El
miedo al pasado
G.K. CHESTERTON*
En
alguna ocasión, George Bernard Shaw se refirió a
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) como un «genio colosal».
Doble sentido: Shaw se refería no sólo a la inteligencia
sino también a la enorme corpulencia de su amigo cercano
y eterno adversario. «Creo que él hizo más
que cualquier hombre de su época», dijo T.S. Eliot.
Y los elogios no se restringen a los autores de lengua inglesa.
Hay que recordar que la influencia e importancia de Chesterton
en lengua española fue determinante en el mundo y el estilo
de Alfonso Reyes y de Jorge Luis Borges, probablemente las dos
mejores prosas de nuestro siglo y lengua. Ambos lo elogiaron y
leyeron, comentaron y tradujeron. Aun así, Chesterton sigue
siendo un autor poco reconocido en su enorme diversidad; casi
todos sus lectores recuerdan principalmente al autor de El padre
Brown y al narrador de El hombre que fue Jueves, pero son pocos
los lectores de sus ensayos y poemas que, al fin, componen la
mayor parte de su obra.
Este ensayo fue escrito durante la enorme tensión política
que precedió a la primera guerra mundial. A pesar de que
Ches-terton hace varias menciones particulares y pertinentes a
su momento histórico, se trata como toda su obra de una
inteligencia penetrante y amplia que va mucho más allá
de la encrucijada de sus días.
Las
recientes décadas se han caracterizado por su particular
dedicación a cortejar al futuro. Pareciera que nos hemos
hecho a la idea de malinterpretar lo que ha sucedido; nos dedicamos,
con una suerte de alivio, a hacer afirmaciones acerca de lo que
vendrá, cosa (aparentemente) mucho más fácil.
El hombre moderno ya no muestra las memorias de su bisabuelo,
y esto porque está ocupado en escribir la detallada y autorizada
biografía de su bisnieto. En vez de temblar ante los espectros
del pasado, nos escalofriamos abyecta-mente bajo la sombra del
infante nonato. Y este espíritu resulta manifiesto por
doquier, al grado de que ha generado ya una suerte de narrativa
futurista. Sir Walter Scott se coloca en el umbral del siglo XIX
para escribir la novela del pasado; el señor H. G. Wells
se coloca en los albores del siglo XX para escribir la novela
del futuro. La vieja historia, como sabemos, debía comenzar
con: «Ya entrada una noche de invierno, dos jinetes pudieron
haber sido vistos...»; la nueva comienza así: «Ya
entrada una noche de invierno, dos aviadores serán vistos...»
El cambio no carece de elementos encantadores; tiene algo de espíritu,
si bien excéntrico, ver a tanta gente pelear de nuevo los
pleitos que aún no se han dado; verlos todavía brillar
con el recuerdo de la mañana de mañana. Que un hombre
se «adelantó a su época» es una frase
que nos resulta familiar. Pero una época que se adelanta
a su época es un asunto muy extraño.
Sin
embargo, cuando se le ha dado plena permisividad a un pequeño
elemento poético y a tanta perversión humana, yo
no dudaría en sostener, aquí mismo, que este culto
al futuro es no sólo una debilidad sino una cobardía
de nuestra época. Hoy resulta particularmente malvado que
hasta su belicosidad sea resultado del miedo; el patriotero es
despreciable, y no por su impudicia sino por su timidez. La razón
por la que los modernos armamentos no inflaman las imaginaciones
del mismo modo que lo hicieran las armas y blasones de las Cruzadas
dista mucho de las razones visuales de su fealdad o su belleza.
Algunos buques de guerra son tan hermosos como el mismo mar, y
algunas narigueras normandas son tan feas como los normandos mismos.
La fealdad atmosférica que envuelve nuestra guerra científica
es una emanación de ese perverso pánico que subyace
en su propio corazón. La carga de los cruzados era una
carga; una carga hacia Dios, ese salvaje consuelo del valiente.
La carga de los armamentos modernos es todo, menos eso. Es una
desviación, una retirada, Un huir de un diablo que terminará
por atrapar a los rezagados. Es imposible imaginar a un caballero
medieval diciendo que las lanzas francesas son cada vez más
largas, con el mismo titubeo empleado al hablar de los cada vez
más grandes buques alemanes. El sujeto que apodó
a la Blue Water School, nuestra escuela naval Blue Funk School
[Escuela de Tristes Cobardes] sugirió una verdad psicológica
cuya esencia difícilmente podría ser negada por
esa institución. Incluso el modelo de las «dos potencias»1,
si fuera necesario, constituiría una necesidad degradada.
