FOX Y LÓPEZ OBRADOR: EL ESTILO PERSONAL DE GOBERNAR**
JAIME MARTÍNEZ VELOZ*

Los contrastes entre los respectivos proyectos políticos de Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador marcarán, como diría Daniel Cosío Villegas, el estilo personal de gobernar. Sus respectivos proyectos políticos revelan dos propuestas que, a su modo, pretenden obtener los mejores resultados para nuestro país. El proyecto de Fox se caracteriza por su énfasis en la aplicación de técnicas corporativas gerenciales de calidad total, diseñadas por años en sociedades que son diametralmente opuestas a la idiosincrasia nacional. Son muy funcionales en un esquema empresarial, cuyo objetivo es la maximización de ganancias en ambientes brutalmente competitivos, que sólo consiguen la alienación del hombre hasta egoístas grados extremos de valorización estrictamente material de la vida.

El otro proyecto alterno, el de López Obrador, se basa más en una interpretación auténtica de vocación democrática, en un novedoso contexto incluyente de todas las fuerzas progresistas de la Ciudad de México, para ejercer un singular proyecto participativo ciudadano en acciones de gobierno, que se acerca más al sentido original del vocablo de gobierno popular o del pueblo. Este proyecto debe hacer frente a una de las ciudades más complejas del mundo, con infinidad de carencias y limitación de recursos, pero con una apuesta decidida hacia el potencial enorme que late en la organización comunitaria como forma enriquecedora deliberativa y consecuentemente participativa en la toma democrática de decisiones en asuntos de competencia social, que afectan de manera práctica la mayor parte de los actos cotidianos de la vida colectiva.

La trayectoria política de Andrés Manuel López Obrador es también una muestra palpable de su lógica confianza por la implícita potencialidad de la organización popular como la natural clave indispensable en las acciones de gobierno que pretendan ser exitosas. Activo militante de la Corriente Democrática del PRI, el reiterado acoso sistemático en su contra por parte de los grupos intolerantes de poder enquistados en el régimen lo obligó a buscar en el PRD los espacios de tolerancia y debate obligados para el necesario avance democrático nacional.

La pretensión panista de vanagloriarse por derrotar solos, por su cuenta y obra a un sistema con 70 años de ejercicio en el poder es exagerada, ya que ese hecho es por demás inexplicable sin la contribución de un sinnúmero de actores cuya cuota de esfuerzo, sacrificio y lucha permanente aportaron, indudablemente, los elementos capitalizados de manera astuta por el foxismo locuaz.

Así mismo, debe reconocerse la habilidad de Vicente Fox para ascender vertiginosamente la estructura del poder en el panismo, para así cooptar las posiciones estratégicas que le permitirían catapultar (con el apoyo de una élite empresarial a la cual ya pagó sus cuotas requeridas de posiciones gubernamentales) una campaña pródiga en promesas pero escueta en compromisos políticos una vez convertido en gobierno este consejo de administración. En este consejo de administración disfrazado de gabinete están debidamente representados todos los grupos enriquecidos, curiosamente a partir del inicio de las administraciones priístas tecno-cráticas, que luego de años de una cruel y empeci-nada aplicación de teorías neoliberales han producido –además de riqueza para unos pocos– millones de miserables, disfrazados estadísticamente como «personas en extrema pobreza», concepto políticamente neutro y, por lo tanto, correcto para no despertar suspicacias peligrosas y para dejar de llamar las cosas por su nombre.

Las respectivas asunciones de López Obrador y Fox Quesada como hombres de Estado al frente de sus responsabilidades no pudieron ser más contrastantes y ejemplares de dos visiones contrapuestas de proyecto político de nación. El mismo perredista, cuyo gabinete se compone mayorita-riamente de mujeres, lo declaró de manera tajante al primer mandatario, sentado a su diestra: «Con usted tenemos diferencias en cuanto al proyecto de nación. Pero quiero asegurarle que, sin abandonar, nuestros ideales vamos a actuar con entera responsabilidad». Andrés Manuel se expresó, claramente también, sobre una de las características intrínsecas de las pretendidas perfectas economías de mercado, supuestamente guiadas por el «libre» juego de la oferta y la demanda: «No aceptaremos la fórmula de privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas, como sucedió en el Fobaproa».

