Voces
para nombrar la injusticia
GREGORIO
W. PUILJÁ*
Antropología,
etnología, política e historia concurren en el empleo
indiscriminado de las voces. En el manejo popular, indio, indígena,
aborigen, natural, indigente o monolingüe son nombres que
se funden cual sinónimos o se separan de un compromiso
de equidad, a efecto del prejuicio que, durante siglos de desprecio
y marginación, ha impedido aceptar que existen pueblos,
naciones o unidades culturales que no obstante insertos en el
concepto general de nación y a pesar de estar contemplados
en México en el Artículo Cuarto Constitucional,
so-breviven bajo desventajas similares a las padecidas por sus
antepasados bajo el régimen colonial.
En
general sobrepasado por el uso cambiante de los términos,
el diccionario no contempla acepciones más precisas o circunstanciales
que pudieran abarcar la raíz social y desde luego
histórica de una realidad delimitada geográfica
y espiritualmente por lenguas, costumbres, creencias, formas de
ser, de gobernarse y estar en el mundo. Imposible negar que es
su conciencia de identidad lo que, a pesar de cuanto se ha hecho
externamente por disminuirlos, permite a tal o cual comunidad
perdurar en el tiempo y reconocerse en sí y ante los otros
como una entidad propia. A pesar de que tanto el derecho internacional
como el ámbito nacional incorporen estos pueblos a las
normas fundamentales de sus países de origen, no se ha
conseguido armonizar, bajo el concepto de Estado regente, la convivencia
plural de naciones contenidas entre sus fronteras.
La
lucha internacional por los derechos colectivos ha sido ardua
y constante durante los últimos años para establecer
condiciones más justas entre los pueblos indígenas
con los Estados de los que forman parte en la actualidad. El problema,
sin embargo, está vigente y aún sin solución
en países que, como México, no pueden formular definiciones
de autonomía, nación y cultura en términos
viables y equitativos. Tal imposibilidad enfrenta el dilema, primero,
de ajustarse a la legislación general; y después,
la necesidad de vencer la existencia de un racismo escasamente
reconocido, pero que de hecho impide armonizar leyes y figuras
jurídicas.
En
lo que a México compete, bastaría remontar la carga
semántica en el uso social de los términos con los
que nos referimos al indio y a los pueblos indígenas para
entender el atraso que los condena, si no a la extinción
-que tampoco se descarta de la imaginación de los grupos
hegemónicos-, al menos a continuar padeciendo de manera
indiscriminada uno de los más atroces confinamientos en
niveles por debajo de la miseria. Chiapas y la Tarahumara sólo
son dos ejemplos extremos de una injusticia que, por analogía
étnica, recae sobre 8 millones de personas cuya situación
las excluye, en definitiva, hasta del amparo individual contemplado
en el Artículo Primero de nuestra Constitución.
En
su acepción original, desde la Europa del siglo XVI se
llamaba «indio» al habitante aborigen de las Indias
Occidentales. Vinculado a la confusión de haber navegado
hasta las Indias Orientales, el término perdura al sumar
la invención de América a la utopía de una
última Tule anticipada por Séneca en Medea, como
resultado de sucesivas fantasías mediterráneas que
convirtieron la Atlántida de Platón en síntesis
del pasado remoto y modernas reflexiones griegas. Último
reducto de las figuraciones latinas, la de Tule, en referencias
mitológicas y legendarias que citaban nubes viajeras del
Plus Ultra, consiguió infiltrarse en poetas y filósofos
hasta convertirse en el sueño causado de Américo
Vespucio. De tan prolongada y fecunda, esta fábula inspiró
aventuras y expediciones de todo tipo, incluida la del Nuevo Mundo,
desde luego.
Por
su parte Tomás Moro un santo en toda la línea
que con su propia vida defendió a la Iglesia de Roma ante
los excesos de Enrique VIII retomó la herencia platónica
y, transformada en Utopía, ofreció a la suya y a
las generaciones subsiguientes la búsqueda de una comunidad
ideal no ya en un monasterio, sino en una isla mítica de
ese Nuevo Mundo que colmaba el siglo XVI de toda suerte de versiones
idealizadas sobre la felicidad y la justicia. Su fantasía
política se convertiría en modelo y referencia para
muchas otras en su hora y en los siglos venideros. Memorables
serían, por ejemplo, la Isla de San Balandrán o
de los Pájaros, las célebres Siete Ciudades, la
Antilia y el Brasil.
Como
siempre, los ritmos del sueño, del filosofar y del poder
no eran coincidentes. Traído desde La República
de Platón, el pregón utópico del bien común
encontró una perfecta cabida en el ideal de justicia de
los humanistas cristianos. Pero detrás del antecedente
idílico, aparecieron los «indios» de carne
y hueso -hombres «en estado de naturaleza»- no en
el espejismo de Ultramar, sino en el «descubrimiento»
del verdadero, deslumbrante y codiciado Nuevo Mundo.
