REFORMA CONSTITUCIONAL PARA UNA POLÍTICA FISCAL
HUMBERTO ROQUE VILLANUEVA*

Las reformas a la Constitución significan ya una amplia historia de ajustes que se han dado para adecuarla a las circunstancias y requerimientos de cada etapa del país. Esta lista de reformas ha dado lugar a que se plantee por algunas fuerzas políticas la necesidad de una nueva Constitución. No pienso que se requiera una nueva Constitución por el hecho de que la actual haya sufrido múltiples modificaciones. Ello es inherente a su naturaleza como norma fundamental. Lo importante es tener presente que no podemos seguir dando rango constitucional a cuanto tema preocupa al gobierno en turno y que, por otra parte, hay temas en espera de que se les dé la dimensión normativa que los tiempos exigen.

Es necesario plantear una política de Estado en lo que se refiere al proceso de presupuestación ingreso-gasto; puesto que no podemos continuar en la ambivalencia de procesos separados que parecieran no tener correspondencia al ser cuantificados en sus metas y definidos en cuanto a los objetivos que persiguen.

El crecimiento económico y la madurez política –se ha dicho– pueden darse a través de una política económica de Estado, cuya definición tiene que ver con las posibilidades reales de empatar la demanda de la sociedad con su compromiso de aportar los recursos, vía impuestos, para solventar los programas respectivos.

Casi todos los tratadistas modernos reconocen que la democracia tiene un gran riesgo: la insolvencia económica de los Estados. En el momento en que el sufragio se vuelve universal, también se vuelve universal la demanda por bienes y servicios. Y este riesgo que reconocen los politólogos de las democracias modernas no está resuelto. No al menos en el caso de México, donde cada vez es más notoria la desproporción de la demanda social respecto de los recursos para financiarla; la rigidez del presupuesto no es cosa nueva. En realidad lo que se está acentuando es la brecha entre una larga lista de necesidades y rezagos, que no alcanzan a tener vía de solución porque los recursos económicos están comprometidos, a veces, de manera ajena al conocimiento y debate entre los diferentes sectores de la economía.

En el tema de la justicia social existe una corriente filosófica que sostiene que la manera moderna de interpretar al contractualismo esta relacionada con el punto de equilibrio de lo que la sociedad demanda a su gobierno y lo que el gobierno es capaz de otorgarle a esa sociedad. Los derechos en materia económica tienen como limitante que una sociedad haga su mejor esfuerzo por ser justa. Pero ese ser justa significa opinar, valorar y comprometerse en la selección de las prioridades y en las formas de atenderlas.

¿Cómo hacer que una política económica, en este caso del Estado mexicano, ahora satisfaga tres condiciones : la gobernabilidad, la justicia social y, desde luego, la democracia? Evidentemente esto no puede obtenerse si no hacemos que la propia sociedad, como frente a un espejo que revele la verdad, sea capaz y disponga del procedimiento adecuado para tomar sus propias decisiones en materia de política de ingreso, uniéndolas a la de gasto.

Respecto al ingreso y gasto, la sociedad, a través de su representación en el Congreso de la Unión, debe conocer ampliamente las razones que fundamentan las diversas posiciones en la materia y tomar y expresar decisiones vinculadas que no den lugar al doble discurso que divorcia el cuánto gastar del cuánto pagar.

La política económica de Estado aumenta los elementos de certeza y seguridad económica y disminuye la politización de las posiciones partidistas. Lo cual no significa que se pueda obviar un amplio debate para seleccionar las prioridades. De lo que se trata es de que la sociedad cuente con el mecanismo apropiado para participar y tomar decisiones a la vez que, establecidas las prioridades y sus alcances, pueda fijar los términos de temporalidad respecto a sus decisiones.

Para ello, se propone una reforma constitucional al Artículo 74, fracción IV, para que en vez de que diga que el presupuesto de la nación se discutirá una vez que estén aprobados los ingresos, se puedan discutir y aprobar simultáneamente ingreso y gasto. Pues pareciera que el gobierno se dividiera entre un personaje perverso que cobra impuestos y un ogro filantrópico que otorga bienes, cuando en realidad estamos hablando de la misma moneda con dos caras.

