ÉTICA Y CONDICIÓN FEMENINA
* Su contribución a la causa de las mujeres

Graciela Hierro*

«Todos sabemos que la mayor opresión ocurrida en la historia no ha sido la de los esclavos, siervos u obreros asalariados, sino la de las mujeres en las sociedades patriarcales».

Karl Manheim.
«Diagnóstico de nuestro tiempo».

Nuestro tema, ética y feminismo, requiere hacer algunas precisiones previas acerca de la Filosofía: existen tres formas tradicionales de acercarse a la ética; el liberalismo, que hace énfasis en la autonomía de la persona, quien decide libremente cómo actuar; el naturalismo asume que la naturaleza humana puede por sí misma formar la base para nuestras elecciones morales; y el constructivismo que presume la prioridad histórica y epistemológica de lo social sobre lo individual.

Teorías que a su vez dan lugar a tres tipos de feminismos, el feminismo liberal o la corriente igualitaria; el feminismo de la diferencia, esencialista-naturalista; y el feminismo constructivista de la diferencia, bajo la perspectiva de género –como construcción social– que determina la distinción genérica de hombres y mujeres.

En este trabajo seguimos la perspectiva moral del feminismo de la diferencia constructivista, que surge de la consideración de que las ideas y los valores morales son un constructo de las condiciones sociales, materiales e ideológicas. Las organizaciones sociales confieren significación moral a los roles de vida de una organización social dada, y también sancionan las relaciones que se entablan entre los géneros, en un orden político histórico. Bajo esta perspectiva resulta de suma importancia el análisis de la ideología determinada por los parámetros de lo definido socialmente. Se considera que los principios morales son producto de las necesidades e intereses del grupo social al que se pertenece; aprendemos nuestro comportamiento y fincamos nuestra auto-identidad genérica como miembros del grupo, y se nos impone así mismo, una forma de vida acorde con la función social que desempeñamos en cada estadio de los ciclos de nuestra vida.

Por lo anterior se constata que el género es la construcción social que se impone a un cuerpo sexuado. Como advierte Simone de Beauvoir en el «Segundo Sexo», no nacemos mujeres y hombres, la sociedad nos convierte en mujeres y hombres, es decir se nos forma una identidad de acuerdo con lo que cada cultura espera para los hombres y las mujeres.

Este es el concepto género, que es central en la teoría feminista porque permite distinguir la creación del role cultural sobre los sexos, y en esa medida nos abre la posibilidad de criticarlo y transformarlo de acuerdo con las necesidades de desarrollo que se consideren deseables en cada grupo social, y en cada época histórica. A diferencia de las creencias antiguas por ejemplo, del S. XIX, que se pensaba nacíamos con una «naturaleza» femenina y una masculina, con rasgos imposibles de cambiar, en ese sentido, se creía válido que para ambos géneros, sexo es destino. (Hierro G., 1994).

Con base en lo anterior se puede afirmar que la conducta personal alcanza una dimensión moral, en la medida en que se desarrolle su autonomía. Cuando la persona es joven se forma la auto-identidad de acuerdo con las expectativas de su cultura, la cual, como advertimos, no surge por razones fisiológicas o esencialistas; aparece como producto de la construcción social del género, significando esto un rol impuesto; sin embargo, este rol puede ser modificado, junto con las instituciones sociales que lo propician, de manera que se ajuste más a los intereses femeninos que conformen una visión ética feminista.

En vista de lo anterior, es de primordial importancia intentar, en cada caso, la comprensión profunda de la moralidad del presente y de las modificaciones que se anuncian, o se presienten, para potencializar cambios que precipiten la ocurrencia de visiones y perspectivas deseables para la condición femenina. En esa medida, resignificar las figuras sociales de las mujeres, que tradicionalmente se han mostrado como esenciales, a partir de una supuesta naturaleza femenina. (cfr. Hierro, G., 1985).

Veamos algunos ejemplos, el ideal femenino materno que –al parecer– se levanta de su capacidad procreadora; lo que se ha determinado como «instinto maternal» (cfr. Badinter, E., 1983). La negación del erotismo femenino y de su capacidad orgásmica, al parecer producto de una libido débil (cfr. Freud, S. 1938).

La tarea actual de la ética feminista, desde el constructivismo, es elaborar preguntas que no han sido planteadas antes, para descubrir las lagunas y desconstruir lo dado, abriendo nuevas posibilidades de expresión moral y de jerarquización de valores. En el entendimiento que lo masculino y lo femenino son construcciones de identidades sociales, sobre un ser que tiene instintos, disposiciones, características anatómicas y patrones de conducta. La ética feminista tiene que habérselas con esta circunstancia y rechazar lo rechazable, para intentar superar el dualismo moral vigente y alcanzar una visión unitaria de la ética. Es decir, erosionar la doble moral sexual y conformar una ética hedonista para mujeres y hombres (cfr. Hierro G., 1990).

En la perspectiva moral que venimos argumentando se considera que los valores son expresiones tanto de los requerimientos sociales, como de las exigencias humanas alrededor de las cuales se forma la sociedad. Son los intereses humanos que surgen de las condiciones materiales y de la naturaleza humana con su anhelo de trascendencia. Inteligibles dentro de modos de vida diversos e infinitas posibilidades futuras. En ese sentido, biología y valor están ligados, pero no se agotan la una en el otro y viceversa. Las mujeres pueden reconsiderar el significado de su existencia biológica en formas que sientan más auténticas para su propio sentido de vida, sus ideales y finalidades.

En el constructivismo, el análisis de la perspectiva de género nos ha permitido comprender la profundidad y el enraizamiento del valor simbólico del género en la construcción de las organizaciones sociales, los roles y las relaciones interpersonales. Todo lo cual nos hace conscientes de los determinantes de las categorías genéricas y de la valoración, el conocimiento y el lenguaje. Al parecer estamos atrapados en tales construcciones, y por ello requerimos del fortalecimiento del sentido moral que nos permita trascenderlas para lograr la finalidad que persigue la perspectiva de género: el logro de relaciones entre los géneros donde prive la equidad, y de esa manera el avance de la condición femenina, que ya está siendo evidente en todas las esferas del acontecer humano, en nuestro país.

*Doctora en Filosofía por la UNAM, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM desde 1972, titular de la cátedra de ética de esa Facultad. Ha publicado libros, antologías, fascículos.
Es miembro del SNI, del CIEES, ANUIES. SWF E.U.A. Sociedad de Mujeres para la Filosofía Capítulo México, miembro del Consejo del PRONAM. Es Directora del Programa Universitario de Estudios de Género UNAM. Ha recibido los siguientes reconocimientos: International Women Forum. Women that Makes a Difference. (1997) EUA. Universidad de Chile (1998). Premio Nacional «María Lavalle Urbina», Secretaría de Relaciones Exteriores. Alianza de Mujeres de México, A.C. (2000). Premio Memorias. DEMAC (2000)