Humanizar
la democracia
MANUELA GARZA A.*
Un
día de 1989 una multitud de individuos de varias nacionalidades,
ideologías, clases sociales y sentimientos se reunieron
a cada lado de una muralla con el estómago contraído
y un grito comunal en la garganta. Querían gritar «libertad»,
sobretodo los del lado Este. De pronto de manera dramática
y casi en cámara lenta cayó la primera piedra y
las gargantas explotaron y horas más tarde se emborracharon
con cerveza y champaña. El muro de Berlín se desmoronaba
y junto a él la mitad de la historia del siglo XX. Para
muchos este día simbolizaba una nueva oportunidad, para
otros era el comienzo del fin de la historia. Y así, mientras
la mitad del mundo festejaba, los demás se acongojaban
o simplemente no se inmutaban porque para ellos el mundo seguía
siendo el mismo.
El
socialismo se transformaba en un mito, se comprobaba efímero.
El Occidente, triunfante, abría sus brazos al Este y a
su atraso. Gorvachov, en un acto de valentía, entregó
la otra mitad del mundo al ahora sí nuevo imperio mundial
y se desvaneció con el paso de los años. Quienes
crecimos en los noventa somos el fruto de una generación
desvinculada de ideologías y preocupada por el bienestar.
Los abuelos comenzaron a olvidar las atrocidades de las guerras,
los campos de concentración, la emigración, el hambre,
la patria. El nuevo modelo económico ostentaba el desarrollo
del subdesarrollo y vendía sus teorías por doquier;
sin importar color, raza, idioma, región o frontera.
De
pronto, entre los préstamos masivos del Fondo Monetario
Internacional (FMI) y las nuevas economías, comenzó
a nacer el nuevo lado oscuro de la humanidad. Para nuestra sorpresa,
las guerras no habían terminado, los campos de concentración
tampoco y mucho menos el odio y la desigualdad. Los nacionalismos
descubrieron lo peor de la Guerra Fría. Tito soltaba el
último hilo que sostuvo su gran Yugoslavia, y como cuando
se levanta una vieja piedra de la tierra, comenzaron a emerger
las arañas. El sueño de la nueva oportunidad se
encontró con la cosecha de años anteriores; con
países unificados por medio de engaños y represión,
con odios acumulados durante décadas. La libertad tenía
que ser para todos y todos querían su propia tierra.
El
continente africano ardió masacrando a millones de civiles
en Uganda y Zimbabwe, dejando sin comer a otros miles en Somalia
y mutilando a otros tantos en Sierra Leona. Mandela se libera
en medio de la vicisitud y la guerra, con las manos vacías
y los ojos perplejos. Las Naciones Unidas lo acompañan
en su intento de legitimarse, sin embargo en todo el mundo los
ánimos despedían su olor a frustración y
hambre.
Mientras
Europa Occidental se desarrolla y se unifica, sus vecinos se masacran.
Las fronteras se abren para recibir los escombros y restos de
otros países que no encuentran su significado ni su rumbo.
Los
americanos sonríen, ordenan, condenan y son indiferentes.
Se lamentan en sus discursos por no intervenir, pero intervienen
en lugares en donde ni se quieren ni se entienden sus discursos.
Los derechos humanos se convierten en números de lotería
y para tener oportunidad de ganarlos hay que escatimar al azar.
El derecho internacional se convierte en tratados comerciales
y en garantías de inversión. El derecho en general
se ostenta como herramienta de manipulación de los gobiernos.
El
mundo en el que vivimos y trabajamos nos enseña a seguir
la filosofía del Norte. Los latinoamericanos hablamos en
inglés, o por lo menos lo intentamos, para incluirnos dentro
de «el cambio», la «democracia» o sea,
el neolibe-ralismo. Hay que ganar dinero, hay que estudiar, defender
nuestro derecho y condenar, aún, los matices comunistoides
de nuestros países.
Sin
embargo, también se han generado ánimos positivos
y entonces se escuchan voces a favor del medio ambiente (tan ultrajado),
de los derechos humanos, de los refugiados e inmigran-tes. Se
expone y se condena a las dictaduras militares y a su genocidio.
Se grita en dialectos indígenas y con caras encapuchadas
a favor de la igualdad, del respeto a la tierra y al sentido de
comunidad. La teoría política critica el paternalismo
y el abandono del estado benefactor y aclama nuevos modelos para
gobernar. La democracia se muestra imperfecta, se humaniza. La
sociedad civil sale a las calles, pinta pancartas, se hace consciente.
Mientras
la libertad de expresión se expande y los medios nos enajenan,
nos manipulan y nos convencen, surge la capacidad de cuestionar.
Mientras nos vinculamos y acortamos las distancias nos volvemos
ciudadanos del mundo. Algunos vamos entendiendo que el planeta
no tiene dueño, que la tierra da frutos para todos. Buscamos
compartir al dejar de juzgarnos, nos comprendemos y aceptamos.
Otros
se vanaglorian en las diferencias y las explotan para explotar
a sus propios vecinos. El Medio Oriente sorprende al mundo cuando
enseña que el odio es innato, se vuelve casi genético.
La idea de la otredad se manifiesta como amenazante, y otorga
motivos para odiar. La neutralidad se impacienta, se frustra pero
lucha por encontrar un punto medio.
Muchos
han concluido que la paz tiene como pilar la tolerancia. Ésta
es un concepto que se hace difuso en muchos lugares del mundo.
Yo, como muchos, la voy encontrando cuando cierro los ojos y la
boca un momento y escucho las voces de varios idiomas, el ruido
de los mares de todas las costas, la súplica de los animales
de todas las especies, el grito de igualdad de todos mis hermanos
humanos. La aceptación del otro es la entrega de uno mismo
a nuestro género, disfrutando de todas las voces y todos
los colores que nos hacen tan maravillosamente distintos. Ninguno
está equivocado, pero ninguno es enteramente sabio. La
sabiduría es la capacidad de captar con todos los sentidos,
de orar en todas las iglesias y poder caminar descalzos en todas
las tierras. Así entenderemos el hambre, el frío
y la desesperanza de otros pies igualmente descalzos.
*Estudiante
de la Licenciatura en Relaciones Internacionales del ITAM.
