MUJER Y SINDICALISMO
Inés González Nicolás*

Desde el inicio de la existencia de las organizaciones sindicales se negó la afiliación sindical en oficios calificados a las mujeres, ello propició que organizaran sus propios sindicatos en algunas ramas tradicionales de mujeres. Eran los momentos de las revolución industrial, cuando miles de mujeres llenaron las fábricas y los talleres, a pesar de la resistencia de los obreros en contra de la incorporación de la mujer al trabajo asalariado, pues se le consideraba la adversaria, la que abarata los puestos de trabajo, la competidora. Después de tanto tiempo, en nuestro país, como en otras partes del mundo, la presencia de la mujer en la dirección sindical sigue siendo poco representativa, a pesar de la incorporación masiva de la mujer en el mercado de trabajo asalariado. Incluso esto ocurre en campos de trabajo tradicionalmente femenino, como es el magisterio, salud, bancario y otros del sector servicios.

Desde entonces ha existido una contradicción entre el movimiento obrero y la reivindicación de los derechos de las mujeres, como mujeres y como trabajadoras. La problemática de las trabajadoras no ha sido planteada de manera específica. El punto de vista generalizado dentro del sindicalismo es que estos problemas no tienen que ver con la lucha con la empresa, ni con la lucha sindical. Es muy común creer que los problemas, las preocupaciones e intereses de trabajadores y trabajadoras son coincidentes, que entre las mujeres y los hombres que trabajan fuera de casa, que desempeñan un trabajo asalariado, los intereses son comunes. Pero esto es una verdad a medias.

Afirmar hoy que el sindicalismo sigue siendo cosa de hombres y que la visión masculinizada de la sociedad predomina en él de forma abrumadora no es nada viejo. Hay quienes dicen que es «normal que las estructuras del sindicato estén compuestas básicamente por hombres, aunque sus afiliadas representen porcentajes superiores, como en el sector servicios». También ven «normal» que las trabajadoras no estén representadas proporcionalmente por otras mujeres en el Sindicato y que por lo tanto en las agendas, políticas, asambleas y congresos no se aborden los temas de las trabajadoras. Seguir en esta lógica, de una clase obrera de hombres, sin tomar en cuenta que hoy por hoy la clase obrera es de hombres y mujeres, no nos permitirá avanzar en el proyecto político sindical, es ver con un lente más amplio, con perspectiva de género, que la realidad es distinta y por lo tanto el tratamiento debe ser distinto a lo acostumbrado.

Con frecuencia escuchamos decir que «las mujeres no participan porque no quieren o no les interesa el sindicato», cuando en realidad no hay las menores condiciones para una participación que tome en cuenta las necesidades específicas de las mujeres trabajadoras. En la realidad, la práctica sindical cotidiana no toma en cuenta que la mujer no puede participar de la misma forma que los hombres en el terreno sindical y político, si antes no se cambia la situación material (trabajo doméstico, cuidado de las y los hijos, guarderías, horarios, etc.), y las ideas dominantes existentes en la sociedad y en el seno de los sindicatos.

El papel de la mujer dentro de la familia y la división sexual tradicional del trabajo, que implica «mujeres en la casa y hombres a la plaza», permite que la mujer priorice en primer lugar a su familia.

Las mujeres saben que pueden faltar a una reunión sindical si tienen alguna dificultad, pero saben también que no pueden faltar a su tarea de recoger al hijo de la guardería, porque esto depende casi exclusivamente de ella. No se trata de que la madre trabajadora no dé atención a su familia, sino que esta carga de responsabilidades se repartan y ella tenga tiempo para asistir a las reuniones sindicales, que a propósito de ello, éstas se convocan en horarios fuera de trabajo y hasta alta horas de la noche.

Por otro lado las mujeres de por sí tienen que vencer muchos más obstáculos que los varones para incorporarse al trabajo asalariado y cumplir con su responsabilidad en el puesto de trabajo en donde hay políticas laborales inflexibles establecidas por el patrón, y que a veces no dista mucho de las políticas de participación sindical, donde se supone se pueden negociar las condiciones para poder asistir. El rol de la mujer en la familia, son factores interiorizados y fuertemente arraigados. El hecho de que la mujer aporte dinero a la economía de la familia o incluso sea la que aporte la mayor parte o sea jefa de familia, no la libera de seguir haciendo las tareas domésticas.

Las mujeres trabajadoras no ven tratados los problemas que por ser mujeres y asalariadas viven, se les habla y se les da un tratamiento en el horario de trabajo como si fueran hombres, como si tuvieran alguien que les sacara adelante el trabajo doméstico cotidiano. Así pues, la práctica de dar un tratamiento igual a hombres y mujeres en la lucha sindical, da como resultado un trato históricamente excluyente.

