Historia de las mujeres*
HOSANNA ÁLVAREZ PÉREZ**

Las notas que se presentan en este trabajo pertenecen, a la reedición de Taurus en cinco tomos de la obra intitulada «Historia de las Mujeres» que no podía ser más oportuna para esta publicación de la revista examen. La obra rinde un merecido homenaje a las mujeres, desde la Antigüedad hasta nuestros días, al ofrecer una selección de ensayos elaborados por alrededor de sesenta reconocidos intelectuales europeos. El título de esta majestuosa obra, bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot tiene una indudable capacidad evocadora, placentera, de atractiva expectación y, sobre todo, de interés por descubrir y transformar la identidad de las mujeres en el devenir histórico.

La publicación busca trascender los meros límites que durante mucho tiempo se han conocido sobre las mujeres que quedaron abandonadas en la sombra de la historia. En una historia que continuamente se ha considerado inmóvil y que, ofrece resistencias invariantes a cuestionamientos del papel de la mujer: ¿Cuáles son los cambios que ha producido? ¿Afectan estos cambios por igual a todos los niveles de la realidad? ¿Cuáles son las herencias, transmisiones, familiares y culturales, los modelos que se vinculan en la Religión, el Derecho, la Educación? ¿Cuáles son los puntos de inflexión, incluso las rupturas determinantes? ¿Cuáles han sido, según las épocas, los principales factores de la evolución? ¿Qué parte corresponde a la economía, la política o costumbres? En suma, la o el lector tendrá en sus manos el testimonio de la historiografía que se retoma de la periodicidad habitual de la historia occidental, dando cuenta de que las relaciones entre las mujeres y los hombres es parte integrante de la historia del mundo. No obstante, a pesar de todo este bagaje de información se ha dejado atrás el análisis del impacto de la colonización sobre la relación entre sexo y raza.

La obra se organiza como ya se ha mencionado en cinco tomos; el primero volumen ofrece el estudio de La Antigüedad, no sin antes mencionar el porqué escribir sobre la Historia de las Mujeres. Al respecto, los autores señalan que la relación entre los sexos deja su impronta en las fuentes de la historia y condiciona su densidad desigual. A las mujeres se les representa antes de describirlas o hablar de ellas, y, mucho antes de que ellas mismas hablen. Incluso es posible que la profusión de imágenes sea proporcional a su retiro efectivo. En otras palabras, es la mirada masculina la que ha construido y que preside su representación.

En cuanto a los discursos Georges Duby y Michelle Perrot comentan que provienen de los pensadores, los organizadores o los portavoces de una época: filósofos, teólogos, juristas, médicos, moralistas, pedagogos... dicen incansablemente qué son las mujeres y qué deben hacer, puesto que ellas se definen ante todo por su lugar y sus deberes. No hay duda que en el contenido de estos deberes se modifica en el curso de los siglos. La historia de estas mutaciones, que tienen lugar en los discursos, constituyen el pilar de la investigación.

Asimismo señalan, que la evolución del pensamiento sobre la diferencia de los sexos se viene trabajado desde los griegos hasta la cultura occidental. Este pensamiento oscila entre las figuras y las clásicamente tranquilizadoras de la diferencia radical: dos especies dotadas de sus caracteres propios, objetos de un reconocimiento intuitivo más que de un conocimiento científico.

Es por ello, que los autores concluyen que la Historia de las Mujeres es, en cierto modo, la de su acceso a la palabra. Mediatiza-da, en un principio y aún hoy, por los hombres que, a través del teatro y luego de la novela, se esfuerzan por hacerlas entrar en escena: de la tragedia antigua a la comedia moderna, por lo general las mujeres no son otra cosa que sus portavoces o el eco de sus obsesiones. Más que la emancipación de las mujeres, el temor de los hombres que sienten ante ellas, ya que las actrices imprimen su marca a los personajes. Gracias a este oficio, y a pesar de todas las excomuniones, las mujeres han podido acceder a una identidad personal y a un reconocimiento público.

No obstante, consideran que la audición directa de su voz depende del acceso de las mujeres a los medios de expresión: el gesto, la palabra y la escritura. Cuestión de alfabetización, sin du-da, que por lo general va detrás de la de los hombres, pero que locamente puede antecederla, pero, más aún, cuestión de penetración en un dominio más sagrado y siempre marcado por las fronteras fluctuantes de lo permitido y de lo prohibido. Señalan que hay géneros que se admiten: la escritura privada, especialmente la epistolar, que nos ha entregado los primeros textos de mujeres, como las cartas de las pitagóricas, y las primeras obras literarias, antes que la correspondencia convertida en deber femenino ordinario se ofreciera como venero inagotable de informaciones familiares y personales, la escritura religiosa, que nos permite oír a santas, místicas, abadesas de renombre, mujeres protestantes comprometidas con el fervor de los «revivals», damas de obras consagradas a la moralización de los pobres.

