LA POLÍTICA DEBE ESTARPRESIDIDA POR LA ÉTICA
ANTONIO RIVA PALACIO*

Los objetivos del Partido Revolucionario Institucional como organización política, se vinculan directamente con el mandato Constitucional que, atribuyendo a los partidos políticos el carácter de organismos de interés público, les impone la obligación de promover la participación ciudadana en la vida democrática del país y contribuir a que los ciudadanos accedan al ejercicio del poder. Por tratarse de organizaciones que afilian libre e individualmente a los ciudadanos, debe entenderse que llevan a cabo una acción política de elevadas finalidades y que como tal, las acciones que realicen deben estar revestidas de los más elevados principios de la ética política.

Pero si bien ese actuar debe responder a los principios éticos, nunca debe perderse de vista que son los hombres y no las instituciones quienes violan, con su inadecuada conducta, las reglas de la convivencia civilizada, vulneran las virtudes que deben cumplir en su actuar público y con sus conductas llegan al extremo de cometer delitos que dañan el cuerpo social del que forman parte, y que en ocasiones se excede en su valoración externa de los hechos que se atribuyen a la Institución, más que a los hombres que los cometen.

Desde los textos de Aristóteles se afirma la necesidad de que las formas de conducta moral no incurran en el vicio, la incontinencia, la bestialidad y la brutalidad y que las virtudes intelectuales deben ser elementos fundamentales del quehacer político, a fin de que no haya excesos ni defectos en el actuar de los ciudadanos. Nuestro Código de ética partidista tiene por objeto el establecimiento de las bases y principios que deben regir entre los militantes, los dirigentes del Partido y quienes ocupen cargos de elección popular o sean servidores públicos en los Poderes del Estado mexicano; asimismo, impone a sus miembros como compromiso ineludible la lealtad y el cumplimiento de los documentos básicos y las plataformas electorales, ratificadas a través del voto popular que nos otorga la ciudadanía, y que se cumplan en programas de gobierno.

Empieza por reiterar que la militancia política exige plena solvencia moral y que nosotros, militantes de un partido político como el Revolucionario lnstitucional, debemos asumir cabalmente las normas de la más acendrada moralidad pública, y retomar el viejo principio de hidalguía de nuestro género, que es dar al actuar público el elevado contenido de ser una cuestión de honor.

Toda organización social debe dar a sus miembros un marco normativo que regule su conducta de una manera equilibrada, y que distinga Ia practicada por cada uno de sus miembros, cuando éstos hayan cumplido con los valores éticos o cuando los haya vulnerado, o se hayan conducido dentro de lo que el filósofo Aristóteles llamaba «el vicio y la incontinencia».

Así, los Estatutos de nuestro Partido establecen una serie de estímulos como recompensa a la conducta ética y al honor con que lleven a cabo el cumplimiento de sus deberes ciudadanos. De acuerdo con su conducta en su actuar político y partidista, se otorgan reconocimientos, menciones honoríficas o preseas. Pero no basta que existan los estímulos a quien tiene el honor de recibirlos.

También es indispensable tener precisión en las reglas que determinan las faltas, los vicios contrarios a las virtudes exigidas, las incontinencias vulneradoras de la temperancia y del equilibrio y el exceso de las conductas abusivas que pueden convertirse en brutales violaciones de los más elevados principios que rigen la vida de la comunidad.

Nuestro Código de ética y el reglamento de la Comisión de Honor y Justicia como órgano colegiado para conocer, y en su caso determinar, tanto el otorgamiento de estímulos como la aplicación de las sanciones a miembros militantes, cuadros y dirigentes del Partido Revolucionario Institucional, han regido nuestra vida institucional hasta la fecha. Pero es importante considerar que el tiempo exige reajustes en las instituciones y en las normas, de acuerdo con la realidad actual del país y del mundo. Por lo tanto, debemos replantearnos con claridad cuál es esa conducta ética a la que estamos obligados, cuáles los valores y principios que debemos respetar indefectiblemente y qué actitudes o acciones los vulneran; cuál es el grado de daño que producimos a nuestra organización política, y por tanto, qué reconocimientos debemos dar a los primeros y qué sanciones debemos aplicar a los últimos.

