MARCOS Y LAS MÁSCARAS DE LA GLOBALIZACIÓN
* Una apología
Maricela Córdova Solís*

Han pasado más de seis años desde que emergió a la escena pública el EZLN con su demanda de ¡Ya Basta! Y declarándoles la guerra al gobierno y al ejército mexicanos. A partir de entonces, la sociedad se dio cuenta que existían en este inmenso territorio llamado México un gran número de indígenas –10 millones según INEGI– pero que teníamos en el olvido. El entusiasmo por querer ser parte del Primer Mundo -una de las tantas promesas incumplidas del salinato- y de construir ahora sí la modernidad, escondió la presencia de los indígenas en el país.

El arribo del EZLN en la escena política nos hizo poner realmente los pies en la tierra y los castillos construidos en el aire empezaron a derrumbarse. No obstante, su grito de ¡aquí estamos, no nos olviden!, el gobierno del presidente Salinas quiso disfrazar y minimizar el problema de Chiapas con un comunicado señalando, en el mismo mes de enero de 1994, que para seguir con el «Estado de Derecho» y que no se rompiera la línea revolucionaria que durante décadas justificó al sistema político mexicano, les otorgaba «perdón» por su desavenencia social.

La carta que envió posteriormente el Subcomandante Marcos el 18 de ese mismo mes en respuesta al perdón gubernamental, nos indica no sólo la intolerancia política a la cual la sociedad en su conjunto y, en particular, los pueblos indígenas han estado sometidos en el Estado moderno que se empezó a construir después de la Revolución Mexicana, sino también la falta de sensibilidad para darnos cuenta de la pobreza, injusticia, marginación, y un etcétera de barbarismo que ya debería haber desaparecido y, sobre todo, del olvido a que hemos sometido a estos pueblos.

«...¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados? (...) ¿De ser mexicanos todos? ¿De ser mayoritariamente indígenas?...»1

A tan sólo unos días de arribar al nuevo milenio y de haber pasado seis años, la situación indígena en el Estado de Chiapas no sólo no mejoró, sino que empeoró. La respuesta fue la falta de diálogo entre el gobierno y el EZLN, el desprecio a sus necesidades básicas, la imposición de un gobernador interino con nula capacidad política para enfrentar los problemas de la entidad, el desplazamiento de la población indígena, la existencia de grupos paramilitares que el gobierno mexicano siempre se negó a reconocer, aunado a asesinatos de indígenas y la masacre de Acteal en 1997. No sólo tenemos que pedir perdón los mexicanos y en especial el gobierno a esta población, sino que el perdón tiene que implicar la solución a los problemas del México real, a la necesidad de la democracia que ellos piden no sólo para sí sino para el pueblo mexicano tanto en lo político como en lo económico y cultural.

Más adelante, el mismo texto del Subco-mandante Marcos, crudamente vuelve a cuestionar quiénes son los que en realidad tienen que pedir perdón:

«...¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros muertos, se iban así nomás, sin que nadie llevara la cuenta, sin que nadie dijera, por fin, el ¡Ya Basta! Que devolviera a estas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a los muertos de siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez pero ahora para vivir? ¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes de gobernar y gobernarnos? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden papeles y obediencia a una ley cuya existencia y justeza ignoramos? ¿Los que nos torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave «delito» de querer un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al que se le pudiera sacar algo para completar el estómago?».2

Desde la conquista, la creación de la identidad siempre estuvo caracterizada por la división de los diferentes grupos sociales y económicos. Ello ha seguido así, aunque después de 1920 el Estado mexicano se propuso la creación de una nueva identidad homogénea e hizo a un lado la pluralidad de los diversos grupos sociales. Es decir, el proyecto nacional que se diseñó inventó una unidad, un nosotros, que hizo a un lado las alteridades culturales. Política, económica y culturalmente fabricó máscaras en aras de ese proyecto nacional. Identitariamente el uso del mestizaje –señaló Octavio Paz– es el único gran invento de América Latina y lugar donde enmascara sus realidades, inventando nuevos valores.3 La nueva identidad penetró a través de los núcleos tradicionales y oligárquicos y se construyó a lo largo de este siglo combinando formas, estilos y discursos de lo tradicional y moderno. Imitó siempre a occidente y devaluó todo aquello diferente a éste. Al Estado le corresponde fabricar una cultura imaginaria con la aspiración de cambiar la realidad del individuo.