De manera simbólica, y como mejor muestra de la voluntad republicana obligadamente laicista, de lo que debe ser un gobierno que en la historia ha sido lastimado por la abusiva intervención religiosa en asuntos de Estado, a López Obrador le fue obsequiado un cuadro de Benito Juárez, masón y ejecutor implacable del obligado muro político que permitió sentar las bases mínimas de un gobierno moderno, sin resabios religiosos.

La asunción (casi a los cielos) de Vicente Fox, por su parte, tampoco pudo dejar de ser muy ejemplar de los que nos puede esperar con su gobierno. Con toda la libertad para profesar de manera privada las creencias que le plazcan, pero sin la prudencia necesaria por la trascendencia y subliminal del mensaje transmitido, seguramente con toda intención, el 1 de diciembre, con luces, reflectores y oropel, Vicente Fox, como primer acto público, acudió a la Basílica de Guadalupe. Ahí, de rodillas frente a la Morenita del Tepeyac, oró en silencio, seguramente para agradecer los favores recibidos.

Es un hecho inédito, después fue a desayunar atole con niños de la calle, encuadrados en el grupo de mexicanos «jodidos», como se refirió alguna vez el ahora Señor Presidente, quien prometió «gobernar para ellos», pero de los cuales ninguno fue incluido en su gabinete, en el cual, de paso, son escasas las mujeres. Para cubrir las formas, Fox «tuvo que ir» al Congresos, de la Unión a jurar cumplir la Constitución, que fue lo que de inmediato precisamente dejó de hacer, primero al saludar coloquialmente a sus hijos, para después alterar el mensaje presidencial a su gusto.

Posteriormente, en el vértigo de festividades de su «gran día», en el Auditorio Nacional, su emocionada hija le entregó un crucifijo, milenaria imagen doliente del rito católico, que esperamos no constituya un augurio de las inconscientes formas particulares de conducción que los foxistas pretendan implantar como mística de trabajo y esperanza de justicia en «el otro mundo y no en este valle de lágrimas». Reflexionemos que la religión no puede constituir de modo alguno un factor institucional de unidad nacional.

Acostumbrados a cuantificar hasta el difuso «insondable amor por México» como excusa para asignarse jugosos sueldos, los tecnócratas blanquiazules incluyen en su gabinete a sus contrapartes «tricolores». Así, Santiago Levy y Francisco Gil Díaz resultaron los premiados ejecutores del proyecto económico que favoreció el esquema estructural con el cual hicieron buenos negocios los ahora gobernantes durante las últimas fases de la públicamente aborrecida «dictadura de 71 años», a la que, sin embargo, en privado, tanto agradecen por la rentabilidad que lograron con ella.

Los jugosos sueldos foxistas con que se mide el «insondable amor por México» contrastan con la austeridad republicana del gobierno de López Obrador, quien determinó la reducción salarial de sus altos colaboradores. Esta acción fue calificada de «camino a la mediocridad» por Vicente Fox, para quien los bajos sueldos desincentivan la productividad gerencial en la administración pública. Con este razonamiento, esperemos que Fox aumente los bajísimos sueldos de la mayor parte de la burocracia, so pena de caer su gobierno en la mediocridad que vaticina para el gobierno perredista de la Ciudad de México.

Creyentes fundamentalistas en la «mano invisible del mercado», los neoliberales que nos continúan gobernando, ahora con otro color, siempre tendrán como último recurso la creencia en los rituales mágicos. Así nadie debe sorprenderse de que ante la grave emergencia creada por la erupción volcánica del Popocatépetl, la gerente de la Sedesol se atreva a afirmar que, ante la contingencia, su postura como gobierno la termina encomendando a las fuerzas divinas: «Improvisamos, con la mano de dios».

Por sus hechos los conoceréis.

*Secretario del Programa de Acción y Gestión Social del CEN. Diputado Federal y miembro de la COCOPA.
** Publicado en la Revista Proceso, el 24 de diciembre de 2000, se reproduce en examen, con autorización del autor.