Como antecedente teórico tenemos que a finales del siglo pasado la escuela sueca de economía, encabezada en ese momento por el notabilísimo economista Knut Wicksell, encontró lo que él llamó «el principio de la unanimidad en la política fiscal». Pasaron muchos años para que esa teoría fuera reivindicada por un personaje norteamericano: James Buchanan, que obtuvo en 1986 el Premio Nóbel de economía. Encontraron en su momento que, efectivamente, las cuestiones básicas de presupuestación y de captación fiscal debían estar de alguna manera señaladas expresamente en la Constitución.

Pero los tratadistas posteriores a Wicksell y cercanos a Buchanan, dicen que el equivalente del principio de unanimidad está nada más en dos cosas: primero, que se discuta y se apruebe simultáneamente ingreso y gasto; segundo, que se sumen una cantidad de votos similar a la que requeriría una reforma constitucional.

Y si ese sentido de justicia lo podemos obtener como un ejercicio más profesional donde las fuerzas políticas, por encima de sus intereses partidarios (que en tiempos electorales se exacerban) aceptaran que el tema de la política económica de Estado, particularmente en materia fiscal, es fundamental para todos los mexicanos porque involucra gobernabilidad, democracia y crecimiento económico, estaríamos verdaderamente cercanos a mejorar nuestro esquema de justicia social.

No se trata de implantar un plebiscito como mecanismo coyuntural, sino de crear una cultura democrática reafirmada en la conciencia de lo que tenemos, lo queremos y lo podemos.

La reforma fiscal definitiva y la gran revolución que este país requiere, sólo se logrará cuando el ciudadano decida en qué quiere ver reflejados sus impuestos y con la plena garantía en el manejo honesto de los recursos públicos.

Dada la inconformidad por la política de impuestos y al mismo tiempo la insuficiencia de recursos para atender las necesidades sociales, se plantea que la discusión y aprobación del ingreso y del gasto público se realicen simultáneamente. Además, para evitar aprobaciones apresuradas, la demagogia de grupos parlamentarios o la confusión para la sociedad, también se sugiere ampliar la discusión y aprobación de la política fiscal, de tal forma que los sectores interesados puedan y sean consultados con oportunidad y suficiencia informativa.

La propuesta busca hacer de la política fiscal el tema de convergencia de los grupos organizados y de la sociedad para fortalecer los consensos y la armonía entre los mexicanos. El gobierno dejaría de ser el ogro cobrador de impuestos, para convertirse en el concertador de los grupos interesados que opinarían e influirían en la asignación de recursos y el establecimiento de las prioridades presupuestales, así como en determinadas políticas fiscales.

Con el propósito de que la economía no sea afectada por eventuales discrepancias entre grupos parlamentarios traducida en dilación para aprobar el presupuesto, se consideraría pertinente hacer aprobaciones parciales en aquellos temas donde exista acuerdo mayoritario.

Si hemos de reformar la Constitución, hagámoslo en temas sustantivos que contribuyan a la definición de políticas de Estado. No se pretende diseñar una nueva Constitución a la que seguramente el tiempo y la realidad la volverán a enmendar; es más oportuno que hagamos un esfuerzo serio, consistente y plural, para abordar el tema de la nación que deseamos, pero no desde la postura de la mera teoría, sino en el terreno muy concreto de las decisiones en materia de gasto e ingreso. Finalmente la nación que nos demos estará determinada por los recursos que nos dispongamos a aportar todos para construirla. Una reforma fiscal que esté desvinculada de un esquema como el propuesto, habrá de agotarse en un planteamiento de ajustes recaudatorios. No habrá reforma fiscal legitimada desde un proceso electoral, ahora tendrá que darse desde la conciencia colectiva de las necesidades y recursos que están en juego.

El futuro económico con justicia social y con gobernabilidad no está en el aumento de las recaudaciones, cualquiera que sea la fuente y procedimiento fiscal, sino en generar una cultura de participación y oportunidades en la toma de decisiones que justifiquen y hagan de la aportación fiscal un proceso solidario de compromiso de toda la sociedad.

*Economista egresado de la UNAM. Diputado a las LIV y LVI legislaturas del Congreso de la Unión. Presidente del CEN del PRI 1996-97. Precandidato a la Presidencia de la República en el proceso interno del PRI, 1999. Senador de la República 2000-2006.