PRI: MURALLA CONTRA LA DERECHA
NUESTRO PARTIDO ASUME CON PLENA CONVICCIÓN LOS VALORES DE LA PLURALIDAD Y LA TOLERANCIA*

*Mensaje de la Presidenta del CEN del PRI, en el XC Aniversario del Inicio de la Revolución Mexicana. Auditorio Plutarco Elías Calles de la sede nacional del Partido Revolucionario Institucional, 20 de noviembre de 2000.


Nos encontramos reunidos para conmemorar el nonagésimo aniversario de la Revolución Mexicana, que no es, no puede ser, un aniversario más. Estamos a unos días de que la corriente de la Revolución Mexicana deje la Presidencia de la República –su baluarte de muchas décadas– y llegue a ésta otra corriente histórica. ¿Qué será: el futuro que se inicia o el pasado que regresa? Ese es el signo de estos días, y esa la pregunta que hoy nos planteamos de cara a la Nación.

Bajo este signo celebramos el 20 de noviembre y con él arribaremos al 1° de diciembre; dos fechas en la historia; dos motivos de intenso trabajo; dos razones de profunda reflexión. Hay que cobrar conciencia cabal de los hechos que hemos vivido y de los que habremos de vivir. Hay que transitar con nuevos bríos el camino histórico del que forma parte ese tramo magnífico al que llamamos, con una expresión que es familiar para todos los mexicanos: la Revolución Mexicana. No el recuerdo, sino el ideal. No la crónica del historiador, sino el impulso del constructor.

Ninguna batalla se gana en definitiva, ningún territorio se ocupa para siempre. Creímos que aquella corriente, la que pronto asumirá el gobierno, derrotada en las ideas, en la guerra y en la historia, habría quedado, para siempre, en el arcón de los recuerdos, como desaparecen los malos sueños.

Creíamos que había se había desvanecido, sacudida por generaciones pasadas que creyeron asegurar el destino de las generaciones futuras. No fue así. Hoy comparece una vez más. Por lo tanto, también hoy debemos reanudar una batalla que supusimos concluida: una batalla por la Nación y sus instituciones; la antigua batalla por el progreso, la libertad y la justicia. Lo que antes hicimos, lo que antes creímos, lo que antes logramos, deberemos hacerlo, creerlo y lograrlo, una vez más, a partir de este momento, en un trabajo cotidiano, con entereza y entusiasmo. Es nuestro compromiso y será –si lo asumimos– nuestro mejor destino.

Este 20 de noviembre, que nunca olvidaremos, celebra la República su Revolución armada. Y también celebra lo que esa Revolución –en la misma línea profunda y decisiva de la Independencia y la Reforma– trajo consigo al cuerpo y al alma de México y de los mexicanos. La marcha comenzó hace mucho tiempo: en el alba de la insurgencia. Se refrendó con la Reforma y ante el Imperio. Siempre cuesta arriba, cada hora de cada día. La Nación, empeñada en una dialéctica que ya no cesaría, debió elegir en todo momento, sin pausa ni abandono. Lo hizo. Eligió entre el pasado y el futuro, entre la libertad y la servidumbre, entre el despojo y la justicia.

Hay que mirar hacia atrás. Mirar un momento, para luego volver hacia delante y no dejar nunca -nunca más- de avanzar con ese rumbo y con ese destino. En los primeros días del siglo ya concluido, la Nación estaba sumida en la miseria, la postración y el desaliento. A partir de ahí se recuperaría de nuevo; desde allí se elevaría resuelta; de ese punto partiría en su propia y necesaria travesía. Pronto el pueblo mismo –con sus manos y su brío– haría una revolución inmensa y generosa, la primera del nuevo siglo para alumbrar con ella, ante los ojos del mundo, un mundo nuevo. Valía la pena. Las mujeres y los hombres de ese tiempo lo supusieron. Nosotros, ahora, lo sabemos con certeza.

Otro México se proyectaría muy pronto, entre el humo y las cenizas: México renacido, recuperado, reconstruido. Con la Revolución Mexicana asistimos a la refundación de la República: desde los cimientos que había y hacia las alturas que se advertían. La Revolución Mexicana dejó la guerra para emprender la paz, su vocación genuina. Transformó en realidades las promesas y pobló el país con escuelas, universidades, hospitales, fábricas, obras de riego, comunicaciones, laboratorios, bibliotecas, puertos, viviendas. El mundo pudo constatar el surgimiento de un nuevo paisaje en una nación renovada.

