EL DISTRITO FEDERAL Y SUS PERSPECTIVAS
JAIME ALCÁNTARA SILVA*

A diferencia de los países desarrollados, México tiene un grave problema de macrocefalia. En la ciudad capital se imprimen los diarios más importantes del país. Las oficinas centrales de los grandes bancos están aquí. Igualmente, por razón de un presidencialismo con características virreinales, el poder político se concentra en esta gran urbe. Aun la industria, sin razones lógicas ambientales, se concentra en la zona conurbada. Así es fácil entender la importancia estratégica que tiene el asiento de los poderes de la Unión.

Para el Partido Revolucionario Institucional la ciudad de México constituyó uno de los primeros grandes descalabros político-electorales. Tal vez fue el prolegómeno de lo que sería la tragedia del 2 de julio, que los priístas no quisimos o no pudimos ver. El amiguismo, consecuente con una excesiva protección, hizo, por ejemplo, que algún jefe de gobierno fuera cuestionado desde afuera, sin el afán natural de buscar corrección a supuestos errores administrativos. Es lógico también entender que el PRD aprovechó ese posible mal uso de recursos para darle toda la publicidad del caso y exhibirlo como sinónimo generalizado de corrupción. Así también lo hizo el PAN con Mario Villanueva en los días previos a la pasada elección de Yucatán. Empero, ellos sólo ven la paja en el ojo ajeno. A la acusación de Rosario Robles, por cierto con grandes visos de certidumbre, el gobierno capitalino ha intentado dar largas, cuando a Espinosa Villarreal, con la simple presunción, fue perseguido con inusual saña.

Una brevísima semblanza de la historia reciente nos dice que hasta 1973 la ciudad se dividía, para efectos electorales, en 24 distritos. A partir de entonces, se incrementaron en cuatro las circunscripciones electorales para sumar 27. En julio de 1979, con la Reforma Política, la ciudad llegó a 40. Sin embargo, para el gusto de muchos, dudo si para el diagnóstico también, el número era demasiado grande. Por ello, en agosto de 1996 quedó la capital únicamente con 30 Distritos uninominales.

A raíz de las modificaciones constitucionales, auspiciadas en el sexenio de Carlos Salinas, el Distrito Federal tuvo su primer jefe de gobierno por elección popular en 1997. Era la mitad del sexenio de Ernesto Zedillo. Todos, creo, recordamos cómo se perdió la ciudad para la causa. Con esta derrota también se fue, por primera vez desde la fundación de nuestro Partido, la mayoría absoluta en las dos Cámaras. Las cifras no necesariamente reflejan los resultados en número de posiciones. A saber: en ese año, el PRI obtuvo 23.6%. el PAN 18.5% y el PRD 44.8%. Esto es, con el segundo lugar en votos no fue directamente proporcional la obtención de cargos concursados.

Así ocurrió también en los comicios del 2000. No obstante que el Partido mantuvo más o menos la cantidad de votos que tres años atrás, la tendencia se mantuvo igual. En ésta, de una jefatura de gobierno, 2 senadurías, 30 diputaciones federales, 40 locales y 16 jefaturas delegacionales (éstas, por primera vez) ninguna se pudo conseguir. Por tal motivo, es de vital importancia tener en consideración las preferencias electorales para futuras decisiones.

Mencionar lo anterior no es con el ánimo de recordar lastimosas heridas. Es necesario, sí, tenerlo presente para buscar soluciones que puedan incidir en una nueva relación con la sociedad de estos tiempos. A diferencia del resto del país, la capital mantuvo el viraje hacia el centro-izquierda, eje que dejamos en virtud de una orientación claramente neoliberal iniciada en 1982.

La caída del muro de Berlín. El término de la bipolarización, como consecuencia, y el reforzamien-to de una hegemonía que ya de por sí era demasiado para nosotros. La entronización de los primeros clones nacidos en México, pero con mentalidad y certificados escolares estadounidenses. Y la lógica preferencia de un posgrado en el extranjero, por encima del talento o liderazgo, dieron como consecuencia que se perdiera el rumbo en la brújula, en una absurda pretensión de medirnos como si fuéramos objetos y no seres con voluntad.

