TRANSFORMAR
REAFIRMANDO LAS RAÍCES
Mario Moya Palencia*
La
convocatoria a la 18 Asamblea General de Delegados de nuestro
Partido establece que se instalarán una veintena de tribunas
de debate para que los miles de delegados electos democráticamente
participen en ella y discutan en un ambiente de plena libertad
sobre los temas esenciales de la propia Asamblea a saber: «Principios
y Valores. Declaración de Principios»; «Proyecto
de Nación: Programa de Acción»; «Proyecto
de Partido: Estatutos»; «Estrategias Políticas»
y Visión del Futuro».
Por
encargo de la licenciada Dulce María Sauri Riancho, el
suscrito contribuirá a organizar la tribuna de Debate sobre
Declaración de Principios, dentro del democrático
proceso al que se refieren los artículos del 39 al 45 del
Reglamento de la Asamblea. Por ello, deseo compartir con los militantes
y simpatizantes de nuestro Partido algunos conceptos útiles
para el trabajo correspondiente a este tema, abierto a la participación
de los priístas.
Apenas
estamos a tiempo para que a todos los niveles políticos
y territoriales de nuestro Instituto se reflexione sobre las reformas
convenientes a nuestra actual Declaración de Principios,
a fin de consensuarlas y ponerlas a la consideración de
la Asamblea.
Del
capítulo primero de dicha Declaración de Principios,
titulado «Nuestro Partido» extraemos el último
párrafo que no tiene desperdicio:
«Pero
nuestra convicción transformadora no ha trastocado nuestros
valores. A lo largo de la historia ha cambiado nuestra organización,
nuestra estrategia, nuestra naturaleza misma, PERO NUNCA NUESTRO
IDEARIO. Seguimos siendo un Partido que cree en la lealtad y en
la honestidad. Seguimos siendo el Partido de la soberanía,
la democracia y la justicia social».
Ese
es precisamente el gran reto de la Asamblea General en éste,
uno de sus fines cruciales: saber presentar en el año 2001,
dentro de las difíciles circunstancias que marca un gobíerno
reaccionario frente a los valores mexicanos auténticos,
ese ideario nuestro sintetizado en la Declaración de Principios,
que en verdad no ha cambiado nunca en lo sustancial, aunque a
través del tiempo se haya expresado en formas distintas.
En
este apartado estimo que debemos TRANSFORMAR REAFIRMANDO LAS RAÍCES.
Esto es, encontrar formas renovadas e imaginativas para expresar
de manera corta y sintética, pero cargada de sentido, una
nueva Declaración de Principios que, al mismo tiempo mantenga
la continuidad de la línea ideológica y programática
que hemos presentado a los mexicanos a través de la historia
del PNR, el PRM y el Partido Revolucionario Institucional, que
durante estos últimos 71 años ha merecido el apoyo
y suscitado la solidaridad y la esperanza de las grandes mayorías
nacionales.
Ya
habíamos comentado este importante asunto en el número
correspondiente al mes de junio de examen, como los lectores recordarán.
Entonces decíamos que para percatarnos de la congruencia
de nuestras sucesivas Declaraciones de Principios bastaría
que leyéramos el libro «La Ideología de la
Revolución Mexicana», que contiene una transcripción
de todas ellas, editado por la Comisión Nacional de Ideología
del PRI en enero de 1996.
Ahí
se observa cómo la Revolución Mexicana es un hecho
de conciencia de nuestro pueblo, que no se agota con el movimiento
armado para derrocar a la dictadura de Porfirio Díaz, sino
que se expresa en la fase de la reconstrucción nacional,
en el tránsito de un país de caudillos a un país
de instituciones y de leyes. Y qué decir de la fase nacionalista
de reivindicación de nuestro patrimonio energético,
así como de la etapa del desarrollo económico y
social y la industrialización del país que vivimos
sucesivamente, para fundar el Estado democrático de derecho
y bienestar que ahora se quiere destruir desde el poder.
Nuestras
Declaraciones de Principios, dentro de ese tránsito histórico,
no sólo supieron responder a los requerimientos y necesidades
que planteaba el pueblo mexicano en sus respectivos momentos,
también se fortalecieron, sin perder de vista fines y objetivos
que se propuso alcanzar en su movimiento trepidante y liberador,
orientado a combatir la pobreza y la ignorancia y alcanzar la
justicia social.
¿Quién
podría dudar de la fuerza y la vigencia del Primero de
los principios enunciados en la Declaración del Partido
Nacional Revolucionario, surgido de su Convención Constitutiva
realizada del primero al cuatro de marzo de 1929?
El
texto es el siguiente:
«El
Partido Nacional Revolucionario acepta en forma absoluta y sin
reservas de ninguna naturaleza, el sistema democrático
y la forma de gobierno que establece la Constitución Política
de los Estados Unidos Mexicanos. Luchará decidida y enérgicamente
por hacer cada vez más efectivos en México la libertad
de sufragio y el triunfo de las mayorías en los comicios».
«Procurará,
por todos los medios a su alcance, la estabilidad de los gobiernos
emanados de su acción política».
«Ayudará
y estimulará paulatinamente el acceso de la mujer mexicana
en las actividades de la vida cívica».
O
de la oportunidad y trascendencia hasta tiempos actuales del principio
decimoquinto de la Declaración del Partido de la Revolución
Mexicana, fruto de su Asamblea Nacional Constitutiva celebrada
del 30 de marzo al 2 de abril de 1938:
«Sobre
el poderío de los intereses materiales, deben prevalecer
la dignidad y la soberanía de las naciones. Frente a la
irreductible oposición que existe entre los regímenes
democráticos y las dictaduras unipersonales, el Partido
declara su completa solidaridad con las democracias agredidas...