La población creciente, asentada en ciudades que se multiplicaban y en tierras que se repartían, tuvo otras condiciones para su existencia: anchos horizontes y oportunidades numerosas. Hay quienes desconocen el esfuerzo infinito que demandó esa empresa. Lo desconocen, porque la República nueva ya estaba aquí cuando ellos nacieron. Y hay quienes lo conocen, pero lo niegan. Estos disimulan con ignorancia su nostalgia y pretenden olvidar a quién deben las libertades que hoy disfrutan.

Pero la Revolución hizo más que obras físicas. Otra obra hizo, visible, sólida, efectiva: la Revolución hizo instituciones, donde no había. De esta forma dotó a la República de una columna vertebral, íntegra y fuerte, que aseguraría su cohesión, animaría su marcha y alimentaría su espíritu. Esa es la tarea más importante y noble de la historia, la más duradera, la más trascendente: la obra que es condición y aliento para lograr lo faltante.

Sin buscarlo ni proponérselo México encontró lo que después se ha llamado la «tercera vía». Esta no ha sido otra cosa que buscar el equilibrio entre las reglas del mercado y las exigencias de la justicia social; entre las relaciones económicas con otros países y la defensa de los intereses nacionales. Entre los derechos individuales y las obligaciones del Estado; entre las autonomías étnicas y regionales y el imperativo de la unidad nacional.

Una a una aparecieron las grandes instituciones de la República, las que forjarían su democracia, las que favorecerían su educación y su cultura, las que elevarían sus ciencias y sus artes, las que soportarían su economía, las que protegerían su libertad y su justicia, las que afirmarían su voluntad soberana. Instituciones de la Constitución política, pero también de la Constitución social de la Nación mexicana: una y otra en renovación constante, vivas y activas, competentes y promisorias.

En este lúcido proceso de forjar instituciones necesarias, tocó su turno a la nuestra, al Partido de la Revolución. Debió preguntarse el Presidente Calles, a medio camino entre un mundo violento que debía retirarse, y un mundo apacible que debía florecer, cómo conducir la pasión y la fuerza, la imaginación y el talento, por un cauce idóneo que transformara el tumulto en serenidad; un cauce que recibiera la energía y la convirtiera en gobierno y en progreso. O dicho de otra manera: en gobierno para el progreso, gobierno para el pueblo.

Primero Partido Nacional Revolucionario, después Partido de la Revolución Mexicana, y ahora Partido Revolucionario Institucional. Siempre revolucionario, por raíz, por definición, por vocación. Y al cabo, institucional: para establecer el punto de arribo, el futuro fecundo y fidedigno, que convierte la demanda en norma, la exigencia en derecho, la solidaridad en obligación, el torrente en institución. Este partido ha sido y es una de las grandes instituciones de la República, arraigada en la historia y aportada por la Revolución. Lo repudian, con absoluta espontaneidad, quienes ignoran aquélla y rechazan ésta.

Nuestro partido ha sido, además, protagonista del siglo XX. Con él transitó la sociedad mexicana un largo trecho de esta centuria. Ahora es el turno de mirar hacia el futuro y plantar al partido en el camino que aquí comienza; hacerlo, en suma, el partido del siglo XXI: que en éste ocupe la función de avanzada, garantía para alcanzar el futuro que anhelan los mexicanos y las mexicanas. El Partido Revolucionario Institucional tiene la competencia, la entereza y la experiencia para cumplir ese papel estupendo. Del tropiezo podemos extraer una lección que nos ilustre y una oportunidad que nos anime. Ese es el reto. Trabajamos en una triple dimensión de la vida política, que hoy reviste condiciones insólitas. Por una parte, concurrimos a los comicios del calendario democrático. Por otra, revisamos nuestra estructura, profundizamos nuestra democracia, generamos los consensos internos que nos confieran fuerza y vigencia. Finalmente, tendemos los puentes con la sociedad renovada y planteamos, con perspicacia y diligencia, los compromisos del partido, que son títulos de moral política y razones de supervivencia: realidad y pensamiento, hechos e ideas. Esos son los frentes que cubrimos. En todos tendremos el éxito que permitan la conciencia del momento que vivimos, la previsión de los riesgos que corremos y la esperanza del horizonte -ancho y nuestro- al que sabremos dirigirnos. Si está en nuestras manos, podrá estar en nuestro destino.

