PRI:
MURALLA CONTRA LA DERECHA
NUESTRO PARTIDO ASUME CON PLENA CONVICCIÓN LOS VALORES
DE LA PLURALIDAD Y LA TOLERANCIA*
*Mensaje de la Presidenta del CEN del PRI, en el
XC Aniversario del Inicio de la Revolución Mexicana. Auditorio
Plutarco Elías Calles de la sede nacional del Partido Revolucionario
Institucional, 20 de noviembre de 2000.
Nos encontramos reunidos para conmemorar el nonagésimo
aniversario de la Revolución Mexicana, que no es, no puede
ser, un aniversario más. Estamos a unos días de
que la corriente de la Revolución Mexicana deje la Presidencia
de la República su baluarte de muchas décadas
y llegue a ésta otra corriente histórica. ¿Qué
será: el futuro que se inicia o el pasado que regresa?
Ese es el signo de estos días, y esa la pregunta que hoy
nos planteamos de cara a la Nación.
Bajo
este signo celebramos el 20 de noviembre y con él arribaremos
al 1° de diciembre; dos fechas en la historia; dos motivos
de intenso trabajo; dos razones de profunda reflexión.
Hay que cobrar conciencia cabal de los hechos que hemos vivido
y de los que habremos de vivir. Hay que transitar con nuevos bríos
el camino histórico del que forma parte ese tramo magnífico
al que llamamos, con una expresión que es familiar para
todos los mexicanos: la Revolución Mexicana. No el recuerdo,
sino el ideal. No la crónica del historiador, sino el impulso
del constructor.
Ninguna
batalla se gana en definitiva, ningún territorio se ocupa
para siempre. Creímos que aquella corriente, la que pronto
asumirá el gobierno, derrotada en las ideas, en la guerra
y en la historia, habría quedado, para siempre, en el arcón
de los recuerdos, como desaparecen los malos sueños.
Creíamos
que había se había desvanecido, sacudida por generaciones
pasadas que creyeron asegurar el destino de las generaciones futuras.
No fue así. Hoy comparece una vez más. Por lo tanto,
también hoy debemos reanudar una batalla que supusimos
concluida: una batalla por la Nación y sus instituciones;
la antigua batalla por el progreso, la libertad y la justicia.
Lo que antes hicimos, lo que antes creímos, lo que antes
logramos, deberemos hacerlo, creerlo y lograrlo, una vez más,
a partir de este momento, en un trabajo cotidiano, con entereza
y entusiasmo. Es nuestro compromiso y será si lo
asumimos nuestro mejor destino.
Este
20 de noviembre, que nunca olvidaremos, celebra la República
su Revolución armada. Y también celebra lo que esa
Revolución en la misma línea profunda y decisiva
de la Independencia y la Reforma trajo consigo al cuerpo
y al alma de México y de los mexicanos. La marcha comenzó
hace mucho tiempo: en el alba de la insurgencia. Se refrendó
con la Reforma y ante el Imperio. Siempre cuesta arriba, cada
hora de cada día. La Nación, empeñada en
una dialéctica que ya no cesaría, debió elegir
en todo momento, sin pausa ni abandono. Lo hizo. Eligió
entre el pasado y el futuro, entre la libertad y la servidumbre,
entre el despojo y la justicia.
Hay
que mirar hacia atrás. Mirar un momento, para luego volver
hacia delante y no dejar nunca -nunca más- de avanzar con
ese rumbo y con ese destino. En los primeros días del siglo
ya concluido, la Nación estaba sumida en la miseria, la
postración y el desaliento. A partir de ahí se recuperaría
de nuevo; desde allí se elevaría resuelta; de ese
punto partiría en su propia y necesaria travesía.
Pronto el pueblo mismo con sus manos y su brío
haría una revolución inmensa y generosa, la primera
del nuevo siglo para alumbrar con ella, ante los ojos del mundo,
un mundo nuevo. Valía la pena. Las mujeres y los hombres
de ese tiempo lo supusieron. Nosotros, ahora, lo sabemos con certeza.
Otro
México se proyectaría muy pronto, entre el humo
y las cenizas: México renacido, recuperado, reconstruido.
Con la Revolución Mexicana asistimos a la refundación
de la República: desde los cimientos que había y
hacia las alturas que se advertían. La Revolución
Mexicana dejó la guerra para emprender la paz, su vocación
genuina. Transformó en realidades las promesas y pobló
el país con escuelas, universidades, hospitales, fábricas,
obras de riego, comunicaciones, laboratorios, bibliotecas, puertos,
viviendas. El mundo pudo constatar el surgimiento de un nuevo
paisaje en una nación renovada.