Pero, por otra parte, nos comentan que hay dominios casi vedados: la ciencia, cada vez más la historia, y sobre todo la filosofía. La poesía y la novela constituyen desde el siglo XVII el frente pionero de las Preciosas, conscientes de la apuesta que representa el lenguaje. A partir de entonces, no se trata tanto de escribir como de publicar, y con el verdadero nombre. Es por tanto que se afirma que escribir, sin duda, es en sí mismo algo lo suficientemente subversivo como para atreverse a la impugnación o a la audacia formal.

En este primer apartado, destaca de los autores el concluir: que la voz de las mujeres crece con el paso del tiempo, debido principalmente al impulso feminista. Siendo imposible leerla de manera lineal: toda intervención cada modo de expresión, deben situarse en su lugar y su momento y compararse con las formas masculinas. Hablar, leer, escribir, publicar: toda la cuestión de la relación entre los sexos en la creación y en la cultura subyace a las fuentes mismas. Escribir la Historia de las Mujeres supone tomarlas en serio, otorgar a la relación entre los sexos un peso en los acontecimientos o en la evolución de las sociedades. La vida de las mujeres está demasiado limitada, o es demasiado secreta.

El análisis y las reflexiones sobre la histografía de las mujeres de La Antigüedad esta a cargo de Pauline Schmitt Pantel. En este volumen trasciende que el mundo antiguo proporciona muy pocos escritos de mujeres y, los rastros que se ofrecen se dan través de la mirada de los hombres sobre las mujeres y sobre el mundo, así como el discurso que es también masculino, todo es comprendido en la iconografía. Esta mirada de hombre tiene como corolario las escasas informaciones concretas sobre la vida de las mujeres y el lugar privilegiado que se ha otorgado a las representaciones, es por ello que en este volumen trata de las representaciones, de lo imaginario. Estas representaciones señala la autor requieren ante todo ser descritas, que es el objeto principal. No es indiferente conocer con precisión qué pensaba Aristóteles sobre el género y cómo el derecho romano se fundaba íntegramente en la división de los sexos, cuáles eran las figuras femeninas de lo divino y cuál su especificidad, cómo los griegos, los romanos y los primeros cristianos se servían de las mujeres en sus relaciones rituales con los dioses. A veces, estas representaciones pueden ser luego «decontruidas», pero sólo con toques ligeros y en el interior de cada tipo de discurso, sin perder jamás la desconfianza respecto de todo sistema globalizante, que aniquilaría la diversidad. Por último Pauline Schmitt Pantel considera que es necesario ver la diversidad y la evolución. Así varios estudios prestan atención a la importancia del tiempo.

En el volumen de La Edad Media a cargo de Chistiane Klapisch-Zuber, nos habla de mujeres y hombres que habitaron el espacio geográfico y cultural de la catolicidad entre los siglos VI y XV. Con especial énfasis en el periodo medieval, pero hay aquí enfoques de particular vivacidad, puesto que la renovación de la historiografía de la Edad Media se basa, en gran medida, en las ideas de los ciclos largos habían invertido en diversas oportunidades la evolución de la sociedad a lo largo del periodo.

Las periodizacio-nes corrientes de la historia económica y social medieval se expresan, pues, en términos de auge y declive, de crecimiento y de regresión, de progreso y de retroceso. Es evidente para la autora que los indicadores de estos movimientos a medio y a largo plazo tienen casi siempre en cuenta a los actores más visibles de la vida social, tanto en el campo económico, político y cultural. Actores masculinos, pues los hombres están dotados de una autonomía jurídica y de una capacidad de expresión pública que, en la sociedad antigua, se ven en general negadas a las mujeres. Actores ligados al poder, que participan del poder, y eso es especialmente cierto respecto de la Edad Media, época en que las fuentes históricas hacen más difícil que en la era moderna el acceso a las capas profundas de la sociedad, así como la percepción, aún superficial, de sus miembros más humildes.

Es así que la autora cuestiona: ¿qué valor tienen para las mujeres las divisiones cronológicas generalmente admitidas: el Renacimiento político y cultural carolingio, el surgimiento demográfico y sus corolarios económicos de los siglos XI-XII, el apogeo del siglo XIII, la crisis de la Baja Edad Media? ¿Debe pensarse a priori que la Historia de las Mujeres se leerá en un vocabulario único del progreso y de la producción, según una misma sintaxis del poder y de las relaciones de clase? Es así que la perspectiva de la Historia de las Mujeres en la Edad Media debe consistir en preguntarnos si la investigación histórica se ha preocupado verdaderamente por la manera en que han vivido las mujeres, en un país y en una situación dada, de auge o de recesión económica, de abundancia o de estacionamiento demográfico. Para atenernos a las funciones reproductoras y los roles familiares que con tanta ligereza se asignan a las mujeres, ¿sabemos verdaderamente si las modalidades y las consecuencias de su surgimiento o de un declive afectaron por igual a ambos sexos?, ¿conocemos qué oportunidades tenían las mujeres de escapar, o siquiera de reaccionar, a lo que, con mayor ligereza aún, se denomina la «condición femenina»?

