CHIAPAS: EL CONFLICTO PERSISTENTE Y LA PAZ POSIBLE
* Una introspección
JOSÉ REYES DORIA*

El levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1° de enero de 1994 en Chiapas, marcó el inicio de un conflicto que rebasa con mucho la dimensión chiapaneca y colocó en el debate público temas de tal profundidad, que ha obligado a la revisión crítica de diversos valores y realidades políticas, sociales y culturales que, en mucho tiempo, no habían sido cuestionados tan contundentemente en México.

El contexto.- El levantamiento indígena del EZLN ocurre en un momento en que el régimen político prevaleciente en México durante décadas presenta claros signos de agotamiento. Desde 1982, las fuerzas que sustentaban al régimen priista experimentan un reacomodo que derivó en una correlación claramente orientada en favor de los grandes intereses financieros y empresariales, relegando a las grandes masas populares que históricamente le dieron sustento, poder y legitimidad.

Este cambio se expresó en una redefinición del papel del Estado, donde éste es relevado de diversas responsabilidades sociales. Cuando por este motivo el Estado no pudo ya mantener el esquema de prestaciones económicas y políticas con los sectores corporativos a cambio de apoyos, tuvo que acentuar sus rasgos autoritarios. De este modo se gestó una creciente crisis política determinada por la escasa representatividad de las estructuras políticas respecto a los intereses populares y la consecuente pérdida de legitimidad. En un período de severas crisis económicas, el momento político resultaba altamente inestable.

En las elecciones de 1988 estalló el descontento popular. Emergió la figura del ciudadano como sujeto político, quien votó como nunca antes en contra del régimen priísta, al grado de poner en duda la validez del proceso electoral y desencadenar una crisis de legitimidad de origen para el nuevo gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el presidente en cuyo sexenio estalló el conflicto chiapaneco.

Salinas reestructuró la economía, la abrió al exterior y la asoció a Estados Unidos y Canadá a través del Tratado de Libre Comercio (TLC). Sin embargo, no liberó los procesos políticos, no inició la democratización de la vida pública que su escasa credibilidad inicial obligaba. Controló las variables macroeconómicas, pero los principales beneficios fueron para los más ricos. Utilizó al máximo las estructuras autoritarias del régimen, generando un gran descontento político, incluso entre la clase política priísta, que por primera vez en décadas padeció asesinatos políticos para dirimir diferencias.

Por otro parte, la reforma salinista al artículo 27, que abría la propiedad social y comunal de la tierra a la dinámica mercantil, fue percibida por campesinos e indígenas como la formalización de su situación de despojo y abandono; junto con el manejo claramente clientelar e insuficiente de la política social, se completó un marco de adversidades y descontentos para los más pobres entre los pobres de México: los indígenas. Otra reforma salinista, que modificó la relación entre el Estado y las Iglesias, liberó la acción política de la Iglesia Católica que, en el escenario chiapaneco, se asumió como un actor político central.

Este periodo histórico presenta, a la vez, la transformación y maduración de la sociedad al margen de los controles corporativos; un proceso de diversificación social y pluralización política expresado en el fortalecimiento de opciones políticas de izquierda y derecha, el surgimiento de organizaciones sociales independientes, el florecimiento de agrupaciones no gubernamentales sindicales, que se constituían en nuevas fuentes y sustentos de poder. Ello en el marco de una fuerte tendencia hacia la globalización de la información, las finanzas y los valores occidentales.

La aparición del EZLN.- El levantamiento armado del EZLN cuestionó severamente la legitimidad de todo el régimen. Un grupo de indígenas en armas puso en evidencia el fracaso de la ya de por sí menguada política social salinista, tuvo que recurrir a la violencia para evidenciar la cerrazón y el autoritarismo de las estructuras políticas dominantes, destruyó el mito de la paz social que presumía el régimen como uno de sus más caros activos y oscureció la supuesta entrada triunfal del país al primer mundo anunciada por el gobierno salinista.

El momento histórico y la naturaleza de las demandas y los integrantes del EZLN le proporcionaron al movimiento una enorme legitimidad. La simpatía nacional e internacional hacia el EZLN le brindó incluso un espacio moral derivado de la conciencia de culpa de la sociedad dominante por tanto tiempo de desprecio y olvido hacia los indígenas. Los indígenas mexicanos reaparecieron en la escena nacional en un momento en que a nivel internacional cobraba fuerza la tendencia hacia el reconocimiento de los derechos colectivos de los pueblos indígenas.