Nada ha enajenado tantas mentes magnánimas de las empresas
imperiales como el hecho de ser exhibidas como furtivas o súbitas
defensas en contra de un mundo lleno de rapacidad helada y de
temor. La Guerra de los Boer, por ejemplo, no se tiñó
tanto del credo de estar haciendo algo de modo correcto cuanto
de la creencia de que los boer y los alemanes estaban haciendo
algo mal al obligarnos (como se dijo) a ir al mar. El señor
Chamberlain, creo, dijo que la guerra era una pluma en su sombrero,
y así fue: una pluma blanca.
Ahora
bien, este mismo pánico primario, que percibo en nuestro
apresurado armamentis-mo patriótico, es el mismo que siento
ante nuestra prisa por las visiones futuristas de la sociedad.
La mente moderna se ve impelida hacia el futuro por la misma y
particular sensación de fatiga, mezclada con terror. Con
la que mira al pasado. Se le impulsa hacia el tiempo que viene
y resulta, en las precisas palabras de la expresión popular,
«botada justo al centro de la próxima semana».
Y el aguijón que la impele de modo tan vehemente no es
la afectación de la futuridad. Ésta no existe porque
aún hay futuro. Es más bien un temor al pasado;
miedo no sólo de lo malo del pasado sino también
de lo bueno. El cerebro se quiebra bajo la insoportable virtud
de la humanidad. Han existido tantos credos inflamados que ya
no podemos sostener; tantos duros heroísmos que no podemos
imitar; tantos enormes esfuerzos constructores o glorias militares
que, a la vez, nos parecen sublimes y patéticos. El futuro
es un refugio de la feroz competencia de nuestros ancestros. La
generación mayor, no la más joven, toca a nuestras
puertas. Resulta agradable escapar, como dijo Henley, por la callejuela
adyacente, donde se halla la Hostería del Nunca. Es placentero
jugar con niños, especialmente con los que no han nacido.
El futuro es una muralla en blanco en la que cada hombre puede
escribir su nombre, tan grande como se le antoje; encuentro el
pasado, en cambio, cubierto ya con garabatos ilegibles, como los
de Platón, Isaías, Shakespeare, Miguel Ángel,
Napoleón. Puedo hacer el futuro tan estrecho como yo mismo;
el pasado tiene que ser tan ancho y turbulento como la humanidad.
Y el resultado de esta moderna actitud es, al fin, éste:
que los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a
intentar los viejos. Miran al frente con entusiasmo porque tienen
miedo de mirar atrás.
Y
bien, en la historia no hay una revolución que no sea una
restauración. Entre las muchas cosas que me hacen dudar
del moderno hábito de fijar los ojos en el futuro, ninguna
es más fuerte que ésta: que todos los hombres de
la historia que hayan hecho algo por el futuro tenían la
mirada puesta en el pasado. No necesito mencionar al Renacimiento:
la palabra misma, es mi demostración. La originalidad de
Miguel Ángel y Shakespeare comenzó escarbando viejas
vasijas y manuscritos. La dulzura de los poetas se irguió,
por completo, sobre la dulzura de los anticuarios. Y así,
la revivificación medieval se dio a partir de la memoria
del Imperio romano; y así, la Reforma volvió a la
Biblia y a los tiempos bíblicos; y así, el movimiento
católico moderno vuelve la vista sobre los tiempos de la
patrística. Incluso aquel movimiento moderno que muchos
considerarían como el más anárquico de todos
resulta, en este sentido, el más conservador de todos.
Nunca nadie vio al pasado con mayor reverencia que los revolucionarios
franceses. EIlos invocaban a las pequeñas repúblicas
de la antigüedad con la misma confianza de quien invoca a
los dioses. Los sans-culottes creían (como su nombre indica)
en un retorno a la sencillez. Creyeron, del modo más pío,
en un remoto pasado, que algunos podrían llamar mítico.
Por alguna extraña razón, el hombre necesita plantar
sus árboles frutales en un cementerio. El hombre solamente
puede hallar vida entre los muertos. El hombre es un monstruo
contrahecho, con los pies hacia adelante y la cabeza vuelta hacia
atrás. Puede hacer que el futuro sea gozoso y enorme, siempre
y cuando reflexione sobre el pasado. Cuando trata de pensar exclusivamente
en el futuro, su mente es degrada hasta apenas un punto menos
que la imbecilidad, que algunos llaman Nirvana. El mañana
es una Gorgona: un hombre solamente puede verlo a través
de su reflejo sobre el bruñido escudo del ayer. Si lo mira
directamente, se petrifica, y ésta ha sido la suerte de
aquellos que en verdad han visto el destino y el futuro como claros
e inevitables. Los científicos sociales modernos (con su
insoportable eugenesia) se han convertido en piedra.