El Partido luchará con toda energía por la liberación
económica del país, hasta hacer que desaparezca
totalmente su fisonomía semicolonial. Procurará
que el Artículo 27 de la Constitución y las demás
normas jurídicas que tienden a defender las fuentes de
la riqueza nacional, se apliquen en todo su alcance, y pondrá
especial empeño en el desarrollo de la producción,
particularmente de la industria de mexicanos, a fin de librar
al país de la influencia económica del exterior».
O
de este otro, el octavo principio de la Declaración del
PRI, aprobado en su Convención Nacional Constitutiva, llevada
a cabo el 19 y 20 de enero de 1946:
«El
Partido señala la conveniencia de conformar una economia
agrícola colectiva en todos aquellos casos en que sea posible
y en que lo soliciten los interesados, para garantizar la satisfacción
de las necesidades vitales del trabajador del campo, la demanda
del consumo interior y, en un futuro más o menos inmediato,
para realizar la industrialización del país».
¿Y
quién puede dudar del espíritu transformador y progresista
de nuestro Partido después de leer los Principios III y
IV de la Declaración surgida en su VII Asamblea Nacional
Ordinaria, realizada del 19 al 21 de octubre de 1972?
«Los
revolucionarios mexicanos debemos empeñarnos, sin desmayos
ni fatigas, por construir una nueva sociedad en que el hombre
se encuentre a sí mismo en el disfrute pleno de la justicia,
las libertades y la democracia».
«En
la actual etapa de la sociedad mexicana en transición existen
contradicciones que deben ser desterradas, reguladas o conciliadas,
cuando ello sea posible.
«Existen,
asimismo, incoherencias que deben ser eliminadas para obtener
un cambio racional, previsto y ordenado, e implantar pautas que
permitan enfrentarse, con posibilidades de éxito, a los
viejos ya los nuevos problemas nacionales».
«Al
mismo tiempo que nos esforzamos por una nueva sociedad en el orden
interno, lucharemos, en la medida de nuestras posibilidades por
una nueva sociedad internacional. El mundo ha sido hecho para
la paz y la cooperación, no para la guerra y la destrucción».
O
el principio VII de la declaración surgida en la IX Asamblea
Ordinaria, efectuada del 10 al 12 de agosto de 1978:
«El
poder político es expresión de la voluntad soberana
del pueblo. Es, por tanto, el único que el Partido reconoce
y sostiene. Ningún otro poder económico o de cualquier
otra naturaleza debe existir ni intentar sobreponerse a los poderes
soberanos de la República, que tienen su origen en la voluntad
popular mayoritaria».
«La
pretensión de levantar un llamado poder económico
frente al poder constitucional legítimo es una pretensión
facciosa y de casta, radicalmente contraria al poder constitucional
y en contravención de nuestro sistema representativo y
democrático».
Ypor
último nadie negará el poder sintético
e histórico del principio primero de la Declaración
surgida de la XII Asamblea Nacional Ordinaria, organizada entre
el 23 y el 24 de agosto de 1948:
«Por
su origen, su trayectoria, sus principios y sus aspiraciones,
el Partido se identifica con la gran corriente histórica
que luchó por la independencia del país para constituir
una nación libre y soberana; que enfrentó con las
armas los intentos intervencionistas de las potencias que quisieron
sojuzgar a México; que consolidó la supremacía
del gobierno civil contra los detentadores de fueros y privilegios;
que afirmó las libertades individuales y conquistó
los derechos sociales para todos los mexicanos; que se ha esforzado
por superar servidumbres y fanatismos, y que hace avanzar permanentemente
a la sociedad hacia etapas cada vez más justas de organización
política, económica y social».
Para
muestra bastan estos pocos botones. Podríamos continuar
insertando principios torales de nuestro Partido que sus diversas
Declaraciones han grabado en lo más hondo de la conciencia
de sus militantes y de la mayoría de los mexicanos. Nos
toca ahora asimilar esa ideología, esa filosofía
política, socioeconómica y cultural, captar su línea
invariable y -respetando su raíz que es tan eterna como
la Nación misma- enunciarla vigorosamente en esta nueva
etapa del partido, durante la próxima 18 Asamblea General
de Delegados.
Debemos
reestudiar nuestra última Declaración de Principios
que data de la XXXVII Sesión Ordinaria del Consejo Político
Nacional, de agosto de 1999, para analizarla con espíritu
constructivo. Partamos de que: «para los priístas
-según su principio primero, párrafo quinto- la
Revolución es origen y destino», y que ello nos lleva
al mantenimiento y observancia de nuestros valores -nacionalismo
y soberanía, libertad y democracia, justicia conmutativa
y social- a nuestro compromiso con la legalidad y el Estado de
Derecho y a la defensa apasionada del proyecto histórico
nacional que debe realizarse por encima de los propósitos
regresivos de quienes animan el actual Gobierno Federal.
Recordemos
que un objetivo básico para el PRI en esta hora es mantener
la supremacía de la Constitución, obra de la Revolución
Mexicana y primera en su género en el mundo, cuya letra
y espíritu debemos defender democráticamente, entendiendo
a la democracia como la define la propia Ley Suprema en su artículo
tercero: no sólo como una estructura jurídica y
un régimen político sino «como un sistema
de vida fundado en el constante mejoramiento económico,
social y cultural del pueblo».
*Coordinador
de la tribuna Declaración de Principios.
