EDITORIAL
Atraso,
miseria, sufrimiento, incomprensión social, son imágenes
ineludibles que aparecen al referirnos a los indígenas.
Su realidad define la injusticia; su marginación, la urgencia
de aplicar los derechos humanos fundamentales.
Su
drama remonta los tiempos coloniales. La solución del rezago
secular de los millones de víctimas de la desigualdad más
extrema, se cuenta entre los principales compromisos del Estado
mexicano contemporáneo. Reconocer su condición,
es apenas principio de una sucesión de responsabilidades
nacionales, también aplazadas. Le sigue la necesidad de
realizar ajustes jurídicos, económicos y sociales
para completar un proyecto múltiple que, bajo el inminente
criterio de pluralidad que garantice la dignidad de los pueblos
indígenas, habilite los medios para su avance social.
Aunque
complejo y sujeto a acuerdos entre el Gobierno de la República
y las partes implicadas, el problema no permite aplazamientos
en nuestro régimen democrático: único instrumento
del derecho en un sistema de libertades.
Y
es el móvil de la justicia lo que a su vez desencadena
el dilema histórico del Estado republicano. Aceptar jurídicamente
la propuesta de las autonomías nos obliga, por sus consecuencias
implícitas, a modificar no sólo una estructura de
poder arraigada, sino la actitud general de la sociedad, en especial
respecto de los intereses creados. Persistir en la unidad nacional
en los términos existentes, por otra parte, conlleva la
exclusión de su significado cultural; y, con ello, el rechazo
implícito de las diferencias geo-étnicas que nos
obligan a cuestionar los principios que determinan la identidad
supuestamente única de los mexicanos.
Nuestro
desafío consiste en acordar una posición intermedia,
viable y expedita, para que el beneficio de unos no suscite nuevos
procesos excluyentes que perpetúen el sistema de discriminación
que afecta a las minorías.
Nuestro
Partido, consciente de la importancia que tiene el destino de
los pueblos indígenas en un régimen de representación
popular, elaboró este número de examen con el propósito
de dar a conocer la diversidad de juicios y situaciones, a veces
opuestas, que participan de la actual discusión sobre este
tema fundamental de la política mexicana.
El
papel que habrán de jugar el municipio, las organizaciones
sociales, las iglesias y la presión internacional, a través
de las Organizaciones No Gubernamentales, son aspectos que preocupan
a la comunidad nacional.
Al
advertir, en estas páginas, la magnitud y la complejidad
indígena en nuestro país, quizá nuestros
lectores coincidan en un hecho innegable: sin el conocimiento
de esta realidad que ha persistido durante algo más de
cinco siglos, será imposible subsanarla. La justicia, la
dignidad y las libertades ciudadanas así lo exigen; sin
duda se trata de un asunto prioritario del Estado mexicano.
José
R. Castelazo
Director
