DESARROLLO POLÍTICO EN LOS MUNICIPIOS
JOSÉ SOSA LÓPEZ*

A modo de introducción

Uno de los aspectos quizás menos considerados en la historia de la reciente democracia mexicana es el papel que los gobiernos locales han cumplido como espacios de experimentación y aprendizaje para partidos y líderes políticos. Si bien es cierto que diversos estudios han destacado al municipio como el punto de arranque en la construcción de nuevas mayorías electorales, los aspectos que van más allá del proceso electoral han quedado en un segundo plano. Me refiero principalmente a las cuestiones asociadas a la gestión pública municipal, al desarrollo de políticas públicas innovadoras y a la modernización de los servicios públicos en general. Estos campos han sido estudiados, por fortuna, desde otras perspectivas que han valorado las transformaciones de las organizaciones de gobierno en el ámbito municipal. Pero la síntesis de los efectos combinados de la mayor participación democrática y la mejora de la gestión pública aún requieren de una consideración más detallada, tanto desde el punto de vista analítico –o académico si se quiere– como del político. A continuación señalo algunos elementos que podrían ser parte de esta síntesis y que seguramente tendrán una relevancia singular en los años por venir.

Una historia incompleta: la reforma municipal de 1983

En la literatura especializada se ha convertido en lugar común considerar a las reformas al artículo 115 constitucional, de febrero de 1983, como el primero y más significativo paso dado hacia la transformación del sistema federal mexicano y, como se verá a continuación, de las reglas del juego político en el país. Tales reformas tuvieron como principal efecto que los anteriormente poco facultados y carentes de recursos gobiernos municipales obtuvieran una serie de capacidades formales e informales que, adecuadamente empleadas, darían lugar a organizaciones públicas dinámicas, capaces de ofrecer soluciones a las demandas de su población. Así, por vez primera los ayuntamientos mexicanos obtuvieron una definición legal y política distinta a la de una instancia puramente administrativa y carente de funciones sustantivas.

No puede dejar de mencionarse que la denominada «Reforma Municipal» tuvo como una de sus principales motivaciones la necesidad de dotar de medios políticos y legales más amplios a los presidentes municipales de todo el país, para que fueran copartícipes y corresponsables de enfrentar la creciente inquietud social que caracterizaba al país a principios de los ochenta. Debe recordarse que las mayores protestas y movilizaciones ciudadanas ocurrieron en torno al gobierno municipal de ciudades como Juárez, Chihuahua y San Luis Potosí.

Sin embargo, las oportunidades que ofreció la reforma municipal no fueron debidamente entendidas o valoradas por los grupos locales hasta entonces dominantes en cada región y municipio; sino por los grupos de oposición que vieron en los Ayuntamientos espacios adecuados para implantar y desarrollar estrategias políticas encaminadas a promover la alternancia y, eventualmente, la democratización de las estructuras de poder. Así, los primeros gobiernos panistas de Ciudad Juárez, Ensenada, Chihuahua y Tijuana plantearon estrategias que les permitieron alcanzar, entre otros resultados, la adquisición de experiencia en el manejo de recursos y programas, el establecimiento de vínculos directos con la población, y la interacción con otras instancias de poder, de las cuales obtener apoyo y hacia las que podrían encauzar parte de su propio capital político.

Las posteriores reformas al orden municipal fortalecieron esta tendencia e, inclusive, trataron de utilizarla como un medio para dar un impulso más decidido a la modernización política y económica. Recuérdese, por ejemplo, cómo en sus inicios el Programa Nacional de Solidaridad asignó directamente recursos a los ayuntamientos sin que mediara la opinión de los gobiernos estatales, y que llegó a servir como medio de presión en contra de los gobernadores. De igual forma, la creación del Ramo 33 del Presupuesto de Egresos de la Federación, como una partida «descentralizada» en favor de los municipios durante el gobierno del Presidente Zedillo, redujo la injerencia y «control» de instancias federales como la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

Otro aspecto importante derivado de las reformas municipales fue el inicio de un proceso de diferenciación aguda en las capacidades institucio-nales de los ayuntamientos de todo el país. A las ya tradicionales diferencias en el nivel de desarrollo regional, se sumaron las distinciones entre el personal capacitado, los programas complejos, los recursos técnicos amplios y los mejores resultados que tienen algunos gobiernos locales urbanos y metropolitanos; así como la situación de abandono o incapacidad generalizada del resto de los ayuntamientos, en especial los de tipo rural o semi-urbano. Estas diferencias pueden alcanzar niveles tan amplios como que el Ayuntamiento de Tlalnepantla, Edo. de México tenga en el año 2001 un presupuesto anual de 1,070 millones de pesos y el de Tizayuca, Hidalgo, 71 millones, aun cuando ambos muestran un grado de desarrollo socio–económico alto.

El resto de la historia:el desarrollo político de los municipios en el futuro inmediato.

La principal lección que deriva de la interpretación de la reforma municipal de 1983 como un proceso que generó organizaciones gubernamentales modernas, se refiere a la conveniencia de considerar que el desarrollo político de los municipios del país pasa necesariamente por la consolidación de sus aparatos de gobierno, es decir, por sus ayuntamientos. Entender el futuro de los municipios como un proceso que debe estar dominado por la lucha política de carácter electoral, es despojar a este ámbito de gobierno de su condición como generador directo e inmediato de bienestar para la población, a través de la oferta de buenos servicios públicos y la atención de demandas de grupos específicos encaminadas a proteger el medio ambiente, a eliminar riesgos sociales o a dar un tratamiento particular a minorías.

La historia reciente del país evidencia que el ajuste final que tendrá la distribución de responsabilidades entre los tres niveles de gobierno atribuirá a los ayuntamientos un papel fundamental en la conformación de las condiciones materiales de vida de la población, al tiempo que los posicionará como intérpretes privilegiados de las necesidades y demandas sociales. De esta manera, lo que ofrezcan los ayuntamientos a los ciudadanos, bajo la forma de bienes y servicios públicos, constituirá la principal medida del bienestar –o del malestar–, y tanto partidos como gobiernos estatales y federal, deberán ser sensibles a lo que señalen estos órganos locales como los temas y necesidades más sentidas, por lo menos en términos de las condiciones de vida en las ciudades y en el medio rural.

Al interior de los ayuntamientos, el desarrollo político tenderá inevitablemente a definirse como el cúmulo de actividades y capacidades que requieren desplegarse, a fin de transformar las promesas de campaña en resultados de gobierno y, por tanto, a establecer misiones institucionales en las que el trabajo político y de representación social debe ser complementado, reforzado y articulado –más nunca sustituido– con la utilización de técnicas modernas de administración, con formas novedosas de comunicarse con la población y con estrategias financieras que eviten el dispendio, la corrupción y el desvío de recursos. De ahí que propuestas como la extensión del mandato de los cabildos, la reelección inmediata y la profesionalización de los funcionarios y los servicios públicos atraigan un interés cada vez mayor entre partidos y legisladores estatales y federales.

*Profesor-investigador de El Colegio de México, A.C. El autor agradece a los profesores Bernardo Mabire y Reynaldo Ortega las ideas y comentarios hechos para la preparación de este trabajo.