El PRI, el Estado y los derechos de los pueblos indígenas
José Feliciano Moo y Can*

La cuestión indígena mexicana es secular. Se trata de un proceso histórico que lleva 500 años desarrollándose, cuyo eje consiste en la siempre conflictiva y compleja relación entre distintas visiones del mundo, entre distintas matrices civilizatorias. Primero, el encuentro a la vez violento y fecundo entre las culturas mesoamericanas y la cultura europea, expansionista y homogeneizadora. Posteriormente, la difícil convivencia entre la sociedad mestiza dominante y los pueblos indígenas sobrevivientes.

Siempre ha sido una relación abrumadoramente desventajosa para los pueblos indígenas en todos los terrenos: cultural, social, económico y político. En el inicio del siglo XXI, la deuda histórica con ellos es enorme, nos exige imaginar grandes líneas de acción del Estado y la sociedad para reivindicar las causas indígenas con justicia y dignidad.

La última década del siglo XX registró, en México y en el mundo, una fuerte tendencia hacia la reivindicación de los derechos colectivos de los pueblos indígenas. La globalización ha obligado a replantear los fundamentos del derecho internacional, de los derechos humanos, y ha introducido la noción de derechos colectivos de los pueblos autóctonos como marco integral de los derechos individuales. El convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo es ejemplo de ello.

Este proceso ha contribuido a la intensificación y diversificación de los vínculos entre todas las culturas del mundo, abriendo nuevas posibilidades para el enriquecimiento de la convivencia humana en todo el orbe. Si bien la globalización trae consigo beneficios evidentemente desiguales, perjudicando sobre todo a los indígenas, a la vez es portadora de orientaciones democráticas y aires de tolerancia que favorecen el reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos diferentes y dignos.

En México, el levantamiento armado de los indígenas chiapanecos de 1994 impuso el tema indígena con tal intensidad, que de inmediato ocupó un lugar central en la agenda política de los principales actores políticos y sociales del país, despertando incluso un amplio interés más allá de nuestras fronteras. De este modo, el análisis y la búsqueda de soluciones para la compleja problemática indígena está ineludiblemente ligada a la solución del conflicto chiapaneco, por la naturaleza de las demandas y la repercusión política del movimiento armado. Sin embargo, no debe perderse de vista que la cuestión indígena va más allá de Chiapas. La fuerte presencia nacional e internacional de este tema nos ha permitido visualizar su complejidad que implica no sólo aspectos políticos y sociales, sino que abarca dimensiones culturales, religiosas, ecológicas, de discriminación, de desarrollo social, de marginación aguda.

–II–

Muchas son las lecciones del levantamiento indígena chiapaneco. Ocurre justo cuando en el mundo se están discutiendo los derechos colectivos de los pueblos indígenas, desde el derecho a la libre autodeterminación y a la autonomía, hasta el derecho a la tierra, la educación intercultural, la salud y la alimentación. Mostró que la idea de construir naciones homogéneas no representa la vía apropiada para impulsar la democratización de sociedades multiculturales y pluriétnicas como la mexicana.

Sobre todo, nos forzó a conocer y reconocer la intolerable realidad social indígena. No debe olvidarse que los diez millones de indígenas mexicanos son los más pobres entre los pobres de este país; que millones de indígenas sufren e incluso mueren por falta de atención médica elemental, por una alimentación raquítica o por la incomunicación y marginación en que se encuentran.

Para superar la pobreza indígena es necesario impulsar proyectos modernos e integrales. Las identidades socioculturales de los pueblos indígenas no están divorciadas del aprovechamiento de los logros y avances científicos y tecnológicos que ofrece la modernidad en los diversos rubros del desarrollo: producción, infraestructura, servicios, comunicación. Las tradiciones de los pueblos indígenas no se contraponen a los avances tecnológicos; debemos desterrar ese mito.

Sin oportunidades de educación ni acceso al sistema económico, y sin representación política propia y efectiva, los pueblos indígenas se encuentran en un laberinto de marginación, exclusión y olvido. Esta realidad del mundo indígena debe indignarnos a todos y concitar nuestro compromiso para cambiarla radicalmente.

La grave marginación indígena se profundiza por la persistente mirada discriminatoria hacia ellos por parte de la sociedad dominante. Desde la independencia de México, las élites políticas buscaron disolver las culturas y pueblos indígenas a través de su integración forzosa a los cánones de la cultura nacional hegemónica. Desde entonces se ha practicado un indigenismo de Estado consistente en un integracionismo radical, indolente hacia la necesidad de que los pueblos indígenas conserven sus culturas, sus costumbres, sus valores, sus modos de organización; en una palabra, sus identidades, milenarias muchas de ellas.

–III–

El momento político que vive el país al inicio del gobierno del primer presidente no priísta, puede ser propicio para abordar una solución histórica, de Estado, para la problemática indígena.

Ciertamente Vicente Fox, el PAN y las fuerzas que los apoyan tienen una declarada orientación de derecha, proempresarial. La mentalidad y los referentes ideológicos del nuevo gobierno son los más alejados de las causas indígenas; en el horizonte de su cultura política, los indígenas representan una presencia incómoda que distorsiona la imagen moderna de la sociedad dominante.

Pero los compromisos políticos de Fox, y sobre todo la dinámica democrática de la vida política y social mexicana, potenciada por los resultados del 2 de julio, genera una gran capacidad de las fuerzas políticas y de la sociedad en general para condicionar la acción del gobierno foxista y promover esquemas cada vez más democráticos y participativos para la relación entre el Estado y la sociedad. Aquí es donde la cuestión indígena encuentra espacios de solución. La salida al conflicto chiapaneco y el desarrollo integral de los indígenas requieren, según los diagnósticos de las principales fuerzas políticas y sociales, amplios acuerdos y consensos que sólo pueden fructificar en el marco de una profunda reforma del Estado.

