PROMETER NO EMPOBRECE...**
SERGIO GARCÍA RAMÍREZ*

Concluye el año con un bagaje de lecciones: unas, experiencias; otras, advertencias. En este año revisamos temores y esperanzas. También confirmamos el valor de los refranes, los adagios, las moralejas. Sabiduría popular, antigua y fresca. Por ejemplo: del dicho al hecho; prometer no empobrece; del plato a la boca y otros en sentido semejante. En suma: una cosa dicen las palabras; las realidades ofrecen otra. Veamos botones de muestra. Con eso basta para dejarnos en vela, inquietos e inciertos.

El 2000 será un año que los mexicanos no olvidaremos en mucho tiempo. Hasta aquí llegaron los hechos del pasado, y desde aquí comienzan los hechos del porvenir. Por supuesto, este género de linderos es siempre convencional: ni el pretérito concluye de pronto ni el futuro comienza de una vez.

Los tiempos de la historia, como los tiempos de la vida, son un continuo que no admite fronteras. Sin embargo, ponemos linderos para emprender la reflexión y proponer la acción. Hay que asirse a mojoneras que nos permitan mirar hacia atrás y calcular hacia adelante. La vida lo reclama. Y hoy lo reclama mucho más, porque el 2000 ha sido de veras un año insólito.

Para muchos, creyentes a pie juntillas, diciembre traería novedades magníficas. Habría cambios.

Mejor todavía: diciembre inauguraría los cambios que la nación solicitaba. La exigencia de cambio levantó al pueblo mexicano. Hubo versiones diferentes. Unas calaron, otras no. Por mandato del 2 de julio, aquéllas se hicieron cargo del porvenir. Para todos los efectos útiles, éste comenzaría en diciembre del año 2000. Y diciembre ha transcurrido. ¿Qué tenemos a la vista?

A unos meses de las elecciones y a unas semanas del cambio de gobierno, podemos meditar en el cambio prometido. Obviamente, un mes no es gran cosa para lograr progresos notables y aliviar males inveterados. Exigir milagros sería tan injusto como absurdo. No podemos hacerlo, aunque se nos haya ofrecido que en 15 minutos –sí, 15 minutos, sólo 15– habría sorpresas descomunales y que hoy –sí, hoy– se producirían avances que no se consiguieron en un larguísimo ayer. No tomamos estas ofertas al pie de la letra. Fueron promesas ligeras, como ligeras serían nuestras exigencias si quisiéramos hacerlas efectivas. Dejémoslas en lo que fueron: sólo palabras que se lleva el viento. ¿Lo sabíamos?

Lo que alarma no es la ausencia de grandes sorpresas redentoras en estos días del mes que concluye. Más que eso, preocupa el signo de los acontecimientos, que pugna con las promesas, pone los proyectos en entredicho y ensombrece el futuro. En este sentido, hubo un suceso devastador al cabo de diciembre, cuando concluyeron las deliberaciones de la famosa Comisión Nacional de los Salarios Mínimos y se anunciaron los nuevos salarios en las tres zonas económicas que aún existen en el país.

Hace 15 días, en mi columna de Excélsior, me referí con preocupación a la inminente definición de los salarios mínimos que habrán de regir en el año 2001. Dije que ciertas voces obsequiaban a los trabajadores, además de la espesa retórica de costumbre, el aliciente de bendiciones extraterrestres mejor que el estímulo de prestaciones terrenales. No es que aquéllas sobren; es que éstas faltan. Y de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos se aguardan salarios, no jaculatorias. Con todo respeto para aquellos y para éstas.

El golpe brutal sobre la economía de los trabajadores menos favorecidos se produjo el 22 de diciembre, víspera de la Navidad. Millones de trabajadores que sobrevivieron a la vacua promesa de «bienestar para la familia» aguardaban una legítima correspondencia a su prudente espera. Sobre ellos –dijo el discurso oficial: no el de hace unos años; también el de hace unos días– se construyó la «bonanza» que ahora disfrutamos y que esos trabajadores no han conocido en lo absoluto.

