Japón en la posguerra fría
MARÍA CRISTINA ROSAS*

En una reflexión que ha propiciado interesantes debates, David Williams, autor de Japón: más allá del fin de la historia (Japan: Beyond the End of History, 1994, London, Routledge) debate qué tan importante puede ser el individualismo para la democracia, la efectividad de ésta, el relevo en el poder con la participación de distintos partidos políticos, el desempeño de las políticas industriales, y la relación entre el Estado y el mercado, entre otros temas.

Japón es un país ineludible en el estudio del mundo actual. En primer lugar, se trata de la segunda potencia económica en el planeta1 y ese status lo ha logrado a través de políticas públicas e industriales muy singulares, tanto, que han merecido numerosas reflexiones en Occidente. Considerando que su conversión en una economía protagónica se logró en escasos 20 años, esto es, de principios de los 50 a principios de los 70, el estudio de la manera en que economía y política se conjugaron en Japón, provoca fascinación, pensando también en el debate en torno a cómo puede lograrse un nivel de desarrollo que contribuya, no sólo a elevar sustancialmen-te la calidad de vida de la población, sino especialmente a generar un jugador de grandes vuelos en la política mundial. No deben soslayarse tampoco las condiciones en las que Japón se recuperó de los estragos de la segunda guerra mundial, máxime si se recuerda que es el único país contra el que se han empleado armas nucleares, específicamente en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki con resultados devastadores que aún las generaciones actuales no logran superar.

Algunos datos sobre el desempeño de Japón pueden ayudar a ilustrar la magnitud de los logros de esa nación en diversos ámbitos. Su PIB es de 4 823 508 millones de dólares. El ingreso per cápita es de 25 616 dólares. Como inversionista extranjero en el mundo ocupa una posición primordial, colocando sus capitales en actividades que incluyen los sectores manufacturero, financiero y de servicios.

Japón posee una de las más altas tasas de ahorro interno en el planeta, con todo y que el nivel de consumo interno ha crecido significativamente. Empero, el ahorro de más de la tercera parte del ingreso explicaría la enorme liquidez de esa nación y el hecho de que más que demandar inversión extranjera, la genera en beneficio de Europa (por ahora, su principal destino, con 38.7 por ciento del total), Estados Unidos (con 33.4 por ciento); América Latina (con 11. 2 por ciento), Asia (con 10.7 por ciento), Oceanía (con 1.3 por ciento) y África (con 0.8 por ciento).

Sin embargo, no sería justo mencionar estos logros sin explicar la manera en que Japón se benefició tras la finalización de la segunda guerra mundial, de un contexto regional e internacional que allanó el camino para su desarrollo ulterior. En ello tiene gran parte de la responsabilidad Estados Unidos. Así, con el triunfo de los comunistas en China en 1949 y el estallido de la guerra de Corea en 1950, Washington temía que el continente asiático se convirtiera en un bastión de la Unión Soviética. Por ende, era necesario fortalecer las instituciones económicas y políticas características del sistema capitalista en Asia, y establecer alianzas estratégicas con países que pudieran operar como «bastiones» frente a los avances que experimentaba la «izquierda» en el mundo. Como es sabido, el país elegido para cumplir esta tarea fue Japón, pese a que en la segunda gran conflagración mundial fue enemigo de Washington.

El país del sol naciente tenía varias características que favorecían su conversión en la punta de lanza de los intereses de Estados Unidos en el Asia de los tiempos de la guerra fría. Para empezar, como país derrotado en la segunda guerra mundial, Japón estaba expuesto a las condiciones que Washington plantearía. La rendición de Japón fue incondicional (consideración entendible a la luz del poderío militar, incluídas las ya citadas capacidades nucleares en manos de Washington), posibilitando que Estados Unidos introdujera dramáticas reformas en la sociedad nipona a raíz de la suscripción del Tratado de Seguridad de 1951 y del Plan Dodge para la reconstrucción económica del país asiático.

A fin de resguardar los intereses del capitalismo y del llamado «mundo libre», Estados Unidos dio un notable apoyo a partidos políticos pro-estadunidenses y conservadores, que eventualmente contribuirían a la creación del Partido Liberal Democrático (PLD). Asimismo, tomó todas las medidas posibles a fin de asegurarse de que los intereses empresariales y pro-chinos no establecieran relaciones diplomáticas con la China de Mao. Estas medidas tuvieron éxito, a costa de los sectores nacionalistas nipones, quienes querían que Japón redactara su propia constitución y que creara un mecanismo autónomo en materia de defensa. Tampoco satisfizo a los sectores de izquierda, que deseaban tener relaciones más estrechas con China y la Unión Soviética.