El EZLN provocó un impacto en la conciencia moral de los mexicanos, sacudió las certidumbres en torno a la idea de lo nacional, la convivencia social y la solidaridad. Pero sobre todo tuvo un fuerte impacto político. Apareció en los tiempos de la sucesión presidencial de 1994 cuestionando la legitimidad del gobierno, y anunciando su propósito de derrocarlo e instaurar un régimen democrático. Orilló al gobierno salinista a realizar una reforma electoral en pleno proceso sucesorio, con el afán de legitimarse y retomar algunas banderas de los neozapatistas.

El levantamiento zapatista colocó la problemática indígena en el centro de la atención nacional. El gobierno, los partidos políticos, la sociedad civil organizada, los medios de comunicación y la sociedad en general voltearon los ojos hacia los indígenas y se acercaron a sus demandas. Había un grupo armado con una declaración de guerra al ejército y gobierno mexicanos que obligaba a discutir sus exigencias.

Así se generó un gran debate nacional, es decir, los temas de la problemática indígena se conocieron y discutieron en los espacios de decisión pública, delineando un programa de acciones políticas necesarias para enfrentar la cuestión indígena. El debate se condensó en los espacios de negociación entre el gobierno federal y el EZLN. El resultado fue una indiscutible victoria de los indígenas armados que obligó al gobierno a firmar los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que recogen las demandas indígenas en materia de derechos y cultura indígenas.

El conflicto chiapaneco generó de este modo el análisis de dos grandes pendientes mexicanos: la necesidad de un nuevo pacto entre el Estado y los pueblos indígenas que reconozca sus derechos políticos, y la asunción político-jurídica de la naturaleza multicultural y pluriétnica de la Nación mexicana.

La situación política.- Los Acuerdos de San Andrés firmados en febrero de 1996 por el gobierno federal y el EZLN son resultado de un intenso proceso de discusión y negociación pública, seguido por la opinión pública nacional e internacional; un acuerdo al que la Ley para el Diálogo obligaba. La Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), formada por legisladores federales y derivada de la Ley del Diálogo, hizo una propuesta de Ley de Derechos y Cultura Indígenas tomando como base los Acuerdos.

Sin embargo, en el momento de procesar legalmente los Acuerdos el gobierno federal dio marcha atrás, argumentando que la ley derivada de éstos vulneraba la integridad y soberanía del Estado. Desde 1996 hasta el 2000, el gobierno federal ha persistido en un enfoque que concibe el conflicto como regional, no nacional; sustentado por extranjeros y agitadores profesionales, no por indígenas; en todo caso un enfoque que reduce el problema a una cuestión de más presupuesto para los indígenas chiapanecos y no un problema de derechos políticos y defensa de las identidades culturales de los pueblos indígenas.

El diálogo se rompió. El gobierno desplegó un estrategia para desgastar el movimiento eludiendo su atención. El EZLN se replegó y el conflicto quedó en una inestable indiferencia oficial, generando tensiones y sucesos deplorablemente violentos como los del 22 de diciembre de 1997 en Acteal, donde fueron asesinados 45 indígenas, incluyendo niños y mujeres embarazadas.

Los Acuerdos de San Andrés contemplan el reconocimiento del derecho a la libre determinación y la autonomía de los pueblos indígenas, respetando sus rasgos culturales. Este elemento es el que mayor polarización genera. EL alcance de los Acuerdos muestra que el conflicto chiapaneco tiene repercusión en todo el país; se trata definitivamente de un problema nacional cuya solución afectará a diez millones de mexicanos. La solución del conflicto chiapaneco implica reformar disposiciones constitucionales fundamentales, tales como la composición cultural de la Nación mexicana, los derechos colectivos de los pueblos indígenas y nuevas formas de organización política. Implica, necesariamente la reforma política del Estado.

Táctica y estrategia.- El triunfo de Vicente Fox y el PAN modifica la naturaleza del régimen político mexicano. Si bien las fuerzas que apoyan a Fox impulsan un proyecto que seguirá orientándose preferentemente hacia el beneficio de los intereses financieros, empresariales, trasnacionales, es evidente que las tendencias democratizadoras del sistema político, potenciadas por la alternancia en el poder federal, pueden moderar e incluso reorientar algunas líneas fundamentales del foxismo.

