EL REPOSICIONAMIENTO DEL PRI EN EL SISTEMA DE LA POLIARQUÍA MALEABLE
RUBÉN APÁEZ LARA*

De manera incongruente, a menudo la elucidación de las transmutaciones del sistema político suscitadas durante los últimos dos decenios, se realiza bajo la óptica de la transición democrática. Pero cabe precisar que este concepto sólo es aplicable en el análisis de los regímenes dictatoriales metamorfoseados en andamiajes democráticos, explicando el tránsito de una estructura política rígida con libertades coartadas a una estructura flexible y plural; como los casos de Chile y España,1 donde Augusto Pinochet pasó la estafeta a Patricio Aylwin y Francisco Franco a Adolfo Suárez, respectivamente.

Utilizar el concepto de transición democrática, para el caso de México, es aceptar que no había democracia antes de los cambios mencionados; aunque debemos reconocer que el sistema político, por un lado, tenía (y tiene) ciertos ingredientes autoritarios y, por otro, ingredientes democráticos; posee dosis de ambos extremos. Por esa razón, algunos analistas políticos caracterizan a nuestro país como una «democracia autoritaria»2 o un «autoritarismo democrático».

El autoritarismo es inherente al titular del Poder Ejecutivo, dotado de un inmensa capacidad política casi omnímoda. Este poder lo tuvieron Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Carlos Salinas y lo tiene Vicente Fox; es inmanente a la institución presidencial, que constituye el núcleo central del «Leviatán» configurado por la Constitución Política3; de igual forma sucede con los gobernadores priístas, panistas y perredistas.

En este tenor, para analizar los cambios de nuestro sistema político es más congruente hablar de alternancia política, que es la categoría conceptual más descollante de la transición democrática, cuya esfera abarca, además de la alternancia, un cambio en la cultura política, una realización de pactos políticos profundos y el desmantelamiento del antiguo régimen dictatorial para lograr la eclosión de un sistema democrático.

La alternancia política fue producto de la «profundización de la democracia» a través de los movimientos sociales, las sucesivas reformas electorales y, sobre todo, de la flexibilización de las élites gobernantes posrevolucionarias para adaptarse a la nueva dinámica social.

Este reformismo electoral propició la alternancia política en los puestos de gobierno y de representación popular, desde los niveles inferiores hasta los más conspicuos: municipios, legislaturas locales y gubernaturas, hasta culminar en la Presidencia de la República.

La secuela esencial de la alternancia política es la estructura poliárquica4 del sistema político, retroalimentada por un creciente y cada vez más equitativo compartimiento del poder en todas las esferas gubernamentales y legislativas; escenario propulsado por la centrifugación del poder, generada por el sufragio diversificado y elástico.

Se ha configurado una «poliarquía maleable», matiz consistente en que todos los partidos son susceptibles de ser revitalizados o postrados con la savia que le asigne o le quite el voto ciudadano. Esta maleabilidad de la arquitectura poliárquica se deriva de la flexibilidad de los electores para moldearla y cambiarle de facetas permanentemente, según sean sus exigencias vertidas en las urnas. Existe la posibilidad de la alternancia en los diversos niveles y la realidad del poder compartido2, donde tanto los ganadores como los perdedores no lo son de manera definitiva.

Otro rasgo de la nueva poliarquía es la yuxtaposición del poder, caracterizada por un sistema de «gobiernos concomitantes» que cohabitan en un ámbito específico. Hoy están yuxtapuestos los tres partidos más importantes: PRI, PAN y PRD en la estructura del poder, entretejida de tal manera que estas fuerzas políticas en ciertos lugares son gobierno y en otros tantos oposición; las tres conocen ambas caras de la moneda. Así, en el Distrito Federal, sede de los poderes de la Unión, coexisten el Presidente de la República, de extracción panista; un Jefe de Gobierno perteneciente al PRD y una Asamblea Legislativa donde es mayoría el PAN.

Para explicar el proceso democrático nacional, no podemos soslayar la transmutación gradual de la cultura política, metamorfosis que debe ser entendida y asimilada por el PRI, a efecto de saber interactuar con los nuevos valores, actitudes y pensamiento de los electores.

Cada vez es más difícil la manipulación que ejercían los partidos sobre los ciudadanos; la política clientelista está en declive. La lealtad de los votantes hacia los partidos declinó en las últimas dos décadas y creció el número de electores independientes, esto es, los que no son fieles a una corriente política, los que hoy votan por los priístas, mañana votan por los panistas o perredistas y así sucesivamente. De ahí que el pluralismo político tenga un matiz intermitente.

En este sentido, el PRI perdió la Presidencia de la República porque fue utilizado por los tecnócratas para acceder al poder, cuyas acciones hicieron ver al partido alejarse de las causas sociales, a lo anterior deben sumarse los escándalos políticos, de corrupción y la crisis económica.

Para reposicionarse en la sociedad, el PRI debe tomar en cuenta la realidad de la poliarquía maleable y las transmutaciones de la cultura política y, a partir de ahí, diseñar su plan estratégico para reposicionarse en la sociedad. Estos nuevos escenarios tienen un efecto aleccionador y, por ende, lo impelen a que instrumente un proceso de reingenie-ría funcional, adecuando sus procesos y prácticas al nuevo contexto político.

A través de esta óptica es importante propiciar la circulación de las élites; que todos los militantes priístas, con los méritos políticos requeridos, puedan acceder a puestos de elección popular; romper la simbiosis partido-gobierno en los estados donde tiene el poder; debe oponerse a las políticas públicas que vayan en detrimento de los ciudadanos y no presentarse como «el levantamanos» para aprobar todo lo que realice el gobernador en turno, tal como lo hacía en la mayoría de los casos con el otrora presidente de la República priísta.