Si no se comprende esto, si se sigue considerando que lo que ocurre fuera del marco estricto del trabajo asalariado son «problemas personales», se está excluyendo de hecho a las mujeres de la lucha sindical y se está aceptando y fortaleciendo la división sexista en el trabajo asalariado. El sindicato no se ha preocupado en absoluto de la organización familiar como factor de opresión de las mujeres, sino que ha actuado para reforzarla y permitir que las trabajadoras desempeñen mejor su papel tradicional.

Las trabajadoras parece ser que no sólo nos enfrentamos a las exigencias del patrón, sino además nos enfrentamos a los hombres, nuestros propios compañeros de clase, con el patrón sólo nos une la relación de trabajo, en cambio con nuestros compañeros no une la condición de clase trabajadora. Nos enfrentamos a la incomprensión y falta de sensibilidad de nuestros compañeros y, lo que es peor, a su indiferencia, a ellos les decimos desde este espacio, que somos sus aliadas y que hay más de una razón para caminar juntos.

La acción sindical y su vitalidad no son sólo una función del perfil, sexo, número de sus afiliados y otros factores estructurales. Los sindicatos son sujetos voluntarios que dentro de ciertos límites son capaces o no de crear instituciones, acuerdos igualitarios o subordinados y que los terrenos de acción sindical no sólo dependen de las características de los trabajadores, sino también del entramado institucional y la acción política.

La ausencia de una discusión seria sobre la discriminación refleja que todavía creemos que la igualdad entre desiguales se puede lograr aplicando las mismas leyes y normas para todos. Mientras los sindicatos no incorporen en sus agendas de trabajo la discriminación directa o indirecta hacía las mujeres, las demandas específicas de las trabajadoras se quedará sin ser atendidas, hoy día, no hay un sindicato con una cláusula en su contrato colectivo que reconozca que las mujeres trabajadoras, entre otros grupos, son sujetos de discriminación.

El reto para las mujeres trabajadoras es doble. Por un lado formular nuestras demandas desde la diferencia, para cambiar el mundo del trabajo, cuyos horarios, valores y calificaciones son esencialmente masculinos. En un segundo momento, debemos socializar y universalizar estas demandas para cambiar el sistema sexo-género en toda la clase obrera y definir así de nuevo qué es ser hombre y qué es ser mujer en nuestra sociedad. Un ejemplo de demanda universal pueden ser las guarderías para los hijos de las y los trabajadores; cuidados maternos y paternos, entre otros.

Los sindicatos, si bien son instituciones de clase, sus prácticas y demandas son patriarcales. La superación de los obstáculos para la participación de las mujeres en los sindicatos nos remite a discusiones sobre la democracia participativa y la democracia representativa del voto: una revisión en la estructura representativa no estaría mal y sería muy oportuna en estos momentos de grandes cambios; es cierto que nadie puede hablar por el otro o la otra y que las mujeres tienen que encontrar su propia voz en el sindicato, por ello es necesario una mayor representación de las trabajadoras en las dirigencias sindicales.

Señores dirigentes sindicales de este país, trabajadores en general, tengamos confianza en las mujeres trabajadoras para que representen en forma proporcional a la base trabajadora; impulsar este ejercicio democrático implica hacer una autocrítica de la exclusión de las mujeres en el poder del sindicato, es conocer de los obstáculos de tipo culturales, laborales, familiares y personales que impiden la participación; las trabajadoras aspiramos fortalecer más los sindicatos y una forma es establecer puentes de apoyo para la participación, para ello primero será necesario reconocer las diferencias. Y Como mujeres trabajadoras, no debemos seguir perpetuando el contrato unilateral, es necesario conocer el Estatuto y encontrar el camino para impulsar a las mujeres; confiemos en ellas, impulsémoslas, elijamos a las candidatas idóneas y que se sometan al voto de las y los trabajadores para dirigir los destinos de la organización sindical.

Las mujeres que hoy hemos alcanzado puestos de representación sindical estamos convencidas de que entre más sensitivos sean los sindicatos hacía las demandas de todos y de todas, más fuerte será la organización; es urgente fortalecer el proyecto sindical, porque es vigente, aunque nos han querido hacer creer que está agotado, hoy más que nunca sabemos que no es así; que juntos hombres y mujeres trabajadores fortaleceremos la organización sindical de la que formamos parte.

*Socióloga del trabajo.
Secretaria de Equidad de Género del
Sindicato Único de Trabajadores de Serfín y de la Federación Nacional de Sindicatos Bancarios.
Integrante fundadora de la Red de Mujeres Sindicalistas.