Asombrado
por los hallazgos en Tierra Firme, como tantos europeos de su
tiempo, Francisco López de Gómara afirmó
que América había sido la mayor cosa «después
de la creación del mundo, sacando la encarnación
y muerte del que los creó». Y lo fue no sólo
por ofrecer recursos que sobrepasaban la más ambiciosa
idea imperial de Carlos V, sino porque la Iglesia católica
encontraba también un medio casi mágico para resarcirse,
material y espiritualmente, del saldo fatídico de las cruzadas.
Los dos poderes dominantes encontraron en los indios y sus bienes,
de este modo, la oportunidad esperada para consolidar su aspiración
absolutista.
Quiso
el destino para los indios marginados del tumultuoso y no obstante
contradictorio mestizaje, en cambio, que la conquista y la posterior
colonización iniciaran una historia propia tramada de extremos
de violencia, injusticia, odio y conquistas espirituales tan significadas
como el acto fundatorio del derecho internacional, que consta
en las Reelecciones vitorianas, en la de potestate civili y en
la de Indis prior principalmente, que corresponden exclusivamente
a la intuición creadora y genial de Francisco de Vitoria.*
Y
aunque tales contribuciones teológicojurídicas
modificaron la concepción imperial y religiosa de los derechos
y las obligaciones, los hechos se encargaron de homologar la figura
del indio a la del vencido, no únicamente a los ojos del
dominador inmediato, sino como traslado sucesivo del modelo de
ser y conservarse como sujeto de explotación y desprecio
por parte de criollos y mestizos. Si bien la esclavitud creó
el precedente, al prevalecer históricamente en los peldaños
más bajos del beneficio social el indio y por extensión
su comunidad fue obligado a atrincherarse en las regiones
más inhóspitas de las que fueran sus tierras originales.
Sólo así pudieron subsistir con lo mínimo
ante el avance gradual de los poderes constituidos en y durante
los tránsitos del régimen colonial al México
independiente; y de éste al país de la ocupación,
hasta el triunfo definitivo de la República.
Perseguidos
indistintamente por las clases dominantes y sin distingo de época
o forma de gobierno, sólo hasta la Constitución
de 1917 el país toma en cuenta, siquiera formalmente, la
necesidad de referirse a los derechos indígenas. Antes
de eso, tanto el México independiente como el de la Constitución
de 1857, se creyó necesario romper con la sociedad estamentaria
en vista de que «todos somos mexicanos, no hay prerrogativas
ni honores hereditarios, y el que nazca en esta tierra será
libre». Distinguir a las personas por razones de raza, clase
o privilegios concedidos, era tanto como ceder a los resabios
de las instituciones coloniales. Concebirse como una sola nación,
sin embargo, implicaba la existencia de una imposible unidad bajo
los términos establecidos por el Estado. Y, aunque el México
del siglo XX contempla la realidad jurídica de los pueblos
indígenas, nada se ha logrado en su beneficio. La realidad,
antes bien, es la mejor prueba de que el indio como tal y como
miembro de un pueblo o comunidad indígena es la víctima
más indefensa de nuestra sociedad, el más pobre,
despreciado y ajeno a cualquier conquista de equidad o derecho
en el territorio mexicano.
Indio,
por tanto, significa en los hechos ser una persona despreciable
para las clases dominantes, despreciado por el Estado e invariablemente
condenado a sufrir el racismo, bajo la tolerancia de las leyes.
Los
«naturales» de Nueva España, por ejemplo, eran
todos los nativos de la tierra conquistada, sin distingo de cultura.
Su sufrimiento inspiró la declaración de las Leyes
Nuevas para normar la relación entre dominadores y vencidos,
por mediación de Fray Bartolomé de las Casas. A
la acción civilizadora de los evangeliza-dores se debe
la vertiente del humanismo crítico indiviso del alegato
de fray Antón de Montesinos cuyo anhelo de justicia
continúa vigente en lo esencial de nuestro tiempo.
Motolinía,
Vasco de Quiroga o Diego Durán son sólo unos cuantos
nombres que distinguen la obra de los luchadores sociales que,
con los teólogos de la Escuela de Salamanca, presididos
por Francisco de Vitoria, contribuirían no sólo
a moldear la conciencia de dignidad más allá de
los límites religiosos, sino a modificar las condiciones
de sujeción de unos hombres sobre otros que, por desgracia,
perduran todavía en nuestro país, en detrimento
de los descendientes de aquellos que inspiraran las memorables
preguntas de Montesinos: «¿Qué, aquellos no
son hombres? ¿Acaso no tienen alma...?»