Seguramente oyeron los clarines del cambio, la recuperación y la justicia que se anunciaron en la campaña del 2000, y probablemente supusieron que la «revolución de la esperanza» proclamada a tambor batiente, comenzaría a llegar el día 22; aunque fuera simbólicamente, bajo la forma de un gesto, una señal, un signo alentador. Menuda noticia les aguardaba.

El 22 de diciembre –otra fecha que no debemos olvidar, cargada de simbolismos y advertencia–la austera Comisión Nacional anunció los aumentos a los salarios de los trabajadores: 6.5% en la zona A, es decir, de 37.90 a 40.35 pesos, lo que significa 2.40 pesos más, cantidad que puede cubrir el precio de algo así como medio kilo de tortillas. En las otras zonas el incremento porcentual fue ligeramente mayor y se tradujo en un puñado de monedas para la mano extendida de los trabajadores: en la zona B, de 35.10 a 37.95 pesos y en la zona C, de 32.70 a 35.85 pesos. ¡Feliz Navidad, que trajo tan espléndido presente! ¡Y feliz Año Nuevo, que se sobrellevará con tan generoso incremento!

En el artículo periodístico que dediqué a ventilar mis temores sobre el canje de salarios por bendiciones, recordé que el salario mínimo no constituye una benévola concesión de los patrones a sus obreros, sino una exigencia constitucional. Con aire justiciero, que ahora sopla con ingenuidad, el artículo 123 de la Constitución señala que los salarios mínimos que reciban los trabajadores «deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer la educación obligatoria de los hijos». Ni con la más fecunda imaginación se podría suponer que los salarios mínimos que estarán en vigor durante la larga vigilia del año 2001 serán suficientes para lograr esos objetivos que les asigna la Constitución. Por lo visto, en su primera aparición en la escena, la revolución de la esperanza quedó muy atrás de lo que demanda nuestra vieja Constitución revolucionaria. He aquí una flagrante paradoja en el pórtico mismo del nuevo siglo.

Se ha dicho que los salarios mínimos se deben mantener en el irrisorio nivel que se les asignó por ciertos motivos macroeconómicos, a despecho de los motivos microeconómicos que plantea el hambre de los trabajadores. En efecto, se arguye que han de funcionar como «ancla» para contener la inflación y que la cifra salarial dispuesta corresponde al cálculo oficial –siempre discutido y discutible– que se ha hecho sobre la inflación en el año 2001. Por ello, el trabajador que percibe el mínimo no perderá poder de compra en el curso del ejercicio. Eso dicen los panegiristas de estos escuálidos salarios.

Empero, tan dichosa aseveración –otro exabrupto de la esperanza que ha emprendido su propia revolución– no tiene sustento en los datos que provienen de fuentes públicas. En Excélsior del 23 de diciembre (sección financiera, página 1) se señaló que la inflación esperada en el año 2001 será de 7.58%, según encuesta del Banco de México. Por lo pronto, el esperanzado trabajador habría perdido un punto porcentual, en el caso –improbable caso- de que se confirmase la expectativa inflacionaria. De lo que no hay duda es de que habrá firmeza en la modestia salarial, pase lo que pase con la inflación.

En esta ocasión –que no es única en la historia reciente– el acuerdo formal sobre salarios mínimos se tomó con el voto conjunto favorable de los representantes del Gobierno Federal y de los empresarios, y contra el voto adverso y aislado de la representación obrera. El Estado votó, pues, contra los trabajadores. El hecho reviste enorme importancia si se considera que constituye uno de los dos indicadores elocuentes de la posición que adopta el nuevo Gobierno de la República -en plena era de cambio y bajo el empuje de la «revolución de la esperanza»- en materia de política económica. El revés que han sufrido los trabajadores puede constituir un anuncio del futuro que aguarda a los sectores más desvalidos en este nuevo capítulo de la era neoliberal que parece caracterizarse -han dicho algunos observadores- no sólo en más de lo mismo, sino en peor de lo mismo.