La
población creciente, asentada en ciudades que se multiplicaban
y en tierras que se repartían, tuvo otras condiciones para
su existencia: anchos horizontes y oportunidades numerosas. Hay
quienes desconocen el esfuerzo infinito que demandó esa
empresa. Lo desconocen, porque la República nueva ya estaba
aquí cuando ellos nacieron. Y hay quienes lo conocen, pero
lo niegan. Estos disimulan con ignorancia su nostalgia y pretenden
olvidar a quién deben las libertades que hoy disfrutan.
Pero
la Revolución hizo más que obras físicas.
Otra obra hizo, visible, sólida, efectiva: la Revolución
hizo instituciones, donde no había. De esta forma dotó
a la República de una columna vertebral, íntegra
y fuerte, que aseguraría su cohesión, animaría
su marcha y alimentaría su espíritu. Esa es la tarea
más importante y noble de la historia, la más duradera,
la más trascendente: la obra que es condición y
aliento para lograr lo faltante.
Sin
buscarlo ni proponérselo México encontró
lo que después se ha llamado la «tercera vía».
Esta no ha sido otra cosa que buscar el equilibrio entre las reglas
del mercado y las exigencias de la justicia social; entre las
relaciones económicas con otros países y la defensa
de los intereses nacionales. Entre los derechos individuales y
las obligaciones del Estado; entre las autonomías étnicas
y regionales y el imperativo de la unidad nacional.
Una
a una aparecieron las grandes instituciones de la República,
las que forjarían su democracia, las que favorecerían
su educación y su cultura, las que elevarían sus
ciencias y sus artes, las que soportarían su economía,
las que protegerían su libertad y su justicia, las que
afirmarían su voluntad soberana. Instituciones de la Constitución
política, pero también de la Constitución
social de la Nación mexicana: una y otra en renovación
constante, vivas y activas, competentes y promisorias.
En
este lúcido proceso de forjar instituciones necesarias,
tocó su turno a la nuestra, al Partido de la Revolución.
Debió preguntarse el Presidente Calles, a medio camino
entre un mundo violento que debía retirarse, y un mundo
apacible que debía florecer, cómo conducir la pasión
y la fuerza, la imaginación y el talento, por un cauce
idóneo que transformara el tumulto en serenidad; un cauce
que recibiera la energía y la convirtiera en gobierno y
en progreso. O dicho de otra manera: en gobierno para el progreso,
gobierno para el pueblo.
Primero
Partido Nacional Revolucionario, después Partido de la
Revolución Mexicana, y ahora Partido Revolucionario Institucional.
Siempre revolucionario, por raíz, por definición,
por vocación. Y al cabo, institucional: para establecer
el punto de arribo, el futuro fecundo y fidedigno, que convierte
la demanda en norma, la exigencia en derecho, la solidaridad en
obligación, el torrente en institución. Este partido
ha sido y es una de las grandes instituciones de la República,
arraigada en la historia y aportada por la Revolución.
Lo repudian, con absoluta espontaneidad, quienes ignoran aquélla
y rechazan ésta.
Nuestro
partido ha sido, además, protagonista del siglo XX. Con
él transitó la sociedad mexicana un largo trecho
de esta centuria. Ahora es el turno de mirar hacia el futuro y
plantar al partido en el camino que aquí comienza; hacerlo,
en suma, el partido del siglo XXI: que en éste ocupe la
función de avanzada, garantía para alcanzar el futuro
que anhelan los mexicanos y las mexicanas. El Partido Revolucionario
Institucional tiene la competencia, la entereza y la experiencia
para cumplir ese papel estupendo. Del tropiezo podemos extraer
una lección que nos ilustre y una oportunidad que nos anime.
Ese es el reto. Trabajamos en una triple dimensión de la
vida política, que hoy reviste condiciones insólitas.
Por una parte, concurrimos a los comicios del calendario democrático.
Por otra, revisamos nuestra estructura, profundizamos nuestra
democracia, generamos los consensos internos que nos confieran
fuerza y vigencia. Finalmente, tendemos los puentes con la sociedad
renovada y planteamos, con perspicacia y diligencia, los compromisos
del partido, que son títulos de moral política y
razones de supervivencia: realidad y pensamiento, hechos e ideas.