Por si faltara algo, los obsequiosos cambios constitucionales del periodo 88-94 llevaban una dedicatoria que hoy día estamos pagando. Amén de ello, los persistentes y burdos cambios en las áreas políticas, como la Secretaría de Gobernación y la dirigencia del Partido, impidieron que se pudiera concretar un proyecto político social. Aunado a ello, las claras connotaciones derechistas, reflejadas en los documentos básicos, pusieron las piedras angulares para que gobernáramos con un programa diferente al de un partido, con inequívocas inclinaciones populares. Consecuente con ello era lógico que una Nación como la nuestra buscara otros caminos. Sin mucha reflexión es lógico pensar que la mercadotecnia jugó un papel vital para moldear las preferencias hacia un gobierno con nítidas tendencias a agudizar un derrotero que, por visto, no era lo que la sociedad buscaba.

Sirva lo anterior para enmarcar otra propuesta en la persecución de un reencuentro ideológico y programático, que el Partido debió haber tenido siempre. Los tiempos actuales han hecho que distingamos los vicios que nos enfrentaron a una cruda realidad. También es bueno reconocerlo, se están ensayando nuevas formas de enfrentar el porvenir. El tiempo, empero, es el peor enemigo al que nos enfrentamos en la búsqueda de una fórmula que permita recuperar los espacios perdidos.

Es de sobra conocido que el «Gobierno Diferente» y el de la «Honestidad Valiente» no han sido lo que el capitalino había imaginado. Asimismo, el «cambio» por el cambio mismo, en el ámbito nacional, ha venido a ser paraíso en los discursos y purgatorio en las realidades. Las campañas políticas del nuevo sexenio, en consecuencia, han mostrado una tendencia hacia la ilegalidad que (ellos lo dijeron) habría que desterrar para arribar a una democracia de a deveras. Los casos concretos del Distrito Federal, la perversa decisión de nulificar las elecciones de Tabasco y las vergonzosas formas procedimentales en Jalisco y Yucatán nos hacen prever que esta democracia, que construimos nosotros, está realmente amenazada. Lo hecho en estas entidades haría ruborizarse al mismo Porfirio Díaz.

No es el asunto, por demás simple para algunos, de un cambio de partido en el escenario nacional. No. Es el resultado incierto y, por tanto, peligroso para una sociedad que optó por asirse a una posible solución a los grandes problemas sentidos. Un buen número de aquellos que voluntariosamente o embelesados por las campañas publicitarias, diseñadas allende la frontera, votaron la opción que gobierna, hoy están seriamente arrepentidos por no haber razonado su voto.

Pero, para la técnica constitucional, eso no es causal de recisión de contrato. El caso es que las supuestas marrullerías que ayer nos endilgaban hoy las practican con un cinismo que no tiene igual.

Son actitudes degradantes, sin asomo del mínimo decoro. ¿Cuál es la democracia? Esto es, se presume que lo realizado por ellos (sólo por que lo hacen ellos) se llama democracia. Así las cosas no queda más que remar a contracorriente, decirle a la sociedad lo que está pasando y trabajar como lo que somos: un partido de oposición.

El priísmo capitalino hacia la XVIII Asamblea Nacional del Partido, espera una pronta decisión en lo referente a la renovación de la dirigencia del Comité Directivo. Es una buena oportunidad para demostrar que estamos aprendiendo. Que no sean el compadrazgo, el amiguismo o un afán de vanidad, lo que defina la dirigencia. En los albores de un nuevo milenio, la determinación tendrá que ver con las necesidades de una sociedad crítica y más informada. No debemos olvidar el pasado, pero tampoco debemos estar atados a él. Tampoco podemos echar las campanas al vuelo (ya lo vimos en las dos elecciones anteriores). La jornada es ardua, el sendero sinuoso. Sólo el trabajo y la imaginación habrá de posicionarnos en el lugar que el electorado nos tenía hasta julio de 1997.

*Periodista en medios impresos y electrónicos. Diputado a la LII Legislatura del Congreso de la Unión. Ha desempeñado diversos cargos en comités estatales del PRI. Servidor público en dependencias federales y estatales. Ha sido consejero en el Banco Nacional de Crédito Rural, Centro Sur y la Aseguradora Nacional Agrícola y Ganadera. Administrador de clubes deportivos.