INCONGRUENCIA
CÉSAR CAMACHO QUIROZ*

Entró en funciones el nuevo gobierno: surgen nuevos escepticismos y se confirman anteriores temores. Al desplante y a la improvisación, se suman una estrecha comprensión de los problemas y, en sentido inverso, el ilimitado gusto por el descuido de las formas y de los fondos. Se arriesgan, innecesariamente, la vocación laica del Estado y su saludable relación mediadora entre los factores de la producción, se obedece a simples dogmas gerenciales y se coloca al frente de los asuntos públicos a personas que denotan inexperiencia política y falta de emoción social. Desde el primer día, el Ejecutivo estrena lo que será, seguramente, a lo largo del periodo, su mayor distintivo: la incongruencia entre lo que se dice y se hace, lo que se debe y se quiere, lo que se puede y lo que no. Parece ser el tiempo de los ofrecimientos fáciles y las respuestas difíciles. Pragmatismo y demagogia que por igual aconsejan ofrecerle todo a todos.

El 2 de julio los electores optaron por la alternancia, pero también por la consolidación de un sistema de representación política que excluye la concentración del poder y obliga a las diversas fuerzas, incluyendo a la que gobierna, a hacer cesiones y a suscribir acuerdos duraderos. En ese contexto el PRI pasó a ser la primera fuerza opositora; si bien perdió el eje articulador que le representó ser el partido del Presidente, no ha variado esencialmente el papel jugado en la formación de los consensos y en la integración de los equilibrios sobre los cuales descansa la estabilidad del país. Somos, sí, en el ámbito nacional, oposición, pero no una débil, quejumbrosa o chantajista; toda reforma requiere nuestro aval, toda política de cambio debe incluirnos para ser viable. Si lo que resiste, apoya, lo cierto es que hoy el PRI no está en situación de resistirse, pero sí de ofrecer un apoyo crítico, independiente, condicionado al cumplimiento de compromisos y obligaciones.

Por ello, nuestro objetivo debe ser fungir como contrapeso al gobierno, señalar sus errores, contener los excesos. Si se ejerció el poder con ética, cabe darle al transitorio papel de opositor, una razón moral.

Tenemos tesis y principios, propuestas y banderas. Ser oposición significa, desde luego, actuar con responsabilidad; pero también con firmeza, sobre todo cuando el gobernante, amnésico, si no es que inescrupuloso, se desdice de lo que en la campaña electoral ofreció. No se trata, evidentemente, de rechazar por consigna o entorpecer por conveniencia; oponerse implica, también, defender las causas de los muchos mexicanos que siguen respaldando al PRI y que al avalarlo con su voto, le confirieron un mandato y le asignaron una misión.

Ese es, precisamente, el papel que ahora nos toca jugar: impedir la cesión «inteligente» de la soberanía nacional, el socavamiento de las instituciones, el abandono de las prioridades sociales, el incumplimiento de las múltiples promesas. Estar en contra de los virajes peligrosos y los retrocesos, de las verdades a medias y las manipulaciones, de las decisiones arrebatadas y los fundamentalismos que enfrentan. Lo haremos echando mano de nuestra ideología, de nuestro nacionalismo, de nuestra vocación popular; con seriedad, altura de miras, eficacia, adecuando las formas de ser y hacer, aceptando retos y asumiendo riesgos. No se trata de una simple ecuación que tome en cuenta la ausencia de una mayoría absoluta o el fin del predominio de una sola fuerza, sino del fortalecimiento de una cultura política dilatada y, a la vez, permeada por la sociedad.

No se puede hacer tabla rasa del pasado: el nuevo titular del Ejecutivo federal recibió un país en crecimiento y trabajando, en paz, con estabilidad económica y una posición respetable dentro de un mundo cada vez más globalizado. Un país con un sólido régimen jurídico que hizo posible nuestra convivencia en orden, con una división de poderes constructiva, con una administración de justicia profesional e independiente, con un poder legislativo plural y vigoroso, con un federalismo que reivindica crecientemente la soberanía de los estados y ha fortalecido al municipio libre, con reglas claras para la participación de los ciudadanos y cauces abiertos al trabajo de las comunidades. Ese es nuestro legado; éste el punto de referencia parar demandar continuidad en el esfuerzo y respeto por lo logrado.

Pero para conseguir estos fines, se requiere, hoy más que nunca, unidad; para presentar un sólo frente, una sóla fuerza, una sola conciencia. Tal es el desafío que debe encarar la actual generación de priístas: acreditar convicción, valor, confianza, voluntad. Y, con ese bagaje, recuperar el poder.

Convicción en la pertenencia al PRI, para que el activismo se extienda en los diversos ámbitos de la vida social y más allá de los comicios. Para que, con orgullo, los priístas incursionen en las nuevas y atractivas expresiones del fenómeno asociativo que ya se aprecian en muchos partidos: los grupos de ayuda mutua, los clubes de servicio, los comités de participación vecinal. Para que la identidad partidaria sea, a la vez, factor de cohesión, una reafirmación comunitaria, un proyecto de vida.

Valor para ejercer la libertad; un sistema cerrado será siempre más seguro, pero el desafío es ir adelante, con prudente audacia, pensando y actuando. Se requiere idear nuevas tesis y reafirmar las banderas de siempre; hagámoslo con perspectiva y también con retrospectiva. Un partido con identidad es aquel que hizo su pasado viendo hacia adelante y fragua su futuro sin olvidar lo que ha quedado atrás. Debemos retomar lo mejor de nuestra herencia, de nuestros compromisos, de nuestra vocación plasmada en hechos concretos y, con tal legado, proponernos nuevas metas.

Confianza en el juego democrático, pues nadie gana o pierde, ni todo, ni para siempre. Las expectativas del PRI no descansan en retener posiciones o en aprovechar prebendas, sino en actuar bajo cualquier circunstancia y, así, siendo vertical, mantenerse vigente en el ánimo de los suyos, estando cerca de los ciudadanos para triunfar con ellos y para ellos.

Voluntad para no caer en los innecesarios antagonismos ni en desgastantes rupturas. Se equivoca quien apueste a las mediciones de fuerza o prefiera las oposición sistemáticas; pierde objetividad quien se olvida de que todos son necesarios, que cada uno aporta a la construcción del país.

Este es el perfil del PRI del nuevo siglo: el de un instituto político maduro con vocación no sólo de tolerancia sino de respeto, no sólo de respeto sino de comprensión, no sólo de comprensión sino de convergencia.

Como López Mateos, ubiquémonos en las nuevas circunstancias, sin etiquetas ideológicas ni geometrías políticas, pero siempre dentro de la Constitución. Nuestra decisión fundamental sigue siendo la misma: que México abrace por igual a todos sus hijos.

*Senador por el Estado de México. Presidente de la Comisión de Federalismo y Desarrollo Municipal en el Senado de la República. Secretario de Operación y Acción Política del CEN del PRI.