EL
VALOR DE LA CRÍTICA
ORLANDO
ALBERTO PAREDES LARA*
Si
algo compromete al pensamiento político de nuestro país
en estos momentos es el análisis y la valoración
acerca del comportamiento que tendrá el PRI luego de su
salida de un muy prolongado tiempo en el poder. No dudo que algunos
esquemas teóricos terminen por no resistir las pruebas
de la realidad. Sobre todo aquellos que surgieron tercamente desde
una óptica que, como rueda de molino, reiteraba culpar
de todos los males habidos y por haber a lo que en un sentido
peyorativo se ha dado en llamar el sistema. Mucho me temo que
una conclusión llama a la puerta: ni todo lo que había
era tan malo, ni todo lo que viene tan promisorio, como los electores
lo imaginaron el verano del año pasado.
De
ahí el valor de la crítica como instrumento esencial
de la política. No se necesita más que repasar algunos
de los cambios más sorprendentes que se generan entre ciertos
círculos cercanos al nuevo gobierno para sentir que, quienes
fueron otrora entusiastas defensores de ese espíritu crítico,
hoy extrañamente aquejados por los efectos de la omisión,
intentarían crear en torno al Ejecutivo o bien lo que parece
una demanda de uniformidad o en el peor de los casos el culto
a la personalidad.
¿Acaso
estaríamos en presencia de una suerte de transición
mental de estos sectores que conduciría del viejo y agotado
presidencialismo omnímodo hacia un nuevo presidencialismo
providencial y mesiánico? En todo caso sería difícil
distinguir entre lo malo y lo peor de cada cual. Sería,
pues, una trivial forma de concluir tantas tintas derramadas en
y por las causas de la democracia.
Desde
mi punto de vista, ahora más que nunca, resulta indispensable
sostener el sentido crítico de la política. Fuera
del poder estamos en condiciones de obtener las lecciones de humildad
que tanto nos hacían falta. Fuera del poder podemos profundizar
de manera crítica en lo que hicimos y lo que dejamos de
hacer. Pensar en tomar de nuevo las riendas del Estado implica,
así, pensar en todo lo que hay que cambiar.
En
este punto debo detenerme. Me interesa plantear a los lectores
de examen algunas reflexiones acerca de nuestro nuevo papel
opositor, lo haré puntualmente, creo que se trata de definiciones
en torno a las cuales podemos abrir la discusión y permitir
que se refresque nuestra forma de entender, asumir y vivir la
nueva realidad. Las presento de acuerdo a un cierto orden lógico
que al final comentaré:
1.
Debemos ser una mejor oposición respecto de la que fue
con nosotros. Si algo me produce escozor es aquellas expresiones
que buscarían volvernos a nosotros una especie de mezcla
vengativa de la radicalidad y la polarización que en el
pasado ejercieron de igual forma la izquierda y la derecha sobre
el gobierno.
2.
Estamos obligados a reservarnos como una fuerza política
que actúa como factor de estabilidad. La divisa de que
entre peor mejor aplicada al gobierno, a cualquier gobierno, termina
por socavar a las instituciones, a las leyes y a los más
elementales ingredientes de la convivencia civilizada.
3.
Requerimos reconstituir un gran acuerdo social que preserve
los avances y las conquistas de la corriente ideológica
de la que formamos parte y que recoge los postulados de la reforma
liberal del siglo XIX y de la primera revolución social
del siglo XX.
Como
puede apreciarse el orden en el que aparecen estos razonamientos
tiene que ver con tres distintas facetas que, entiendo, compondrían
el nuevo guión al que debemos atenernos bajo las nuevas
circunstancias políticas. Nuestro compromiso con la nación
debe resumirse entonces en la oferta de conducirnos como una oposición
moderna.
En
cualquier parte del mundo civilizado ello implica poner en juego
la habilidad, la creatividad y la madurez de una fuerza política
para influir en las decisiones del gobierno del cual es su oposición
y, al mismo tiempo, prepara el relevo en su favor.
Los
tiempos y las circunstancias que rodean a esta particular forma
de entender la alternancia, esto es, sus fines son directamente
proporcionales a su efectividad. Tal vez en los primeros momentos,
tal y como lo vivimos ahora en nuestro país, no se entienda
a plenitud la ventaja comparativa de esta política. Se
trata de una visión que no detiene sus luces en la coyuntura
inmediata, sino que trasciende, que intenta buscar fórmulas
de inscripción en un futuro determinado. Resistir esta
lógica solo conduciría, irremediablemente, a un
aislamiento autoinfligido. La perspectiva tiene que ser otra.
Al
desencuentro electoral con los ciudadanos deben sucederle mil
y una formas de recontacto con la actividad social. Entiendo que
eso lo podemos lograr aplicando las premisas antes mencionadas
en dos frentes políticos; uno, el legislativo y, dos, los
gobiernos estatales. De alguien escuché en algún
momento que habríamos de pensar en éstos como si
se tratara de una pinza aplicada a la manera de las estrategias
y tácticas de la guerra. No la comparto. En el tablero
de la democracia esa manera de ver las cosas no siempre trae buenos
resultados. No se trata de acumular intentonas o arranques de
confrontación. Al contrario. Es menester lograr medidas
y acuerdos que aseguren tranquilidad para los mexicanos. Si la
antigua cultura opositora dedicó el grueso de su existencia
a fomentar y hacer crecer sólo su sentido adversativo,
actualmente, nosotros, no nos podemos permitir semejante estancamiento.
En
el Congreso de la Unión estamos obligados a mostrar una
conducta sistemática de entendimiento, acuerdo y búsqueda
de consenso. El PRI debe aparecer como el nervio legislativo de
una manera de aplicar la democracia.
*Abogado.
Senador de la República.