En el plano económico, Estados Unidos apoyó la reconstrucción japonesa, y abrió su mercado a los productos nipones, a la vez que persuadió a los aliados europeos para que desarrollaran vínculos más estrechos con Japón. El modelo económico japonés, en el que el Estado fue su principal motor, privilegió el proteccionismo y auspició la exportación de bienes y servicios que al paso del tiempo conquistarían los mercados internacionales.

Este conjunto de circunstancias merecen un cuidadoso análisis, dado que muy posiblemente, si la guerra fría no se hubiera desarrollado y si los comunistas en China no hubiesen resultado victoriosos, y si la URSS no hubiera apoyado a Corea del Norte en la Guerra de Corea, el destino de Japón habría sido otro. Ello no significa, por supuesto, que los japoneses son incapaces de prosperar al margen de Estados Unidos. Sin embargo, sería incorrecto entender la evolución del Japón moderno sin hacer referencia a las acciones concretas de intervención por parte de Estados Unidos.

En la medida en que Japón se fortaleció económicamente, fue replanteando la alianza que mantiene con Estados Unidos, y si bien quienes pugnan por mantener esos vínculos sin grandes cambios siguen teniendo un peso importante en el proceso de toma de las decisiones, se han fortalecido las posturas nacionalistas, y también las regionales, orientadas a una mayor autonomía2 y, en el segundo caso, a una vinculación estrecha con los países del sureste de Asia y en particular con China y Corea.

También, en honor a la verdad, debe reconocerse que Japón ha experimentado serias dificultades económicas, particularmente a lo largo de la década de los 90, la cual es conocida como la «década perdida» para los nipones. En ese decenio el crecimiento del PIB se estancó, se produjeron quiebras masivas, el desempleo afloró y las peticiones de seguro para las personas sin trabajo llegaron a niveles históricos.

Lo anterior ha derivado en un cierto desánimo en la sociedad japonesa, hecho que podría contribuir a explicar el exacerbamiento del nacionalismo. Si bien para muchos ello constituye una reacción a la globalización, se trata sobre todo de la frustración que hiere el orgullo nacional ahora que Japón se da cuenta de que los extranjeros están teniendo una mayor influencia y control sobre la economía nipona. Baste mencionar que 20 por ciento de la Bolsa de Valores de Tokio está en manos extranjeras; que los ejecutivos franceses de Renault están dirigiendo la reestructuración en Nissan; y que los alemanes tienen fuerte capacidad decisoria sobre Mitsubishi. Japón está siendo humillado por aquellas naciones a las que, hasta no hace mucho, aventajaba en calidad de vida, innovación tecnológica y competitividad.

Así las cosas, Japón está obligado a una reestructuración en la que será necesario un nuevo pacto social, donde se establezcan nuevos equilibrios que garanticen la prosperidad interna y el liderazgo en el exterior. Y este proceso seguirá generando una gran fascinación en torno al país asiático.

1 Si a la Unión Europea se le considera como a una entidad unitaria, entonces Japón sería la tercera potencia mundial en virtud del tamaño del producto interno bruto (PIB).

2 Los sectores nacionalistas no sólo son críticos respecto a lo que perciben como una fuerte vulnerabilidad de Japón derivada de sus vínculos con Estados Unidos, sino que también externan su rechazo a las reacciones que Beijing y Seúl suelen tener ante cualquier medida que Japón desarrolle en diversos ámbitos, y que suele ser interpretada como «agresiva» u «hostil» hacia los vecinos.

Como muestra, puede citarse el incidente más reciente con los libros de historia que emplean los estudiantes japoneses, donde se pretendía introducir el concepto de «nación divina» -característico de las épocas del militarismo japonés- y que produjo airadas protestas de China y Corea del Sur, tanto que Seúl decidió interrumpir, al menos por algunas semanas, los preparativos para la Copa del Mundo que se jugará conjuntamente con Japón en el 2002.

*Doctora en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Profesora de tiempo completo en esa Facultad. Pertenece al Sistema Nacional de Investigación.