Elecciones
en EUA: Toda democracia es perfectible
Javier
Treviño Cantú*
Alexis
de Tocqueville observaba a principios del siglo XIX estadounidense
que «no hay asunto en América que no se convierta,
tarde o temprano, en un asunto judicial». Sus predicciones
llegan impecables al inicio del siglo XXI con la elección
presidencial del 7 de noviembre.
A
partir del 20 de enero, George W. Bush será el nuevo Presidente
de Estados Unidos. No fue fácil llegar al resultado: encuestas
de salida, conteos computarizados de votos, conteos manuales,
decisiones de las cortes, apelaciones, decisión de la suprema
corte de un estado, declaraciones en los medios y la decisión
de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos. Finalmente,
el vicepresidente Gore reconoció su derrota.
Durante
la sucesión de enredos en que derivó la elección
en Estados Unidos, vimos con preocupación el caos en la
residencia de unos vecinos que suelen dar lecciones a los demás
sobre cómo tener la casa en orden. Sin embargo, el asunto
es mucho más serio. Lo que pasó en Estados Unidos
no sólo responde a las peculiaridades de su sistema político,
sino a fenómenos que afectan a todas las naciones. Especialmente
debemos analizar los procesos de cambio que profundizan la vinculación
entre los ámbitos local, nacional e internacional.
El
caos electoral en Estados Unidos se debe a que, al parecer, ni
Al Gore, ni George W. Bush, lograron convencer a los electores
y alcanzar un mandato claro, a pesar de que acapararon reflectores
durante más de un año, celebraron tres debates televisados
y gastaron más $250 millones de dólares entre los
dos, haciendo de ésta la campaña más cara
en la historia de su país.
Así,
un proceso en el que participaron cerca de 103 millones de electores
se decidió en una batalla legal sin precedente.
Lo
cerrado de la votación puso en evidencia las deficiencias
del sistema electoral estadounidense: el Colegio Electoral es
anacrónico; no existen normas claras para regular las contribuciones
de los grupos de interés, limitar los gastos de campaña
o poner orden en los medios de comunicación; los procedimientos
para llevar a cabo la elección varían enormemente
en cada Estado, y es tal la maraña de leyes e instituciones
federales, estatales y locales involucradas en el proceso, que
a un mes de la elección los estadounidenses simplemente
no sabían quién sería su próximo Presidente.
La
gran paradoja es que todo parece indicar que en la nación
que se enorgullece, con razón, de ser la democracia más
antigua del mundo y que pretende, sin razón, que los demás
la usen de modelo, la gran decisión la tomaron abogados
y jueces, no los electores que expresaron su voluntad. En un abrir
y cerrar de ojos apareció en Tallahassee la vieja guardia
Demócrata y Republicana, dos ex Secretarios de Estado,
Warren Christopher y James Baker, junto con cientos de abogados
listos a presentar sus argumentos en las cortes.
El
voto popular dio un resultado; el número de delegados al
Colegio Electoral por cada candidato reflejó un resultado
distinto. Finalmente, un estado y su sistema judicial definió
el resultado final. Lo importante de esta elección es que
se confirma que, en Estados Unidos, no gana necesariamente quien
tenga el mayor número de votos de los ciudadanos. Más
importante que votar es contar.
Una
vez que se asiente el polvo del 7 de noviembre, los estadounidenses
deberán decidir cómo salen de este embrollo, y reflexionar
si reforman o no un sistema electoral aparentemente obsoleto para
responder a la nueva realidad de una sociedad que, como demostró
la elección, se encuentra profundamente dividida entre
ricos y pobres, jóvenes y adultos, blancos y negros, hispanos
y asiáticos. Una nación dividida entre quienes viven
en las grandes ciudades y quienes habitan las pequeñas
comunidades de las zonas rurales de Estados Unidos; entre quienes
se involucran en política y quienes no tienen el menor
interés en ella. Hasta aquí, la tarea es para los
estadounidenses.
