UN
IDEARIO QUE NUNCA CAMBIA
MARIO
MOYA PALENCIA*
En
la XVI Sesión Extraordinaria del Consejo Político
Nacional de nuestro partido, que se inició el viernes 25
de mayo de 2001 y se declaró permanente y abierta, fue
aprobada la convocatoria a la XVIII Asamblea General de Delegados,
la cual tendrá lugar del 17 al 20 de noviembre del año
en curso.
La
convocatoria establece que se instalará una veintena de
Tribunas de Debate para que los miles de Delegados electos democráticamente
que en ella participen, discutan y dialoguen con la mayor libertad
sobre los temas esenciales de la misma, divididos a su vez en
cinco Mesas de Conclusiones, a saber: «Principios y Valores»;
«Declaración de Principios»; «Proyecto
de Nación: Programa de Acción»; «Proyecto
de Partido: Estatutos»; «Estrategias Políticas»
y «Visión del Futuro».
Deseo
reflexionar ahora sobre las reformas a la «Declaración
de Principios» que todos los priístas debemos aquilatar
con el tiempo necesario -esto es, desde ahora- para consensuarlas
y proponerlas en la Asamblea. Del Capítulo I de la Declaración
extraemos el último párrafo que no tiene desperdicio:
«Pero nuestra convicción transformadora no ha trastocado
nuestros valores. A lo largo de la historia ha cambiado nuestra
organización, nuestra estrategia, nuestra naturaleza misma,
PERO NUCA NUESTRO IDEARIO. Seguimos siendo un partido que cree
en la lealtad y en la honestidad. Seguimos siendo el Partido de
la soberanía, la democracia y la justicia social».
Ese
es precisamente el gran reto de nuestra declaración fundamental:
saber presentar en el año 2001, y dentro de las difíciles
circunstancias que nos impone un gobierno auténticamente
reaccionario frente a los valores mexicanos, ese ideario nuestro
que en verdad no ha cambiado nunca en la sustancia aunque se haya
expresado en formas distintas.
Y
para comprobarlo basta releer la espléndida colección
de las Declaraciones de Principios y Programas de Acción,
editada por la Comisión Nacional de Ideología de
nuestro partido, y las plataformas de nuestros últimos
candidatos a la Presidencia de la República, que establecen
una línea coherente y sin solución de continuidad
de nuestro ideario y los valores que lo sustentan desde 1929 hasta
la fecha. En ese lapso el Partido Nacional Revolucionario -creado
para iniciar el tránsito de México «de un
país de caudillos a uno de instituciones y de leyes»-,
el Partido de la Revolución Mexicana estructurado
para cimentar la reconstrucción nacional en los grandes
sectores sociales que constituyeron su médula y su militancia,
y el Partido Revolucionario Institucional que convirtió
el poder ganado por las armas en un Estado democrático
de Derecho orientado a la justicia social han sido tres
y uno sólo, y marcado fecundas etapas de nuestra historia
en los últimos setenta y un años con un vigor y
una autenticidad excepcionales.
Se
dice a la ligera que todos los partidos del mundo, incluyendo
los de México, están en crisis, pero en el Estado
contemporáneo los partidos siguen siendo las sociedades
intermedias más importantes, los engranes de transmisión
entre la soberanía popular y el gobierno del país
a través de la representación política. organizaciones
y ciudadanos los componen y son indispensables no solo para reducir
a términos racionales las ideologías y los programas
para conducir a los países sino que sin ellos no pueden
siquiera imaginarse los procesos electorales y por tanto la democracia.
En nuestro sistema constitucional están calificados como
instituciones de interés público y no cabe duda
de que lo son.
Siempre
que se pretende enjuiciar a los partidos como inútiles
o innecesarios es que ronda el espíritu del despotismo
y la intolerancia, debemos releer el libro de Mauricio Joly titulado
«Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu»,
publicado en 1864, para entender las dos caras de esta moneda
y la persistencia de las críticas a los partidos o el franco
interés de algunos, a través de la historia, en
desaparecerlos o enfangarlos.