No hemos reposado desde el 2 de julio. El mandato fue preciso: redoblar la marcha, con mayores banderas y mejores estrategias. En eso estamos. Hemos competido en varias elecciones estatales. En todas obtuvimos -contra el presagio de nuestros adversarios- votaciones copiosas. En Chiapas se requirió la unión de ocho partidos, en una rara asociación contraria a la naturaleza y extraña a la democracia, para superar los votos que alcanzamos. En Veracruz, nuestro partido conservó la mayoría absoluta en el Congreso y se instaló en el gobierno de un creciente número de municipios.

En Tabasco obtuvimos un triunfo claro y enérgico, que defendemos, también, con claridad y energía; amparados en la ley y en la voluntad de los tabasqueños. En Jalisco repusimos al partido en el favor de los ciudadanos y elevamos nuestra votación por encima de las mejores expectativas. Derrotamos la soberbia de nuestros adversarios y enfrentamos su malicia.

Este es el saldo –un saldo estimulante– a sólo cuatro meses del mayor quebranto electoral que hemos conocido. Buenos candidatos, buenas propuestas, buenas campañas hicieron su parte. Lo demás lo puso, con autoridad definitiva, el voto de los electores. Y a él nos atenemos.

Demostramos en cada caso, y en todos juntos, la determinación que nos anima: no disputaremos lo que no nos asigne el pueblo, pero lucharemos sin desmayo por sostener lo que el pueblo mismo nos confíe. En ambos casos haremos honor a la confianza del pueblo: concediendo y reclamando. No hubo ni habrá empecinamiento; tampoco claudicación y abandono. No se negociará en las mesas lo que se ordenó en las urnas. Pasó el tiempo –que nos duele recordar– de conceder a los opositores lo que no les otorgaron los ciudadanos. De eso se beneficiaron nuestros adversarios, que hoy se ufanan de las concesiones que hicimos y lucran con el resultado de las batallas que no libramos. Pero el pasado es el pasado. No lo olvidamos, ni lo repetiremos.

Hacia dentro, construimos un nuevo pacto social. Nuestro eje articulador se localizó, por varias décadas, donde estuvo la fuerza germinal del partido: la Presidencia de la República. Largos años de presidencialismo, reflejo de las fortalezas y debilidades de nuestra sociedad, de las posibilidades y necesidades de un país cambiante que demandaba un Ejecutivo fuerte. La realidad misma de México explica la relación umbilical entre el Ejecutivo y el partido creado desde el poder. Sin embargo, ni hubo perfecta dictadura ni se ejerció una presidencia imperial. Debemos separar la realidad de la imaginación, antes de que los mitos suplanten a la historia y la propaganda a la verdad.

En todo caso, esa situación ha cambiado y jamás regresará. En los tiempos que se inician, el Partido requiere establecer una nueva gobernabilidad. Se erige sobre bases diferentes y con estilos distintos. Ayer, el gran personaje fue el Presidente de la República; hoy, los militantes lo son. Cambió el centro de gravedad del poder. La multitud de los priístas –millones de mujeres y hombres, que asumen la conducción del PRI– son el único factor de la historia por venir. De ello depende nuestra subsistencia. Lo sabemos y lo aceptamos: no con resignación, sino con optimismo y entusiasmo.

Estamos conservando lo que se debe conservar, modificando lo que se debe modificar y rectificando lo que se debe rectificar. Haremos hoy lo que hoy debemos hacer, aunque no sea lo mismo que hicimos ayer. Acostumbrémonos a esta novedad. A ella deberían acostumbrarse, también, quienes ahora, recelosos, nos observan. Extrañamente, éstos censuran hoy lo que antes nos exigían.

Nos dirigimos a grandes decisiones internas. Las adoptaremos con métodos y designios democráticos.