La sociedad actual, más informada, con mayor nivel de educación, recibe los mensajes críticos del actuar de los hombres, cuya vida se desenvuelve en el difícil campo de la actividad política y que por tanto, tienen sus conductas a la vista de la propia comunidad a la que deben servir en el ejercicio de la actividad que pretenden desempeñar.

Como consecuencia del largo tiempo transcurrido desde la fundación de nuestro Partido, que nació en un fenómeno inducido desde el poder público, pero que tiene una realidad fáctica, sustentada en la multiplicidad de organizaciones políticas que se conjuntan en 1929 para integrarlo; ha recibido de manera continua el juicio sólo crítico de quienes por razones de la más diversa índole, producen sus análisis sólo con el fin de resaltar la parte negativa de un actor, y nunca la parte positiva del quehacer público cotidiano.

Así, en la actualidad pretenden evaluar, ya no la conducta de los hombres, sino a la institución misma. Se estima que no han respondido a una actuación dentro de las normas de la ética política, y consideran que las sanciones del sistema sustentado en las bases del Partido Revolucionario Institucional son aplicadas a simples chivos expiatorios o corderos pascuales, según la ideología de los críticos del momento. No se valora en su justa apreciación lo doloroso que es para una organización política, darse cuenta de la falla humana de sus miembros y de la necesidad de la aplicación de sanciones que tengan capacidad de convencer a la sociedad que la organización política sí propugna por la recta actuación de sus integrantes.

Desde el estatuto, como documento fundatorio del Partido Nacional Revolucionario aprobado en el Teatro de República de la Ciudad de Querétaro, junto con el Pacto de Unión y Solidaridad, las organizaciones que lo suscribieron establecieron, en su capítulo vigésimo segundo, la obligación ineludible, no sólo de sumarse y cumplir los estatutos, sino de lealtad a los elevados postulados del programa y a sus principios, estableciendo sanciones que iban de la amonestación a la expulsión definitiva del organismo, a quienes incumplieran la prescripción mencionada.

La larga historia de la vida del Partido que mantuvo en el poder a las fuerzas y principios derivados de la Revolución mexicana, transita no sólo por los estatutos, y documentos básicos del Partido de la Revolución Mexicana que en su capítulo sexto establece las sanciones a quienes vulneren con su conducta los principios del Partido, hasta la reestructuración llevada a cabo para dar lugar al nacimiento del Partido Revolucionario lnstitucional, en el capítulo décimo sexto, igualmente regula las normas sancionadoras para aquelIos individuos que siendo miembros del Partido, incumplan los postulados que regulan la vida institucional del mismo.

Este proceso culmina en la pasada Décima Séptima Asamblea del Partido Revolucionario lnstitucional, que aprueba un «Código de ética» que va más allá de la simple sanción al incumplimiento. Así, al recoger inquietudes, críticas, aspiraciones y anhelos, busca que los militantes, dirigentes y servidores públicos que accedan a los puestos de elección a impulso del Partido Revolucionario Institucional, sean leales a los principios y firmes en su ideología, pero sobre todo ciñan sus conductas a los más elevados principios de la ética política.

Ahora, al inicio de las tareas de la Décima Octava Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional, vuelve a ponerse en el tapete del debate, la necesidad de que el Partido sea más firme, a fin de conducir a sus miembros por el sendero de la ética en el actuar político. Para ese efecto, se instituye una Tribuna con el tema de «Código de Ética».

