NUEVO
GOBIERNO, NUEVA OPOSICIÓN
MANUEL
QUIJANO TORRES*
El
Siglo XXI representa el despuntar, en cierto modo, la legitimidad
de los comienzos y la plenitud de nuestro tiempo en búsqueda
de modernidad que no acaba de ser cabal, ni realizada.
Por
lo que respecta a la vida política nacional no creo exagerar
al decir que la centuria pasada quedó inscrita en la tradición
de una trilogía: La revolución, la instauración
de un partido político hegemónico con conciencia
de la responsabilidad y un aparato administrativo intervencionista
poco eficiente, pero bastante eficaz (hasta que se le desmanteló).
El
Partido Revolucionario Institucional se caracterizó, durante
gran parte de su vida, por su forma expresiva, la sensibilidad
liberal en lo político, el ritualismo vertical de la institución
presidencial, el sentido filantrópico de la conducción
económica y la semiótica que trascendía los
lenguajes corporales, escritos y verbales. Con el inconveniente
de que algunos sectores y actores fueron poco tolerantes con la
autocrítica y muy aguerridos contra la crítica.
La
política en absolutamente todo el país se impregnó,
sociológicamente hablando, de priísmo. Nada escapó
a las formas y fondos de hacer política que no tuviera
gotas de sabores del Partido. Los genes sociales de la vida política
nacional se reproducían en su paisaje, sus ritos, modas
y atuendos; pero en el mismo DNA social se desarrolló una
impresionante tradición que por arrogante cayó en
la creencia de que su lugar en el futuro lo garantizaba su animadversión
hacia los partidos de oposición.
De
ahí que el PRI dejó de transformarse, de transfigurarse,
esto es, de cambiar de formas, fórmulas, formatos y también
figuras. La oposición en el tricolor nació y
son fácticos los testimonios de su fragilidad ante
los arrebatos e intereses de grupos. Se documentan intentos es
cierto por encontrar vías de expresión para
remediar el diagnóstico que fácilmente se pudo interpretar
y que puso de manifiesto una serie de inquietudes valiosas, pero
en lo general mal aprovechadas.
Es
más, la naturaleza misma del Partido, su atmósfera,
ámbitos y condición de posibilidad de preeminencia
y trascendencia lo llevó al pozo de los deseos creyendo
que para mantener el poder bastaba sustentar su fe y depositarla
en las pulsaciones, anhelos y proyecciones de un mundo inmediato
y no de largo plazo: el circulo de la vida se hizo sexenal y borró
rostro, tradiciones y humanismo.
Por su parte, los partidos políticos opuestos al PRI se
inclinaron gradualmente y sin brusquedades por la estrategia del
paso lento con la clara intención de inclinar los resultados
a su favor ante las corruptelas y pifias político-económicas
de huella profunda.
Dado
lo anterior, el Partido Revolucionario Ins-titucional podría
asumir una serie de compromisos con el fin de otorgarse la satisfacción
de superar sus enredos en el flujo de las acciones y, a la vez,
al cuestionamiento metodológico de las preguntas que han
de formularse y el tipo de oposición que se desea ser y
hacer.
Mi
posición, mucho más modesta, propondría un
inventario de cuestionarios en la textura de las circunstancias
que rodean el planteamiento del problema y que, por los tiempos
que corren, el pulso político determina la velocidad de
permitirse o no una parsimoniosa exploración detenida de
la situación.
Entonces
el antagonismo intrapriísta tendrá otra calidad,
otra altura, otras intenciones. Tendrá causas con sentido
ideológico y social y un grado mayor de pormenor analítico.
Lo
anterior me lleva a sugerir que, no obstante la urgencia y necesidad
de actuar en nombre de la permanencia en el poder de las instancias
estatales y municipales, tanto en los ámbitos ejecutivos
como legislativos, así como en su carácter de oposición
en la instancia federal, requiere de un orden sistematizado y
coordinado que no se contente con afirmar que la estrategia es
conservar las trincheras.
Definir
las preguntas, razón de ser, objetivos, estrategias, tácticas,
ideología, principios, lealtades y conformación
de la institución política es más importante,
a mi parecer, que sucumbir ante la acción decidida de líderes
bien intencionados, pero sin márgenes de maniobrabilidad
dada la encrucijada que vive el PRI.
La
búsqueda de las preguntas correctas y su ulterior encuentro
fructificará, sin duda alguna, en la conformación
de un partido político próximo a cumplir un centenario
de vida.
Por
ello, la critica al nuevo gobierno federal debe evitar la recriminación,
el insulto fácil o el señalamiento de los mismos
errores en que cayó el PRI, y resaltar el valor histórico,
las experiencias administrativas, la formulación de logros
de largo alcance y la propuesta a largo plazo de un modelo de
desarrollo sustentado en la democracia con justicia social.
Los
errores y tropiezos en que ha incurrido el nuevo gobierno deben
ser capitalizados con propuestas constructivas y con acciones
precisas, a fin de no ser reactivos o dejar la impresión
del revanchismo.
Próximamente se festejarán el 5 de febrero, el 21
de marzo y el 1 de mayo como fechas históricas fundamentales.
También se abrirá el debate a fin de formular el
Plan Nacional de Desarrollo; bajo esas circunstancias es posible
participar y anticiparse con miradas críticas y propositivas,
vale de preparar un proyecto plural que beneficie al país.
Lo
anterior implica acotar al adversario y situarlo en los términos
y condiciones que favorezcan el debate político. En otras
palabras, es anticipar la crítica y proponer los temas
prioritarios de la agenda nacional. Con ello se ganaría,
además de precisar el perfil político del Partido
Revolucionario Institucional, el pulso del ámbito de lo
político, la redefinición de lo estratégico
y lo prioritario y la posibilidad de recuperar la titularidad
del Ejecutivo Federal.
*Licenciado
en Ciencias Políticas y Administración Pública.
Jefe de la División de Educación Continua y Vinculación
de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
