EDITORIAL

La función crítica del PRI hacia el nuevo gobierno se justifica ampliamente en su condición opositora y, a través de examen, como tribuna de expresión libre, atenta y objetiva del entorno político.

En estas primeras semanas destacan las actitudes triunfalistas desde el poder. Ellas condensan un optimismo incongruente con respecto a la realidad socioeconómica y política cotidiana. Como consta a la opinión pública, el inventario de promesas es voluminoso... y continúa creciendo. El manejo de la imagen presidencial deriva en un chocante culto a la personalidad que creíamos superado; el desdén por las formas de la ley resulta preocupante. En tal ánimo, observamos cómo se está perfilando un gobierno con rasgos mesiánicos, populistas y caudillistas. Debemos y habremos de enfrentarlo con principios democráticos, privilegiando el diálogo y la negociación, celosamente apegados a la legalidad.

En cuanto al discurso, la visión histórica es confusa, específicamente en lo concerniente al México del Siglo XX. La propuesta política es contradictoria al pretender satisfacer a todo auditorio; la información que sustenta el diagnóstico del país es insuficiente y, por lo tanto, el pronóstico resulta ser un catálogo de buenos deseos. La política exterior se encuentra igualmente indefinida, aunque atropella principios básicos pretextando su actualización en un mundo global.

El gabinete se distingue por su inexperiencia política y gubernamental. Ello contrasta con su habilidad empresarial y preparación universitaria, mayoritariamente especializada en Estados Unidos. A juzgar por el historial individual de cada integrante del equipo de trabajo, la tendencia ideológica se acentúa en la derecha de la geometría política, clasificación siempre arbitraria pero igualmente indicativa.

El planteamiento económico –ingresos y egresos de la Federación– enviado a la Cámara de Diputados, fue austero, frío y carente de imaginación sociológica. Consecuentemente sufrió modificaciones fundamentales dentro de un proceso accidentado de negociación entre los dos poderes. La participación del PRI se distinguió por su mesura, seriedad y consistencia propositiva; más cambios fueron iniciados por el PRD y otras fuerzas opositoras. Hasta el propio PAN manifestó desacuerdos con el proyecto original. Todo ello resultó definitivo para favorecer el gasto social y las aportaciones a estados y municipios.

La acción de los diputados y senadores paradójicamente permitirá al nuevo gobierno cumplir algunas de las expectativas ofrecidas en campaña. Sin duda, los representantes populares lograron allegar más recursos al gasto y una mejor asignación de los mismos, sin torturar en demasía el ingreso. Mejoraron la previsión de contingencias y aumentaron la vigilancia y la fiscalización. La historia político–administrativa recogerá esta experiencia como mérito del Legislativo.

El inicio de un gobierno tan polémico demanda la responsabilidad histórica del Congreso General en la defensa de la Constitución, cuya vigencia consiste en darle vida a sus preceptos, convertirla en realidad tangible, al ampliar a todos los rincones y sectores poblacionales la justicia social, perfeccionar el federalismo y la democracia, defender la soberanía nacional, acrecentar las libertades, respetar los derechos humanos; en suma, exigir y, en su caso, obligar al Ejecutivo a cumplir con su encargo. En esta perspectiva, el PRI se sumará a las demandas y necesidades de sus bases sociales y políticas para hacerlas valer en toda la República.


José R. Castelazo,
Director