No habrá silencio ni obediencia ominosa. Habrá libre expresión, amplia deliberación y extensa participación. Demostraremos lo que nuestros adversarios no han podido demostrar: calidad moral para ocupar la vanguardia de la democracia en México, comenzando por hacer la democracia en el PRI. Nada de esto significa excluir y destruir. Al contrario; incluir y conciliar, atraer, convencer, congregar. Unidos llegamos hasta aquí. Unidos persistiremos. Esta decisión también figura en las reglas de la nueva gobernabilidad del PRI.

Si ahora emprendemos un nuevo pacto social interno, con la misma decisión emprenderemos el pacto social con quienes forman la vasta sociedad plural. El Partido Revolucionario Institucional reafirmará la alianza con quienes han sido sus partidarios y la propondrá con quienes no lo han sido o no lo son todavía. Reconocemos la necesidad de dirigirnos, con otra voz, otro mensaje, con mayor atención, a los jóvenes y a las mujeres, a las clases medias urbanas, a los empresarios, a los profesionistas e intelectuales, como lo haremos también con nuestros antiguos aliados y constantes amigos, quienes integran los sectores obrero, campesino y popular.

Asumimos la democracia como fundamento del pluralismo y de las vías de acuerdo para la solución de conflictos. Consecuentes con este principio, durante largos años impulsamos la democratización del país y de ahora en adelante, impulsaremos el afianzamiento de sus valores como sustento de nuestra convivencia política.

Creemos en un país y una sociedad que hagan de la lucha por la justicia y la equidad signo del nuevo siglo. Sostenemos que debemos avanzar, todos y juntos, en el camino de la justicia sin menoscabo de libertades ni de soberanía. Queremos que haya desarrollo, pero que éste se distribuya entre todos los mexicanos y las mexicanas de manera equitativa. Creemos en una sociedad que combata la pobreza y asuma la cooperación como instrumento indispensable del desarrollo.

Entendemos la soberanía como un valor fundamental, que debe tener una nueva dimensión en la era de la globalización. Creemos que México debe ser un actor internacional más activo, que nos permita decidir nuestro futuro en armonía con otros países. Por ello creemos en la cooperación internacional, en la autodeterminación de los pueblos, en el respeto a la diversidad y a la identidad de cada nación.

Afirmamos que la legalidad debe ir más allá de la letra de la norma y transformarse plenamente en valor y cultura. Valor compartido entre gobernantes y gobernados, entre sociedad, Estado y Gobierno para su edificación y consolidación. Cultura, para que su práctica y observancia sea parte de nuestra vida social e individual.

Nuestro Partido asume con plena convicción los valores de la pluralidad y la tolerancia. La obra de los gobiernos y el efecto de las instituciones de la Revolución se han reflejado en el surgimiento de una sociedad plural, con diferentes actores, numerosas voces y distintas opiniones, lo que constituye una de las grandes riquezas de la República. La pluralidad exige tolerancia como reconocimiento de la existencia, la dignidad y los derechos del otro, del que no piensa como uno. El PRI se compromete a privilegiar el valor de la tolerancia en la vida pública y en su acción partidista.

Afirmamos que la responsabilidad ética y social es un valor inherente a la práctica de la política. Sin responsabilidad el quehacer político se convierte en simple medio para la satisfacción de ambiciones personales y la legítima lucha por el poder se desvirtúa. Por su identificación con el valor de la responsabilidad, el Partido será desde la oposición o desde el gobierno, fuente de ideas y propuestas para la sociedad y la Nación.

Porque somos partidarios del respeto absoluto a la libertad de expresión, creemos en una sociedad con medios de comunicación responsables y con conciencia social.

Refrendamos la soberanía de la Nación sobre los recursos naturales y que el dominio directo de todos los recursos del subsuelo corresponde originaria, inalienable e imprescriptiblemente a la Nación.

Consideramos que los temas energéticos, como son la electricidad y el petróleo, deben verse con visión estratégica, con planeación de largo plazo y de cara a la ciudadanía.

Queremos un país seguro, que combata la delincuencia y la corrupción. Un país con un sistema expedito, ágil y eficaz de procuración y administración de justicia. Consideramos indispensable atender los derechos de las víctimas e impostergable la profesionalización de los cuerpos policíacos y de investigación.

La adecuada, efectiva y oportuna impartición de justicia es tarea pendiente del Estado mexicano.

