«LA CARTA»: LEGADO DEL PASADO Y PROGRAMA DE FUTURO
JOSÉ ANDRÉS DE OTEYZA*

Pocas cosas hay tan atractivas como la idea del cambio. El «hoy, hoy» y el «ya, ya» acaban de demostrarlo el pasado 2 de julio en México. Sin embargo, qué pocas cosas cambian realmente y, de esas, qué pocas son en sentido positivo. Sobre todo cuando no están inscritas en un contexto de equilibrio.

De hecho, quizá la principal explicación de la paz y la estabilidad que ha vivido nuestro país en los últimos 70 años, se encuentre en el empeño puesto por nuestros gobiernos en la búsqueda de equilibrios básicos. Quizá también la pérdida de éstos explique lo ocurrido el pasado 2 de Julio.

En nuestro país era ya tradicional que en la integración de cada gobierno se intentara un cierto equilibrio entre representantes de distintas corrientes de pensamiento, de distintas regiones del país, y hasta de distintas edades y profesiones. Pero sobre todo se intentaba tener interlocutores con los distintos sectores e intereses de la sociedad. Siempre había en el gabinete presidencial alguien con quien se sentían cómodos los empresarios y los hombres del dinero, pero también había alguien específicamente para atender o canalizar las inquietudes de los comerciantes medianos y pequeños y de los industriales, alguien para los agricultores ricos, alguien para el campesinado, y así sucesivamente. Desde luego, eran especialmente importantes los contactos con las centrales obreras, los maestros y los médicos, pero también contaban con algún conducto los intelectuales.

Fue esta composición plural la que oxigenó y aceitó la marcha cotidiana del país.

Cuando en los últimos gobiernos esta pluralidad se fue debilitando y la integración de los Gabinetes se fue homogenizando se perdieron representatividad y vitalidad. En paralelo, de manera gradual pero consistente, se fueron desmantelando gran parte de las instituciones surgidas de la Revolución y que estaban destinadas a proteger a los sectores más débiles de la sociedad. La combinación resultó funesta.

A los rezagos y carencias ancestrales no es posible añadir nuevos elementos de desigualdad al enfrentar en los mercados a grupos con capacidad de negociación muy desigual. De ahí la justificación de todo el andamiaje protector que se gestó durante décadas. De ahí lo temerario de destruirlo.

Afortunadamente, una de las cosas que todavía se conservan bien, a pesar de las muchas tarascadas que se le han dado, es nuestra Constitución Política. Debemos tener mucho cuidado con las reformas que algunos grupos pretenden. No digamos ya de aquellos que hablan de tener una Constitución completamente nueva, es decir, muy distinta.

Sin duda, el documento más equilibrado e importante con que contamos los mexicanos es nuestra Constitución. Esta es un modelo de equilibrio entre los derechos sociales y los individuales; entre la libertad y la justicia; entre lo local y lo nacional. Es, en síntesis, un documento nacionalista y progresista.

En particular los artículos constitucionales que se refieren a la vida económica guardan celosamente el equilibrio que requiere el país entre los diferentes intereses que confluyen en su seno; libertad de acción a los actores económicos, pero bajo la rectoría del Estado, con la salvaguarda de los recursos básicos de la Nación y con la protección a los más débiles. No hay nada más injusto y desigual, que el trato igual entre desiguales.

Preservar en su esencia los Artículos 25 y 26 de nuestra Constitución Política es indispensable para garantizar la rectoría del Estado y la planeación democrática del desarrollo nacional.

Preservar el 27 sigue siendo un sinónimo de nacionalismo en el mejor sentido del término. Cualquier concesión adicional tendrá indudablemente muchos más costos que beneficios.

El espíritu antimonopólico del 28 es hoy más vigente que nunca. Si hay quienes se quejaron de los monopolios estatales, qué podríamos decir de los que se manejan por intereses particulares y, sobre todo, si no se aplica una rigurosa regulación gubernamental que garantice el interés público.

Quienes aducen que la modificación o eliminación de éstos y otros muchos artículos constitucionales es un paso hacia delante, sostienen una falacia. Por el contrario, defenderlos constituye hoy la única posición progresista y congruente con lo mejor de nuestra historia.

El Estado tiene como una atribución irrenunciable velar por el bienestar de sus ciudadanos y, para ello, no puede prescindir de instrumentos básicos como la planeación macroeconómica y las transferencias económicas razonadas y socialmente necesarias; no puede dejar de propiciar el crecimiento económico y el empleo; no puede tampoco evadir su responsabilidad de garantizar los satisfactores mínimos de salud, educación y seguridad, con todo lo que ello implica.

La del centro es la ruta por la que debe transitarse si se aspira a tener razonable éxito en política y en economía. La sociedad es plural por definición y para gobernarla y encauzarla es preciso conciliar. No se puede privilegiar permanentemente a un grupo o sector en detrimento de los demás. En la búsqueda del equilibrio radica la única posibilidad de sobrevivencia civilizada.

El marco rector de dicho equilibrio es nuestra Constitución. Costó mucho tenerla. Conservémosla en bien de nuestro país y nuestra convivencia.

*Economista egresado de la UNAM. Maestría en la Universidad
de Cambridge, Inglaterra. Académico, Servidor Público y Diplomático.