Superar una larga tradición de exclusión
MARÍA AMPARO CANTO*

Entre mujeres solemos hablar siempre de nuestros derechos, y con razón. Por ellos hemos luchado por siglos. Reflexionamos, en general, sobre la condición de la mujer, a partir de la búsqueda de nuestros derechos y de su reconocimiento.

Esta ha sido la gran batalla que las mujeres hemos dado para salvar nuestra «ausencia», que limita potencialidades y que ninguno de los modelos de desarrollo, hasta ahora conocidos, ha resuelto.
Las mujeres hemos tenido que superar una larga tradición de exclusión de nuestros intereses y necesidades de la vida pública y de los procesos de toma de decisiones para ir encontrando y reflejando la equidad, con sus diferentes grados de éxito o de fracaso.

Las prácticas colectivas que las mujeres hemos protagonizado a lo largo del siglo XX, nos han identificado como luchadoras y defensoras de nuestros derechos.

Reflejamos nuestra creatividad en la lucha por los derechos humanos, porque sabíamos que había una serie de ellos que se referían a nosotras en tanto mujeres y los definimos e hicimos y hacemos valer.

Aportamos formas creativas de luchar contra la crisis económica para no tener retrocesos en derechos conquistados.

Nos organizamos de manera novedosa y autónoma en el movimiento feminista a partir de nuestra identidad de género.

Participamos en Organizaciones No Gubernamentales, que permitieron ordenar demandas y propuestas.

Hemos ido aprendiendo a reconocernos como personas, a movernos en espacios tradicionalmente considerados masculinos y a hacernos oír. Nos hemos vinculado con los procesos políticos y sociales, haciendo sentir nuestra presencia y logrando concretar los intereses y las necesidades prácticas y estratégicas de género.

A diferencia de nuestros derechos, nuestras responsabilidades a menudo parecen inagotables; en particular, cuando nos planteamos construir nuestros sueños, hacer realidad nuestros anhelos naturales de ser madres, esposas y al mismo tiempo, profesionistas y líderes.

Nuestra responsabilidad pasa por el correcto ejercicio de nuestros derechos, por la construcción de instituciones firmes y sólidas, instituciones democráticas.

Propiciar los cambios para lograr condiciones más equitativas tiene que ver con el hecho de que todas las mujeres tengan oportunidades para desplegar plenamente sus potencialidades humanas; que la condición de mujer no inhiba su condición de ser humano; que, conscientes de las diferencias, puedan desarrollar talento, capacidad creativa, responsabilidad; que su inserción al trabajo no se vea limitada; que se abran las puertas de la educación superior a quien lo desee.

Todo ello implica responsabilidades que ha sido necesario asumir y los cambios de los últimos años, demuestran que el esfuerzo no ha sido en vano y que nuestros planteamientos han ido por el camino correcto.

En el camino también hemos aprendido que no necesitamos desplazar a otras para llegar y hemos comprendido que, parte de esa responsabilidad, es comprender que los sitios, que los lugares, que los niveles, sólo se ganan de manera permanente por el trabajo constructivo y no por la negación de los demás.

También nos queda claro que las que han llegado a estratos importantes tienen el compromiso de solidaridad con las demás, ayudándolas a partir de la construcción de pisos más sólidos.

Cada vez se comparte más un deber solidario de género. Este concepto, confuso a veces, pero cada vez más usado y que los movimientos feministas de los sesenta comenzaron a impulsar a partir de estudios de la mujer, refieren hoy al conjunto de relaciones sociales entre dos géneros, en un marco de reconocimiento de las identidades femeninas y masculinas.

Al hablar de mayor participación femenina, estamos hablando también del fortalecimiento de la democracia. Por ello, cabe preguntarse:

¿Contribuyen las mujeres de manera diferente a la consolidación de las instituciones democráticas?
¿Participan en esa actividad con igual vocación e intensidad que los hombres?

¿Es el género un tema en la consolidación de las instituciones democráticas?

Creo que lo que hay que establecer, de entrada, es que el desarrollo de las mujeres, como constructoras autónomas de su propio proyecto y como agentes, cada vez más activos del mejoramiento económico, político y social, le da más contenido a la democratización de la sociedad.

Así mismo, que esto hay que traducirlo en demandas de género, que no en diferencias de género, para integrarlas a la agenda pública.

En este sentido, potenciar la articulación de las mujeres frente al Estado, apoyar el fortalecimiento de sus organizaciones y de su participación en la toma de decisiones en los procesos económicos, en los políticos y en los sociales, dan un significado más amplio a la democracia.

El ejercicio del derecho a la plena participación de las mujeres en todos los niveles, en todos los sectores sociales, en los procesos de desarrollo, en el poder, no necesariamente significa que se amplíen los ámbitos sino más bien que se redistribuyan.

Es por ello muy importante partir de la premisa que la política, como un espacio en donde se fijan las metas sociales comunes que provienen de las esferas pública y privada, no puede prescindir de las mujeres, que mucho han aportado.

Por eso la incorporación de la perspectiva de género y no de la diferencia de géneros, es requisito al plantear las políticas públicas, sean éstas laborales, educativas, de salud, etc.

El avance de la democracia es el signo que identificará a México esta década, y qué duda cabe que uno de los logros más importantes ha sido la construcción de las instituciones democráticas, tanto políticas como sociales.

En las instituciones políticas todavía falta mucho para que las oportunidades, en fuerza y número se otorguen y reconozcan a las mujeres, lo mismo que para tener una presencia más equitativa a mejores niveles.

Sin embargo en las organizaciones civiles, sobre todo las de carácter social, como uno de los nuevos actores, las mujeres ocupan un lugar muy relevante.

Las mujeres han encontrado en las organizaciones civiles un espacio natural donde canalizar sus preocupaciones e inquietudes. Abren éstas una vía esencial para la vida pública y el adelanto de sus intereses y de sus preocupaciones. Como nunca, hemos visto proliferar asociaciones de derechos humanos, de medio ambiente, de discapacitados y en ellas, las mujeres tienen una participación ampliamente mayoritaria.

Finalmente, hay que reconocer que tanto los hombres como las mujeres han sido muy activos en la construcción y avance de la democracia en México, lo cual no significa que se haya incorporado el enfoque de género. Incorporar este enfoque al Estado y a su estructura no es un tarea fácil, porque la concepción genérica es una construcción teórica todavía difícil de aplicar.

*Internacionalista, con estudios de Maestría y Doctorado por la UNAM.
Especialista en aspectos políticos de las relaciones internacionales; de las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo; y de coordinación con Organizmos No Gubernamentales.