En
el diálogo décimo sexto de ese interesante libro,
Montesquieu quien habla por las libertades democráticas,
cuestiona el cinismo realista de Maquiavelo, a quien reprocha
que uno de los «puntos descollantes» de la política
de este último «es el aniquilamiento de los partidos
y la destrucción de las fuerzas colectivas». Hoy
podría aplicarse esta observación del autor de «El
Espíritu de las Leyes»; por ejemplo a
los intentos de «ciudadanizar» por completo la inscripción
partidaria ignorando que los militantes individuales pueden validamente
compatibilizar sus acciones con las organizaciones o fuerzas sociales
que los agrupan.
«En
nuestros tiempos -y este es un dicho del propio Maquiavelo en
el diálogo séptimo- se trata de no tanto violentar
a los hombres como de desarmarlos, menos de combatir sus pasiones
políticas que de borrarlas... no simplemente de proscribir
sus ideas sino de trastocarlas, apropiándose de ellas».
Son ahora los gobiernos de derecha los que usan sin recato de
la «fraseología liberal» creada por el Barón
de Secondat y otros ilustres revolucionarios para atacar a sus
partidos, mientras apoyan a los que representan a las propias
autoridades.
Por
ello es muy importante que el Partido Revolucionario Institucional,
que es singular partido histórico, realice una amplia y
democrática XVIII Asamblea Nacional para reiterar, fortalecer
y presentar de la mejor manera, acorde con los tiempos, su escala
de valores políticos y éticos y su Declaración
de Principios. Es por esa misma causa que los militantes debemos
reestudiar la Declaración actual que tiene la gran virtud
de ser concisa y breve, pues comprende cuatro capítulos
desarrollados en poco más de doce cuartillas sin variar
ese nuestro ideario «que nunca cambia», como tampoco
cambian la libertad, la soberanía, la justicia social y
los derechos humanos, con el fin de fortalecer sus pronunciamientos,
reafirmar los valores que la animan y sólo modificar aquello
que sea necesario ajustar o reformular con ventaja.
Sugiero
a los lectores de examen que tomen en sus manos nuestra Declaración
de Principios, que data de la XXXVII Sesión Ordinaria del
Consejo Político Nacional de agosto de 1999, y que la analicen
con un espíritu crítico pero eminentemente constructivo.
«Para los priístas -dice su párrafo quinto-
la Revolución es origen y destino». Partamos de esta
afirmación que nos trae ecos de la del PRI en 1948 como
confirmación de su continuidad ideológica -«de
la Revolución venimos y con ella vamos para lograr sus
grandes metas»- e imaginemos si aún es válida
como el suscrito cree con firmeza y si podemos hacer
entender a los jóvenes, hombres y mujeres, que la Revolución
no es sólo un hecho histórico ya transcurrido sino
un movimiento permanente y vivo que no se agotará hasta
que los mexicanos derrotemos a la pobreza y realicemos los objetivos
de la verdadera democracia que, como afirma el artículo
3º. Constitucional, -«no sólo es una estructura
jurídica y un régimen político sino un sistema
de vida fundado en el constante mejoramiento económico,
social y cultural del pueblo»-.
¿Valdría
la pena incorporar la definición constitucional de «democracia»
en nuestra declaración? ¿Qué otros elementos
debemos reforzar, subrayar o incluir en ese documento en noviembre
de 2001? en una próxima edición seguiremos provocando
el diálogo sobre este tema con las lectoras y lectores
de examen.
*Miembro
del Consejo Político Nacional, militante en el PRI desde
1954. Coordinador de la Comisión Nacional de Ideología
del CEN (1993-1994). Miembro de la Comisión Nacional de
Empadronamiento (1963-1964). Profesor de Derecho Constitucional
de la UNAM y de Derecho Electoral en el ICAP del PRI (1977-1985).
Fue subsecretario encargado de despacho y secretario de Gobernación
(jul 1969-dic 1976). Embajador de México ante la ONU y
la FAO, y los gobiernos de Japón, Cuba, Italia, Malta y
Albania. Enviado de cooperación a Centroamérica
y el Caribe.