Queremos un Estado que haga de la Justicia y la equidad los grandes objetivos nacionales de los próximos tiempos. Un Estado que asuma como prioridad el fortalecimiento de las capacidades y las oportunidades de cada mexicana y cada mexicano, para el disfrute de sus libertades y de una digna y adecuada calidad de vida.

En el ámbito social, porque creemos en los derechos humanos, somos partidarios de un sistema que garantice su ejercicio y que brinde seguridad jurídica y certidumbre a cada mujer y hombre. Creemos en la defensa de los derechos de las minorías y los grupos vulnerables. Consideramos indispensables la salvaguarda y protección de los derechos humanos de nuestros connacionales en el extranjero.

Queremos una sociedad integrada a partir de la familia. Una sociedad que brinde igualdad a los géneros y que permita a cada individuo desarrollar su proyecto personal en un contexto de respeto y paz. Queremos educación, salud, vivienda, alimentación y servicios básicos para cada mexicana y mexicano. La educación que imparta el Estado deberá ser, por su propia naturaleza, laica, gratuita y de calidad.

El Estado laico ha sido, y deberá seguir siendo, condición y garante de sana convivencia y respeto a la diversidad de los mexicanos. Creemos en un país orgulloso de los pueblos indios; consciente del valor que entraña la diversidad pluriétnica y multicultural.

Queremos empleo para los mexicanos, bien remunerado, estable, digno, con seguridad social para cada ciudadano. Creemos indispensable aumentar la productividad pero nunca a costa de la dignidad del trabajador o al margen del carácter social de toda relación laboral.

En el ámbito económico queremos un país altamente competitivo, pero con dimensión humana y conciencia social. Reconocemos la necesidad de que los mercados funcionen con eficacia, lo cual no implica ni la marginación ni la pasividad del Estado.

Creemos en el libre comercio acompañado de políticas promotoras con planeación, estímulo y proyección de largo plazo.

México debe mantener y profundizar sus políticas y mecanismos de comercio exterior. Sentimos indispensable contar con un sistema de promoción de las pequeñas y medianas empresas, urbanas y rurales, que considere el auto-empleo, la capacitación laboral y empresarial, la certificación de destrezas y un esquema agresivo de comercialización y financiamiento. Consideramos indispensable un sistema integral de abasto, que responda oportuna y efectivamente a las demandas de las clases populares en todo el territorio nacional.

Queremos un campo productivo, que reconozca el papel del ejido, de la pequeña propiedad y la propiedad comunal. Que se desarrolle un sistema que garantice bienestar y progreso a las mujeres y hombres del campo. Consideramos indispensable ampliar la infraestructura hidráulica y multiplicar los mecanismos de apoyo a la producción.

Queremos un país que explote sus recursos naturales preservando el medio ambiente. Creemos en el desarrollo sustentable, en una sociedad educada ecológicamente y respetuosa de las otras especies. Queremos un país con clara conciencia del valor de los recursos de la tierra, del agua, del aire limpio y de los recursos no renovables. Consideramos indispensable y urgente diseñar y aplicar políticas dirigidas al cuidado del agua.

Queremos un Estado que no abdique de su papel como regulador, promotor y árbitro del desarrollo; que no pretenda suplantar o inhibir la energía de la sociedad pero que pueda defender el interés del pueblo. Un Estado que sepa cumplir su papel en la economía brindando legalidad, estabilidad y certidumbre.

Refrendamos nuestras convicciones republicanas y federalistas. La grandeza de México descansa en la fortaleza de sus estados y municipios. Habremos de acelerar la eliminación definitiva de criterios y prácticas centralistas que agraviaron al país e impidieron el pleno desarrollo de sus regiones.

Estaremos atentos para impedir su reproducción bajo nuevas formas. La equidad habrá de ser el sello del Pacto Federal en los años por venir.

Para todo ello –cerrar el pasado, sin olvidarlo ni combatirlo, y abrir el futuro, sin obstruirlo ni ensombrecerlo– habremos de revisar nuestras ideas y nuestros programas. Jamás hemos sido un partido dogmático. Un frente popular como el que fuimos y seremos, debe armonizar en un haz de principios comprehensivos los anhelos y las propuestas de un amplio conjunto de la sociedad. La Revolución fue y seguirá siendo de todos los mexicanos. Nuestro partido, heredero de sus causas, se asume como responsable de garantizar la vigencia de su patrimonio: sus principios, sus valores y sus compromisos con el pueblo.