Para colmo, y seguramente como efecto de una conciencia abrumada, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos creó otro órgano fecundo: la Comisión Consultiva para la Modernización del Sistema de los Salarios Mínimos, que hará lo que debió haber hecho aquella: definir una política que haga posible la recuperación gradual y sostenida del salario mínimo. Otra esperanza que se cierne en el horizonte de los trabajadores. Lástima que se trate, por ahora, de una simple expectativa, borrosa y remota. En todo caso viene a confirmar otro dicho del pueblo: muerto el niño, a tapar el pozo.

Dije que la decepcionante –para muchos, pero alentadora para algunos– determinación de los salarios mínimos constituye uno de los dos indicadores elocuentes de la política económica que pretende seguir el flamante Gobierno Federal. El otro reside en el paquete económico, como se le suele llamar, del que forman parte las disposiciones sobre ingreso y gasto de la Federación. Sobra decir, el impacto que éstas ejercen sobre el conjunto de la economía. También sobra manifestar –y falta deplorar– que dichas disposiciones, fruto de una circunstancia apremiante, carecen de un sustento de política económica general que cuente con el análisis y el consenso de la nación.

No se sabría cómo calificar el Presupuesto de Egresos planteado al Poder Legislativo por el Ejecutivo Federal: ¿uno más en la serie extenuante de presupuestos restrictivos que padecimos en los últimos años?, ¿el primero de una nueva serie, tan sofocante como la anterior? Sea lo que fuere, el presupuesto que llegó al Congreso carecía de rubros indispensables, que inmediatamente se echaron de menos, y era extremadamente parco en otros necesarios, cuya insuficiencia provocó un laborioso proceso de revisión en la Cámara de Diputados.

En el primer caso se hallaban los recursos destinados a los estados de la Federación, que brillaban por su ausencia precisamente ahora, cuando decimos a voz en cuello que estamos a punto de inaugurar un «nuevo federalismo», con espléndidos apoyos para los estados. En el segundo se encontraban diversos rubros del gasto social, particularmente relevantes en este México tan colmado de rezagos y carencias. Brillaba por su presencia, en cambio, la más puntual ortodoxia hacendaria: reducir más todavía el déficit presupuestal, y acaso llegar a un presupuesto superavitario, aunque para ello sea preciso que un buen número de mexicanos -también personajes de la revolución de la esperanza- pasen de la pobreza a la miseria. Al fin y al cabo el modelo económico aconseja, el gobierno manda y el cuerpo aguanta.

Afortunadamente, ocurrió otra revolución: no de la esperanza, sino parlamentaria, alimentada por un ingrediente distinto de aquélla: desesperación. Los partidos de oposición, y especialmente el Partido Revolucionario Institucional, frenaron el proyecto presupuestal enviado al Congreso y lograron modificaciones relevantes. Entre ellas destaca el apoyo a los jubilados y pensionados del sistema de seguridad social. Sabemos perfectamente que la mayoría de estos derechohabientes recibe pensiones raquíticas –tan magras como el salario mínimo que sirve para medirlas–, que apenas permiten a sus destinatarios alcanzar niveles de subsistencia, como solemos llamar a una situación que se asemeja a la miseria. Emprender el rescate de estos mexicanos, con racionalidad y responsabilidad, no es jugar con las finanzas públicas. Por el contrario, no hacerlo es jugar con la justicia, con la paciencia y con la paz. Este sí es un juego peligroso.

He aquí los botones de muestra de la era de cambios. Aunque todavía no podemos –porque sería imprudente, antes lo dije– exigir resultados concretos a raíz de las numerosas, bulliciosas y suculentas promesas que recibimos, ya podríamos aguardar señales de política que correspondieran a esas ofertas y acreditarán el valor de esas palabras. Hasta ahora no ha sido así. Peor aún: ha sido todo lo contrario. ¿Cuál será, pues, el rumbo? Por lo pronto, quedemos al tanto, una vez más de que prometer no empobrece. Esta es una buena lección. Uno de sus productos es impulsar a los partidos de oposición –principalmente al PRI– a asumir por su cuenta una enérgica defensa de los intereses del pueblo.

*Secretario General del CEN del PRI
**Publicado en Excélsior el jueves 28 de Diciembre del 2000, examen lo reproduce con autorización del autor.