Sin
embargo, esta elección deja muchas enseñanzas al
resto de los países en el contexto de los procesos de cambio
que atraviesa el mundo:
1.
Toda democracia es perfectible. Este sistema de gobierno es el
que mejor responde a las condiciones de la era de la globa-lización,
pero no existe un modelo único. Cada país debe decidir,
con base en sus propios valores, el método más legítimo
y eficaz de elegir a sus gobernantes, ya sea una votación
directa o un Colegio Electoral. Esto es algo que, empezando por
los propios estadounidenses, todos debemos aprender a respetar.
2.
Se requieren soluciones locales a problemas globales. Los desafíos
que enfrenta un mundo cada vez más interdependiente empiezan
en el ámbito local. México lo aprendió con
Chiapas en 1994, Brasil con Minas Gerais en 1999 y Estados Unidos
con Palm Beach en el 2000. La credibilidad de toda su democracia
estuvo en duda por las boletas de un condado de Florida que confundieron
a los electores.
3.
La capacidad de las sociedades para fortalecer la democracia y
avanzar en muchas otras áreas, como la protección
de los derechos humanos o la preservación del medio ambiente,
depende de su capacidad para establecer normas claras e instituciones
legítimas y eficientes, que respondan a las expectativas
de la gente y eleven su calidad de vida. Como demostró
la confusión electoral en Estados Unidos ante mecanismos
federales y locales que se contraponen en muchos sentidos, se
requieren marcos legales e institucionales consistentes, transparentes
y eficaces en cada ciudad, cada comunidad y cada país.
4.
La tecnología genera formas más eficientes de realizar
prácticamente todas las actividades humanas; incluso, podría
dar paso a nuevas formas de «democracia directa» o
«teledemocracia». Sin embargo, es una herramienta
que sólo sirve en manos de gente bien preparada, inteligente
y creativa. Las elecciones en Estados Unidos están totalmente
computarizadas, en algunas ciudades la votación se realizó
en pantallas electrónicas y próximamente se podrá
votar por Internet. Aún así, el proceso se vino
abajo por «errores humanos», y resulta muy significativo
que el recuento de votos en Florida terminara realizándose
manualmente.
5.
Más información no es mejor información.
La tecnología ha aumentado exponencialmente el volumen
y la rapidez de los flujos informativos, pero la creciente competencia
entre medios como la televisión e Internet hace que algunos
traten de ganarle la carrera a la realidad, provocando que prevalezca
la desinformación. Durante la noche del 7 de noviembre,
los medios de comunicación dieron a conocer un ganador
distinto cada media hora en una elección que no tuvo ganador
inmediato.
6.
Ante los enredos post-electorales de EU, los mexicanos podríamos
caer en la tentación de decirles a nuestros vecinos cómo
evitar esta clase de problemas ya que, como reconoció Paul
Krugman, en el New York Times, los estadounidenses podrían
llegar a «envidiar la madurez política de México».
Pero haríamos mal, porque la mayor enseñanza de
la elección es que nadie debe pretender dar lecciones de
democracia.
7.
Vivimos una época de cambios globales en la que todo
puede pasar, en la que hasta el más fuerte tropieza y en
la que, en vez de pontificar, debemos aprender a convivir bajo
normas que promuevan el entendimiento y la cooperación,
respetando la diversidad de ideas, creencias y valores que constituye,
a fin de cuentas, la esencia de la democracia y del progreso humano.
Ahora,
el gran reto para el nuevo Presidente de Estados Unidos será
unir de nuevo a la nación, promover el consenso, ejercer
el liderazgo y llevar adelante las políticas públicas
con el apoyo de un Congreso dividido, con una estrecha mayoría
Republicana.
*Se
desempeñó como Subsecretario de Relaciones Exteriores
de diciembre de 1994 a enero de 1998.