Esos son los frentes que cubrimos. En todos tendremos el éxito
que permitan la conciencia del momento que vivimos, la previsión
de los riesgos que corremos y la esperanza del horizonte -ancho
y nuestro- al que sabremos dirigirnos. Si está en nuestras
manos, podrá estar en nuestro destino.
No
hemos reposado desde el 2 de julio. El mandato fue preciso: redoblar
la marcha, con mayores banderas y mejores estrategias. En eso
estamos. Hemos competido en varias elecciones estatales. En todas
obtuvimos -contra el presagio de nuestros adversarios- votaciones
copiosas. En Chiapas se requirió la unión de ocho
partidos, en una rara asociación contraria a la naturaleza
y extraña a la democracia, para superar los votos que alcanzamos.
En Veracruz, nuestro partido conservó la mayoría
absoluta en el Congreso y se instaló en el gobierno de
un creciente número de municipios.
En
Tabasco obtuvimos un triunfo claro y enérgico, que defendemos,
también, con claridad y energía; amparados en la
ley y en la voluntad de los tabasqueños. En Jalisco repusimos
al partido en el favor de los ciudadanos y elevamos nuestra votación
por encima de las mejores expectativas. Derrotamos la soberbia
de nuestros adversarios y enfrentamos su malicia.
Este
es el saldo un saldo estimulante a sólo cuatro
meses del mayor quebranto electoral que hemos conocido. Buenos
candidatos, buenas propuestas, buenas campañas hicieron
su parte. Lo demás lo puso, con autoridad definitiva, el
voto de los electores. Y a él nos atenemos.
Demostramos
en cada caso, y en todos juntos, la determinación que nos
anima: no disputaremos lo que no nos asigne el pueblo, pero lucharemos
sin desmayo por sostener lo que el pueblo mismo nos confíe.
En ambos casos haremos honor a la confianza del pueblo: concediendo
y reclamando. No hubo ni habrá empecinamiento; tampoco
claudicación y abandono. No se negociará en las
mesas lo que se ordenó en las urnas. Pasó el tiempo
que nos duele recordar de conceder a los opositores
lo que no les otorgaron los ciudadanos. De eso se beneficiaron
nuestros adversarios, que hoy se ufanan de las concesiones que
hicimos y lucran con el resultado de las batallas que no libramos.
Pero el pasado es el pasado. No lo olvidamos, ni lo repetiremos.
Hacia
dentro, construimos un nuevo pacto social. Nuestro eje articulador
se localizó, por varias décadas, donde estuvo la
fuerza germinal del partido: la Presidencia de la República.
Largos años de presidencialismo, reflejo de las fortalezas
y debilidades de nuestra sociedad, de las posibilidades y necesidades
de un país cambiante que demandaba un Ejecutivo fuerte.
La realidad misma de México explica la relación
umbilical entre el Ejecutivo y el partido creado desde el poder.
Sin embargo, ni hubo perfecta dictadura ni se ejerció una
presidencia imperial. Debemos separar la realidad de la imaginación,
antes de que los mitos suplanten a la historia y la propaganda
a la verdad.
En
todo caso, esa situación ha cambiado y jamás regresará.
En los tiempos que se inician, el Partido requiere establecer
una nueva gobernabilidad. Se erige sobre bases diferentes y con
estilos distintos. Ayer, el gran personaje fue el Presidente de
la República; hoy, los militantes lo son. Cambió
el centro de gravedad del poder. La multitud de los priístas
millones de mujeres y hombres, que asumen la conducción
del PRI son el único factor de la historia por venir.
De ello depende nuestra subsistencia. Lo sabemos y lo aceptamos:
no con resignación, sino con optimismo y entusiasmo.
Estamos
conservando lo que se debe conservar, modificando lo que se debe
modificar y rectificando lo que se debe rectificar. Haremos hoy
lo que hoy debemos hacer, aunque no sea lo mismo que hicimos ayer.
Acostumbrémonos a esta novedad. A ella deberían
acostumbrarse, también, quienes ahora, recelosos, nos observan.
Extrañamente, éstos censuran hoy lo que antes nos
exigían.
Nos
dirigimos a grandes decisiones internas. Las adoptaremos con métodos
y designios democráticos.
No
habrá silencio ni obediencia ominosa. Habrá libre
expresión, amplia deliberación y extensa participación.
