SEGURIDAD NACIONAL: TEMA FUNDAMENTALDE LA XVIII ASAMBLEA
MARIO VELASCO TORRES DE LA VEGA*

Durante largo tiempo, el concepto seguridad nacional, estuvo vinculado con la doctrina estadounidense del mismo nombre, elaborada por los estrategas de aquel país en el marco de la guerra fría, que concebía como fundamental para contrarrestar el peligro comunista en el denominado tercer mundo.

Estos principios fueron recuperados por algunos militares latinoamericanos cuando impusieron las cruentas dictaduras que ocurrieron en Argentina, Chile y Brasil, entre otros casos.

No hay que perder de vista que esta definición proyectó fehacientemente la confrontación Este-Oeste en cada uno de las regiones donde se implementó; al derrumbarse el muro de Berlín tuvo que ser reconfigurada,aún por sus originales conceptualizadores, quienes dibujaron los nuevos perfiles, enviando así un mensaje al resto del globo.

Algunos de estos riesgos, como bien lo señala Peter Miller, representan a la criminalidad internacional: terrorismo, narcotráfico, o bien, tienen que ver con los intereses nacionales específicos como el comercio internacional, inversiones extranjeras, desequilibrios ecológicos, así como desplazamientos migratorios que afectan los equilibrios regionales.

En el presente, desde la perspectiva democrática, la seguridad nacional o sea la seguridad del Estado, no puede concebirse independientemente de la fortaleza de los elementos que la componen: población, territorio, poder político respaldado por el orden normativo. Ciertos autores agregan a la soberanía como otra parte más.

Partiendo de esa base, queda claro que no puede hablarse de seguridad del Estado, si cualquiera de los factores que lo sustentan se encuentra en condición de debilidad.

Hablando del territorio, elemento geográfico indispensable, no basta que éste sea ocupado por los habitantes. Es preciso el cultivo del suelo, la producción agrícola, la defensa de los recursos naturales, y el desarrollo sustentable de todas las zonas.

Por lo que toca a la población, debe procurarse que tenga acceso a la alimentación, a la salud, además de que se encuentre unida en torno a los grandes objetivos comunes, que deben ser propuestos con definición, firmeza y congruencia desde la esfera de los gobernantes.

De igual manera, el poder político debe cubrirse de prestigio, confianza y estabilidad, alcanzable, si las determinaciones estatales son tomadas con el respaldo del ordenamiento jurídico. Ya Hans Kelsen apuntaba con puntualidad que, sin la ley, el poder del Estado es simplemente un fenómeno de fuerza, al igual que la legalidad, sin los mecanismos para aplicarla, no es más que un ideal.

Y la soberanía, que debe interpretarse en el contexto contemporáneo de la globalización en sus múltiples modalidades, ya que no es únicamente, esa energía endógena capaz de conducir destinos sin interferencias exógenas.

Para la política exterior de México, durante los periodos de los gobiernos surgidos del PRI, la neutralidad representó la determinación de no interferir en los asuntos extranjeros, no con la sola intención de materializar los preceptos clásicos como la libre determinación de los pueblos en el ejercicio de la función diplomática, sino como el instrumento estratégico óptimo para marcarle límite a las pretensiones de fuera.

Se equivocan quienes suponen que la actitud de la política exterior mexicana era pasiva o poco imaginativa de cara a los acontecimientos mundiales. Por el contrario, se le informaba al universo de naciones, sobre nuestro interés de que nadie se entrometiese en nuestros asuntos internos.

Encarrilados hacia las propuestas de futuro, debe reflexionarse sobre retomar este término sin los espectros imperiales que aparecen, no sin justificación histórica.

Dentro de la actual legislación se encuentran preceptos legales que contienen a la seguridad nacional, en renglones como defensa nacional, telecomunicaciones, inversiones extranjeras, así como en el código penal y leyes de extranjería, pasando por instituciones como la Secretaría de Gobernación, de la Defensa Nacional, Procuraduría General de la República, Comunicaciones y Transportes, de Economía y otras más de reciente cuño como el reciente Consejo de Seguridad Nacional, con funciones a la usanza norteamericana, pero sin las facultades operativas necesarias que le permitan cumplir efectivamente con su misión.

Por lo mismo, debemos propiciar un debate sobre el desempeño de nuestra organización en el espacio de los nuevos problemas que afecten a la seguridad nacional.

El tono debe dirigirse en un sentido alternativo frente al absurdo de planteamientos que pretenden arrojar a la sociedad la responsabilidad de diseñar propuestas del tema, o bien las intenciones de desaparecer organismos por el desconocimiento de su utilidad para la estabilidad.

No se trata de minimizar el papel de la gente en la toma de decisiones, pero es irresponsable que lo comprendido netamente al Estado se sujete a un consenso, evadiendo así, el deber político de los elegidos para gobernar.

Nuestra organización política ha sido la mejor intérprete de las razones de Estado de los líderes históricos: Juárez maniobrando entre la Guerra Civil al norte del río Bravo y la intervención francesa apoyada por los tradicionales sectores conservadores. Carranza y su resistencia a las propuestas reivindicatorias germanas en pago por ser aliado beligerante durante la Primera Guerra Mundial. Lázaro Cárdenas y la expropiación petrolera con el conflicto europeo que se vislumbraba. O las administraciones priístas que no tomaban partido en la confrontación soterrada de las grandes potencias nucleares.

Como primera opción de alternancia, nuestros argumentos deben ser los vanguardistas, al tiempo de meditar en la seguridad nacional, que no es el sinónimo forzoso de la seguridad gubernamental. Los fundadores del Partido histórico de México, miraban hacia las próximas generaciones. Nuestra vista debe enfocarse en esa misma dirección.

*Director del periódico La República.