Solamente
difieren de los puritanos en que éstos hacen estatuas dignas
mientras que las de ellos resultan chistosas.
En
el pasado hay, sin embargo, una característica que, más
que ninguna, desafía y deprime a los modernos y los guía
hacia ese futuro sin atributos. Me refiero a la presencia, en
el pasado, de ideales enormes, insatisfechos y muchas veces abandonados.
La visión de aquellos espléndidos fracasos le resulta
melancólica a esta generación inquieta y bastante
morbosa, y mantiene un extraño silencio en torno al asunto;
un silencio que incluso llega a la falta de escrúpulos.
Mantiene esos ideales fuera de sus periódicos y, casi por
completo, fuera de sus libros de historia. Ellos, por ejemplo,
dirán (entre sus loas del porvenir) que avanzamos en dirección
a unos Estados Unidos de Europa, al tiempo que cuidadosamente
evitan mencionar el hecho de que nos estamos alejando de unos
Estados Unidos de Europa, que ciertamente existieron en los tiempos
romanos y medievales. Ellos nunca admiten que los odios internacionales
(que llaman bárbaros) son en verdad muy recientes, justo
de la ruptura de la idea del Sacro imperio romano. O, de nuevo,
dirán que habrá una revolución social, un
gran alzamiento de los pobres contra los ricos; y ni siquiera
mencionan que Francia ya llevó a cabo tal magnífico
esfuerzo, sin ayuda, y que nosotros, y todo el mundo, permitimos
que ese ideal acabara pisoteado y olvidado. De modo decidido afirmo
que nada hay tan señalado en la escritura moderna como
la predicción de esos mismos ideales para el futuro, combinados
con su misma ignorancia en el pasado. Cualquiera puede confirmar
esto por cuenta propia. Que lea treinta o cuarenta de las páginas
de los panfletos que abogan por la paz europea y verá cuántos
de ellos celebran a los viejos papas o emperadores por haber mantenido
en paz a Europa. Que lea un puñado de ensayos y poemas
que celebren la social democracia y vea cuántos de ellos
ensalzan a los jacobinos que crearon la democracia y murieron
por ella. Para los modernos, estas ruinas colosales son tan sólo
enormes adefesios. El moderno se vuelve sobre el valle del pasado
y mira una perspectiva de ciudades espléndidas, pero inacabadas,
y están inacabadas, no siempre por encono o accidentes,
sino frecuentemente por veleidad, cansancio mental y por el desmedido
deseo de filosofías extrañas. No sólo hemos
dejado sin acabar cosas que debiéramos haber terminado;
también dejamos inconclusas las que deseábamos llevar
a cabo.
De
manera muy reciente se ha sugerido que el hombre moderno es el
heredero de todas las épocas, que ha extraído todo
lo bueno de los sucesivos experimentos de la humanidad. No sé
cómo responder a esto; sólo se me ocurre pedirle
al lector que observe al hombre moderno, como recién lo
he hecho yo: en el espejo. ¿Es posible afirmar que tú
y yo somos fortalezas fulgurantes moldeadas por las visiones más
poderosas del pasado? ¿Representamos, acaso, la concreción
de todos los grandes ideales históricos, uno tras otro,
desde nuestros desnudos ances-tros, que poseían el valor
suficiente para abrir un mamut en canal con un cuchillo de piedra,
pasando por el ciudadano griego y el santo cristiano, hasta llegar
a nuestros abuelos o bisabuelos, que bien pueden haber sido sableados
por la caballería de hidalgos de Manchester o fusilados
en el 48? ¿Poseemos todavía la fuerza que se requiere
para alancear a un mamut, pero nos negamos a hacerlo por la gran
ternura que hemos desarrollado? ¿Existe en el universo
algún mamut que hayamos alanceado o indultado? Cuando nos
rehusamos (de manera enfática) a izar el estandarte escarlata
y a disparar como lo hicieran nuestros abuelos a través
de una barricada, ¿es esta negativa producto de nuestra
deferencia ante los sociólogos, o ante los soldados? ¿Hemos
realmente dejado atrás al guerrero y superado al santo
ascético? Temo que sólo aventajamos al guerrero
en el sentido de que, casi seguro, pegaríamos la carrera
al verlo, y si hemos rebasado al santo, temo que hemos pasado
de largo sin hacerle una reverencia.