Esta decisión nos mueve a realizar algunas reflexiones que van más allá de la simple formalidad de tratar de revisar esas normas reglamentarias y los procedimientos de su aplicación. Ha llegado el momento en que el Partido establezca, como obligación fundamental de sus integrantes, cualquiera que sea el carácter que tengan, militantes, simpatizantes, dirigentes o funcionarios, ajustar su actuar al principio de que la política es una actividad que debe estar presidida por la ética; y que es inaceptable la vieja idea del divorcio completo entre la política y la ética, definida por Maquiavelo. Deben regirse por el principio de que la naturaleza humana, en la conducta de la misma sociedad y sobre todo la conducción del Estado, debe tener a la ética como parte de su estructura más íntima, para que pueda realizar a la perfección su propósito de búsqueda de la justicia social para todos los mexicanos.

Debemos integrar un cuerpo legal que trascienda a la normatividad pura de las conductas correctas o incorrectas, y que transformando en disposiciones jurídicas principios de moralidad, construyamos un auténtico Código de Ética. Aún cuando, como expresamos anteriormente, errores, faltas y delitos cometidos por los hombres, no deben afectar a las instituciones; éstas en cambio sí deben tratar que los hombres que la componen no incurran en actos que constituyan vicios reprobables y vulneren los principios de la ética.

La política debe ser elevada acción de búsqueda de las mejores condiciones de vida para la sociedad. El Estado tiene justificación en la medida que propugne por dar a sus ciudadanos esas mejores condiciones de vida que estimamos constituyen la justicia social.

Los gobiernos emanados del Partido Revolucionario Institucional han llevado a cabo acciones a través de la actuación responsable de la mayoría de sus miembros, de muchas decisiones que han producido bienestar y progreso. Han mejorado la educación como elemento fundamental del desarrollo social, han establecido sistemas que brindan a la población servicios de salud, han impulsado el desarrollo de la industria y el comercio y lamentablemente, no obstante los esfuerzos realizados, no han tenido éxito en generar esas mejores condiciones para los hombres del campo. Sin embargo, en un balance justo, lo logrado excede con creces los ilícitos cometidos por algunos de los miembros del Partido que condujo al País en los últimos 70 años.

Para volver a otorgarle credibilidad y confianza al Partido, la sociedad le exige justipreciar las acciones de sus miembros, sancionar a quienes han actuado contra las más elementales reglas de la ética y la convivencia social.

Los priístas de base demandan que sus dirigentes y candidatos, pero sobre todo sus funcionarios y servidores públicos sean leales a los principios, firmes en sus convicciones ideológicas y respetuosos de la moral pública.

Lo mexicanos requieren un Partido que prevenga cualquier acto de corrupción y que sancione a quien lo cometa, para lo cual debe establecer, además de una administración transparente, la vigilancia de los órganos del Partido, a fin de aplicar estrictamente el Código de ética partidaria del Partido Revolucionario lnstitucional.

Debe hacerse notar que es complicado codificar reglas de derecho tendientes regular la ética, pues toda disposición jurídica, para ser valedera en sí misma, debe tener un contenido ético. Pero la ética es el actuar intrínseco del hombre, la búsqueda del valor mismo, la distinción más trascendente entre moral y derecho; va más allá de las circunstancias que tradicionalmente se consideran como tales, y se encuentra en la íntima percepción del hombre que sabe que su actuar es ético para él mismo y que la norma jurídica impone una conducta valedera para la sociedad.

El esfuerzo que debemos realizar es normar las conductas partidistas del priísmo, para que se logre la remotísima aspiración de conjugar el deber y el actuar con el reconocimiento y la sanción, cuando el sujeto no se conduzca dentro de esas normas de conducta. Que también los reconocimientos respondan a la plenitud del cumplimiento del deber ético y político, pero sobre todo que, a través de la construcción de un auténtico cuerpo normativo que regule las conductas, como un estricto Código de ética, convenza a la ciudadanía del propósito de depuración y renovación que anima a los priístas al celebrar una nueva Asamblea y construir, con la renovación de sus principios, bases que den a los mexicanos la confianza para poder volver a brindar al Partido Revolucionario Institucional su apoyo y su voto.

*Coordinador de la Tribuna «Código de ética» de la 18 Asamblea General de Delegados.