una
importante desarticulación entre la investigación
y la transferencia tecnológica, entre los servicios de
mercadeo y la comercialización y en el financiamiento para
la producción agropecuaria y agroindustrial.
Lo
anterior evidencia que los procesos de ajuste estructural en los
países de la región, todavía no han potencializado
el crecimiento de la producción agrícola y pecuaria
y, que de no hacerlo en los años subsiguientes, las expectativas
del crecimiento económico previstas para la región,
serán absolutamente preocupantes.
En
los próximos diez años, los países del este
asiático y China reportarán el mayor crecimiento
económico, con tasas del 8.5% anual y una tasa per capita
promedio del 6.5%. Las cifras para América Latina y el
Caribe serán, por el contrario, las menos dinámicas:
un PIB anual promedio de 3.4% y un ingreso per capita de 1.7%.
Las
anteriores perspectivas parten, sin embargo, de un escenario macroeconómico
internacional relativamente estable, considerando un crecimiento
del 2.7% en el PIB de los siete países desarrollados, una
tasa de crecimiento de su comercio estimada en 5.9% y una inflación
de 2.7%, para el decenio venidero.
Con
base en las proyecciones del Banco Mundial, de producirse una
ligera variante en estos cálculos, el crecimiento de las
economías latinoamericanas y caribeñas no se aproximaría
al 2% anual, al tiempo que la tasa de ingreso per cápita
regional descendería a un 0.7% por año.
El
panorama macroeconómico mundial para los próximos
10 años resulta atractivo, pero más aún para
los países asiáticos y para los del África
Subsahariana, aunque puede ser riesgoso para los de la región
de América Latina y del Caribe.
El
comercio constituye actualmente la única opción
para reactivar las economías de la región y la agricultura
se vislumbra como una fuente significativa para reactivar las
economías internas y para repuntar la capacidad exportadora
y la generación de ingresos y ahorro de divisas.
Se
tienen posibilidades de elevar los niveles de exportación
en los montos aproximados en los que hoy se tienen los déficit
en cuenta corriente. El sector agropecuario, en toda su visión
ampliada podría superar los $50 mil millones de dólares
netos de exportaciones.
No
obstante, la agricultura de la región no podrá acceder
a los 70 mil millones de dólares de los mercados potenciales
agropecuarios que se generarán, en el marco del cumplimiento
de los acuerdos de la Ronda de Uruguay, mientras persistan en
la región procesos tecnológicos desarticulados y
políticas macroeconómicas que, en ocasiones, vuelven
a penalizar y generar sesgos antiexportadores para los sistemas
de agroproducción y agroexportación en la región.
El
desarrollo de la agricultura pasa por el fortalecimiento de la
competitividad de nuestros productores en los mercados mundiales.
La fuerza de algunas de las agriculturas reside en los productos
transformados con gran valor añadido. La mundialización
nos lleva a apostar por la identidad particular de los productas,
una identidad que está íntimamente ligada a las
especificidades de cada una de las agriculturas.
Se
impone una mejor coordinación entre las políticas
sectoriales y la política de desarrollo rural, a fin de
obtener de la sociedad y del Estado, presupuestos para poder financiar
globalmente proyectos que tengan en cuenta los dos aspectos simultáneamente
y que sean definidos en los niveles centrales los objetivos y
que el financiamiento, sus montos y ritmos se convengan siempre
con los productores en torno a sus proyectos.
Llevar
adelante estos procesos requiere la articulación moderna
entre los escenarios de la federalización y la descentralización
con el desarrollo regional para que sin mediaciones innecesarias
concurran a todos los escenarios del mercado los campesinos, los
productores a negociar.
*Licenciado
en Ciencias Políticas y Administración Pública
por la FCP y S de la UNAM. Periodista. Militante de la CNC; coordinó
el Programa Nacional «Campesinos en Campaña»
en 1994.