Demostraremos lo que nuestros adversarios no han podido demostrar:
calidad moral para ocupar la vanguardia de la democracia en México,
comenzando por hacer la democracia en el PRI. Nada de esto significa
excluir y destruir. Al contrario; incluir y conciliar, atraer,
convencer, congregar. Unidos llegamos hasta aquí. Unidos
persistiremos. Esta decisión también figura en las
reglas de la nueva gobernabilidad del PRI.
Si
ahora emprendemos un nuevo pacto social interno, con la misma
decisión emprenderemos el pacto social con quienes forman
la vasta sociedad plural. El Partido Revolucionario Institucional
reafirmará la alianza con quienes han sido sus partidarios
y la propondrá con quienes no lo han sido o no lo son todavía.
Reconocemos la necesidad de dirigirnos, con otra voz, otro mensaje,
con mayor atención, a los jóvenes y a las mujeres,
a las clases medias urbanas, a los empresarios, a los profesionistas
e intelectuales, como lo haremos también con nuestros antiguos
aliados y constantes amigos, quienes integran los sectores obrero,
campesino y popular.
Asumimos
la democracia como fundamento del pluralismo y de las vías
de acuerdo para la solución de conflictos. Consecuentes
con este principio, durante largos años impulsamos la democratización
del país y de ahora en adelante, impulsaremos el afianzamiento
de sus valores como sustento de nuestra convivencia política.
Creemos
en un país y una sociedad que hagan de la lucha por la
justicia y la equidad signo del nuevo siglo. Sostenemos que debemos
avanzar, todos y juntos, en el camino de la justicia sin menoscabo
de libertades ni de soberanía. Queremos que haya desarrollo,
pero que éste se distribuya entre todos los mexicanos y
las mexicanas de manera equitativa. Creemos en una sociedad que
combata la pobreza y asuma la cooperación como instrumento
indispensable del desarrollo.
Entendemos
la soberanía como un valor fundamental, que debe tener
una nueva dimensión en la era de la globalización.
Creemos que México debe ser un actor internacional más
activo, que nos permita decidir nuestro futuro en armonía
con otros países. Por ello creemos en la cooperación
internacional, en la autodeterminación de los pueblos,
en el respeto a la diversidad y a la identidad de cada nación.
Afirmamos
que la legalidad debe ir más allá de la letra de
la norma y transformarse plenamente en valor y cultura. Valor
compartido entre gobernantes y gobernados, entre sociedad, Estado
y Gobierno para su edificación y consolidación.
Cultura, para que su práctica y observancia sea parte de
nuestra vida social e individual.
Nuestro
Partido asume con plena convicción los valores de la pluralidad
y la tolerancia. La obra de los gobiernos y el efecto de las instituciones
de la Revolución se han reflejado en el surgimiento de
una sociedad plural, con diferentes actores, numerosas voces y
distintas opiniones, lo que constituye una de las grandes riquezas
de la República. La pluralidad exige tolerancia como reconocimiento
de la existencia, la dignidad y los derechos del otro, del que
no piensa como uno. El PRI se compromete a privilegiar el valor
de la tolerancia en la vida pública y en su acción
partidista.
Afirmamos
que la responsabilidad ética y social es un valor inherente
a la práctica de la política. Sin responsabilidad
el quehacer político se convierte en simple medio para
la satisfacción de ambiciones personales y la legítima
lucha por el poder se desvirtúa. Por su identificación
con el valor de la responsabilidad, el Partido será desde
la oposición o desde el gobierno, fuente de ideas y propuestas
para la sociedad y la Nación.
Porque
somos partidarios del respeto absoluto a la libertad de expresión,
creemos en una sociedad con medios de comunicación responsables
y con conciencia social.
Refrendamos
la soberanía de la Nación sobre los recursos naturales
y que el dominio directo de todos los recursos del subsuelo corresponde
originaria, inalienable e imprescriptiblemente a la Nación.
Consideramos
que los temas energéticos, como son la electricidad y el
petróleo, deben verse con visión estratégica,
con planeación de largo plazo y de cara a la ciudadanía.
Queremos
un país seguro, que combata la delincuencia y la corrupción.
Un país con un sistema expedito, ágil y eficaz de
procuración y administración de justicia. Consideramos
indispensable atender los derechos de las víctimas e impostergable
la profesionalización de los cuerpos policíacos
y de investigación.
La
adecuada, efectiva y oportuna impartición de justicia es
tarea pendiente del Estado mexicano.
