EL
CAUDILLISMO «PERFECTO»
CARLOS
ARRIOLA WOOG*
Las
declaraciones del Presidente durante su campaña acerca
del rumbo que debería seguir el país fueron muchas
y contradictorias, hechas para dar gusto a todo mundo. Por lo
mismo más que referirse a ellas conviene ceñirse
al discurso de toma de posesión del 1° de diciembre.
Lo dicho en el Congreso no puede ser explicado, interpretado o
justificado en otros términos que los literales ya que
no fue un discurso de circunstancia. Hay que tomar ese texto al
pie de la letra y sobre todo muy en serio.
Dejando
de lado, por el momento, las provocaciones al Congreso y las manifestaciones
de religiosidad personal, fueron tres los puntos del discurso
que definen el proyecto político del foxismo: las elecciones
del 2 de julio fueron un «plebiscito»; se modificará
la Constitución y el sistema político, y existe
un mandato popular para implantar la democracia directa.
El
«plebiscito» del 2 de julio
Textualmente,
el presidente afirmó: «...el voto ciudadano del 2
de julio fue, ante todo, un plebiscito a favor del cambio. Consecuente
con este mandato, me propongo impulsar proyectos sustantivos de
Reforma Constitucional, decantados por una comisión de
estudios, ampliamente representativa, que sistentizó las
principales demandas de la sociedad...»
Es
necesario refutar firmemente las afirmaciones anteriores: no se
convocó a ningún «plebiscito» el pasado
2 de julio ya que esta figura jurídica no existe en la
Constitución de la República. Las elecciones tuvieron
el fin preciso de elegir al Presidente de la República
y a los miembros del Poder Legislativo.
Los
resultados fueron muy claros: se eligió un presidente pero
no se le otorgó mayoría en el Congreso. Tratar de
desvirtuar estos resultados es un camino para alcanzar mayor poder
personal. Además, no hay que olvidar que 6 de cada 10 electores
no votaron por el candidato del PAN.
Ni
en el párrafo citado, ni en otro alguno, se menciona que
los proyectos de reforma constitucional se someterán al
Constituyente Permanente. Por el contrario, éstos se «impulsarán»
por el Presidente, «decantados» por una comisión
que carece de existencia jurídica y que, según el
Presidente, «recogió» las principales demandas
de la sociedad.
Hay
en todo este proceso una falsificación de los hechos y
una usurpación de funciones que sólo pueden desembocar
en violaciones graves de la Constitución que el Presidente
juró defender, minutos antes de pronunciar las frases transcritas.
Un
«nuevo» orden político
Nuevamente
se cita al pie de la letra al presidente: «...la alternancia
no va a cerrar por sí sola el proceso de transición.
Invito a todos cuantos tienen competencia para conducir la Reforma
del Estado a que juntos propongamos al país las iniciativas
necesarias para un cambio sustantivo de régimen político.
Procedamos con sensatez y valentía a demoler todo vestigio
de autoritarismo y a edificar una genuina democracia».
Nuevamente
el Congreso y los partidos políticos son hechos a un lado
y se llama a todos los que posean competencia (¿jurídica
o intelectual?) tengan o no representatividad electoral, para
cambiar, nada menos, que de régimen político. Este
no es otro que el establecido en la Constitución: democracia
«representativa», división de poderes y federalismo.
Alegar violaciones o incumplimientos anteriores no justifica,
en manera alguna, su supresión.
Se
pretende combatir los «vestigios» del autoritarismo,
estableciendo otro y construir una «genuina» democracia,
destruyendo la existente, gracias a la cual el candidato Fox llegó
a la presidencia de la República.
Curiosa
concepción de la democracia que rebasa el mandato de los
electores, interpreta sus deseos y hace a un lado a sus legítimos
representantes, que la Constitución llama por sus nombres:
diputados, senadores, Constituyente Permanente, etc.
Una
tergiversación más
Dijo
el presidente: «Acepto el mandato popular de consolidar
la democracia a través de fórmulas relacionadas
con la democracia directa como el plebiscito, el referéndum
y la iniciativa popular».
Resulta
sorprendente que el presidente, desde la tribuna del Congreso,
haya hecho una afirmación semejante. ¿Cuál
mandato? ¿Dónde se expresó? ¿Cuándo?
Nuevamente se desfigura por completo el sentido del voto del 2
de julio.
