HACIA
EL NUEVO PRI
GUSTAVO SALINAS ÍÑIGUEZ*
El
2 de julio de 2000 el PRI perdió la Presidencia de la República,
no así la mayoría de cargos de elección popular
con que cuenta la estructura política y administrativa
de la Nación.
Hasta
antes de la elección en Yucatán, el 27 de mayo,
de los 23 mil 398 cargos, desde la Presidencia de la República,
las gubernaturas, las presidencias, sindicaturas y regidurías
municipales, las senadurías, las diputaciones federales
y locales, hasta las delegaciones políticas del Distrito
Federal; 49.5% de estos cargos, es decir 11 mil 575, le correspondían
al PRI; 19.2%, o sea 4 mil 494 al PAN; 15.6%, que representan
3 mil 649 al PRD, y 15.7%, 3 mil 380 cargos, a otros partidos
políticos minoritarios, tanto nacionales como estatales.
Del gran total, es decir de los 23 mil 398 cargos de elección
popular, el PRI concentraba casi la mitad de todos ellos en el
país. De este universo, el PRI tenía 2.6 veces más
cargos que el PAN; 3.2 veces más que el PRD, y 3.1 veces
más que todos los demás partidos minoritarios. Esta
breve introducción es para que los priístas tengamos
conciencia de la importancia del PRI, en cuanto a su relevancia
cuantitativa por el número de representantes populares,
y desde el punto de vista cualitativo por la calidad de las mujeres
y hombres que bajo su emblema han sido llevados a ocupar diversos
cargos de elección en México.
Este
hecho, por sí mismo, nos debería llevar a reflexionar
sobre la enorme responsabilidad que implica que nuestra organización
política sea mayoritaria y, al mismo tiempo, heredera de
las mejores luchas y tradiciones políticas de México.
Un Partido que a lo largo de su fructífera trayectoria
ha sorteado innumerables adversidades y que hoy, sumido en una
grave crisis, la más delicada de su historia, se encuentra
literalmente cercado por fuerzas contrarias a su esencia revolucionaria:
una derecha, personificada por el PAN, que desde 1939 le declaró
un marcaje sistemático al régimen de la Revolución
para derribarlo y, por otro lado, un remedo de izquierda beligerante,
acomodaticia y oportunista, ubicada en el PRD, que busca a como
dé lugar, al costo que sea, borrar del mapa político
de la Nación al PRI.
A
un año de aquel 2 de julio, el propio Presidente Fox ha
privilegiado (a falta de logros tangibles y resultados concretos
en su administración) como una de sus máximas hazañas
haber sacado el PRI de Palacio Nacional. No conformes con ello,
ahora le han puesto precio a la cabeza del Partido de la Revolución
mexicana; la estrategia panista y perredista es minar al PRI para
derrumbar todo su edificio. A esta táctica atienden las
alianzas vergonzosas entre estas fuerzas, en apariencia antagónicas,
para derrotar al PRI, tal como se dio en los procesos electorales
de Chiapas y Yucatán.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿por qué el
PRI ha venido perdiendo espacios políticos en todo el país?
Este cuestionamiento debemos planteárnoslo todos los priístas,
reflexionarlo y contestarlo con honestidad. No cabe duda que hemos
estado perdiendo porque como Partido en el poder dimos la espalda
a la sociedad, al actuar más como gobierno popular. Esto
nos llevó a ser dependencia oficial, con poca capacidad
gestora, agencia de colocaciones, burocratizada, máquina
aplaudidora de acciones de gobierno, instrumento incondicional
de apoyo legislativo y partido genuflexo ante los círculos
del poder gubernamental.
De
Partido de lucha, defensor intransigente e impulsor vigoroso de
la soberanía nacional; promotor del nacionalismo revolucionario
y del desarrollo económico y social; bastión del
Estado laico, defensor del ejido y de los recursos naturales y
estratégicos de la Nación; promotor de la economía
mixta y aliado fiel de las clases marginadas, nuestra organización
política pasó a ser literalmente secuestrada por
grupos ajenos a su naturaleza ideológica y conducida al
laberinto del neoliberalismo, camino totalmente ajeno a su trayectoria
histórica. Por este sendero el Partido se volvió
autista, arteriosclerótico y paquidérmico. Como
Partido fuimos tolerantes con la impunidad y la deshonestidad
pública. Hoy estamos pagando estos elevados costos, y habremos
de cubrirlos con creces porque gran parte de la sociedad mexicana
desea que su Partido histórico, el PRI, cambie para que
continúe gobernando a la Nación.
El
cambio que exige la sociedad es más que de forma, de fondo,
pero sin trastocar los principios doctrinarios que desde su origen
le han dado un sello inconfundible.
Más
que perder tiempo en debates de forma sobre emblema, colores y
nombre, lo importante será discutir a fondo los documentos
básicos para eliminar todo pegoste doctrinario que al paso
del tiempo se le fue agregando, de acuerdo con criterios de los
distintos grupos en el poder, y conservar su esencia como Partido
popular.
El
PRI del futuro deberá ser celoso guardián de los
recursos de la sociedad y denunciar todo acto de deshonestidad
de servidores públicos, del partido que sean, principalmente
si éstos provienen de sus filas.
De
cara a la XVIII Asamblea Nacional de nuestro Partido es necesario
crear conciencia entre la dirigencia y sus militantes para rectificar
el rumbo perdido, poniendo especial énfasis en un cambio
de mentalidades, conductas y actitudes. Sólo así
la relación política con la sociedad habrá
de restablecerse y prosperar.
*Licenciado
en Economía por el Instituto Politécnico Nacional.
Ha sido Diputado Federal en la L y LVI Legislaturas y Senador
de la República en 1988-94.
Militante del PRI desde 1964. Presidente del CDE del PRI en Zacatecas
(1986-88) y Delegado General del CEN en Michoacán y Coahuila.