A
esto me refiero, por encima de cualquier otra cosa, cuando hablo
de la estrechez de las nuevas ideas, de los efectos restrictivos
del futuro. Nuestro profético idealismo moderno es estrecho
porque se ha visto sometido a un persistente proceso de eliminación.
Nos vemos obligados a demandar cosas nuevas porque nos está
vedado pedir cosas viejas. Esta posición; entera, reposa
sobre la idea de que tenemos todo lo bueno que podía extraerse
de las ideas del pasado. y, sin embargo, no hemos obtenido aún
todo, y acaso ni siquiera pizca de todo lo bueno que estas ideas
tienen. Y la necesidad, ahora, es la de la libertad total, tanto
para la restauración como para la revolución.
En
la actualidad leemos, con frecuencia, acerca del valor o la audacia
con que algún rebelde ataca una vetusta tiranía
o una obsoleta superstición. Atacar cosas vetustas u obsoletas
exige tanta valentía como la que se requiere para retar
a golpes a nuestra abuela. Un hombre valiente es aquel que desafía
a las tiranías que apenas han visto la primera luz y a
las supersticiones más frescas que una lechuga. El libre
pensador auténtico es aquel cuyo intelecto se encuentra
tan libre del futuro como del pasado; que muestra el mismo desinterés
por lo que será como por lo que ha sido; que se preocupa
tan sólo por lo que debe ser. Para alcanzar el objetivo
que me he propuesto, he de insistir de manera enfática
en esta abstracta independencia. Si he de debatir sobre lo que
está mal, uno de los primeros errores es la moderna suposición,
profunda y silenciosa, de que las cosas del pasado se han vuelto
imposibles. Existe una metáfora por la cual los modernos
sienten particular aprecio; se la pasan afirmando: «no se
puede regresar el reloj». La respuesta simple y obvia es:
«sí se puede». Un reloj, por ser un objeto
hecho por el hombre, puede ser restaurado por el dedo humano a
cualquier cifra u hora. De igual forma, la sociedad, por ser un
objeto hecho por hombres, puede reconstruirse sobre cualquier
base que alguna vez haya existido.
Existe
otro proverbio: «si tiendes tu cama, en ella has de dormir»,
que no es más que otra llana mentira. Si la forma en que
tendí mi cama me resulta incómoda, por Dios, bien
puedo tenderla de nuevo. Podríamos restaurar la heptarquía
o los carruajes si así lo deseáramos. Quizás
nos llevaría un poco de tiempo, o podría resultar
poco acertado, pero ciertamente no es imposible, como sí
lo es traer al presente el viernes pasado. Es ésta, como
digo, la primera libertad que reclamo para mí: la libertad
de restaurar. Reclamo el derecho a proponer como solución
el antiguo sistema patriarcal de los clanes escoceses. Ciertamente
contribuiría a eliminar ciertos males como, por ejemplo,
la forma artificial de obedecer a extraños gélidos
y severos, meros burócratas y policías. Reclamo
el derecho de proponerla total independencia de los pequeños
poblados griegos o italianos, una ciudad autónoma de Brixton
o Brompton, si ello se perfilara como la mejor salida a nuestros
problemas. Bien podría representar la salida a algunos
de nuestros problemas; en un Estado pequeño, por ejemplo,
sería imposible sostener los enormes espejismos acerca
del hombre y sus medidas, nutridos por los enormes periódicos
nacionales o internacionales. Sería tan factible persuadir
a una ciudad Estado de que el señor Beit era británico,
o que el señor Dillon era un forajido, como lo sería
persuadir a un poblado de Hampshire de que el borracho del pueblo
era un abstemio o de que el idiota del pueblo era un estadista.
Sin embargo, de hecho, no propongo que los Brown o los Smith se
reúnan bajo distintos tartanes. Tampoco propongo que Clapham
declare su independencia. Simplemente declaro mi propia independencia.
Simplemente reclamo mi capacidad para elegir entre todas las herramientas
del universo, y me niego a admitir que cualquiera de ellas haya
perdido su filo por el mero hecho de haber sido usada.
1
En el tardío siglo XIX, el imperio naviero inglés
mantuvo la exigencia de que su flota tenía que ser, por
lo menos, equivalente en poder a aquel que tuvieran las otras
dos potencias navieras de su época; desde luego, frente
a la primera guerra, cuando Chesterton escribe este ensayo, el
nivel primario se establecía frente al creciente poder
y tamaño de la flota alemana.
Traducción: JH.
*Artículo
publicado en la sección Galaxia Gutemberg, de «Este
país», enero de 2001. La cual a su vez lo tomó
de What´s Wrong With the World, Casell and Company, Ltd.,
Londres, 1910.