Corresponde
al Constituyente Permanente la tarea de introducir estas formas
de democracia directa que constituyen un arma de doble filo. En
las circunstancias actuales la intención es muy clara:
legitimar, vía el referéndum, la elaboración
de una nueva Constitución lo que implicaría disolver
al Congreso y convocar a nuevas elecciones.
Aceptar
que la ciudadanía confirió al nuevo presidente un
«mandato» para introducir la democracia directa es
una falacia. Aprobarla sería un suicidio ya que permitiría,
con mayor facilidad, realizar las modificaciones anunciadas a
la Ley Federal del Trabajo, privatizar cuanta empresa se desee,
acabar con el ejido, introducir la reelección presidencial
y cualquier otra fantasía.
La
importancia del lenguaje
La
prostitución del lenguaje comenzó tiempo atrás
y, por sólo citar las deformaciones de la última
década, conviene recordar expresiones como «la dictadura
perfecta», «la transición a la democracia»
y «sociedad civil» como nueva fuente legitimadora
del poder que trata de sustituir al pueblo, al ciudadano y al
elector. Estas afirmaciones nunca se refutaron y en ocasiones,
desde el poder mismo y en otras desde el propio partido, se hablaba
tranquilamente de transición, como si el caso de México
tuviera algún parecido con la España franquista,
los países socialistas o la dictadura de Pinochet. En todos
estos casos, lo primero fue modificar el marco jurídico
para otorgar existencia legal a los partidos, a los sindicatos
y a cualquier organización política de oposición.
Sólo después se procedió a elecciones. En
México no se cambió una letra a la Constitución
para que la oposición llegara al poder.
Los
medios de comunicación popularizaron esas expresiones y
las hicieron suyas, operación que se facilitó por
la indigencia intelectual de los «comunicadores»,
muy probablemente por alguna «línea» poderosa
y por los aires de la moda venidos de Estados Unidos. Todo ello
con un objetivo muy preciso: deslegitimar al PRI.
Hitler
llegó al poder por la vía electoral y destruyó
la débil democracia de Weimar para implantar un poderoso
régimen: el Tercer Reich. Mientras combatió a los
comunistas nadie protestó. A continuación fueron
los judíos y después cualquier disidente, pero para
entonces había pocos alemanes con ganas de protestar y
ninguno con ganas de escuchar. El antisemitismo y el anticomunismo
habían prostituido el lenguaje, anestesiado las conciencias
y justificado ampliamente la destrucción de la democracia
y su reemplazo por el poder personal del Fürher.
El antipriísmo jugará un papel similar para sustituir
las imperfectas, como en todo el mundo, instituciones democráticas
por el «caudillismo perfecto» que se declara apolítico
para prescindir, primero de los partidos, incluyendo al PAN; después
será el turno del Congreso y finalmente de la Constitución,
todo ello para establecer un régimen similar al de Napoleón
III, que Marx calificó de bonapartista y cuyo lema fue
«¡enriquecéos!»
La
pretensión del nuevo gobierno es situarse por encima de
las divisiones de una sociedad. De ahí que el Secretario
Abascal niegue que existe la división de clases, y el de
Gobernación haga constantes llamados al consenso para tratar
de minimizar los intereses radicalmente distintos y los diferentes
modos de concebir el quehacer político.
No
hay que hacerse ilusiones: el nuevo gobierno quiere acabar con
el sistema político vigente y en primerísimo lugar
con el PRI. Los llamados a superar diferencias son canto de sirenas
para convencer a todos aquellos que desean abandonar la oposición
y ser «cooptados», versión elegante de «ser
maiceados».
La
voluntad de centralizar el poder del Presidente es inequívoca,
como también lo es acabar con la cultura política
de la Revolución mexicana para implantar los «valores»
(si así se les puede llamar) de la cultura empresarial,
elaborados y difundidos desde Monterrey.
El
gobierno que tenemos por delante es una versión del caudillismo
de Fujimori y de Chávez que al amparo de la idea democrática
y de los sentimientos religiosos, sólo buscan profundizar
el neoliberalismo más voraz. Baste ver la composición
del gabinete.
*Ex
profesor-investigador de El Colegio de México y exfuncionario
público. Actualmente dirige la editorial «Reflexiones
Sobre el Cambio» y es colaborador de varios diarios y revistas.
Entre sus publicaciones se encuentran «Los Empresarios y
el Estado» y «Cómo gobierna el PAN».