–IV–

Tenemos que resolver el conflicto chiapaneco y construir una política indígena de Estado. Sólo así saldaremos la deuda histórica con los indígenas de México. El momento político ofrece posibilidades para la acción. En diversos momentos el PRI ha manifestado su convicción de reconocer ampliamente los derechos de los pueblos indígenas, sin más límite que el respeto a los derechos humanos, en especial los de la mujer, y la integridad del Estado y la Nación. Sin embargo, el mero reconocimiento de los derechos políticos de los pueblos indígenas no será suficiente para propiciar su desarrollo integral.

Es preciso generar las condiciones políticas, sociales, económicas, culturales e institucionales que permitan reivindicar a los indígenas. Con base en estas consideraciones, y consciente de su nueva situación de fuerza opositora, el PRI tiene que definir su propia política indígena sin apartarse de las siguientes premisas:

1. El conflicto chiapaneco debe ser resuelto cuanto antes. Los Acuerdos de San Andrés Larráinzar son producto de una negociación pública y plural, razón por la cual son la base legítima para formular la Ley indígena que hace falta en México. Los Acuerdos garantizan los derechos políticos y culturales de los pueblos indígenas y definen los términos de la nueva relación entre éstos, la sociedad y el Estado. Su traducción en ley, en reformas constitucionales, debe pasar por un amplio debate, público y plural, que tenga por centro nervioso al Congreso de la Unión.

2. Los derechos de los pueblos indígenas, particularmente los relativos a la libre autodeterminación y la autonomía, son básicos para evitar que sus derechos sociales, económicos y culturales caigan en dinámicas asistencialistas, paternalistas o manipuladoras.

3. Una vez reconocidos los derechos políticos de los pueblos indígenas, es necesario movilizar todo el aparato del Estado para crear las condiciones institucionales, los mecanismos y las instancias que permitan liberar y canalizar eficazmente los recursos necesarios para que más de diez millones de compatriotas se incorporen dignamente a los beneficios en materia de salud, educación, vivienda, alimentación, servicios básicos, abasto, empleo, comunicación e información, entre otros. Sin bases materiales, los derechos políticos son letra muerta.

4. Se trata de edificar una nueva relación entre el Estado, la sociedad y los pueblos indígenas para alcanzar una solución integral, justa y duradera a sus reclamos históricos. Esta relación debe reconocer los plenos derechos económicos, sociales, políticos y culturales de los pueblos indígenas, así como su libre y efectivo ejercicio; una relación que permita crear las condiciones de equidad, igualdad, respeto y tolerancia que hagan posible la convivencia y el libre desarrollo de las diversas culturas en el seno de la sociedad nacional.

5. Desde luego, no sólo es cuestión de leyes: es preciso asumir una nueva actitud frente a los indígenas. Erradiquemos la discriminación y la intolerancia en la familia, la escuela, el partido político, el gobierno, los medios, la sociedad en su conjunto. Asumámonos sin ambages como una nación multicultural y pluriétnica. Más allá de la ley, cada mexicano debe hacer un nuevo pacto de convivencia y respeto con los indígenas, adoptando una actitud incluyente, tolerante y generosa.

6. La solución del conflicto chiapaneco y la cuestión indígena en general forman parte inseparable de la Reforma del Estado que habremos de impulsar en un futuro cercano todos los partidos políticos del país.

7. Es necesario construir entre todos una política indígena de Estado, esto es, un conjunto de disposiciones legales e institucionales ampliamente consensuado con los pueblos indígenas, los partidos y fuerzas políticas importantes, las principales fuerzas sociales, la sociedad civil organizada y desde luego el gobierno; una política que no sufra modificaciones sustanciales ante los cambios sexenales de gobierno. Esta política debe tener como único fin que los pueblos indígenas salgan definitivamente de su marginación estructural y puedan ejercer sus derechos políticos libremente.

–V–

El PRI conserva una considerable fuerza y presencia nacional. En la solución del conflicto chiapaneco y la formulación de la política indígena de Estado, el PRI está obligado a jugar un papel principal; debe incluso arriesgar su capital político si fuese necesario. Hay múltiples razones para ello.

Porque el origen, los valores ideológicos, la composición y la orientación política del partido, necesariamente a favor de las clases populares, si quiere recuperar credibilidad y legitimidad, así lo exigen.

Porque en la hora de la derrota y el tránsito hacia la condición de partido opositor, el PRI pudo constatar, una vez más, que los indígenas son el sector de la población mexicana que más votos le dio, casi el doble de lo que obtuvo a nivel nacional.

Porque en el nuevo escenario político, los partidos tienen que jugar en dos pistas. Necesitan reconstruir sus proyectos y ofrecer a la sociedad metas y acciones modernas, democráticas, responsables y a favor del interés general; pero a la vez, en la intensa disputa por la preferencia de la ciudadanía, tienen que marcar el ritmo, ir a la vanguardia de los movimientos políticos. Y la cuestión indígena es ejemplar para esta estrategia.

En esta hora histórica por la que atraviesa la Nación mexicana, en la que se inicia la experiencia de la alternancia en el ejercicio del Poder Ejecutivo, el vínculo del PRI con el movimiento indígena es indisoluble. La lucha por una vida digna para más de diez millones de mexicanos es un compromiso esencial. Sus demandas, reclamos y anhelos son bandera irrenunciable del PRI.

*Maya oriundo de Motul, Yucatán. Secretario de Acción Indígena del CEN del PRI y Diputado Federal a la LVIII Legislatura del Congreso de la Unión.