CHIAPAS Y LOS PUEBLOS INDÍGENAS: ENCRUCIJADA DE LA NACIÓN
Cesáreo Morales*

Hoy Chiapas es la encrucijada de la nación. No porque así lo haya decretado, en su momento, la parafernalia propagandística nacional e internacional, en torno al conflicto surgido por la aparición del EZLN en la madrugada del 1° de enero de 1994, sino por un hecho esencial: ahí ante los pueblos indígenas, vivimos la urgencia de dar su más pleno sentido a la promesa que une a los mexicanos como pueblo.

Es la promesa de justicia, sin la cual no hay dignidad compartida; promesa que sólo alcanzaremos mediante un ejercicio permanente de corresponsabilidad unos con otros, unos frente a otros, para reconocernos como ciudadanos y personas radicalmente únicas, dispuestos a sumar esfuerzos y a conciliar diferencias en una sociedad ordenada para que cada quien logre sus objetivos y viva de acuerdo a su idea de felicidad.

Es la promesa de la democracia, para que nadie domine a nadie y que la ley sea el fundamento de la seguridad y de relaciones equitativas entre todos.

El México justo, democrático y de dignidad para todos al que aspiramos, se encuentra en Chiapas ante su aquí y ahora.

Ahí está en juego nuestra esperanza: una Constitución que marca el rumbo y nos otorga certidumbre; un Estado que sea como la Ceiba o Pochote, árbol de sombra generosa que a todos ofrece abrigo.

En Chiapas, el peregrinar de un pueblo ha de llegar finalmente al encuentro de la promesa. O la hacemos efectiva entre todos o nos perderemos en el desierto.

Tengamos claridad, como si ello todavía fuese necesario, frente a la convocatoria que nos hacen las comunidades indígenas, convocatoria a compartir sus anhelos, a enfrentar junto con ellas el dolor de la injusticia, a reivindicar su autonomía sustentada en la cultura y las tradiciones, a acompañarlas en su decisión de tomar en sus manos su propio destino.

Julio Boltvinik ha analizado con un gran rigor estadístico y objetividad la pobreza en Chiapas. Un hecho llama la atención. En particular, en la zona rural, las categorías de pobre y pobre extremo, se vuelven poco significativas. El investigador del Colegio de México definió una nueva categoría: la de indigente. Ella expresa el nivel de pobreza de los que sólo alcanzan la mitad de las normas establecidas para medirla. Los indigentes son «los pobres de los pobres», como les llamó Luis Donaldo Colosio.

Si se consideran los medios rural y urbano por entidad federativa, encontramos que Chiapas es el estado más pobre del país. Su área rural es la zona más pobre de México, seguida de cerca de las áreas rurales de Guerrero y Oaxaca. Su área urbana es la segunda más pobre de la República, después de la de Durango. El contraste entre la pobreza rural que es del 93.3 por ciento y la urbana que es del 85.9 por ciento, es menor que en otros estados o que en el conjunto del país, lo que sólo significa que en Chiapas la pobreza es general. Se estima que del total de la población, o sea, de 3 millones 210 mil habitantes, 2 millones 900 mil, es decir el 90.2 por ciento, son pobres. En este universo sólo 314 mil personas resultaron no pobres. De acuerdo con los indicadores de este análisis, el 83 por ciento de los pobres, o sea, el 75 por ciento de la población total, son indigentes. Si se observa que el 92.5 por ciento de los pobres, que serían los más aventajados en este universo, son pobres en extrema pobreza, es evidente que en Chiapas se tiene una estructura social fuertemente cargada hacia la pobreza más aguda. En el medio rural, el 93 por ciento de los pobres son «indigentes» y en el urbano el 67.2 por ciento. En conclusión, 2 millones 398 mil chiapanecos, están por debajo de los indica-dores de la extrema pobreza.

¿Qué hemos de hacer junto con las comunidades? Tener un conocimiento exacto y sin simulación alguna de esta pobreza; analizar sus causas: la escasez de tierra y la lucha que esto provoca, la dispersión poblacional, el analfabetismo y la carencia de infraestructura, entre las principales; reconocer la fuerza de su cultura, su diversidad y pluralidad, incluyendo la historia y la función de las iglesias.

En conclusión, sobre todo, en Chiapas, cada comunidad aspira a ser una estructura comunitaria para la justicia, en diálogo con la nación y el mundo.

Edificar estructuras comunitarias para la justicia sólo compete hacerlo a las comunidades indígenas.

A la sociedad, a las diversas organizaciones y al gobierno, les corresponde sumarse a esa voluntad y crear condiciones favorables para que ella logre sus fines.

¿Cómo sumarnos a la voluntad indígena? Aquí, brevemente, me permito enunciar algunos axiomas prácticos, para intentar responder a la convocatoria que se nos hace a todos desde Chiapas.

Primero.- Respetar la decisión de las comunidades ante las diversas opciones.