Queremos
un Estado que haga de la Justicia y la equidad los grandes objetivos
nacionales de los próximos tiempos. Un Estado que asuma
como prioridad el fortalecimiento de las capacidades y las oportunidades
de cada mexicana y cada mexicano, para el disfrute de sus libertades
y de una digna y adecuada calidad de vida.
En
el ámbito social, porque creemos en los derechos humanos,
somos partidarios de un sistema que garantice su ejercicio y que
brinde seguridad jurídica y certidumbre a cada mujer y
hombre. Creemos en la defensa de los derechos de las minorías
y los grupos vulnerables. Consideramos indispensables la salvaguarda
y protección de los derechos humanos de nuestros connacionales
en el extranjero.
Queremos
una sociedad integrada a partir de la familia. Una sociedad que
brinde igualdad a los géneros y que permita a cada individuo
desarrollar su proyecto personal en un contexto de respeto y paz.
Queremos educación, salud, vivienda, alimentación
y servicios básicos para cada mexicana y mexicano. La educación
que imparta el Estado deberá ser, por su propia naturaleza,
laica, gratuita y de calidad.
El
Estado laico ha sido, y deberá seguir siendo, condición
y garante de sana convivencia y respeto a la diversidad de los
mexicanos. Creemos en un país orgulloso de los pueblos
indios; consciente del valor que entraña la diversidad
pluriétnica y multicultural.
Queremos
empleo para los mexicanos, bien remunerado, estable, digno, con
seguridad social para cada ciudadano. Creemos indispensable aumentar
la productividad pero nunca a costa de la dignidad del trabajador
o al margen del carácter social de toda relación
laboral.
En
el ámbito económico queremos un país altamente
competitivo, pero con dimensión humana y conciencia social.
Reconocemos la necesidad de que los mercados funcionen con eficacia,
lo cual no implica ni la marginación ni la pasividad del
Estado.
Creemos
en el libre comercio acompañado de políticas promotoras
con planeación, estímulo y proyección de
largo plazo.
México
debe mantener y profundizar sus políticas y mecanismos
de comercio exterior. Sentimos indispensable contar con un sistema
de promoción de las pequeñas y medianas empresas,
urbanas y rurales, que considere el auto-empleo, la capacitación
laboral y empresarial, la certificación de destrezas y
un esquema agresivo de comercialización y financiamiento.
Consideramos indispensable un sistema integral de abasto, que
responda oportuna y efectivamente a las demandas de las clases
populares en todo el territorio nacional.
Queremos
un campo productivo, que reconozca el papel del ejido, de la pequeña
propiedad y la propiedad comunal. Que se desarrolle un sistema
que garantice bienestar y progreso a las mujeres y hombres del
campo. Consideramos indispensable ampliar la infraestructura hidráulica
y multiplicar los mecanismos de apoyo a la producción.
Queremos
un país que explote sus recursos naturales preservando
el medio ambiente. Creemos en el desarrollo sustentable, en una
sociedad educada ecológicamente y respetuosa de las otras
especies. Queremos un país con clara conciencia del valor
de los recursos de la tierra, del agua, del aire limpio y de los
recursos no renovables. Consideramos indispensable y urgente diseñar
y aplicar políticas dirigidas al cuidado del agua.
Queremos
un Estado que no abdique de su papel como regulador, promotor
y árbitro del desarrollo; que no pretenda suplantar o inhibir
la energía de la sociedad pero que pueda defender el interés
del pueblo. Un Estado que sepa cumplir su papel en la economía
brindando legalidad, estabilidad y certidumbre.
Refrendamos
nuestras convicciones republicanas y federalistas. La grandeza
de México descansa en la fortaleza de sus estados y municipios.
Habremos de acelerar la eliminación definitiva de criterios
y prácticas centralistas que agraviaron al país
e impidieron el pleno desarrollo de sus regiones.
Estaremos
atentos para impedir su reproducción bajo nuevas formas.
La equidad habrá de ser el sello del Pacto Federal en los
años por venir.
Para
todo ello cerrar el pasado, sin olvidarlo ni combatirlo,
y abrir el futuro, sin obstruirlo ni ensombrecerlo habremos
de revisar nuestras ideas y nuestros programas. Jamás hemos
sido un partido dogmático. Un frente popular como el que
fuimos y seremos, debe armonizar en un haz de principios comprehensivos
los anhelos y las propuestas de un amplio conjunto de la sociedad.