Muchos han criticado el pasamontañas de Marcos, incluso el actual galardonado con la medalla Belisario Domínguez, Leopoldo Zea, le sugirió al gobierno mexicano no negociar con los «encapucha-dos» o «enmascarados». Sin embargo, el pasamontañas de los indígenas refleja la propia historia del México moderno: el de una ficción que imita, una mediación falsa e inauténtica de la realidad nacional. Es decir, la construcción de una modernidad enmascarada.

Hoy, la situación no ha cambiado, México, al igual que las demás naciones, transita por el llamado proceso de globalización. En esta singular etapa, el UNO concreto nacional deja de tener razón y ahora quiere expandirse en una homogenización mucho más despiadado a través de un proyecto neoliberal. Resurgen las máscaras con nuevos tintes y formas. Por eso es un lastre en el mundo actual la existencia de los indígenas. Las máscaras posmodernas vienen ahora de las universidades extranjeras y por eso la necesidad de olvidar lo nacional y todo lo que ello implica. Lo que antes ayudó a construir la nación, la unidad, la exaltación y admiración de mitos y héroes locales, hoy se vuelven una vergüenza.

«...a esos indios que se «traen» a Zapata a estos tiempos de moderna globalización y lo ponen a hablar y hacer historia. Y (¡es un escándalo!) hasta en el Internet se escucha ese grito terrorista de ¡Zapata Vive! (...) Por tanto, son ilegales y subversivos los que se «traen» a Zapata, es ilegal y subversivo el tal Zapata por las pesadillas que provoca, y, ergo, es ilegal y subversiva la historia (...) Y para ocultar este silencio, se usa una máscara».4

Por otro lado, es increíble cómo esos 10 millones de indígenas que existen en todo este territorio han logrado sobrevivir gracias a una cultura de resistencia ante las desigualdades más injustas y brutales que se han dado. Al contrario de su pasividad, la tensión permanente con la que viven en la sociedad moderna les ha permitido lograr formas de convivencia donde crean y recrean constantemente su cultura y la ajustan a las presiones del mundo en el que viven.

El proceso de modernidad también ha significado un proceso de «desindianización» como pérdida de la cultura original y como ocultamiento de la realidad, pero que revela un rompimiento del mecanismo de identificación con el pasado que se consideraba propio y exclusivo; ahora los indígenas son incorporados a un todo, a una aculturación a través del contacto que se tiene con otras culturas y que han provocado una ruptura.

Para que sean modernos se le obliga a adoptar los elementos del mestizaje y si quiere recordar su pasado el Estado ha creado para ellos la noción del patrimonio; a sus creaciones sólo se les enmarca dentro de las artesanías y el folclor como herencias que deben quedar salvaguardadas al interior de museos y centros específicos como ritos o santuarios de lo que fue Mesoamérica, pero sin que se quiera volver a ser como en el pasado. Se legitima la modernidad sin renunciar al pasado.5 Es una forma de ver al mundo sin abdicar de la modernidad. Estos centros sintetizan en la actualidad la inferioridad de estas culturas en todos sus ámbitos y grandezas.

Parece que el destino del pueblo mexicano será la utilización de máscaras para ocultar la virtual realidad de nuestra existencia.

«Pareciera evidente que las máscaras ocultan y los silencios callan.

Pero es verdad que las máscaras también muestran y que los silencios hablan.

Ocultar y callar, mostrar y hablar máscaras y silencios. Estos son los signos que ayudarán a entender este fin de siglo en México».6

1 Respuesta del Subcomandante Marcos al presidente Carlos Salinas de Gortari, 18 de enero de 1994.
2 Ibid.
3 Octavio Paz, “El ogro filantrópico”, México, Ed. Seix Barral, 1979, p. 44-45.
4 Subcomandante Marcos, «Arriba y abajo: máscaras y silencios», México, julio de 1998, p. 3.
5 Néstor García Canclini, “Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad”, México, 1990, p. 54.
6 Subcomandante Marcos, «Ariba y..., op. cit., p. 2.

*Licenciada y Maestra en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad del País Vasco, España.