Reciente,
apenas de nuestro siglo e inseparable de los derechos internacionales,
el término «indígena» conlleva toda
la concepción antropológica de los pueblos o comunidades
indígenas. El uso expansivo del nombre, al margen de su
figura jurídica, también sugiere actitudes racistas
y segre-gantes menos visibles, pues modifica, suavizándolo
al menos de manera nominal, el concepto social y político
del indio. Lo interesante es que los miembros de tales comunidades
no participan de esta manera de llamarlos, sino que a sí
mismos se definen por su término local y preciso. Así
los nahuas, chamulas, tarahumaras, tzotziles, chontales, lacandomes,
mixes, mixtecos... Tampoco se consideran parte del supuesto «pueblo
chiapaneco» en atención, por ejemplo, a la región
en conflicto, sino que lo frecuente es escuchar su pertenencia
al «pueblo chamula».
Extensiva
a su condición desventajosa, finalmente, ser indio o indígena
es también ser indigente en términos sociológicos.
No es extraño encontrarse con supuestos sinónimos
como «marginados», «campesinos», «aborígenes»,
«primitivos», «atrasados», «mono-língües»
o «ignorantes» principalmente en las referencias populares.
Entre la selva de adjetivos que ha inventado la sociedad a su
costa, destaca el abominable «indito»; así,
en diminutivo, como prefiere el lenguaje común de la hipocresía
colectiva, cuando escudada en falsos resabios nahuas. Por extensión
del dicho racismo, también se atreven con los «negritos»
y ni qué decir de las «mujercitas» o las «damitas»
al pretender encubrir un desprecio colmado de significados excluyentes.
Nunca,
en cambio, han conquistado la categoría de personas en
el lenguaje común, quizá porque su ascenso al universo
de los derechos y con él al de la justicia, todavía
pertenece a las invenciones utópicas que de manera extraña
consiguieron infiltrarse en la imaginación y la irracionalidad
de nuestro tiempo. Es importante destacar que, para quienes no
hemos nacido en México y sin embargo nuestras raíces
nos vinculan a su cultura, lo que más llama la atención
es descubrir que los propios «mexicanos» no llaman
mexicanos a los indios ni se consideran iguales a los pueblos
indígenas en aspecto alguno: hecho revelador que no puede
menos que encabezar las razones que imposibilitan cualquier solución
a un problema secular tan intrincado e inseparable además
de intereses religiosos y, desde luego, también antropológicos.
Y
si hay mar de fondo en las cuestiones religiosas, las de la antropología
institucionalizada no se quedan atrás en tratándose
de mantener el aislamiento de las comunidades, a excusa de conservar
sus costumbres con un paternalismo excesivo y contraproducente:
un móvil amañado del que poco se habla con la profundidad
que amerita una situación tan fusionada a las razones del
atraso, de la violencia social y de la pobreza que para realizar
un deslinde sería necesario partir del entendimiento de
la psicología mexicana por partida doble: de la sociedad
en general respecto de los indios y de los propios indios respecto
de la sociedad que los envilece, los margina y aprovecha a discreción,
según los intereses cambiantes de las autoridades religiosas
y civiles que intervienen en la determinación siempre desventajosa
de su destino.
En
el uso común de los nombres, por lo tanto, se encuentran
algunos indicadores que conducen a la raíz de un problema
que permanece de espaldas a las presiones internacionales sobre
los derechos humanos y que, localmente, no podrá resolverse
por la sola vía de la voluntad política.
Cierto:
los pueblos indígenas saben o al menos supieron durante
siglos cómo sobrevivir en el tiempo. De lo que no son capaces
en la actualidad es de vencer las complicaciones de una economía
mundial y nacional que cada día hace más difícil
conciliar los intereses de las minorías con la vorágine
de una globalización que tiende a incrementar irremediablemente
los índices de la miseria.
¿Será
la Tarahumara el ejemplo premonitorio del destino que aguarda
a los pueblos indígenas de México? El derecho, una
vez más, no basta para normalizar la injusticia. Es necesario
modificar la actitud social para lograr la viabilidad de las leyes.
*Para abundar hasta en pormenores en el tema véase
el extraordinario ensayo de Antonio Gómez Robledo, Fundadores
del derecho internacional. Vitoria, Gentili, Suárez, Grocio,
Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM, 1989 (Serie
H. Estudios de Derecho Internacional Público, núm.
14).
*
De origen mexicano. Se formó en Nuevo México. Estudió
durante diez años a los pueblos navajos y trabajó
como traductor para las Naciones Unidas. Actualmente vive en el
anonimato en una comunidad indígena del Estado de Chiapas,
desde donde colabora en la elaboración de investigaciones
in situ para Organismos No Gubernamentales. Agradecemos su colaboración
en este número.