La Revolución fue y seguirá siendo de todos los
mexicanos. Nuestro partido, heredero de sus causas, se asume como
responsable de garantizar la vigencia de su patrimonio: sus principios,
sus valores y sus compromisos con el pueblo.
Hoy,
refrendamos ser un Partido progresista, de clara vocación
nacionalista; una organización política de centro
izquierda, afiliada a los mejores designios de la Nación
mexicana, a las mejores causas del pueblo mexicano. Tenemos y
mantendremos un compromiso con las demandas del pueblo, que debe
hallar en el PRI a su más genuino representante. Es el
pueblo quién pondrá en las manos del PRI las banderas
que éste deba enarbolar. Asumidas, sabremos honrarlas en
cada foro, en cada tiempo a los que llegue nuestra acción.
Con ésta, y sólo con ella, acreditaremos nuestra
palabra y nuestra intención.
Hemos
iniciado el camino que lleva a la XVIII Asamblea Nacional. Desde
ahora anunciamos y asumimos el deber de preparar con responsabilidad
y patriotismo, consecuentemente, este magno foro del Partido Revolucionario
Institucional. Será el crisol de la nueva era, en la que
ya nos encontramos. A él se dirigirá nuestro esfuerzo
democrático. De él emergerá el PRI renovado
que sepa transformar, atraer, conducir, entusiasmar: un partido
de la mayoría de los mexicanos, que funde su legitimidad
en la transparencia de sus procedimientos, en la altura y la calidad
de sus objetivos.
Es
posible que haya escépticos que consideren imposible lograr
por este rumbo, en poco tiempo, todo lo que queremos alcanzar.
No faltan quienes persisten en la creencia de que este partido
llegó a su estación terminal. No será así,
porque los priístas no queremos que así sea. Tenemos
la capacidad y la vitalidad para convertir nuestro proyecto de
Nación en realidad. Habremos de acrecentarlas y de recuperar
el respaldo mayoritario de los mexicanos. Por lo pronto, hemos
iniciado nuestra transformación, contra viento y marea.
Seguiremos, contra viento y marea. Al cabo de un tiempo veremos
los resultados, y todos, con nosotros, los verán.
Cumpliremos
el nuevo papel que nos corresponde como partido en la oposición.
Desde allí cultivaremos la lealtad que se reclama a la
oposición legítima: pero no una lealtad al gobierno,
sino al pueblo. Fue éste, no aquél, quien resolvió
el 2 de julio. Respetaremos la decisión que adoptó
y la acompañaremos en sus legítimas consecuencias.
El voto dispuso la nueva composición en los órganos
del Estado. No nos coaligamos en las elecciones del 2 de julio;
no lo haremos en el gobierno. Cada partido recibió una
encomienda precisa, y debe concentrarse en honrarla y cumplirla.
En el Congreso de la Unión, actuaremos con firmeza y responsabilidad.
Alentaremos y respaldaremos, de manera decidida, lo que beneficie
a la Nación y rechazaremos, sin cortapisas, lo que asedie
a la libertad, reduzca la justicia o lesione la soberanía.
No haremos ni permitiremos -hay que subrayarlo- lo que alguien
ha llamado, con una expresión ominosa, «cesiones
inteligentes»: ni de libertad, ni de justicia, ni de soberanía.
El
Partido Revolucionario Institucional, en la víspera de
un relevo histórico, celebra la Revolución Mexicana
y renueva sus votos revolucionarios. Se identifica con ellos,
y también con la corriente histórica de la que forma
parte: la que proviene de los Sentimientos de la Nación,
la que se nutre con las grandes batallas del pueblo, la que ganó
la Independencia, la que llevó adelante la Reforma.
Se
avecina un inmenso viraje: querrá llevarnos al pasado,
con soberbia y engaño. Tendrá, en pleno siglo XXI,
un aire sabido ya antiguo, aire rancio de mina y hacienda. Propondrá,
con fórmulas que parecen modernas, productos que rechazaron
nuestros abuelos y no merecen nuestros hijos. En esta circunstancia,
el Partido Revolucionario Institucional debe ser muralla para
detener el asalto del pasado y plataforma para iniciar la conquista
del porvenir. Esa es nuestra convocatoria. La proclamamos de nuevo,
en esta fiesta natural del partido.
Habrá
que relanzar la Revolución Mexicana, una revolución
en la paz, con el signo que le impone la era que comienza.
