EDITORIAL
La
Constitución es el modo de ser de constituirse
que recoge y expresa la voluntad popular. Es foro de los factores
reales del poder y receptora de las decisiones políticas
fundamentales de la nación. En otros términos, es
pasado, presente y porvenir; memoria, realidad y esperanza. Ciertamente
es programa, pero no se confina ahí su eficacia política,
jurídica y moral. También es norma radical, que
impera sobre todas las normas: ley de leyes, ley fundamental,
directamente invocable y exigible. Así la concibe la moderna
doctrina constitucional. Así la concebimos quienes, en
torno al árbol y seguros de su sombra, guarecemos nuestra
existencia en la tutela constitucional.
Celebramos
la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos,
de 1917. Lo hace la revista examen, del Partido Revolucionario
Institucional, que para ello ha invitado a numerosos tratadistas,
observadores y actores de la vida social. Pero hay algo más
que celebración: ahora enarbolamos la Constitución,
la exigimos, la proyectamos hacia adelante, donde debieran anidar
los proyectos éticos y políticos que constan en
la ley fundamental. Esta es una escritura revolucionaria, un breviario
que sugiere y dispone la felicidad del pueblo como se lee
en las reglas del buen gobierno sobre un cimiento natural:
justicia y libertad, los dos programas de la nación, erigidos
desde las horas de la Independencia y vigentes en estas horas
de nueva independencia, nueva reforma, nueva revolución.
¿Se
ha agotado la Constitución? ¿Se ha agotado la Revolución
de la que aquélla proviene? En otras ocasiones, refiriéndose
a la Revolución, he manifestado que ésta se agotaría
cuando fuese materialmente imposible el alcance de sus propósitos
o éstos se hubieran obtenido con plenitud. En el primer
caso habría una república sin esperanza; en el segundo,
una república insatisfecha. No somos ni lo uno ni lo otro;
ni para los fines de la Revolución ni para los efectos
de la Constitución. De ahí que ambas conserven íntima
vigencia y profundo valor, que se acredita en el subsuelo de la
vida social, donde residen la razón y el motor de los grandes
movimientos y de las normas perdurables, De ahí se desprende
su vigencia, por una parte, y su necesidad, por la otra.
La
Carta de Querétaro fue innovadora por partida doble: rehizo,
en México y en el mundo, la técnica constitucional.
Constitución revolucionaria, no epístola de eruditos,
recogió el ímpetu del campo y el taller, así
formó un capítulo emergente de garantías
sociales, que constituyen su aportación primordial. A partir
de ahí se elevarían, en capas sucesivas, como las
grandes pirámides de nuestro pasado indígena, los
derechos sociales de varias generaciones, todos atentos al desarrollo
pleno del ser humano y al imperio eficaz de la democracia integral.
De ahí que la Constitución, colmada de disposiciones
jurídicas que organizan los diversos espacios de la vida
humana, contenga también un principio ético rector,
de enorme alcance y notoria fecundidad: el artículo 3°,
modelo de individuo, de sociedad, de Estado.
Nuestra
Carta, hoy, no es literalmente la misma que se suscribió
en Querétaro, aunque haya permanecido fiel a su proyecto
esencial. La técnica utilizada por sus autores impulsados
por el entusiasmo de elevar todo, y pronto, a la Constitución,
el talante mismo de nuestro pueblo y la carencia de un órgano
jurisdiccional que releyera las palabras y produjera una nueva
Constitución sin alterar el texto original, determinaron
las copiosas reformas incorporadas a la Ley fundamental. Certeras
en general, han perfilado y actualizado sus temas principales:
el origen y la distribución del poder, por una parte, y
los derechos y las garantías sociales, por la otra. Así
mantienen el genio original y confieren vitalidad pese a
sus detractores a una obra jurídica que pronto será
centenaria.
Esta
reflexión colectiva pone en las manos de los lectores de
examen una suma de apreciaciones de las que se deducirá,
finalmente, la versión constitucional de cada quien. No
hay duda, sin embargo, de que esa versión conservará
la frescura que imprimieron los padres constituyentes, soñadores
y creadores de la nación que cruzó el siglo XX y
legó al XXI, entre otros dones, un conjunto de formidables
instituciones. Entre éstas figura el Partido Revolucionario
Institucional, bajo cuyo signo expresado en numerosos procesos
legislativos se ha escrito toda la moderna historia constitucional
de México.
Sergio
García Ramírez
Secretario General del CEN.
