LA
LUCHA INACABADA DE LAS MUJERES MEXICANAS
ISABEL ORTIZ SANDOVAL*
Justificándose
con argumentos naturalistas, nuestra sociedad ha puesto a las
mujeres en un complicado papel social de desventaja y debilidad
que se supone, debemos asumir. Posición tradicional que
obedece a hechos históricos. Si bien es cierto que la base
de una sociedad sana es el hogar, es importante tomar en cuenta
que la participación y aportaciones intelectuales, científicas
políticas y hasta en el ámbito deportivo de las
mujeres en México, es innegable, ya que si revisamos la
historia obtendremos ejemplos claros.
En
los albores del siglo XX cuando los clubes políticos eran
los espacios de participación encontramos a Aurora y Elvira
Colín, en Zitácuaro, Josefa Arjona y Donaciana Salas
en Veracruz, Silvina Rembao en Chihuahua; Elisa Acuña y
Rosetti formó parte del órgano directivo de la Confederación
de Clubes Liberales en 1903. Un año más tarde se
fundó la Sociedad Protectora de la Mujer.
La
modernidad fue requiriendo cada vez más fuerza de trabajo
femenina y por ello se buscó la organización de
las mujeres trabajadoras, en 1906 se instituyó la Sociedad
de Empleadas del Comercio, que ofrecía los servicios de
academias, gimnasio, caja de ahorro y bolsa de trabajo. Fueron
mujeres las primeras en caer durante la represión de la
huelga en Río Blanco: Isabel Díaz de Pensamiento,
Anselma Herrera, Lucrecia Toriz, entre otras valientes.
Además
de acompañar a sus hombres, cargarles las vituallas, preparar
alimentos en plena campaña, curar heridos y rezar a los
muertos, las mujeres también aportaron su cuota de sangre:
Natividad Cortés es uno de los pocos nombres registrados
de aquellas mujeres heróicas que cayeron bajo la metralla,
respaldo e impulso de la Revolución Mexicana.
¿Cómo
olvidar a María Hernández Zarco?, la pequeña
impresora que hizo posible la difusión del discurso de
Belisario Domínguez contra el usurpador Huerta, cuando
todos los hombres se habían negado a imprimirlo.
Las
primeras perspectivas de justicia para la mujer se dieron en 1914,
cuando Venustiano Carranza promulgó la Ley del Divorcio.
En 1915, en Yucatán, el gobierno de Salvador Alvarado respalda
el Primer Congreso Feminista, que tuvo lugar al año siguiente.
En
1917 se promulga la Constitución y de ella se deriva la
Ley de Relaciones Familiares, en la que se establece la igualdad
de la mujer y el hombre ante la Ley.
En
cuanto a los derechos cívicos, es San Luis Potosí
el primer Estado en establecer el derecho al voto a la mujer (1924),
al año siguiente la Legislatura del Estado de Chiapas establece
los mismos derechos políticos para hombres y mujeres. En
1928 el Presidente Calles expide el Código Civil el cual
claramente expresa que la mujer no quedaría sometida a
restricción alguna de sus derechos por motivos de su sexo,
que tendría, al llegar a la mayoría de edad la libre
disposición de su persona y sus bienes y capacidad para
establecer toda clase de contratos.
Los
años 30 atestiguaron nuevos avances de la mujer en su condición
política, laboral y social. En 1934 se organiza el Sector
Femenino del Partido Nacional Revolucionario, cuya primera directora
fue Edelmira Rojas. Tres años después el PNR lanzó
la candidatura de Soledad Orozco Ávila (homónima
de la esposa de quien fuera Presidente de la República)
para diputada al Congreso del Estado de Guanajuato, sin embargo,
aunque triunfó con más de 13 mil votos, no tuvo
acceso a la Cámara.