Para entrar en el estudio del Renacimiento a la Edad Moderna Arlette Farge y Natalie Zemon Davis nos plantean la existencia de un vivo debate entre hombres y mujeres de acuerdo a la inestabilidad sociopolítica y el deterioro de los marcos de referencia. Al final del siglo XVI y a comienzos del siglo XVII se habla de querellas de las mujeres o de la guerra de los sexos. Por tanto, sostienen las autoras, se presenta una la historicidad de conflicto entre hombres y mujeres. En el siglo XVIII, que más tarde se denominará el siglo de las mujeres, se inaugura y se desarrolla con un debate muy animado en torno a la razón de las mujeres y a esto, presentan el siguiente cuestionamiento: ¿qué se hace con esta razón en un esquema igualitario entre los sexos?

En este sentido, consideran la relación entre los sexos un frágil equilibrio entre dos mundos hechos para entenderse y devo-rarse. De esta tensión nacen conflictos pero también coparticiones y sistemas de compensación ante la pérdida de los poderes oficiales y de los contrapoderes oficiosos, a veces tan netos como aquellos. Es así que afirman las autoras: Todo un universo se abre entre los sexos. Por el contrario, a lo largo de estos tres siglos, las mujeres, en tiempo de crisis y de iras, promueven y participan activamente en motines junto a hombres a los que ellas mismas arrastran e incitan.

Las imagen de un siglo XIX sombrío y triste, austero y restrictivo para las mujeres es tratado por Geneviéve Fraisse y Michelle Perrot. En este siglo se concibió la vida de las mujeres como el desarrollo de una historia personal sometida a una codificación colectiva y precisa y socialmente elaborada. Sin embargo, consideran las directoras de esta investigación que sería erróneo creer que esta época se caracteriza únicamente por la larga dominación, por la absoluta sumisión de las mujeres. Que en efecto, el siglo XIX señala el nacimiento del feminismo, palabra emblemática que designa tanto cambios estructurales importantes (trabajo asalariado, autonomía de individuo civil, derecho de la instrucción) como la aparición colectiva de las mujeres en la escena política. Así, pues, habría que decir más bien que se trata del momento histórico en que la vida de las mujeres experimentan un verdadero cambio, o, dicho más exactamente, en que cambia la perspectiva de vida de las mujeres: tiempos de modernidad, en el que le es posible adoptar la actitud de sujeto, de individuo cabal y de protagonista política. De futura ciudadana. A pesar de la extremada codificación de la vida cotidiana femenina, el campo de posibilidades se amplía y la aventura ya no es algo lejano.
Por tanto, Francoise Thé-baud reflexiona una serie de cuestionamientos para deslumbrar la identidad de las mujeres ya en el siglo XX que nace en medio del huracán de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Rusa: ¿qué significaría para las mujeres? ¿El crepúsculo de los varones en la afirmación de la sociedad extraña a la de los hombres? ¿El advenimiento de un mundo de gemelos de sexo opuesto, de un mundo en el que «cada uno es el otro»? ¿O la constitución de un espacio verdaderamente común a hombres y mujeres, un espacio en el cual la igualdad de derechos y de oportunidades preservaría la diferencia de las identidades?

Para la autora los feminismos contemporáneos, centrados en la constitución de un sujeto femenino y presa continua de la tensión entre la necesidad de construir una identidad femenina y la de demoler la categoría de «mujer», siguen debatiendo la cuestión, aunque parezca que la construcción de un futuro es cada vez más deseable y se alcanzará tal vez en una tercera vía, es por ello que concluye: ¿Qué quiere una mujer? ¿Qué quieren las mujeres? ¿Qué queremos las mujeres?

A manera de conclusión las siguientes notas pertenecientes a la Historia de las Mujeres, puesto que aspira a tomar distancia respecto a una necesaria historia de las representaciones, deja atender que este título es demasiado simple, que la Historia de las Mujeres es también es la de los hombres, la de la relación entre los sexos, la de la diferencia entre los sexos. El cuerpo y el corazón de una mujer se describen en oposición al hombre, el derecho y la filosofía plantean necesariamente la relación sexual. Los códigos religiosos, las representaciones literarias e iconográficas, también son objeto de interrogación desde el punto de vista de la diferencia entre los sexos. Lo mismo ocurre con el discurso de la economía política, particularmente sinto-mática de una confusión entre el orden natural y el orden social, entre la división sexual del trabajo y el mercado del empleo distribuido entre hombres y mujeres, donde se ve con claridad que los oficios de las mujeres, aparentemente definidos por sus cualidades «naturales», sólo son producto de una elaboración lingüística. En consecuencia, la destrucción del lenguaje resulta ser una operación indispensable, cuando no prioritaria, en la Historia de las Mujeres. Más que en ninguna otra parte, se impone aquí una reflexión sobre la manera en que se han manejado «los hechos» y los relatos que los ponen en escena. Y ésta podría ser la aportación específica de la Historia de las Mujeres a una historia en general cada vez más interesada en interrogarse a sí misma como proceso cognitivo.

*Bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, Madrid, Editorial Taurus, 1999.

**Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública. Coordinadora de Audiencias de la Presidencia del CEN.