La madurez política de la sociedad mexicana mostrada en la contienda electoral de julio, el fortalecimiento de un sistema de partidos con actores fuertes, la consolidación de un Congreso plural, la libertad de los medios de comunicación, el crecimiento de la sociedad civil organizada, el compromiso democrático del país con el mundo globalizado, entre otros datos políticos, van a introducir cada vez más elementos democráticos en la relación del Estado con la sociedad y condicionarán considerablemente las decisiones públicas del gobierno foxista.

El escenario político es distinto al de hace seis años cuando irrumpió el EZLN. En estos años el movimiento armado zapatista se ha desgastado, su presencia perdió frescura y sólo en contadas ocasiones genera el asombro y la movilización incluso de sus seguidores. Eso es cierto. Pero el conflicto mantiene intactas sus implicaciones políticas, razón por la cual el gobierno de Fox no debe sucumbir a la tentación de intentar una acción de fuerza para eliminarlo, o montar una escena donde él presenta iniciativas de solución y el Congreso las rechaza o las aprueba, ganando Fox en cualquier caso. Es necesario destrabar el conflicto. El EZLN condiciona la reanudación del diálogo y la firma de la paz a la aprobación de los Acuerdos de San Andrés, sin eso dicen que no se reanudarán las negociaciones. Es preciso que el Congreso asuma un papel central en la búsqueda de salidas al conflicto; para ello se necesita que los partidos políticos dialoguen y acuerden posiciones, sobre todo se requiere que el PAN, el partido de Fox, haga un replanteamiento de su iniciativa de Ley indígena y se acerque más al espíritu de los Acuerdos de San Andrés, pero PRI y PRD deben a su vez aportar elementos de solución. El gobierno federal y el Congreso, incluyendo a diversas organizaciones sociales, tienen que consensar las vías de solución.

El gobierno de Chiapas también ha sido ganado por la oposición. Este elemento debe contribuir a distender el ambiente en la zona de conflicto, posibilitando la restauración de instancias mediadoras para agilizar la reanudación del diálogo. A ello puede contribuir el gobierno foxista con señales como el repliegue del ejército a zonas de menos contacto con las comunidades zapatistas o el desarme de grupos irregulares que desestabilizan la región.

El EZLN es el único interlocutor en el conflicto. Su condición de grupo armado está reconocida por una ley federal. La paz se tiene que firmar con ellos. El EZLN no es la Diócesis de San Cristóbal; su status legal, político y legítimo es distinto al de los presuntos grupos paramilitares; el trato político debe ser distinto. Desde este enfoque realista se deben desplegar los elementos mencionados para solucionar definitivamente este conflicto armado. Esa es la táctica, la política.

La ruta de solución del conflicto chiapaneco pasa por el reconocimiento de los derechos políticos y culturales de Todos los indígenas del país. La estrategia o el sentido histórico, la visión de Estado, consiste en orientar el tema chiapaneco hacia la construcción de una nueva relación entre el Estado y los pueblos indígenas que permita saldar la deuda histórica que la sociedad dominante tiene con los indígenas de México. En esta estrategia el EZLN ya no es, ni puede ser, el único interlocutor. Debe escucharse la voz de todos los indígenas de todas las regiones del país; las posiciones de las fuerzas políticas; las aportaciones de la sociedad civil; las propuestas del gobierno.

El diagnóstico de la cuestión indígena debe orientarse hacia una solución histórica. Implica la realización de una gran reforma del Estado que articule las demandas y las transformaciones de la sociedad mexicana, que refleje, encauce y organice en términos jurídicopolíticos la naturaleza multicultural de la Nación mexicana y el perfil pluriétnico de la sociedad.

La estrategia de Estado exigiría que, por consenso, se diseñaran, con la participación indígena, los mecanismos legales e institucionales que permitan, en el tiempo largo de la historia, que los pueblos indígenas puedan alcanzar el desarrollo social que hoy se les niega, y cuenten así con las bases materiales que les permitan ejercer a cabalidad sus derechos políticos. Que las leyes no sean letra muerta.

Licenciado en Ciencia Política por la FCP y S de la UNAM.
Asesor de la Secretaría de Acción Indígena del CEN del PRI.