MÉXICO:
¿NECESIDAD DE UN NUEVO PACTO SOCIAL?
SUSANA
NAVA ANGELES*
En
el ocaso del siglo XX se da una crisis de cambio sociohistórico
que tiene entre algunas de sus expresiones: el resurgimiento violento
del racismo; los fundamentalismos sustituyen a la razón
política; las tensiones sociales derivadas del desgarramiento
de algunas sociedades atravesadas por conflictos étnicos;
las luchas de las minorías y la búsqueda de nuevas
identidades como respuesta a la crisis del Estado moderno y a
la globalización.
Ante
lo inédito del escenario de fin de milenio cabe preguntarse:
¿cómo la sociedad mexicana afronta los conflictos
generados por estas tensiones?.
México
se encuentra inmerso en este proceso de cambios que se entrelazan
de una manera contradictoria y compleja con su realidad interna,
lo que configura un escenario de crisis económica, política,
cultural y social, que tiene entre sus expresiones más
agudas las tensiones derivadas de un complejo proceso de diferenciación
en la estructura social, «que disuelve el rígido
orden jerárquico de clases y estamentos y establece múltiples
roles para cada individuo»1, y que acentúa la crisis
del régimen al generar fuertes tensiones sociales derivadas
de los afanes sociales de cambio y la persistencia de viejas prácticas
políticas.
Este
proceso de diferenciación en la estructura social tiene
distintas expresiones, entre ellas destacan dos: A) la configuración
de una nueva relación entre sociedad y Estado y B) un profundo
desgarramiento social a través del cual la sociedad mexicana
construye una noción de sí misma y que tiene como
expresión más aguda el desarrollo de una guerrilla
indígena en Chiapas, que pone en cuestión la idea
de nación y obliga a pensarla en términos de construcción
de identidades regionales y autonomías en el marco de una
nueva articulación pluralista que reconozca las identidades
particulares y las integre en un proyecto nacional que exprese
la diversidad cultural y étnica de la sociedad mexicana.
En
relación al punto A), consideramos que en México
se desarrollan contradictorios y complejos procesos de construcción
social de valores y prácticas nuevas, no obstante la rigidez
del régimen. Actualmente «vivimos la pugna de los
intereses de la sociedad y su libre iniciativa política
y económica, con los intereses sedimentados del pacto en
cuyas vías corrió la modernización social
y económica que hoy pretende dejarlo de lado. Uno a uno,
los eslabones del pacto en cuestión parecen sometidos a
intensas transformaciones, resistencias y desacomodos, al grado
de que pudiera hablarse, al final del recorrido, de la necesidad
de un nuevo pacto político nacional, capaz de atrapar y
refundar las muchas cosas que se derraman por los bordes del antiguo.»2
Esta situación tiene, entre algunas de sus causas, la resistencia
del sistema político administrativo al movimiento histórico
de la sociedad y se expresa en crisis de instituciones y de proyectos
históricos para renovar la relación entre Estado
y sociedad.
Respecto
al inciso B), señalaremos que la sociedad mexicana se encuentra
envuelta en un proceso de autoconocimiento que tiene entre algunos
de sus antecedentes los siguientes:
1.
México desde sus orígenes nace como una sociedad
desgarrada, en cuyo interior habita una querella entre el México
de rostro indígena y campesino y el México de herencia
europea.
Desde el siglo XIX, las élites políticas e intelectuales
diseñan e instrumentan proyectos para promover el ingreso
del país a la modernidad3 y se engolosinan con el modelo
de sociedad norteamericana, olvidando al México tradicional
, llamado por Guillermo Bonfil Batalla México profundo,4
distante de la matriz civilizatoria de las sociedades occidentales.
Las
contradicciones derivadas de estos olvidos y desencuentros se
han manifestado de forma violenta, por ejemplo, con la Revolución
Mexicana resurge el México bronco.
2.
Los proyectos de las élites se han centrado en modelos
de desarrollo excluyentes que incrementan y agudizan el conflicto
de la brecha entre los distintos Méxicos. Expresiones actuales
de esto son: el conflicto indígena de Chiapas, la aguda
polarización social y política en la que viven los
estados de Guerrero, Tabasco, Oaxaca, entre otros, así
como la existencia de conflictos en los que la colectividad asume
una actitud de defensa de los espacios, valores e instituciones
comunes y enfrenta al poder público al exigir su derecho
a gobernarse mediante formas comunitarias tradicionales.
Esta
situación hace pensar a algunos intelectuales que «la
rebelión de Chiapas (...) no es más que el primer
anuncio de la rebelión del México Profundo»5.
Siguiendo
las reflexiones de Guillermo Bonfil Batalla, Samuel Huntigton
y Roger Garaundy6, puede decirse que el problema no es tan sólo
de carácter local sino nacional y es expresión de
una serie de desencuentros y enfrentamientos político-culturales
entre el México asimilado por los valores ideológico-culturales
de occidente y el México de rostro indígena y campesino.