Terminar con el sistema del trampolín mal utilizado. Si bien es lógico y loable tener objetivos para escalar política y socialmente, si alguien salta de un puesto a otro en tiempo récord, sin concluir los periodos respectivos, truncando el lapso correspondiente al cargo conferido, daña la imagen del partido. Los electores ven mal esta situación, quienes se preguntan si no hay más elementos en el Partido y censuran la ambición palpable de algunos políticos.

El medio rural es un bastión medular del PRI, por lo tanto, no debe descuidarlo. Es necesario establecer en sus estatutos que el candidato a presidente municipal puede ser nativo de cualquier parte del municipio, aunque se sabe de manera tácita, debe señalarse nítidamente. Así, los puestos de gobierno se rotarán entre los pueblos y las cabeceras, con ello se impulsará la circulación de las élites.

Antes los de la cabecera municipal argüían que no había gente «preparada» (académicamente hablando) en los pueblos, pero ahora hay. Si no se legisla al respecto, en la práctica debe verificarse que se lleve a cabo, donde los jerarcas deberán incidir de manera decisiva en el cumplimiento de esta regla. Si no hay rotación política, los otros pueblos se quedan resentidos e inclusive, al sentirse marginados llegan a plantear la creación de otro municipio.

En los municipios rurales, los puestos de elección popular y burocráticos deberán asignarse tanto a ciudadanos avecindados en la cabecera municipal como a los oriundos de los diversos pueblos, dando a éstos «su importancia política debida» en la integración del cabildo y la administración.

Anular las elecciones internas, puesto que provocan desgaste político, económico, físico y psicológico, y a menudo los candidatos perdedores no aceptan la derrota. Debe seguirse el ejemplo de la selección de Rodolfo Echeverría como Secretario General del CEN priísta.

Es importante que el PRI seleccione a los mejores candidatos, cuidando el fondo y la forma, ya que en varios momentos y lugares, el partido ha perdido no porque los prospectos de los otros partidos sean mejores que los suyos, sino porque el PRI designa candidatos vistos negativamente por los electores. Así el PRI ha pagado con derrotas estos errores.

Abanderar las causas sociales emergentes como es el caso de oponerse a gravar alimentos, medicinas, libros y colegiaturas con el IVA; argumentando que Fox quiere gravar el hambre, la enfermedad, la ignorancia y el analfabetismo.

No permitir el chantaje político, puesto que muchos amenazan con salirse si no obtienen alguna prebenda. En ocasiones el PRI cedía como partido o como gobierno, dándole un «premio de consolación» al priísta supuestamente marginado y, por consiguiente, los militantes leales quedaban resentidos, con la impresión de que su trabajo no era reconocido.

Por otra parte, el PRI tomará en cuenta seriamente que los partidos políticos ya no son los únicos interlocutores entre la sociedad y el Estado, ya que está en boga la proliferación de las emergentes organizaciones no gubernamentales (ONG’s), entidades de la sociedad civil que ocupan espacios que no están abarcados por el gobierno; generalmente son organizaciones reactivas porque responden a problemas comunitarios específicos, que requieren soluciones perentorias.

Ante tales circunstancias, el desafío del PRI es transformarse a partir no sólo de incorporar las demandas emergentes en sus programas, sino abrir a los dirigentes de los movimientos sociales espacios de su representación en el parlamento. Hacer esto le permitirá sostener sus nexos con una sociedad que se transmuta con celeridad.

El PRI, por lo tanto, debe actuar y hacer valer su estatus de «entidad de interés público», estipulado en la Constitución federal; actualizarse y estar acorde con las nuevas demandas sociales, atenderlas y canalizarlas a las vías institucionales, así como fiscalizar a los gobernantes y representantes populares provenientes de él, con el objeto de exigirles que cumplan honestamente con su mandato conferido en las urnas para que, a la postre, incremente su credibilidad ante la sociedad.

1Además podemos citar los casos de Paraguay con el relevo del General Alfredo Stroessner; otros países del Cono Sur como Brasil y Argentina; y naciones de Europa del Este con el colapso de los regímenes del «socialismo real».
2Octavio Rodríguez Araujo (coordinador). México: estabilidad y luchas por la democracia 1900-1982. Ediciones El Caballito-CIDE. México, 1988, p.15.
3Vid. Jorge Carpizo. El presidencialismo mexicano. Siglo XXI editores. 13ª edición. México, 1996.
4Robert A. Dahl en su libro La poliarquía: participación y oposición. Ed. Tecnos. Madrid, 1989, pp. 18-19 y 41-44, dilucida el concepto de poliarquía como el régimen sustancialmente democrático que aumenta las oportunidades de participación política, liberalizado y popularizado, representativo y abierto al debate público; derivado del tránsito de una hegemonía hermética a una hegemonía representativa y finalmente a un sistema poliárquico.
5Vid. Alonso Lujambio. El poder compartido, un ensayo sobre la democratización mexicana. Edit. Océano. México, 2000, pp. 14 y 67. Alude a la realidad del poder compartido en el seno del sistema político, donde se fomenta la cultura del debate, la concertación de acuerdos y la práctica de la tolerancia en el pluralismo.

*Ensayo ganador en el Primer Concurso Nacional de ensayo político: Visión de los Jóvenes: Retos del PRI rumbo a la XVIII Asamblea Nacional.