En
los cuarenta, continúan las acciones políticas femeninas,
los sectores femeniles de las organizaciones afiliadas al Partido
de la Revolución Mexicana constituyen la Alianza Nacional
Femenina, que defendía entre otros aspectos: el abaratamiento
de la vida, mayores oportunidades de educación, lucha contra
el desempleo, aliento a la mujer campesina, acceso a los puestos
públicos. En este último destacan los nombramientos
de Matilde Rodríguez como Jefa del Departamento de Previsión
Social de la secretaría de Gobernación y Palma Guillén,
como embajadora de México en la República de Colombia.
En 1946 se reforma el Artículo 115 de la Constitución
para establecer la igualdad de derechos en los comicios municipales;
Virginia Soto es así, la primera Presidenta Municipal de
Dolores Hidalgo, Guanajuato, y de todo México La
lucha social femenina se cristaliza a nivel nacional en 1952,
cuando el Presidente Ruiz Cortines envía al Congreso de
la Unión la iniciativa que habría de otorgar el
derecho de voto a la mujer. El 17 de octubre de 1953 se publicó
en el Diario Oficial el decreto correspondiente.
En
las elecciones federales de 1955 surgieron las primeras diputadas;
Aurora Jiménez, de Baja California, Marcelina Galindo Arce,
de Chiapas, Guadalupe Urzúa, de Jalisco, Remedios Ezeta
del Estado de México y Margarita García Flores de
Nuevo León. En 1964 son electas las primeras Senadoras:
Alicia Arellano Tapia, por Sonora, y María Lavalle Urbina,
por Campeche.
A
partir de entonces la participación de la mujer se ha extendido
en todos los ámbitos, aunque persisten condiciones de desigualdad,
atribuibles a la realidad cultural de México que delata
que todavía estamos lejos de conseguir la plenitud de nuestros
derechos.
Es
preciso romper tabúes y pensamientos antiguos. Sería
de gran utilidad y contribuiría al fortalecimiento del
país, que se llevara a cabo una verdadera política
de educación, difusión, y gestión, con un
interés permanente tanto de la parte gubernamental, como
por parte de las mujeres mexicanas. Para que seamos conscientes
de la realidad social, preparadas para resguardar a la familia,
ser mujeres dispuestas a acompañar al hombre en la lucha
diaria por la supervivencia, hacer frente y responder a los actuales
y futuros retos de los mexicanos.
Preparando
a las mujeres de una sociedad como la nuestra, se prepara al mismo
tiempo un pueblo. Educación para las mujeres mexicanas
para que ellas puedan educar a los futuros mexicanos.
El
Partido Revolucionario Institucional debe retomar el interés
para con las mexicanas, apoyándose en las mujeres que están
integradas a la actividad política y en las experiencias
y el conocimiento de las que están o estuvieron a cargo
de los puestos públicos correspondientes a estas actividades;
de este modo se conseguirá desterrar las injusticias de
trato, de descalificación, de restricción, de la
utilización sexual que se cometen, entendiendo que una
mujer se debe valorar por todas sus capacidades, aportaciones,
por su ser y su hacer, que va más allá de tener
la «obligación» de depilarnos los estratos
capilares para ser aceptadas. Estos cuestionamientos llevarán
a eliminar los falsos conceptos sociales que las mujeres vivimos
y aceptamos cotidianamente y, partiendo de ello, tomar medidas
que velen por nuestros derechos (restringir la difusión
de publicaciones, con dibujos o fotografías que adjudiquen
la obligación de cumplir físicamente el estereotipo
de belleza o la «buena» presentación, no es
estar desacuerdo precisamente con la higiene personal necesaria
para la salud); y de este modo se alcanzarán grandes logros
para el país.
Las
mujeres tenemos la libertad que nos corresponde por el hecho de
estar vivas y ser alojadoras de la vida en su momento; razón
por la cual debemos defenderla aliándonos, pero al mismo
tiempo seguir siendo partícipes de la vida científica,
laboral, económica o política, y cumpliendo con
los compromisos que tenemos para con nosotras mismas, para con
la sociedad y para con México.
*Estudiante
de Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de
México.
