PERSPECTIVAS
PARA MÉXICO EN EL ESPACIO MUNDIAL
DANIEL HIERNAUX-NICOLAS*
Los
grandes procesos y eventos que transforman el mundo actual, sean
cambios económicos, culturales o políticos, no dejan
de imprimir una huella profunda en todos los países y territorios,
sea cual sea su grado de integración al sistema mundial.
México
ha tomado la decisión, desde hace ya cerca de dos décadas,
de salir del modelo de sustitución de importaciones que,
a su turno, tenía sendas implicaciones sobre el comportamiento
político, social y cultural de sus habitantes, para inclinarse,
en forma acelerada, hacia un modelo de apertura radical.
Podemos
analizar esta evolución desde un sinnúmero de enfoques
e, inclusive, de escalas geográficas. En este contexto,
optamos por centrar nuestra reflexión en dos escalas, por
lo demás articuladas entre sí: La participación
de México a la región macroeconómica de América
del Norte; por otra parte, la transformación de las regiones
subnacionales, es decir las subdivisiones del espacio nacional
en el contexto de la apertura.
Es
preciso aclarar de una vez por todas, que existen dos posiciones
respecto de los procesos de mundialización: la que proponen
quienes estiman que la mundialización es un proceso que
viene desde arriba, una suerte de «Deus ex máquina»
que manejaría los estados nacionales como piezas de un
tablero de ajedrez. Por el contrario, muchos consideran a la mundialización
como una forma de integración de las empresas, las sociedades
y los territorios, a partir de los espacios locales.
Obvio
es por lo menos para nosotros que esta segunda opción
es la que tiene valor, ya que es difícil pensar que puedan
surgir procesos desterritorializados que determinen las condiciones
de funcionamiento de los espacios menores, sin anclaje territorial.
Partimos
entonces de un concepto de mundialización entendido como
un proceso de amplificación de las relaciones internacionales
de intercambio (de bienes materiales e inmateriales como la información)
entre espacios menores del sistema mundial, articulado con una
profunda reestructuración de las relaciones económicas,
políticas y culturales entre pueblos.
En
este contexto, México ha optado, desde principios de los
ochenta, por una política de apertura, misma que ha expuesto
sus espacios subnacionales a la amplificación de las relaciones
internacionales de intercambio, como lo planteábamos anteriormente.
Uno
de los temas candentes es la estrategia de integración:
en otros términos, hacia qué bloques es factible
que México se oriente para intensificar sus actividades
internacionales, sean económicas, culturales o políticas.
En nuestro caso, es evidente que dominan las condicionantes geográficas
(así como las relaciones históricas) que nos obligan
a estrechar lazos internacionales en el contexto del espacio norteamericano:
es entonces a un proceso de «conti-nentalización»
al que asistimos, que articula en forma creciente a las tres naciones
norteñas del continente, en un espacio norteamericano.
Sin
embargo, lo anterior no es suficiente: es necesario que México
mantenga otros lazos históricos y refuerce sus relaciones
primero con América Latina, en segundo término,
con los otros dos bloques que parecen perfilarse: La Unión
Europea y el bloque asiático, liderado por el Japón.
Queda por preguntarse en qué forma una dinámica
de articulación Sur-Sur entre México y África,
debería también llamar la atención en la
actualidad.
Después
de estas consideraciones en cuanto a la pertenencia al espacio
de la continentalización norteamericana, queremos entrar
en la segunda parte de la discusión: los efectos de la
mundialización sobre las regiones o sea los espacios subnacionales.
En
este contexto, se ha escrito largamente sobre los espacios que
ganan y aquellos que pierden: es decir, se ha evidenciado que
todas las regiones de una nación no tienen el mismo estatuto
o potencial frente a la mundialización. Apoyándose
sobre datos estadísticos elementales como el PIB, el PIB
per cápita o la Inversión Extranjera Directa, por
ejemplo, es posible demostrar que el proceso actual de apertura
y reestructuración económica en México, ha
mejorado las perspectivas de las regiones norteñas, golpeado
transitoriamente la región centro, que ha renacido con
el fortalecimiento de la economía de la ciudad de México
y sacudido las regiones del Golfo y sureñas, incapaces
de enfrentar los procesos de modernización.
No
hay espacio para detallar en este texto las consideraciones que
nos llevan a este análisis sintético. Preferimos
centrarnos sobre temas de debate en relación con las estrategias
que ello implica. Una situación de este tipo, con una carencia
de convergencia entre regiones, y más bien la creación
de un foso, un distanciamiento económico y social que las
separa, nos llama a formular las siguientes ideas:
La
existencia de una situación de auténtica exclusión
de ciertas regiones del proceso modernizador llama a la reflexión:
Una nación no puede sostenerse en este contexto de desigualdades
sin graves enfrentamientos de todo tipo.
Es
posible enfrentar los retrasos y las desigualdades con programas
correctores, como lo demuestra la experiencia en la materia de
la Unión Europea.
El
gobierno mexicano debe intervenir en la solución de estas
desigualdades, en forma radical, sostenida y eficaz. Los partidos
políticos son las instancias donde deben generarse propuestas
alternativas que se orienten a solucionar dichos problemas.
En
el contexto de la transformación y activación de
la sociedad civil, es imperativo no sólo escuchar las voces
que proponen opciones y alternativas para las regiones rezagadas,
sino que además es preciso que las estrategias se diseñen
para apoyar sus iniciativas, evitando un exceso de estatismo como
se solía observar en el pasado.
La
magnitud de los problemas de desigualdades regionales que resultan
del modelo económico actual, llevan a pensar que es en
el contexto de la misma continentalización donde deberían
encontrarse los apoyos financieros para enfrentar una tarea de
tal magnitud.
Ubicado
en una doble lógica de inserción en el sistema mundial,
por una parte el proceso de continentalización y, por la
otra, el de profundización de las desigualdades regionales,
México debe encontrar un camino que favorezca su propio
crecimiento y estabilidad en medio de un modelo mundial que tiende
a generar más injusticias que un verdadero desarrollo.
Ingeniero
civil, arquitecto y maestro en ciencias
y programación urbana y regional por la Universidad de
Lovaina, Bélgica. Doctor en Estudios Latinoamericanos,
especialización en geografía, urbanismo y ordenamiento
del territorio por el Instituto de Altos Estudios de América
Latina, Universidad de la Sorbona Nueva, Paris III, Francia. Diplomado
en Asentamientos Humanos por las Naciones Unidas y en gestión
urbana por el Banco Mundial. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores,
SEP-CONACYT nivel 2.