Hoy, refrendamos ser un Partido progresista, de clara vocación nacionalista; una organización política de centro izquierda, afiliada a los mejores designios de la Nación mexicana, a las mejores causas del pueblo mexicano. Tenemos y mantendremos un compromiso con las demandas del pueblo, que debe hallar en el PRI a su más genuino representante. Es el pueblo quién pondrá en las manos del PRI las banderas que éste deba enarbolar. Asumidas, sabremos honrarlas en cada foro, en cada tiempo a los que llegue nuestra acción. Con ésta, y sólo con ella, acreditaremos nuestra palabra y nuestra intención.

Hemos iniciado el camino que lleva a la XVIII Asamblea Nacional. Desde ahora anunciamos y asumimos el deber de preparar con responsabilidad y patriotismo, consecuentemente, este magno foro del Partido Revolucionario Institucional. Será el crisol de la nueva era, en la que ya nos encontramos. A él se dirigirá nuestro esfuerzo democrático. De él emergerá el PRI renovado que sepa transformar, atraer, conducir, entusiasmar: un partido de la mayoría de los mexicanos, que funde su legitimidad en la transparencia de sus procedimientos, en la altura y la calidad de sus objetivos.

Es posible que haya escépticos que consideren imposible lograr por este rumbo, en poco tiempo, todo lo que queremos alcanzar. No faltan quienes persisten en la creencia de que este partido llegó a su estación terminal. No será así, porque los priístas no queremos que así sea. Tenemos la capacidad y la vitalidad para convertir nuestro proyecto de Nación en realidad. Habremos de acrecentarlas y de recuperar el respaldo mayoritario de los mexicanos. Por lo pronto, hemos iniciado nuestra transformación, contra viento y marea. Seguiremos, contra viento y marea. Al cabo de un tiempo veremos los resultados, y todos, con nosotros, los verán.

Cumpliremos el nuevo papel que nos corresponde como partido en la oposición. Desde allí cultivaremos la lealtad que se reclama a la oposición legítima: pero no una lealtad al gobierno, sino al pueblo. Fue éste, no aquél, quien resolvió el 2 de julio. Respetaremos la decisión que adoptó y la acompañaremos en sus legítimas consecuencias. El voto dispuso la nueva composición en los órganos del Estado. No nos coaligamos en las elecciones del 2 de julio; no lo haremos en el gobierno. Cada partido recibió una encomienda precisa, y debe concentrarse en honrarla y cumplirla. En el Congreso de la Unión, actuaremos con firmeza y responsabilidad. Alentaremos y respaldaremos, de manera decidida, lo que beneficie a la Nación y rechazaremos, sin cortapisas, lo que asedie a la libertad, reduzca la justicia o lesione la soberanía. No haremos ni permitiremos -hay que subrayarlo- lo que alguien ha llamado, con una expresión ominosa, «cesiones inteligentes»: ni de libertad, ni de justicia, ni de soberanía.

El Partido Revolucionario Institucional, en la víspera de un relevo histórico, celebra la Revolución Mexicana y renueva sus votos revolucionarios. Se identifica con ellos, y también con la corriente histórica de la que forma parte: la que proviene de los Sentimientos de la Nación, la que se nutre con las grandes batallas del pueblo, la que ganó la Independencia, la que llevó adelante la Reforma.

Se avecina un inmenso viraje: querrá llevarnos al pasado, con soberbia y engaño. Tendrá, en pleno siglo XXI, un aire sabido ya antiguo, aire rancio de mina y hacienda. Propondrá, con fórmulas que parecen modernas, productos que rechazaron nuestros abuelos y no merecen nuestros hijos. En esta circunstancia, el Partido Revolucionario Institucional debe ser muralla para detener el asalto del pasado y plataforma para iniciar la conquista del porvenir. Esa es nuestra convocatoria. La proclamamos de nuevo, en esta fiesta natural del partido.

Habrá que relanzar la Revolución Mexicana, una revolución en la paz, con el signo que le impone la era que comienza.