Ha de pensarse en ofrecer a las comunidades una diversidad de proyectos de producción entre los cuales puedan optar. Se trataría de proyectos a pequeña escala, ajustados a las características naturales, sociales y culturales de la comunidad, la localidad, el municipio y la región.

Segundo.- Alentar proyectos que tengan efectos sociales multiplicadores.

En las condiciones de injusticia en que viven las comunidades, todas ellas reclaman con urgencia que su esfuerzo no se desperdicie y que su trabajo sea el fundamento de la justicia y la equidad social.

Maximizar el efecto social de los proyectos posibles exige que éstos, por su especialización productiva, su ubicación y su funcionamiento, tengan una gran capacidad vinculatoria con otras actividades de la comunidad, la localidad, el municipio y la región.

Tercero.- Impulsar los proyectos que ya han sido propuestos por las comunidades.

Existen numerosos proyectos productivos surgidos de la iniciativa de las propias comunidades. Este es el momento de hacerlos viables. Las fórmulas sociales y financieras pueden ser inéditas, mediante la participación de organismos multilaterales internacionales, la inversión privada, así como de recursos gubernamentales.

Cuarto.- Aplicar una política social participa-tiva, incluyente y eficaz.

En materia de salud y nutrición, educación, vivienda y servicios, los programas y las políticas deberán tener objetivos y metas precisos. El rechazo moral de la injusticia incluye la condena de la negligencia. Chiapas ha de convertirse en ejemplo de una nueva política social sustentada en la participación comunitaria, que fortalezca los vínculos sociales y ofrezca condiciones favorables al despliegue de las capacidades de cada uno de los miembros de las comunidades.

Quinto.- Construir una infraestructura para el desarrollo.

Es necesario, en primer lugar, favorecer la comunicación entre las comunidades de la localidad, del municipio y de la región. Luego, hay que comunicar las diversas regiones del estado y a éste con el sureste de México y con el ámbito internacional.

Asimismo, debe construirse la infraestructura física necesaria para impulsar el desarrollo de las regiones y proteger a las que se encuentran expuestas a los cataclismos naturales.

Sexto.- Fomentar la inversión. El gobierno local tiene un programa de fomento a la inversión que debe ser conocido entre los empresarios a fin de que se decidan a participar en Chiapas.

El gobierno federal ha de estudiar la viabilidad de ofrecer estímulos fiscales a la inversión en Chiapas, con el propósito de establecer las empresas que se conviertan en palancas del desarrollo económico de las diversas regiones, sobre todo, de las más afectadas por la pobreza, los rezagos y la marginación.

El Fondo Chiapas habrá de consolidarse aumentando sus recursos y elevando su capacidad para apoyar los numerosos proyectos que se le presentan en las áreas que ha determinado como prioritarias: acuacultura y pesca, agroindustria, turismo, maquila, industria e infraestructura.

Ha de darse continuidad al proyecto de establecer el Fondo de Fomento Minero para promover la explotación de minerales como oro, plata, cobre y aluminio que posee Chiapas.

Séptimo.- Buscar la justicia en Chiapas mediante el diálogo con la nación.

Las estructuras para la justicia deben llegar a las comunidades indígenas mediante proyectos adecuados a su cultura, su organización y su capacidad productiva. Esto, en el contexto de desarrollo de las localidades, los municipios y las regiones.

Hay muchas comunidades que, a través de su experiencia, pueden hacer grandes aportaciones a las demás. Es el caso de las que se dedican a la producción de artesanías y a la producción y comercialización de café. En esta última actividad destaca la Unión de Ejidos de la Selva, en Las Margaritas, con 1,200 socios, dedicada a la producción, comercialización y promoción del café orgánico, que tienen marca propia y distribuyen su producto en diversas ciudades del país y del extranjero.

En esta perspectiva, Chiapas en su conjunto debe reubicarse en el ámbito de la nación. Esto exige decisiones estratégicas por parte de los gobiernos estatal y federal, en cuanto a la vinculación económica de la entidad con el sureste y el resto del país, así como a su posicionamiento estratégico frente a Centroamérica y las naciones de América del Sur.

Octavo.- Buscar la justicia en Chiapas en diálogo con el mundo.

El conflicto político de Chiapas que estalló el 1° de enero de 1994 ha merecido la atención del mundo entero. Hoy, edificar estructuras de justicia entre las comunidades indígenas chiapanecas, debe motivar una convocatoria internacional a que los reclamos se conviertan en acciones concretas e inéditas, para que ellas, alentadas por la solidaridad de todos, mexicanos y ciudadanos del mundo, tomen sus propias decisiones.

El conflicto de Chiapas, de manera contradictoria, renovó las preguntas esenciales de nuestra convivencia: ¿Qué nos une? ¿Qué podemos esperar juntos del futuro?

Hoy, lograr la justicia para las comunidades indígenas, nos pone ante otra pregunta de la mayor urgencia: ¿Qué debemos hacer? Si somos capaces de responder, entonces, sabremos finalmente qué somos.

*Coordinador de asesores de la Presidencia de la Mesa Directiva del Senado de la República.