Este
proceso de exclusión se originó en la colonia y
se acentúo con ella, no obstante que «históricamente
nacimos a la independencia con una estructura cultural muy heterogénea,
aunque jurídicamente orientada a la cultura occidental.
Inicialmente nuestra nación buscó un proceso de
cambio tratando de substituir a las instituciones coloniales por
las emanadas de la revolución francesa y del federalismo
norteamericano, alienando en este proceso a las comunidades indígenas
en realidad verdaderas naciones oprimidas y explotadas por
todos los demás grupos y a sus instituciones originarias.
Escollo actual muy arduo de superar para el logro unívoco
de una nacionalidad»7.
3.
Las elites mexicanas se han comprometido con la construcción
de México como Nación más que como Estado
de Derecho. Desde el siglo XIX el proceso de construcción
de México como nación ha funcionado como eje articulador
de la vida política , social y cultural, desplazando al
concepto y práctica de la ciudadanía.
En
México la construcción de las identidades colectivas
se ha realizado a través de la etnicidad y no mediante
la asimilación colectiva e individual de valores cívicos.
Desde este punto de vista, el problema de exclusión histórica
de las comunidades indígenas tiene como origen la discriminación
por su condición de campesinos pobres y marginados y su
condición étnica de minoría.
Esta
discriminación racial se expresa en la exclusión
de las necesidades y problemáticas de las comunidades indígenas
en los proyectos y procesos de desarrollo nacional que se realizan
desde hace años y de la dificultad para aceptar a los indígenas
como ciudadanos del Estado-Nación.
¿Cómo vivir el cambio?
1.
Para construir una solución de fondo a la situación
narrada es necesario que la sociedad mexicana asuma en conjunto
el reto de reconocerse más allá del decreto como
una sociedad pluricultural y multiétnica en la que conviven
distintos tiempos históricos y niveles de desarrollo, esto
obliga a cuestionar cualquier proyecto homogeneizador y a buscar
construir un orden que se sustente en la convivencia entre la
diversidad.
2.
La «integración cultural» y política
es la mejor salida para el México indígena, cabe
aclarar, «integración no significa enterrar la identidad
cultural de una comunidad náhuatl, tarahumara, purépecha
o tzeltal sino aceptar la diferencia de concepciones en torno
a la vida, la naturaleza, la religión y la vida en comunidad,
como parte de la diversidad de la sociedad8.
3.
Además se debe rechazar a todo proyecto que impida a una
colectividad construirse un rostro propio como expresión
de la libre voluntad para permanecer en la historia.
4.
Es necesario renovar la institucionalidad y construir un nuevo
pacto ente sociedad y Estado. Para finalizar cabe preguntarse:
¿cómo una colectividad vive el cambio sin perder
su identidad?, ¿cómo reconstruye su identidad una
comunidad indígena en el seno de una sociedad con fuertes
tendencias homogeneizadoras?; ¿cómo sobrevive lo
específico frente a un poder que no acepta la complejidad
de una sociedad con múltiples facetas culturales y étnicas?
y ¿cuáles son las posibles implicaciones de la construcción
de un estado multinacional y multicultural como eje central de
un nuevo pacto social?
1
Norbert Lechner. ¿Por qué la política
ya no es lo que fue, en Nexos. No. 216. Diciembre 1995 .
p. 64.
2 Aguilar Camín, Héctor. Subversiones silenciosas.
México. Aguilar. 1995. pp. 122-123.
3 La noción de modernidad se refiere a los
modos de vida social u organización que emergieron en Europa
desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya influencia,
posteriormente, los ha convertido en más o menos mundiales.
Antony Giddens. Consecuencias de la modernidad . Madrid.
Alianza Editorial. 1990.
4 Véase, Guillermo Bonfil Batalla. México
Profundo. Una civilización negada. CNCA-Grijalbo.
México 1990.
5 Luis Villoro, «Transformar al Estado», en La Jornada.
25-X-95. p. 16.
6 Véase, Gullermo Bonfil Batalla. México Profundo;
Samuel Huntigton. Choque de civilizaciónes, Mimeo y Roger
Garaundy. Los integrismos. Ensayo sobre los fundamentalismos
en el mundo.
7 Raúl Bejar Navarro. Sobre la identidad y el carácter
nacional. México. UNAM-CRIM. 1988.
8 Véase, Roger Garaundy. Los integrismos. Ensayo
sobre los fundamentalimos en el mundo. Gedisa editorial,
Barcelona, 1991.
*Licenciada
en Ciencias Políticas y Administración Pública
y Maestra en Ciencia Política por la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente es profesora
de esa Facultad y articulista política.
